En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Vi cómo levantaba despacio el pañuelo y lo colocaba sobre mis ojos. La tela olía ligeramente a suavizante y a colonia. Noté sus dedos apartando un mechón que había quedado atrapado junto a la oreja mientras hacía el nudo detrás de mi cabeza.

Todo desapareció.

La oscuridad fue inmediata.

Al principio resultó extraña. Después, curiosamente, dejó de darme miedo.

—¿Ves algo?

—No.

—Perfecto.

—No me parece perfecto.

Escuché su risa muy cerca.

—Dame la mano.

Busqué a tientas hasta encontrar sus dedos.

No me sujetó de golpe.

Fue un contacto lento, casi tímido, como si quisiera comprobar que realmente era yo quien elegía entrelazar la mano con la suya.

Lo hice.

Y, de repente, todo resultó mucho más sencillo.

—Vamos despacio.

Empezamos a caminar.

El primer tramo era firme. Después, el terreno cambió bajo mis zapatillas.

—Ahora hay arena.

Asentí.

—Dentro de dos pasos encontrarás una piedra.

La esquivé.

—Muy bien.

—¿Me estás felicitando?

—Estoy reforzando conductas positivas.

—Eres insufrible.

—Eso dicen.

Seguimos avanzando.

El viento movía las copas de los pinos sobre nuestras cabezas. Sin poder ver, cada sonido parecía mucho más cercano. El rumor del mar llegaba y desaparecía según cambiaba la dirección de la brisa. Olía a romero, lentisco y tierra caliente que todavía conservaba el calor del día.

—Hay una pequeña subida.

Noté cómo reducía el ritmo para adaptarlo al mío.

—Levanta un poco más el pie.

Obedecí. Tropecé igualmente.

Antes de perder el equilibrio, sentí su otra mano sujetándome con firmeza por la cintura.

Solo un instante. El suficiente.

—Perdón.

—No tienes que pedirme perdón por tropezar.

—Es que parezco torpe.

—No.

Su voz sonó tan cerca que casi pude sentir su respiración.

—Solo estás caminando sin ver. Lo raro sería que no tropezaras.

Continuamos.

Ya no preguntaba cuánto faltaba. Había dejado de pensar en el destino.

Me concentraba únicamente en el recorrido, en la textura del suelo, en el calor de su mano y en la forma en que me iba avisando de cada pequeño desnivel antes incluso de que yo lo encontrara.

Resultaba extraño descubrir que confiar podía sentirse exactamente así. No como un salto, sino como una sucesión de pasos pequeños. Uno detrás del otro.

Hasta que, sin darte cuenta, ya no necesitas preguntar adónde vas porque sabes quién camina a tu lado.

Nos detuvimos.

Él soltó despacio mi mano.

—No te muevas.

Escuché cómo daba un par de pasos a mi alrededor. Sonó el clic metálico de un mechero. Después, otro. Y otro más.

Fruncí el ceño.

—¿Qué estás haciendo?

—Un segundo.

El aire olía ahora a cera caliente, a llama y a algo que no supe identificar.

Volvió a colocarse frente a mí.

Sentí sus dedos rozando otra vez mi nuca mientras deshacía el nudo del pañuelo.

—¿Preparada?

—Creo que sí.

—Abre los ojos.

Abrí los ojos.

Durante unos segundos fui incapaz de comprender lo que estaba viendo.

La oscuridad no había desaparecido; simplemente había cambiado de forma.

La noche seguía envolviéndolo todo, pero decenas de pequeños farolillos suspendidos entre las ramas de los pinos la habían llenado de una luz cálida, dorada e irregular, como si las estrellas hubieran decidido bajar un rato a descansar sobre los árboles.

Algunos colgaban muy bajos, balanceándose con la brisa casi a la altura de los hombros; otros parecían flotar mucho más arriba, escondidos entre las copas.

El viento los movía despacio y las sombras danzaban sobre el suelo con una suavidad casi hipnótica.

