Capítulo 22
Mauro apareció en la puerta del bungaló cuando el cielo empezaba a perder el último azul de la tarde y el camping se llenaba de ese ruido extraño de las horas tranquilas: cubiertos chocando contra platos, niños agotando la energía que les quedaba antes de la cena, cremalleras de tiendas de campaña y conversaciones que llegaban desde parcelas distintas sin que pudiera entenderse ninguna palabra completa.
Yo estaba sentada en el porche con el portátil abierto sobre las piernas, aunque llevaba casi diez minutos observando la misma fotografía sin hacer nada con ella.
Era una imagen del mercado marinero, una de las últimas que había tomado antes de que él comprara el colgante, y en un rincón aparecía Mauro desenfocado, hablando con uno de los artesanos.
No se le distinguía bien la cara, pero sí la postura relajada, una mano metida en el bolsillo y la cabeza ligeramente girada hacia mí.
Había ampliado la fotografía tres veces, intentando averiguar si realmente me estaba mirando o si aquello era otra de las historias que mi cabeza había decidido inventarse desde el beso.
El golpe suave de sus nudillos contra la barandilla consiguió que diera un pequeño respingo.
Levanté la vista y lo encontré al otro lado, vestido con unos vaqueros claros y una camisa azul con las mangas remangadas.
No llevaba el uniforme de socorrista ni lucía aquella sonrisa descarada con la que parecía haber nacido. De hecho, durante un instante se limitó a mirarme como si no supiera muy bien cuál era la frase correcta para empezar.
—Hola —dijo al fin.
Cerré el portátil demasiado deprisa y estuve a punto de atraparme los dedos.
—Hola.
Ainara, que estaba dentro intentando convencer a Teo de que los macarrones no podían utilizarse como proyectiles aunque estuvieran fríos, apareció en la puerta en cuanto oyó una voz masculina.
Llevaba un paño de cocina al hombro, una mancha de tomate en la camiseta y esa expresión de interés desvergonzado que solo adoptaba cuando el asunto tenía que ver conmigo.
—Mauro —saludó, mirando primero hacia él y después hacia mí—. Qué casualidad.
—No es casualidad —contestó él—. He venido a buscar a Carla.
Mi hermana sonrió de una forma tan amplia que sentí deseos de encerrarla en el baño.
Antes de que pudiera intervenir, Noa asomó la cabeza por debajo del brazo de su madre y gritó hacia el interior:
—¡Teo, ha venido el novio de la tata!
Desde dentro llegó la respuesta de mi sobrino.
—¡Pregúntale si quiere mi pulsera!
—No es mi novio —aclaré, aunque nadie parecía especialmente interesado en mi opinión.
Mauro bajó la cabeza para disimular la risa.
—Buenas noches, Noa.
—Te he hecho un anillo —anunció ella—. Pero mi madre dice que todavía no te lo dé porque la tata se pone nerviosa.
Me giré despacio hacia Ainara. Mi hermana levantó ambas manos.
—Eso no es exactamente lo que he dicho.
—Has dicho que no la presione.
—Noa.
—¿Qué?
Mauro terminó soltando una carcajada y se agachó frente a la niña.
—Guárdamelo. Ya encontraremos un buen momento.
—Cuando seáis novios.
—Mauro —le advertí para que no añadiera nada más a aquella emboscada.
Él se incorporó con una expresión inocente.
—No discuto con artesanas.
Ainara nos observaba como si acabara de empezar una película por la que había pagado una entrada carísima.
Me puse de pie, agarré el portátil y lo dejé sobre la mesa antes de cruzarme de brazos.
—¿Para qué has venido?
—Quiero enseñarte una cosa.
—Esa frase nunca trae nada bueno.
—¿No serás un poco quejica? —preguntó, sabiendo la respuesta y enarcando una ceja.
Sus ojos descendieron un instante hasta el cristal de mar que seguía llevando al cuello. El gesto fue tan breve que quizás nadie más lo habría notado, pero yo sentí una pequeña corriente bajo la piel.
Ainara soltó una risita que intentó convertir en tos cuando la miré.
Mauro me pidió que cogiera algo de abrigo y calzado cómodo. No quiso explicar adónde íbamos ni cuánto tardaríamos, aunque prometió que me devolvería antes de que los niños fueran a la universidad.
Teo apareció entonces con una pulsera de cuentas rojas y verdes colgando de una mano y una albóndiga pinchada en un tenedor en la otra.
Le hizo entrega de la joya con solemnidad y le explicó que servía para protegerlo de incendios, tiburones y mujeres enfadadas.
Mauro se la puso sin hacer ninguna pregunta, cosa que aumentó de forma preocupante la admiración de mi sobrino.
—La última protección te va a hacer falta —murmuré.
—Es la que más confianza me da —respondió, levantando la muñeca para enseñarme la pulsera.
Diez minutos más tarde me encontraba en su coche, observando cómo las luces del camping desaparecían por el retrovisor mientras intentaba convencerme de que aquello no era una cita.
La conversación con Ainara regresaba a mi cabeza sin permiso: no tenía que decidir nada, no debía convertir un beso en un compromiso y, sobre todo, necesitaba dejar de comportarme como si cada emoción fuera una trampa.
El problema era que resultaba muy fácil defender aquella teoría sentada en el porche, rodeada de cuentas de colores y niños hablando de dinosaurios.
