En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 21
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Capítulo 21

Me desperté con la sensación de haber hecho algo que, en cuanto terminara de abrir los ojos, iba a exigir una explicación.

Durante unos segundos permanecí quieta, bocarriba, mirando el techo del bungaló mientras el ventilador giraba con una lentitud exasperante.

Afuera ya se escuchaban los primeros ruidos del camping: una cremallera que se abría, alguien arrastrando unas sillas sobre la grava, un niño llamando a su madre desde una parcela cercana y el golpe metálico de unas cucharillas contra las tazas.

Todo parecía exactamente igual que el día anterior y, sin embargo, yo tenía la impresión de que algo se había desplazado durante la noche. Una pieza pequeña. Apenas unos milímetros. Lo suficiente para que ya nada encajara del mismo modo.

Llevé una mano hasta el colgante que seguía descansando sobre mi pecho.

No me lo había quitado para dormir.

El cristal pulido por el mar estaba tibio contra mi piel y, en cuanto mis dedos lo rozaron, regresaron las imágenes que llevaba toda la noche intentando colocar en algún rincón poco comprometido de la memoria: las luces del mercado, las manos de Mauro apartándome el pelo, su respiración tan cerca de mi cara que, por un instante, no había sabido si estaba respirando yo o lo hacía él por los dos. Después, aquel roce de labios.

Ni siquiera había sido un beso de verdad.

Eso era lo peor.

Si Mauro me hubiera besado con decisión, si me hubiera agarrado por la cintura, si hubiera ocurrido algo rotundo y evidente, quizás habría podido enfadarme, analizarlo, colocarle una etiqueta y dedicar el resto de la mañana a decidir por qué había sido una mala idea.

Pero había sido tan breve, tan suave, tan parecido a una pregunta, que no podía acusarlo de nada. Ni siquiera estaba segura de quién se había acercado primero. Solo sabía que, cuando se apartó, yo me había quedado con ganas de seguir.

Me cubrí la cara con las manos.

—Estupendo —murmuré—. Fantástico, Carla.

Había venido a Cádiz para trabajar, respirar y recordar quién era antes de Samuel, no para complicarme la vida con un hombre que llevaba el uniforme de socorrista como si se lo hubieran diseñado a medida, entendía de fotografía analógica y, para empeorar todavía más las cosas, parecía haber aprendido a tratarme con una paciencia que yo no le había concedido al principio.

Me incorporé y permanecí un momento sentada en el borde de la cama.

Tal vez no significaba nada. La noche, el mar, las bombillas cálidas, la música y el colgante podían haber creado una especie de emboscada sentimental.

La gente hacía tonterías en verano. Se besaba en las playas, prometía escribir, volvía a casa y olvidaba el nombre de la persona antes de deshacer la maleta. Aquello podía ser exactamente eso: una pequeña irresponsabilidad estacional.

La idea debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

Cuando salí al porche, Ainara y los niños llevaban despiertos el tiempo suficiente para haber convertido la mesa en el almacén de una mercería que hubiera sufrido un terremoto.

Había hilos elásticos, cuentas de madera, abalorios con forma de estrella, corazones de plástico, letras, pompones y una cantidad increíble de piezas diminutas desperdigadas entre las tazas del desayuno.

Noa estaba sentada de rodillas sobre la silla, con el vestido todavía arrugado de dormir y el pelo recogido en dos coletas torcidas que seguramente se había hecho ella sola.

Teo llevaba puesta una camiseta del revés y trabajaba sobre una pulsera formada por cuentas marrones, verdes y naranjas que, según pude comprobar nada más acercarme, incluía tres dinosaurios, una pelota de fútbol y una letra W.

Ainara levantó la vista. No dijo nada. Sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, contenida, pero me bastó para saber que mi hermana llevaba esperándome desde que se había despertado.

—Buenos días —dije, procurando que mi voz sonara normal.

—Buenos días —respondió ella con una amabilidad sospechosa.

Me dirigí hacia la cafetera.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Precisamente por eso.

Ainara se encogió de hombros y volvió a concentrarse en el hilo que sostenía entre los dedos.

Me serví café, añadí azúcar y empecé a removerlo, aunque todavía no me había sentado. Sentía su mirada en la espalda.

No hacía falta girarse para comprobarlo. Mi hermana tenía un talento especial para ejercer presión sin abrir la boca. Podía quedarse quieta durante minutos, fingiendo estar ocupada, hasta que la otra persona acababa confesando incluso cosas que no había hecho.

—Mamá —dijo Noa—, Teo está estropeando todos los colores.

—No los estoy estropeando —protestó él—. Estoy haciendo camuflaje.

—Una pulsera no necesita camuflaje.

—Esta sí, porque es de supervivencia.

Ainara examinó la creación de su hijo con absoluta seriedad.

—¿Y para qué sirve exactamente?

—Para que, si te pierdes en la selva, los dinosaurios te protejan.

—Eso tiene muchísimo sentido.

Noa puso los ojos en blanco de una forma tan parecida a la de su madre que tuve que contener una sonrisa.

Me senté frente a ellos y tomé un sorbo de café. Ainara no me miró enseguida. Ayudó a Noa a hacer un nudo, apartó varias cuentas de debajo del plato de tostadas y evitó que Teo introdujera un trozo de galleta en el hilo porque, según él, la pulsera necesitaba provisiones.

Solo entonces levantó la cabeza.

—¿Qué tal el mercado?

—Bien.

—¿Bien solo?

