En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Solo intento entender por qué tienes cara de haber firmado una hipoteca.

Solté el aire y apoyé los codos sobre la mesa.

—Porque me dejé llevar.

—Eso suele ocurrir cuando dos personas se besan.

—No debería haberlo hecho.

Ainara dejó el hilo sobre la mesa y me observó con atención. La diversión no desapareció del todo de su cara, pero su expresión se suavizó.

—¿No querías?

La pregunta me pilló desprevenida.

—Sí.

—¿Te incomodó?

—No.

—¿Él te presionó?

—En absoluto.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Miré hacia el colgante.

—Que no sé qué significa.

—Puede no significar nada.

Aquello me molestó más de lo esperado y Ainara lo notó enseguida.

—O puede significar algo —añadió—. Pero no tienes que decidirlo esta mañana. Mauro no te ha pedido matrimonio, ni te ha hablado de vivir juntos, tener hijos o abrir una cuenta bancaria compartida. Te ha dado un beso.

—Ya lo sé.

—No lo parece. Estás reaccionando como si tuvieras que elegir los centros de mesa de la boda.

Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme.

—No me hace gracia.

—Un poco sí.

Teo levantó una pulsera.

—Esta es para Martín.

Ainara giró la cabeza demasiado rápido.

—¿Para Martín?

—Sí. Tiene un dinosaurio bombero.

—Eso no existe —dijo Noa.

—Ahora sí.

La pulsera era una mezcla de cuentas rojas y amarillas con un tiranosaurio verde en el centro. Ainara la sostuvo entre los dedos como si estuviera valorando una pieza de alta joyería.

—Seguro que le encanta.

—Martín es tu novio —declaró Noa.

Mi hermana casi dejó caer la pulsera.

—No, cariño.

—Pero te ríes mucho con él.

—También me río con la tata.

Noa me miró.

—Pero la tata no puede ser tu novio.

—Gracias por la aclaración.

La niña retomó su trabajo mientras Ainara fingía estar muy ocupada ordenando cuentas. La observé durante un momento.

—¿Te gusta Martín?

Ella levantó la vista con una expresión cautelosa.

—Estamos hablando de ti.

—Ahora estamos hablando de ti.

—No hay nada que contar.

—Eso no ha sido una respuesta.

Ainara suspiró y comprobó que los niños estaban discutiendo por un corazón amarillo antes de contestar en voz baja.

—Sí. Me gusta.

Abrí los ojos.

—¿En serio?

—No lo anuncies por megafonía.

—¿Desde cuándo?

—No sé. Es guapo, divertido y tiene una paciencia con estos dos que debería contar como una titulación universitaria. El otro día dejó que Teo le explicara durante cuarenta minutos por qué los tiburones ganarían una guerra contra los cocodrilos.

—Ganarían los cocodrilos —intervino Teo sin mirarnos.

—No estamos hablando de eso —dijo Ainara.

—Pero ganarían los tiburones si la guerra fuera en el agua.

—Gracias por la precisión.

Mi hermana volvió a mirarme.

—Martín me gusta, sí. Pero no voy a convertirlo en un drama. Estamos de vacaciones. Él tiene su vida, yo tengo la mía y, además, cualquier intento de seducción pierde bastante fuerza cuando dos niños aparecen para preguntar si pueden dormir en tu cama porque han visto un mosquito sospechoso.

—Podrías conocerlo mejor.

—Podría. Y quizás lo haga. Pero no estoy planificando nada.

Sonrió con malicia.

—Aunque, si no fuera por los niños, probablemente ya me habría liado con él.

—Ainara.

—Estoy susurrando.

—Siguen teniendo oídos.

—También creen que los dinosaurios protegen pulseras. No están prestando atención.

Noa levantó la cabeza.

—Sí estamos prestando atención.

Las dos nos quedamos inmóviles.

—¿A qué? —preguntó Ainara con cautela.

—A que la tata necesita un anillo para su novio.

Respiramos aliviadas.

Noa sostuvo un hilo lleno de cuentas azules y verdes.

—Le estoy haciendo uno a Mauro.

—Mauro no es mi novio.

—Todavía —repitió ella.

—Ni todavía ni después.

—Te mira como un novio.

La seguridad con la que lo dijo me dejó sin respuesta.

Ainara se llevó la taza a los labios para esconder la sonrisa.

—¿Y cómo mira un novio? —pregunté.

Noa se encogió de hombros.

—Como si fueras la única que está hablando, aunque haya más gente.

Sentí algo extraño en el pecho.

Teo intervino sin apartar la atención de su pulsera.

—También te mira cuando no hablas.

—Eso no ayuda —murmuré.

—Y ayer te esperaba fuera del baño —añadió Noa.

—Porque íbamos juntos al mercado.

—Mamá dice que los hombres no esperan nunca fuera de los baños si no están enamorados.

Me giré despacio hacia Ainara.

