Capítulo 23
Habían pasado tres días desde la noche de los farolillos y, aunque Mauro y yo habíamos vuelto a vernos, a besarnos e incluso a quedarnos a solas durante algunos minutos que siempre acababan pareciéndonos demasiado pocos, ninguno había mencionado todo lo que aquella noche había despertado entre nosotros.
No era necesario: se había quedado como una promesa silenciosa, adherida a cada mirada y a cada roce aparentemente casual.
Yo la sentía cuando lo veía cruzar la piscina con el silbato colgado al cuello, cuando se acercaba a preguntarme cualquier tontería mientras trabajaba o cuando me escribía por la noche para comprobar si había llegado bien al bungaló.
Bastaba con que estuviera cerca para que mi cuerpo recordara sus manos con una precisión que empezaba a resultar bastante poco práctica.
La fiesta de aquel viernes tampoco ayudó demasiado.
El camping celebraba cada verano una noche temática que, según la dueña, servía para fidelizar clientes y, según Ainara, para que los adultos hicieran el ridículo con la tranquilidad de saber que sus vecinos estarían demasiado ocupados haciendo exactamente lo mismo.
Habían colocado guirnaldas de bombillas alrededor de la explanada, varias mesas junto al escenario y una barra improvisada bajo unos toldos blancos.
Desde primera hora de la tarde sonaba música, los niños corrían con pulseras luminosas y una pareja de animadores trataba de enseñar una coreografía colectiva a cualquiera que cometiera el error de pasar cerca.
Yo había trabajado durante buena parte de la celebración haciendo fotografías para las redes sociales del camping.
Cuando guardé por fin la cámara, la noche llevaba un buen rato instalada sobre nosotros y la explanada estaba llena.
Ainara apareció con dos vasos de plástico, me entregó uno y me aseguró que contenía una mezcla inofensiva.
Después de probarla, llegué a la conclusión de que su definición de «inofensiva» habría hecho llorar a cualquier agente de tráfico.
—¿Qué lleva esto?
—Fruta —contestó con absoluta convicción.
—También lleva alcohol.
—Pero con fruta. Eso lo convierte prácticamente en una ensalada veraniega.
Le lancé una mirada, aunque bebí otro sorbo.
La mezcla estaba dulce, fría y peligrosamente buena. Ainara sonrió satisfecha y señaló con la barbilla hacia el extremo de la barra.
Mauro acababa de llegar después de terminar su turno. Llevaba unos pantalones claros y una camisa rosa con las mangas dobladas hasta los codos.
El pelo aún estaba húmedo de la ducha y, cuando me encontró entre la gente, se quedó mirándome durante unos segundos antes de sonreír.
—Ya está —murmuró Ainara—. Acaba de olvidar que existen el resto de las mujeres del planeta.
—No digas tonterías.
—No las digo. Es un don que tengo.
Mauro vino directamente hacia nosotras.
Saludó a Ainara, pero sus ojos volvieron enseguida a mí.
Yo llevaba un vestido coral sencillo, bastante más corto de lo que solía ponerme para trabajar, y unas sandalias que empezaban a parecerme una pésima decisión. Él bajó la mirada un instante y, cuando volvió a levantarla, había algo distinto en su expresión.
—Estás preciosa.
—Tú tampoco estás mal.
—Qué entusiasmo.
—No quiero que te acostumbres a los cumplidos.
Se inclinó y me besó junto a la comisura de los labios.
Fue un beso breve, pero su mano se apoyó en mi cintura y permaneció allí un poco más de lo necesario.
Noté el calor de sus dedos incluso a través de la tela. Ainara carraspeó con tanto dramatismo que varias personas se volvieron a mirarla.
—Voy a buscar a alguien que no me haga sentir como una lámpara —anunció, alejándose con su vaso.
Mauro rio y me preguntó qué estaba bebiendo. Le ofrecí el vaso para que lo probara y frunció el ceño nada más hacerlo.
—Esto podría arrancar la pintura de una pared.
—Ainara dice que es poco más que una ensalada.
—Entonces procura comértela despacio.
No lo hice. Tampoco él tuvo demasiado cuidado con las cervezas que fueron pasando por su mano durante la noche, aunque ninguno de los dos llegó a perder el control.
Estábamos alegres, relajados y un poco achispados, lo suficiente para reírnos más de la cuenta y olvidar la existencia del pudor, pero no para ignorar lo que hacíamos.
Bailamos entre los demás al principio, rodeados de familias, trabajadores y campistas que aplaudían cada vez que cambiaba la canción.
Mauro lo estaba dando todo. Me hacía girar, me acercaba a él y fingía no darse cuenta de que sus manos siempre acababan un poco más abajo de donde habían empezado.
Al mismo tiempo, mi hermana bailaba con Martín. La veía de lo más contenta y eso me alegraba.
