En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 24
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Capítulo 24

Dos noches después, el camping organizó otra fiesta, esta vez para los trabajadores, en un chiringuito de la playa.

No era nada oficial, aunque algunos de nuestros amigos llevaban todo el día anunciándola como si hubieran contratado a un famoso disc-jockey y reservado media costa para nosotros.

En realidad, lograron que el dueño les cediera la terraza después del cierre, compraron varias botellas aprovechando una oferta del supermercado y convencieron a uno de los animadores para que se ocupara de la música.

Aun así, cuando llegamos, tuve que reconocer que se lo habían montado bastante bien.

Habían apartado las mesas hacia los extremos, las guirnaldas de colores permanecían encendidas sobre la pista improvisada y el mar se extendía detrás de la barandilla como una enorme mancha negra atravesada por reflejos de luna.

No había niños —los habíamos dejado con la canguro—, clientes reclamando atención ni horarios que cumplir. Solo una veintena de trabajadores dispuestos a celebrar que llevaban medio verano sobreviviendo juntos sin haberse asesinado.

Y luego estábamos todos los demás.

Ainara y yo llegamos de las últimas porque habíamos pasado más de una hora decidiendo qué ponernos.

Mi hermana sostenía que una fiesta sin niños constituía un acontecimiento histórico y debía vestirse en consecuencia.

Ella llevaba un mono rojo que le sentaba de maravilla; yo había elegido unos pantalones blancos, un top negro de tirantes y unas sandalias planas con las que pudiera bailar sin terminar la noche solicitando asistencia médica.

Nada más aparecer en la terraza, localicé a Mauro junto a la barra.

Estaba hablando con Sergio y Martín, con una cerveza en la mano y una camiseta blanca que resaltaba el bronceado de sus brazos.

Me descubrió casi al mismo tiempo y aquella sonrisa lenta, descarada y ya demasiado familiar se dibujó en su cara.

Desde la noche que habíamos pasado juntos, todo entre nosotros parecía haber cambiado y, al mismo tiempo, seguía siendo igual.

Mauro no había tratado de convertir aquello en una conversación solemne ni me había preguntado qué éramos, algo que agradecía porque yo tampoco tenía una respuesta, sobre todo teniendo en cuenta que ya no me quedaba demasiado tiempo para marcharme de allí.

Sin embargo, me escribía cada mañana, buscaba cualquier excusa para pasar por mi bungaló y aprovechaba cada rincón apartado para besarme.

Aquel mismo día me había acorralado durante unos minutos detrás del almacén de material deportivo y todavía llevaba en la piel el recuerdo de sus manos.

Después se marchó a trabajar como si nada, dejándome con la respiración alterada y unas fotografías de tumbonas que, por motivos evidentes, habían salido bastante torcidas.

—No mires ahora —murmuró Ainara mientras avanzábamos hacia la barra—, pero el socorrista está a dos segundos de empezar a babear.

—Me has dicho que no mire cuando llevamos mirándonos desde que he entrado.

—Entonces podrías disimular un poco. Esto es una fiesta de trabajadores, no el preludio de un documental sobre apareamiento.

—Qué suerte tengo de haberte traído.

—No me has traído. He venido sola y pienso regresar acompañada si el bombero deja de hacerse el interesante.

Martín, como si la hubiera oído, levantó su vaso a modo de saludo y le dedicó una sonrisa. Ainara compuso una expresión de indiferencia que habría resultado mucho más convincente si no hubiera acelerado el paso.

Mauro se separó del grupo cuando llegamos y se inclinó para besarme en la mejilla. Sus labios rozaron mi piel demasiado cerca de la boca y una corriente cálida me bajó por el cuello.

—Pensaba que llegarías antes —murmuró, dejando una mano en mi cintura.

—Mi hermana se ha puesto muy pesadita con la ropa. Al parecer, una noche sin niños debe aprovecharse, aunque haya que cruzar un campo de minas.

—No he dicho tanto —se defendió ella.

—Claro que lo has dicho.

—Calla. ¿Dónde están los chupitos?

Martín le siguió el juego con entusiasmo y nos entregó dos vasos pequeños antes de que pudiéramos preguntar qué contenían. El líquido era de un color azul eléctrico que no existía en la naturaleza y olía como una mezcla de golosina y desinfectante.

Mauro examinó el mío con desconfianza.

—No te bebas eso.

—¿Por qué?

—Porque Sergio lo ha preparado dentro de una jarra de cinco litros y le ha echado cosas sin medir.

—Eso es falso —protestó Sergio—. Lo he medido todo perfectamente. Una botella de cada cosa.

—Magnífico método —dije.

—No seas cobarde, fotógrafa. La ronda se bebe de una vez.

Mauro trató de quitarme el vaso, pero lo aparté entre risas. Sergio comenzó una cuenta atrás y todos levantamos los chupitos. El mío sabía aún peor de lo que olía; tragué haciendo una mueca y Mauro me pasó su cerveza para que pudiera quitarme aquel sabor de la boca.

—Como mañana amanezca ciega, voy a denunciarlo —le advertí.

—Estaré encantado de ayudarte a reconocerlo en una rueda de identificación.

—Será complicado si estoy ciega.

—Entonces iré describiéndote a los sospechosos.

