En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 20
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Capítulo 20

Aquella tarde había conseguido avanzar más trabajo que durante toda la semana anterior.

Vera había llamado para decirme que el reportaje empezaba a tomar forma, que las fotografías del levante le parecían las mejores del conjunto y que, si seguía así, tendría material de sobra para la portada.

Colgué con una satisfacción que hacía mucho tiempo que no sentía y me permití el lujo de cerrar el ordenador antes de que anocheciera.

Ainara estaba en el porche peinando a Noa, mientras Teo intentaba enseñarle a Martín un truco de magia que consistía, básicamente, en esconder una piedra detrás de la espalda y fingir sorpresa cuando volvía a aparecer.

No había terminado de sentarme cuando alguien carraspeó con suavidad al otro lado de la barandilla.

Levanté la vista.

Mauro llevaba un pantalón vaquero claro, una camisa blanca remangada y las manos metidas en los bolsillos. Por alguna razón, verlo sin el uniforme del camping ni ropa deportiva seguía resultándome extraño, como si acabara de descubrir que también sabía existir fuera de aquel escenario.

—Buenas tardes —me saludó.

—Depende.

Él arqueó una ceja.

—¿De qué?

—De si vienes a meterme en otro coche contra mi voluntad.

Ainara soltó una carcajada antes incluso de que Mauro respondiera.

—Hoy no hace viento.

—Eso juega a tu favor.

Él sonrió despacio y apoyó un hombro en la barandilla.

—He pensado que igual te apetecía venir conmigo al mercado marinero del puerto.

Lo dijo con una naturalidad desarmante, como si me estuviera preguntando la hora.

—¿A mí?

—A ti, a ti. ¿Tan raro te parece?

—También depende. Y, además, ¿qué se me ha perdido a mí en el mercadillo?

En realidad, me apetecía ir con él y me sentía halagada por la invitación. Lo que no me gustaba era demostrárselo.

—Hay artesanos muy buenos. Pintores, ceramistas, gente que trabaja el cuero, la plata… Creo que te gustaría hacer fotos allí.

—¿Solo por eso me invitas?

Mauro sostuvo mi mirada con una media sonrisa.

—Mi interés continúa siendo profesional.

—¿Seguro?

—Noventa y nueve por ciento.

—Vas mejorando.

—El otro uno por ciento es curiosidad.

—¿Sobre qué?

—Quiero saber cuántas fotografías eres capaz de hacer antes de volver a la carga contra mí.

Mauro giró sobre sus talones y se marchó, como si tuviera la certeza absoluta de que aceptaría y, por tanto, mi respuesta le diera igual. Su seguridad me resultaba tan atractiva como insultante.

Ainara dejó el cepillo sobre la mesa.

—Vete. No te lo digo dos veces.

Giré la cabeza.

—No puedes organizar mi vida, hermanita. No sé si eres consciente de que no soy uno de tus renacuajos. No seas mandona.

—No estoy organizando nada. Solo intento que salgas de este bungaló antes de que eches raíces.

—De acuerdo, iré. Pero que conste que no es una cita.

—Vale, no lo es.

Resoplé.

Una hora más tarde caminábamos por el paseo marítimo mientras el sol terminaba de esconderse detrás del horizonte.

El mercado ocupaba una explanada junto al puerto deportivo y estaba formado por decenas de puestos de madera iluminados con guirnaldas de bombillas cálidas.

Sonaba música en directo desde una pequeña tarima donde un chico tocaba la guitarra acompañado de un cajón flamenco. El olor a sal se mezclaba con el de las velas artesanales, el cuero recién trabajado y el azúcar tostado de unos puestos de dulces que hacían imposible pasar de largo.

Aquello era un paraíso para cualquier fotógrafo.

Había ancianos trenzando redes de pesca, una mujer pintando acuarelas del litoral sobre pequeños cuadernos, un hombre que fabricaba barcos en miniatura utilizando madera recogida en la playa y una pareja que moldeaba vidrio mientras un pequeño horno teñía el aire de reflejos anaranjados.

Me olvidé enseguida de Mauro. Saqué la cámara y empecé a moverme de un lado a otro buscando gestos, manos, sonrisas y pequeños detalles.

Él no dijo absolutamente nada. Ni una sola vez me pidió que me diera prisa. Se limitaba a caminar unos metros por detrás, observando los puestos o respondiendo con paciencia cuando algún artesano lo reconocía del camping.

Después de casi una hora, terminé frente a un anciano que trabajaba pequeñas piezas de plata. Sobre la mesa descansaban pendientes, pulseras y colgantes inspirados en el mar. Había conchas, timones, pequeñas anclas y faros diminutos.

Entre todas las piezas encontré una que me obligó a detenerme.

Era un pequeño cristal de mar.

No tendría más de un centímetro. El tiempo había redondeado todos sus bordes y la superficie conservaba ese acabado mate que solo consigue el océano después de muchos años.

Estaba engarzado en una montura sencilla de plata, sin adornos, como si el artesano hubiera comprendido que el verdadero protagonista era aquella diminuta piedra verde azulada.

Lo cogí entre los dedos.

—Es precioso —murmuré.

—Ese cristal apareció después de un temporal hace más de quince años —explicó el artesano—. El mar tarda mucho en convertir un trozo de vidrio roto en algo así.

Sonreí sin apartar la vista del colgante y pregunté el precio. Era muy razonable, aunque lo cierto era que medía mucho mis gastos. No sabía muy bien por qué, pero me costaba darme caprichos.

