En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Noté la mano de Mauro subir lentamente hasta mi mejilla. Su pulgar acarició mi piel con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos. La otra mano encontró mi cintura y me acercó un poco más, sin imponerse, dejándome sitio incluso cuando ya estaba abrazándome.

Respondí rodeándole el cuello con los brazos. No recordaba haber besado nunca a nadie con aquella tranquilidad. No había necesidad de demostrar nada ni urgencia.

Solo una felicidad extraña, silenciosa, que parecía ir creciendo con cada segundo.

Cuando nos separamos apenas unos centímetros, los dos sonreíamos.

—¿Sabes una cosa? —murmuró.

—¿Cuál?

—Llevo todo el día intentando adivinar cuándo volverías a besarme tú.

—¿Y?

—He perdido todas las apuestas.

No pude evitar reírme.

—¿Hacías apuestas contigo mismo?

—Soy bastante competitivo.

—Y bastante tonto.

—Eso también.

Volví a besarlo antes de que pudiera responder. Aquella vez, el beso fue más largo. Más profundo.

Las palabras desaparecieron.

Solo quedó el roce de nuestras respiraciones, el olor del mar mezclado con el vino frío que acababa de sacar de la nevera portátil y el sonido de los farolillos golpeándose muy suavemente unos contra otros.

Cuando por fin nos sentamos sobre las jarapas, seguía sintiendo el cosquilleo de sus labios.

Mauro sirvió el vino en las dos copas.

—Brindemos.

—¿Por qué?

Se quedó pensándolo.

—Por haber conseguido traerte sin que llamaras a la Guardia Civil.

—Todavía estoy a tiempo.

Chocamos las copas.

El vino estaba frío y tenía ese punto afrutado que invitaba a beber despacio.

Fuimos picando queso, pan y fruta mientras hablábamos sin un orden concreto. De la infancia. De los veranos en los que todo parecía eterno. De la primera cámara que tuve, una compacta azul con la que fotografié absolutamente todo durante meses.

Él me habló de su padre revelando fotografías en un cuarto oscuro improvisado y de cómo, cuando era pequeño, estaba convencido de que las imágenes nacían por arte de magia dentro de aquellas cubetas.

Yo le conté que, durante mucho tiempo, había pensado que una fotografía podía detener el tiempo.

—¿Y ahora?

Miré el mar.

—Ahora creo que solo consigue recordarte que ha pasado.

Él permaneció unos segundos en silencio.

—Aun así, merece la pena.

—Sí.

—Porque hay momentos que da miedo olvidar.

Lo miré. Sabía perfectamente que no estaba hablando de fotografía.

El viento empezó a refrescar y Mauro extendió la manta sobre las jarapas. Nos tumbamos bocarriba.

Las luces de los farolillos quedaban justo por encima de nosotros, mezclándose con las estrellas.

—Nunca habría imaginado la belleza de este lugar.

—Muy poca gente sube.

—Es precioso.

—Lo es.

Giré la cabeza.

Él ya me estaba mirando.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez «nada».

—Estoy pensando que esta imagen te gustaría fotografiarla.

Sonreí.

—No.

—¿No?

—Si sacara la cámara ahora, dejaría de vivirla.

Aquella frase pareció sorprenderlo. Buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—Entonces no la fotografíes.

—No pienso hacerlo.

—¿Por qué?

Cerré los ojos un instante.

—Porque hay recuerdos que prefiero guardar aquí.

Le di un pequeño golpecito en el pecho.

—No dentro de una tarjeta de memoria.

Mauro levantó nuestra mano entrelazada y besó mis nudillos.

Fue un gesto tan sencillo que consiguió emocionarme mucho más de lo que habría imaginado.

Apoyé la cabeza sobre su hombro. Su brazo me rodeó con naturalidad.

Nos quedamos así durante un largo rato, hablando cada vez menos. Las conversaciones empezaban y morían solas. Comentábamos una estrella, después una nube y luego el sonido de una gaviota nocturna.

Al final, simplemente permanecimos callados.

Aquel silencio era tan cómodo que ninguno sentía la necesidad de llenarlo.

En algún momento empecé a notar el sueño. Quizás fuera el vino. Quizás el cansancio acumulado.

O quizás la tranquilidad inmensa que sentía allí, escuchando el corazón de Mauro bajo mi mejilla y el rumor constante del mar al mismo tiempo.

—Carla.

—¿Mm?

—Gracias por compartir este momento conmigo.

Levanté apenas la cabeza.

—Soy yo quien tiene que agradecerlo.

Él sonrió.

—Recuérdame este sitio si alguna vez se me olvida.

—¿Yo?

—Sí. Ojalá estés cerca.

Me quedé sin palabras.

Solo me acerqué un poco más y volví a besarlo despacio, con esa mezcla de ternura y deseo tranquilo que solo aparece cuando dejas de tener miedo de estar cerca de alguien.

Después apoyé otra vez la cabeza sobre él.

No sé cuánto tiempo pasó.

El viento siguió moviendo los farolillos. El mar continuó respirando allá abajo y, casi sin darnos cuenta, la conversación fue apagándose hasta convertirse en murmullos inconexos.

La última imagen que recuerdo antes de quedarme dormida fue la luz cálida balanceándose entre las ramas y la mano de Mauro acariciándome el pelo de forma distraída.

Cuando abrí los ojos de nuevo, una claridad muy tenue empezaba a dibujar el horizonte.

Seguíamos exactamente donde nos había vencido el sueño.

La manta nos cubría hasta la cintura y mi mano seguía entrelazada con la suya.

Entonces comprendí, con una serenidad que no recordaba haber sentido desde hacía mucho tiempo, que el lugar más seguro en el que había estado desde que abandoné Madrid no era una ciudad, una casa ni siquiera aquella cala escondida.

Era el hueco que había encontrado entre el brazo de Mauro y su corazón.