A medida que avanzó la noche, la música se volvió más lenta y la gente comenzó a dispersarse.
Yo llevaba los brazos alrededor de su cuello y él me sostenía por la cintura. Nuestros cuerpos se rozaban con cada movimiento. Podía sentir su respiración cerca de mi sien y el leve olor a jabón de su piel.
Habíamos dejado de hablar. Cada vez que me separaba unos centímetros, encontraba sus ojos fijos en mis labios.
—No me mires así —advertí.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras pensando en desnudarme.
La sonrisa que apareció en su cara fue lenta y descarada.
—No tengo que mirarte para pensar en eso.
El calor me subió desde el pecho hasta las mejillas. Tal vez por la bebida, por la música o por los tres días que llevaba imaginando qué habría ocurrido si aquella noche ninguno de los dos se hubiera detenido, no bajé la vista ni hice una broma para disimular.
Me acerqué hasta rozar sus labios.
—Entonces quizá deberíamos ir a un sitio donde puedas pensarlo con más tranquilidad.
Mauro dejó de moverse. La expresión divertida desapareció de su cara, sustituida por una intensidad que hizo que el estómago me diera un vuelco.
—Carla…
—¿Dónde está tu bungaló?
Él sabía perfectamente que yo conocía la respuesta, pero no lo señaló.
Entrelazó los dedos con los míos y nos alejamos de la explanada sin despedirnos de nadie.
Las luces y la música fueron quedando atrás mientras avanzábamos por los caminos del camping.
Yo llevaba las sandalias en una mano y caminaba descalza sobre el suelo aún tibio. De vez en cuando chocaba contra su hombro y los dos nos reíamos, aunque debajo de aquella ligereza había una expectación tan poderosa que me costaba respirar con normalidad.
Su bungaló se encontraba en una zona reservada a los trabajadores, un poco apartada de los alojamientos destinados a los campistas.
Era pequeño y ordenado, con un salón unido a la cocina, un dormitorio al fondo y una terraza estrecha en la que había una tabla de surf apoyada contra la pared.
Al entrar, Mauro encendió una lámpara y puso música a un volumen bajo. Yo dejé las sandalias junto a la puerta y recorrí la estancia con la mirada mientras él sacaba dos botellas de agua del frigorífico.
—Bebe —me pidió, entregándome una—. La ensalada de tu hermana era bastante contundente.
Obedecí, divertida. Mauro bebió también y dejó su botella sobre la encimera. Cuando se acercó, pensé que iba a besarme, pero se detuvo delante de mí sin tocarme.
—Todavía podemos volver a la fiesta.
—No quiero volver a la fiesta.
—También puedo acompañarte a tu bungaló.
—Tampoco quiero ir al mío.
—¿Y qué quieres?
Le sostuve la mirada. La música llenaba el silencio que se había abierto entre nosotros. Aquel hombre había conseguido que me temblaran las piernas con una pregunta formulada en voz baja, y la bebida me había robado justo la cantidad necesaria de vergüenza para no fingir que no lo sabía.
—Quiero bailar contigo.
—Ya hemos bailado.
—No así.
Retrocedí un paso y empecé a moverme al ritmo de la canción. Mauro se quedó quieto, mirándome con una mezcla de sorpresa y fascinación.
Nunca habría hecho algo semejante completamente sobria. Probablemente, a la mañana siguiente, desearía emigrar a un país donde nadie conociera mi nombre. En aquel momento, sin embargo, me sentía atrevida, libre y poderosamente consciente de la forma en que sus ojos recorrían mi cuerpo.
Me moví despacio, dejando que las caderas siguieran el ritmo mientras me soltaba el pelo. Mauro apoyó las manos en el borde de la encimera como si necesitara aferrarse a algo.
Su expresión bastó para animarme. Me acerqué hasta quedar frente a él, pasé un dedo por el borde de su camisa y volví a alejarme antes de que pudiera tocarme.
—Esto no es jugar limpio —murmuró.
—Nunca he dicho que supiera jugar.
Giré sobre mí misma y deslicé las manos por mis costados. El vestido se ajustaba a mi cuerpo y, cuando volví a mirarlo, Mauro tenía la mandíbula tensa.
Me llevé las manos a la espalda y bajé lentamente la cremallera. La tela cedió y quedó suelta alrededor de mis hombros.
—Carla, como sigas así…
—¿Qué?
—Voy a olvidar todas las cosas sensatas que llevo tres días intentando recordar.
Dejé que uno de los tirantes resbalara por mi brazo y después hice lo mismo con el otro. El vestido cayó hasta mi cintura y luego descendió por mis piernas, formando un círculo alrededor de mis pies.
Me quedé frente a él con la ropa interior que había elegido aquella tarde sin querer admitir, ni siquiera ante mí misma, que esperaba que él acabara viéndola.