—¿Yo he dicho eso? —preguntó ella, horrorizada.

—Cuando papá se fue a comprar helados y tú dijiste que era un milagro que esperara, hace dos años, cuando estabais juntos.

—Eso no significa lo mismo.

Noa decidió que la conversación había terminado y retomó su anillo. Yo apoyé la frente en una mano.

—Esto es una pesadilla.

—A mí me está pareciendo una mañana estupenda —dijo Ainara.

Negué con la cabeza.

—Mauro es una buena pieza.

Mi hermana dejó de sonreír.

—No creo que lo sea.

—Se pasa el día dando conversación a todas las mujeres del camping.

—Trabaja de cara al público.

—Y sabe perfectamente el efecto que causa.

—También sabe nadar. No significa que esté obligado a fingir que no.

—Tiene demasiadas tablas.

—Porque lleva años tratando con gente: familias, turistas, adolescentes, mujeres que coquetean con él, hombres que quieren demostrar algo delante de sus amigos… Si fuera seco, dirías que es un borde. Como es simpático, decides que es una buena pieza.

No contesté.

Ainara apoyó los antebrazos sobre la mesa y bajó un poco más la voz.

—¿Lo has visto faltar al respeto a alguna?

Pensé en ello.

—No.

—¿Lo has visto prometerle cosas a alguien?

—No.

—¿Se aprovechó de ti anoche?

—No.

—Entonces quizás estás buscando defectos porque así te resulta más fácil mantenerlo lejos.

La observé en silencio. Odiaba cuando tenía razón, sobre todo porque nunca mostraba la más mínima elegancia al tenerla.

—Además —continuó, acercándose todavía más para que los niños no pudieran oírla—, aunque solo fuera un rollo de verano, tampoco ocurriría nada. No estás firmando un contrato. Podrías dejarte llevar, besarlo, pasarlo bien y regresar a Madrid sin ponerle nombre.

—No soy capaz de hacer eso.

—No lo sabes. Llevas tanto tiempo comportándote como si disfrutar fuera una irresponsabilidad que ya ni siquiera recuerdas lo que eres capaz de hacer.

—Hablas como si fuera tan sencillo.

—No lo es. Pero tampoco tiene que ser una tragedia griega.

Señaló mi collar.

—Te gusta. Él te gusta. Te regaló algo precioso y te besó como si tuviera miedo de asustarte. No parece precisamente el comportamiento de un depredador.

—Es muy salado —admití antes de poder evitarlo.

Ainara sonrió de oreja a oreja.

—Eso ha sonado casi a cumplido.

—Puede ser…

Noa se levantó de su silla y se acercó a mí con el anillo terminado. Era enorme, estaba formado por cuentas azules, verdes y blancas y tenía una letra M que quedaba torcida en el centro.

—Para Mauro —anunció.

—No voy a darle un anillo.

—Pues se lo das como pulsera.

—Tampoco.

—Entonces me lo quedo yo hasta que sea tu novio.

—Vas a guardarlo muchos años.

Noa me observó con una paciencia preocupantemente adulta.

—Eso dices ahora.

Ainara soltó una carcajada; Teo anunció que había terminado la pulsera de supervivencia más poderosa del mundo y, en ese mismo instante, el hilo se rompió.

Una lluvia de dinosaurios y cuentas de colores cayó sobre la mesa, rebotó contra las tazas y terminó desperdigada por todo el porche.

Los niños se lanzaron al suelo para recogerlas mientras discutían sobre quién tenía la culpa, y mi hermana se agachó para evitar que una cuenta acabara dentro de la boca del perro de la parcela vecina, que había aparecido atraído por el caos.

Durante unos minutos no hablamos más de Mauro.

Ayudé a buscar abalorios debajo de las sillas, encontré un corazón rosa dentro de una sandalia y tuve que convencer a Teo de que una galleta no podía incorporarse de forma segura a ninguna joya.

Cuando volvimos a sentarnos, mi café estaba frío y el porche parecía todavía más desordenado que antes.

Ainara me miró una última vez.

—No tienes que decidir nada hoy —dijo, esta vez sin bromas—. Solo intenta no salir corriendo antes de averiguar qué quieres.

Bajé la vista hacia el cristal de mar y lo hice girar entre mis dedos.

Había tardado años en perder los bordes afilados.

Quizás por eso Mauro lo había escogido. O quizás solo le había parecido bonito y yo estaba convirtiéndolo en una metáfora porque analizar las cosas siempre se me había dado mejor que vivirlas.

Al otro lado de la mesa, Noa examinaba el anillo destinado a Mauro.

—Creo que necesita otra M —concluyó.

—¿Por qué?

—Una de Mauro y otra de marido.

Ainara se atragantó con el café. Yo cerré los ojos.

Tal vez dejarme llevar no fuera tan mala idea.

Sobrevivir a aquella familia, en cambio, empezaba a parecerme bastante menos probable.