—Tú serías un testigo terrible. Te distraerías mirándote en el cristal.

Mauro soltó una carcajada y me atrajo hacia él. Durante un rato permanecimos junto a la barra, hablando con los demás y robándonos algún beso cuando creíamos que nadie prestaba atención.

Más tarde, al empezar una canción que conocíamos todos, Sergio nos empujó hacia la pista. Ainara ya bailaba con Martín, aunque fingía que no estaban juntos y se movía a una distancia de él que fue reduciéndose a medida que avanzó la canción.

Mauro me tomó de la mano, me hizo girar y me acercó hasta que mi espalda quedó pegada a su pecho.

—Procura comportarte —le advertí cuando sus manos se acomodaron sobre mis caderas.

—Me estoy comportando.

—Me estás tocando el culo.

—Te he dicho que me estaba comportando, no que fuera a convertirme en un santo.

Me volví dentro de sus brazos y le rodeé el cuello.

Había bebido un par de chupitos y parte de una copa, lo suficiente para sentirme ligera sin perder la claridad.

Mauro también estaba más alegre de lo habitual: reía por cualquier cosa, cantaba frases sueltas junto a mi oído y me besaba cada vez que la música o los gritos de los demás podían ocultarlo.

En un momento determinado, Sergio cambió la canción por una salsa y Mauro me sacó a bailarla. El caso es que, a pesar de su habitual destreza, tropezó, me pisó y estuvo a punto de derribar una mesa, por lo que bromeé diciendo que su talento no alcanzaba todas las disciplinas.

—¿Seguro que tu trabajo consiste en salvar vidas? —pregunté, apoyándome en la barra para recuperar el equilibrio—. Porque acabas de intentar acabar con la mía.

—Tú no te has dejado llevar.

—Me has hecho girar hacia el lado contrario.

—Eso es discutible.

—Mauro, casi me lanzas al mar.

—Pero te habría rescatado. Tengo práctica.

—Ah, claro. Todo formaba parte de tu estrategia para lucirte.

—Mis estrategias contigo son bastante más sencillas.

Se acercó hasta dejar su boca a un suspiro de la mía. Yo sabía perfectamente a qué se refería y también que, si continuaba mirándome de aquel modo, terminaríamos escapándonos mucho antes de que acabara la fiesta.

—¿En qué consisten? —lo provoqué.

—En besarte hasta que dejes de discutir conmigo.

—Entonces no están funcionando.

—Necesito más tiempo.

Me besó antes de que pudiera responder. Fue un beso lento, profundo y sin demasiado interés por la discreción. Alguien silbó a nuestra espalda y yo me separé riendo, escondiendo la cara contra su pecho, mientras Mauro me rodeaba con los brazos y apoyaba la barbilla sobre mi cabeza.

Por un instante me sentí tan cómoda allí que me asusté.

Aquello ya no se parecía a una aventura de verano, al menos no a las aventuras ligeras y sin consecuencias que yo había imaginado alguna vez.

Había empezado a acostumbrarme a encontrarlo al final de cada día, a buscar su rostro entre la gente y a reconocer sus pasos antes de verlo.

Sin embargo, me negué a estropear la noche pensando en el futuro. Todavía faltaba un poco para que terminara el reportaje y ya tendría tiempo de preocuparme cuando el calendario empezara a apretarnos contra la realidad.

La tercera ronda de chupitos llegó poco después. Me negué a beberla entera y dejé medio vaso sobre la barra, pero Sergio se tomó aquello como una ofensa personal.

—Qué decepción, Carla. Yo pensaba que, después de tantos días aquí, ya eras una de los nuestros.

—¡Lo mismo digo! —añadió Rubén.

—Lo soy. Por eso sé que no debo aceptar nada que hayas mezclado tú.

—Mauro sí se lo bebe.

—Mauro se pasa el día al sol. Tiene el cerebro cocido.

—Pero bien que te gusta —replicó Sergio.

Varias personas se echaron a reír. Yo también lo hice y Mauro le lanzó una servilleta arrugada. Todo habría quedado en una broma más si Sergio no hubiera levantado las manos, fingiendo inocencia, y añadido en un tono demasiado alto:

—Tranquilo, hombre, que aquí todos sabemos guardar secretos. Aunque hay dos en el camping que, por lo visto, se lo pasaron de maravilla la otra noche, estriptis incluido.

Las risas no llegaron a desaparecer del todo, pero adquirieron ese matiz incómodo que aparece cuando alguien ha dicho algo que no debía.

Durante un segundo nadie habló. Volví la cabeza hacia Mauro y vi cómo enrojecía de golpe.

No fue un cambio sutil: el color le subió desde el cuello hasta las mejillas mientras fulminaba a Sergio con la mirada.

—¿Qué coño estás diciendo? —preguntó.

Sergio abrió mucho los ojos, consciente quizás demasiado tarde de que había traspasado un límite.

—Nada, tío. Era una broma.

—Pues no tiene ninguna gracia.

—Venga, no te pongas así. Si tampoco he dicho nombres.

No necesitaba hacerlo. Martín dejó de bailar y Ainara me buscó con la mirada. Por la tensión de su rostro, supe que había comprendido exactamente lo mismo que yo: aquella frase no había surgido de la nada.