Frente a nosotros, el terreno terminaba en un mirador natural.

Más allá solo estaba el mar. Inmenso. Oscuro.

La luna había dibujado un camino de plata sobre el agua y, muy a lo lejos, las luces de varios pueblos parecían suspendidas entre el cielo y el horizonte. Desde allí arriba, el ruido de las olas llegaba amortiguado, grave y constante, como una respiración que no terminaba nunca.

No fui capaz de decir nada.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones poco a poco mientras giraba sobre mí misma, intentando abarcar aquel lugar con la mirada.

Las jarapas estaban extendidas formando una especie de pequeño salón improvisado sobre la tierra. Había cojines grandes, una cesta de mimbre, una neverita, una botella de vino blanco, dos copas y una lámpara de aceite cuya llama temblaba al ritmo del viento.

Todo parecía sencillo. No era una decoración perfecta ni buscaba serlo. Precisamente por eso resultaba tan hermosa.

Era evidente que alguien había dedicado horas a prepararlo.

Para mí.

Me giré lentamente hacia Mauro. Él no estaba mirando el paisaje. Me estaba mirando a mí.

Y, por primera vez desde que lo conocía, parecía mucho más nervioso que yo.

Se pasó una mano por la nuca y sonrió con cierta timidez.

—Bueno… Ahora ya puedes decir que ha sido una mala idea.

No respondí. Seguía intentando encontrar las palabras.

—Martín decía que era demasiado cursi.

Aquello consiguió arrancarme una sonrisa.

—¿Martín ha participado en esto?

—Obligado.

—Pobre.

—No te imaginas cuánto protestó. Luego fue el primero en discutir dónde quedaban mejor los farolillos.

Bajé la vista hacia una de las pequeñas luces que colgaban muy cerca de mí. La toqué con la yema de los dedos. El papel estaba tibio por la bombilla del interior.

—¿Lo has preparado tú?

—Sí, con ayuda, como ya he dicho. Quería enseñarte este sitio antes de que terminara el verano.

—¿Por qué?

Mauro tardó unos segundos en contestar.

No parecía buscar una frase brillante. Solo una sincera.

—Porque aquí vengo cuando necesito ordenar la cabeza.

Levantó la vista hacia el mar.

—Cuando murió mi padre, vine muchas noches. Cuando me sentí perdido, también. Cuando necesitaba estar solo… venía aquí.

Guardó silencio un instante.

—Y hace unos días pensé que me apetecía muchísimo dejar de venir solo.

Aquellas palabras hicieron mucho más que los farolillos. Muchísimo más.

Noté un nudo extraño bajo el esternón. Uno de esos que no duelen, solo aprietan.

Avancé un paso. Luego, otro.

Hasta quedarme justo delante de él.

—Creo que nunca nadie había preparado algo así para mí.

Mauro sonrió muy despacio.

—Pues ya era hora.

Negué con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Ya era hora de que alguien pensara en regalarme un recuerdo y no una cosa.

Él bajó la mirada unos segundos.

—Las cosas se rompen.

Mis dedos buscaron el cristal de mar que descansaba sobre mi pecho.

—Eso ya me lo enseñó el océano.

Durante un instante, ninguno habló.

El viento seguía moviendo los farolillos, las olas continuaban rompiendo abajo y yo sentía que aquella noche estaba ocurriendo demasiado deprisa y, al mismo tiempo, exactamente a la velocidad que necesitaba.

Fui yo quien dio el último paso y apoyé una mano sobre su pecho.

Sentí el latido firme bajo la tela de la camisa. Él no se movió. Esperó, como había esperado con la venda, como había esperado para cogerme de la mano, como parecía esperar siempre que la decisión tuviera que ser mía.

Me puse de puntillas.

Nuestros labios se encontraron despacio, sin prisa, como si ninguno quisiera estropear el momento intentando correr más de la cuenta.

El primer contacto volvió a ser apenas un roce. Después llegó otro. Y otro más.

Hasta que dejó de existir cualquier espacio entre nosotros.