Lo dejé otra vez sobre la mesa.

—Otro día.

El hombre no insistió. Mauro tampoco.

Seguimos caminando.

Nos detuvimos frente a un pintor que retrataba barcos pesqueros utilizando únicamente tres colores. Más adelante encontramos a un fotógrafo jubilado que revelaba imágenes antiguas y vendía copias analógicas de playas gaditanas tomadas cuarenta años atrás.

Mauro se quedó hablando con él.

Para mi sorpresa, la conversación no giró alrededor de la playa ni del camping.

Hablaron de cámaras, carretes, ampliadoras, papel baritado y del olor de los líquidos de revelado.

Los escuché completamente desconcertada.

Cuando el hombre se marchó para atender a unos clientes, miré a Mauro.

—¿Cómo sabes todo eso?

Él sonrió.

—Mi padre revelaba fotografías.

—¿En serio? Tu padre era una cajita de sorpresas, por lo que veo…

Asintió.

—Tenía un cuarto oscuro montado en casa. De pequeño me dejaba ayudarle.

—Nunca me lo habías contado, serás bobo…

—Nunca me lo habías preguntado.

No supe qué responder. De repente, entendí muchas cosas: por qué observaba mi manera de trabajar con tanta atención, por qué había descrito tan bien lo que me ocurría cuando hacía fotografías y por qué nunca tocaba mi cámara sin preguntarme antes, salvo cuando decidió que me estaba ahogando, claro.

No era casualidad.

Había crecido junto a alguien que miraba el mundo como yo.

Seguimos paseando hasta terminar de recorrer el mercado. Cuando ya nos alejábamos hacia el paseo, escuché una voz detrás de nosotros.

—¡Eh! ¡La fotógrafa!

Me volví. Era el artesano de la plata.

Se acercó despacio y me tendió una pequeña bolsa de papel.

—Tu amigo me dijo que esperara a que os marcharais.

Fruncí el ceño y miré a Mauro.

Él ya contemplaba el mar con una expresión tan inocente que resultaba hasta ofensiva.

Abrí la bolsa. Dentro estaba el colgante.

Me giré inmediatamente hacia él.

—Eres idiota.

—Eso me suena.

—No puedo aceptar esto.

—Claro que puedes.

—No.

Le tendí la bolsa.

Él no hizo el menor intento por cogerla.

—Entonces tíralo al mar.

—No seas tonto.

—Pues póntelo. Y deja de enfadarte por todo, a ser posible.

Resoplé.

Saqué el colgante. El cristal brillaba bajo la luz de las farolas. Intenté cerrar el broche detrás del cuello, pero no llegaba. Lo intenté otra vez y el cierre volvió a escaparse.

—Maldita sea…

Mauro extendió la mano.

—Ven.

Dudé unos segundos, pero terminé entregándoselo. Él dio un paso hasta colocarse detrás de mí.

Sentí cómo apartaba mi pelo con una delicadeza inesperada, dejando la nuca al descubierto. Sus dedos rozaron mi piel apenas un instante y, aun así, un escalofrío me recorrió despacio desde el cuello hasta la espalda.

—Quieta.

—Lo estoy.

—No tanto.

No podía verlo. Solo notaba su respiración muy cerca de mi oído y el ligero roce de sus manos intentando encontrar el pequeño cierre. Se le escapó una vez.

—Es diminuto.

—No pongas excusas.

—Estoy empezando a pensar que lo has hecho aposta.

Sonreí sin querer. Él volvió a intentarlo y, esta vez, el broche encajó.

—Ya está.

Giré la cabeza casi al mismo tiempo que él daba un paso hacia atrás.

No llegó a hacerlo.

Nuestras caras quedaron demasiado cerca. Muchísimo.

Podía distinguir las pequeñas motas doradas de sus ojos, el leve movimiento de su respiración y aquella sonrisa que parecía debatirse entre quedarse o desaparecer.

Bajé la vista sin querer, hasta su boca. Él hizo exactamente lo mismo.

Ninguno habló.

El tiempo pareció detenerse durante un segundo interminable. No había ruido, mercado ni farolas. Solo aquel silencio suspendido entre los dos.

Fue Mauro quien terminó de recorrer la distancia.

No fue un beso, sino apenas un roce.

Sus labios tocaron los míos con una suavidad casi tímida, como si estuviera preguntando en lugar de responder. Apenas duró un instante, un suspiro compartido, el contacto más breve del mundo.

Cuando se separó, seguíamos igual de cerca. Ninguno dio un paso atrás. Yo tardé varios segundos en volver a respirar.

Sentía el corazón golpeándome con una fuerza inusitada y una certeza ocupándome la cabeza.

No quería que aquel beso hubiera terminado. Quería otro. Uno de verdad.

Mauro apoyó la frente un instante contra la mía y sonrió muy despacio.

—Creo… —murmuró casi sin voz— que ese uno por ciento acaba de crecer un poco.

No supe qué contestar.

Me limité a levantar una mano hasta el pequeño cristal que descansaba ya sobre mi pecho.

El mar había tardado años en transformar un trozo de vidrio roto en algo hermoso.

Mientras caminábamos de regreso hacia el coche, con nuestras manos rozándose de vez en cuando sin llegar a entrelazarse, pensé que quizás las personas no éramos tan diferentes del cristal.

Algunas también necesitábamos mucho tiempo, muchas mareas… y a alguien dispuesto a descubrir la belleza que seguía escondida debajo de todas las heridas.