Estar a solas con Mauro, con la noche cayendo alrededor y la certeza de que había preparado algo que no quería contarme, era muy diferente.
Durante los primeros kilómetros, él dejó que la radio llenara el silencio. Sonaba una canción lenta que no conocía y las ventanillas estaban ligeramente bajadas, de modo que el aire cálido entraba en el coche mezclado con olor a pino y tierra seca.
Mauro conducía con una mano sobre el volante y la otra apoyada cerca de la palanca de cambios.
Llevaba la camisa remangada hasta los antebrazos y, cada vez que cambiaba de marcha, la luz intermitente de las farolas dibujaba sombras distintas sobre sus manos.
Nunca me había fijado en ellas. Eran grandes, fuertes, ligeramente morenas por el sol del verano y con pequeñas marcas blancas que no parecían cicatrices importantes, sino esas heridas diminutas que solo conservan quienes trabajan con el cuerpo.
Me sorprendí observándolas más de la cuenta y, como si hubiera sentido mi mirada, sonrió sin apartar los ojos de la carretera.
—¿Qué?
Negué con la cabeza demasiado deprisa.
—Nada.
—Has dicho «nada» muy rápido.
—Porque no era nada.
—Estabas mirándome.
—Estaba mirando cómo conduces.
—Eso sigue siendo mirarme.
Resoplé y apoyé un brazo en la ventanilla.
—Eres insoportable.
—Y tú muy mala mintiendo.
La carretera comenzó a estrecharse hasta convertirse en un camino rodeado de pinos.
Las luces del camping habían desaparecido hacía rato y ahora solo nos acompañaba la claridad blanquecina de la luna, que se colaba entre las ramas dejando manchas de luz sobre el asfalto.
Bajé un poco más la ventanilla. El aire olía a sal, a monte y a esa mezcla de plantas secas que siempre me hacía pensar en los veranos de cuando era pequeña.
—¿Nos estamos perdiendo?
—No.
—¿Seguro?
—Claro que seguro.
—Porque llevamos bastante tiempo sin cruzarnos con nadie.
—Precisamente por eso.
Lo miré de reojo.
—¿Pretendes tranquilizarme?
—No. Pretendo que dejes de intentar sacarme información.
—No pienso dejar de hacerlo.
—Lo presiento.
—Entonces dime dónde vamos.
Él negó despacio, divertido.
—Si te lo digo, me cargas la sorpresa.
—¿Y si no me gustan las sorpresas?
—Mentira.
—¿Cómo que mentira?
—Las fotografías son una sorpresa constante. Nunca sabes exactamente qué vas a encontrar hasta que revelas o descargas la imagen. Si no te gustaran las sorpresas, no te dedicarías a eso.
Aquella respuesta me dejó unos segundos sin réplica.
Odiaba que tuviera razón con tanta frecuencia.
Continuamos avanzando mientras la música seguía sonando muy baja.
Hablamos de cualquier cosa menos de nosotros: de un restaurante que Ainara insistía en probar antes de volver a Madrid, del empeño de Teo en convencer a medio camping de que existían los dinosaurios bomberos y de cómo Noa parecía haber decidido organizar nuestras vidas sentimentales antes incluso de aprender a multiplicar.
Cuando el coche abandonó definitivamente el asfalto y empezó a recorrer un camino de tierra, levanté una ceja.
—Ahora sí que me preocupa.
—Ya casi hemos llegado.
Las ruedas crujían sobre la grava. A ambos lados solo distinguía troncos oscuros y matorrales que el viento hacía moverse como sombras. No había casas, luces ni rastro de personas.
Mauro detuvo el motor.
De repente, el silencio fue absoluto.
Un silencio lleno de grillos, de hojas agitándose muy arriba y del rumor lejano del mar rompiendo contra la costa.
Permanecimos unos segundos dentro del coche sin hablar.
—Baja.
Obedecí.
Nada más cerrar la puerta, el aire fresco de la noche me envolvió por completo. Respiré hondo. Aquel lugar tenía un olor distinto al de la playa. Más limpio. Más salvaje.
—¿Dónde estamos?
—Todavía no.
Lo vi rodear el coche y acercarse con algo en la mano.
Un pañuelo azul marino.
Solté una carcajada incrédula.
—Ni hablar.
—Por favor.
—¿Pretendes vendarme los ojos?
—Solo un ratito.
—Mauro…
—Confía en mí.
Aquellas tres palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
No las dijo sonriendo ni jugando. Simplemente las pronunció con una tranquilidad que hizo desaparecer cualquier rastro de broma.
—No sé si debería.
Él tampoco respondió enseguida. Dio un paso más hasta quedarse muy cerca de mí y sostuvo el pañuelo entre las manos, sin intentar colocármelo todavía.
—Si en algún momento te incomodas, me lo dices y paramos. Si quieres quitártelo antes de llegar, te lo quitas. No pasa absolutamente nada.
Aquello terminó de convencerme. No insistía ni presionaba. Me estaba dejando elegir.
Suspiré.
—Como aparezca un precipicio…
—No aparecerá.
—Como haya un jabalí…
—Tampoco.
—Como esto acabe en un vídeo para reírte de mí…
Por fin volvió aquella sonrisa ladeada que tanto empezaba a conocer.
—Eso sí me lo estoy planteando.
Le di un golpecito en el brazo.
—Idiota.
Recogí el pelo hacia un lado.
—Venga.