Mauro cerró los ojos un instante y soltó una risa incrédula.
—Me vas a matar.
—Eres socorrista. Supongo que sabrás reanimarte.
Me acerqué de nuevo, todavía moviéndome al compás de la música, y le rodeé el cuello con los brazos.
Esta vez permitió que mi cuerpo se pegara al suyo, aunque mantuvo las manos quietas en mi cintura.
Le besé junto al oído, descendí por su cuello y noté cómo se tensaba bajo mis labios.
—Puedes tocarme —susurré.
Sus manos recorrieron mi espalda con lentitud. Me estremecí y busqué su boca, pero él me sostuvo el rostro antes de besarme.
—Mírame.
Lo hice. Sus ojos habían perdido cualquier rastro de diversión.
—Los dos hemos bebido —dijo—. No estás borracha, pero necesito preguntártelo ahora, antes de que sigamos. ¿Estás completamente segura?
La pregunta atravesó la neblina agradable que me envolvía sin destruirla.
Sabía dónde estaba, con quién y qué deseaba. Lo había sabido desde mucho antes de beber aquella primera copa.
Apoyé una mano sobre su pecho y sentí el latido acelerado de su corazón.
—Sí, Mauro. Estoy segura.
—No quiero que mañana pienses que esto ocurrió porque habías bebido.
—Mañana seguramente pensaré que mi baile ha sido espantoso y trataré de fingir que nunca existió. Pero no me voy a arrepentir de estar contigo.
—Tu baile no ha sido espantoso.
—¿Es lo único que has entendido?
—No. He entendido que estás segura.
—Entonces deja de hablar.
Mauro me besó con una intensidad que me obligó a aferrarme a sus hombros. Toda la contención de los últimos días desapareció de golpe. Sus manos recorrieron mi espalda mientras yo empezaba a desabrocharle la camisa, torpe por las prisas y por los besos que no me permitían concentrarme.
Mauro se rio contra mi boca, me ayudó con los últimos botones y se quitó la prenda sin dejar de mirarme. Le acaricié el pecho, los hombros y la espalda, disfrutando de la libertad de tocar todo aquello que tantas veces había contemplado desde lejos.
Retrocedimos hacia el dormitorio entre besos, tropezando con una silla y riéndonos como adolescentes. La risa desapareció cuando caímos sobre la cama y Mauro se inclinó sobre mí, observándome una vez más y concediéndome una última oportunidad de detenerlo. En respuesta, lo atraje hacia mi cuerpo.
Lo que siguió tuvo toda la intensidad que llevábamos días conteniendo.
No hubo prisa a pesar del deseo acumulado, ni duda de que sobreviviera a la paciencia de sus caricias.
Mauro estuvo pendiente de mí, de cada gesto y cada respuesta, y yo dejé de pensar en cómo me veía, en lo que debía hacer o en lo que ocurriría a la mañana siguiente.
Solo existían su boca, sus manos y la manera en que pronunciaba mi nombre como si llevara demasiado tiempo deseando hacerlo de aquel modo.
Cuando por fin hicimos el amor, tuve la sensación de que toda la tensión de las últimas semanas encontraba su lugar. Me aferré a él y olvidé el camping, la música lejana y todas las razones por las que aquello podía complicarlo todo.
Mauro me besó mientras nuestros cuerpos aprendían a entenderse y yo me abandoné a él sin reservas, segura de que, a partir de entonces, algunas canciones me llevarían de vuelta a aquella habitación.
Después permanecimos tendidos en silencio, todavía abrazados. La música continuaba sonando en el salón y, a lo lejos, alguien gritó el estribillo de una canción con un entusiasmo muy superior a su talento.
Yo tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Mauro y una de sus manos dibujaba círculos distraídos en mi espalda.
—Tengo una pregunta importante —dijo al cabo de unos minutos.
—Como sea sobre el estriptis, voy a negarlo todo.
—Precisamente quería saber si aceptas reservas para fiestas privadas.
Le di un golpe suave en el pecho y él rio, atrapando mi mano antes de que pudiera repetirlo.
—Sabía que me arrepentiría.
—Has dicho que no te arrepentirías.
—De acostarme contigo. Del baile no prometí nada.
Mauro se giró hasta dejarme debajo de él. Su sonrisa seguía allí, pero sus ojos se habían vuelto más suaves.
—A mí me ha parecido el mejor baile de mi vida.
—Eso dice muy poco de tu vida.
—O mucho de ti.
Me besó despacio, sin la urgencia de antes. Yo le rodeé la cintura con una pierna y comprendí, por la manera en que volvió a acercarme a él, que ninguno de los dos tenía intención de dormir todavía.
Afuera, la fiesta comenzaba a apagarse. Dentro de aquel bungaló, nuestra noche no había hecho más que empezar.