—Sí.

—Qué descripción tan completa. Casi siento que he estado allí.

—Había puestos, luces, artesanos… Lo normal en un mercado.

—Ya.

Volvió a bajar la vista y empezó a separar unas cuentas azules.

Me irritaba muchísimo aquel «ya». Contenía más preguntas que un interrogatorio.

—¿Qué quieres saber exactamente?

Ainara fingió sorpresa.

—Nada. Estoy haciendo pulseras con mis hijos.

—Estás esperando a que te cuente algo.

—También.

Noa alzó una pequeña estrella rosa.

—Tata, ¿esta te gusta?

—Mucho.

—Es para tu pulsera.

—No hace falta que me hagas una, cariño.

La niña me miró como si acabara de rechazar una joya de la corona.

—Todos tenemos una.

Señaló la muñeca de Ainara, donde ya colgaban dos pulseras desiguales, y después la de Teo, cubierta hasta casi el codo por sus propios diseños.

Incluso había una preparada sobre la mesa para Martín, reconocible porque incluía letras que formaban «MATIN» y una cuenta con forma de perro.

—Me encantaría tener una —rectifiqué.

Noa asintió, satisfecha, y empezó a buscar piezas.

Ainara esperó unos segundos antes de inclinarse hacia mí.

—Volviste muy tarde.

—No tanto.

—Los niños estaban dormidos.

—Eso ocurre todas las noches.

—Y tú entraste en el bungaló andando como si intentaras que el suelo no se enterara.

—No quería despertaros.

—Yo estaba despierta.

—Eso no lo sabía.

—Pues deberías saber que no puedo dormir si estoy esperando noticias.

—Eres una cotilla.

—Y tú muy injusta conmigo. Solo me preocupo por ti.

Miré mi café. El azúcar llevaba disuelto varios minutos, pero continué haciendo girar la cucharilla.

Ainara siguió trabajando sin insistir. Ese era otro de sus trucos. Cuando quería saber algo, no tenía prisa. Podía dejar que una conversación se cocinara a fuego lento hasta que resultara imposible escapar de ella.

—Te ha regalado eso —dijo al cabo de un rato.

Su mirada había descendido hasta el colgante.

Lo sujeté de forma inconsciente.

—Sí.

—Es bonito.

—Lo hizo un artesano del mercado.

—No te he preguntado quién lo hizo.

Le lancé una mirada de advertencia.

Ainara sonrió.

—Solo digo que es bonito.

—Lo vi en un puesto. Pregunté cuánto costaba y lo dejé porque no quería gastar más dinero. Mauro volvió después y lo compró sin decirme nada.

—Qué poco considerado.

—Ainara.

—Un monstruo. Supongo que le echarías una buena charla.

Teo levantó la cabeza.

—¿Quién es un monstruo?

—Nadie —respondimos las dos.

—Mauro no es un monstruo —aclaró Noa, que parecía que no, pero tenía las antenas puestas—. Los monstruos no salvan gente.

—Algunos sí —replicó Teo—. Godzilla salva ciudades.

—También las rompe.

—Porque es muy grande y no ve bien dónde pisa.

Ainara aprovechó que los dos iniciaban una discusión sobre las responsabilidades urbanísticas de Godzilla para acercarse un poco más a mí.

—¿Y cómo terminó la noche?

Bajó la voz lo suficiente para que la pregunta quedara entre nosotras.

—Volvimos al camping.

—Carla.

—¿Qué?

—Llevas desde que has salido evitando mirarme. Estás removiendo un café que debe tener la consistencia del cemento y no has dejado de tocar ese collar. O te ha ocurrido algo o has cometido un delito.

—No he cometido ningún delito.

—Entonces ha ocurrido algo.

Me apoyé en el respaldo y miré hacia la parcela de enfrente. Una familia intentaba cerrar una tienda de campaña mientras un perro pequeño corría alrededor de ellos con una zapatilla en la boca.

Pensé que quizás podía cambiar de tema. Preguntarle por los planes del día. Comentar que hacía calor. Fingir un interés repentino por el desayuno.

Ainara esperó.

—Nos besamos —admití al fin, casi en un susurro.

No reaccionó de inmediato. Sus labios se curvaron despacio y, durante unos segundos, hizo un esfuerzo visible por mantener la compostura. Después soltó una risa ahogada y tuvo que cubrirse la boca para que los niños no la oyeran.

—Lo sabía.

—Baja la voz.

—Estoy hablando bajo.

—Te estás riendo como una hiena.

—Porque llevas días negando que te atrae.

—Porque no tengo que reconocer nada.

Ainara arqueó las cejas.

—Lo has llamado chulo, arrogante, irresponsable y golfo.

—Una cosa no elimina la otra.

—Por fin dices algo sensato.

Noa dejó caer varias cuentas sobre la mesa y dos de ellas rodaron hasta el suelo. Teo se lanzó a recogerlas con tanto entusiasmo que chocó la cabeza contra la pata de la mesa.

Después de comprobar que seguía entero, Ainara le recordó que las cuentas no podían meterse en la nariz, una advertencia que él consideró completamente innecesaria y, por tanto, profundamente ofensiva.

—No fue un beso de verdad —continué cuando los niños volvieron a entretenerse.

—¿Cómo que no?

—Fue un roce.

Ainara se inclinó un poco más.

—¿Un roce accidental?

—No.

—Entonces fue un beso.

—Duró un segundo.

—La duración no invalida el acto.

—Pareces una notaria.