En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Mauro insistió en que nadie podía marcharse sin probar el atún rojo a la plancha y, cuando llegó, entendí perfectamente por qué. Apenas necesitaba un golpe de calor; el centro permanecía rosado, brillante y tan tierno que casi podía cortarse con el tenedor.

Los niños alternaban bocados con carreras alrededor de la mesa.

Noa aparecía cada pocos minutos para beber agua y volvía a desaparecer con el vestido de lunares, levantándose detrás de ella como un pequeño remolino verde.

Teo regresaba siempre con algún descubrimiento nuevo: un globo con forma de espada, una pulsera luminosa o la historia completamente inventada de un caballo blanco que, según él, pertenecía al alcalde.

Ainara acabó rindiéndose y dejó de intentar mantenerlos sentados.

—Si vuelven con las dos piernas y el mismo número de hermanos, doy la cena por buena —concluyó mientras partía un trozo de pan para mojar en el aceite que quedaba de las gambas.

Cuando ya pensábamos que no podía caber nada más sobre la mesa, apareció una ración de lagrimitas de pollo para los pequeños, unas patatas aliñadas con melva y cebolla morada que Mauro juró que eran obligatorias en cualquier feria que se respetara y, para rematar, una fuente de churros recién hechos con chocolate espeso que hizo que los niños regresaran milagrosamente sin necesidad de llamarlos.

No recuerdo haber probado un postre mejor aquella semana, aunque sospechaba que la compañía, las risas y el ambiente tenían bastante culpa de ello.

A nuestro alrededor seguían sonando rumbas y también sevillanas, alguien brindaba en la mesa vecina y los farolillos se balanceaban despacio sobre nuestras cabezas mientras la feria continuaba creciendo con la noche.

Tras la cena, nos marchamos a la zona de las atracciones.

Las primeras fueron sencillas. Los niños nos obligaron a subir a unos coches, a un tren pequeño y a las tazas giratorias, donde Ainara terminó pidiendo que pararan porque Teo descubrió que podía hacerlas rotar más rápido si giraba la rueda central.

Después llegaron las atracciones para adultos y el grupo empezó a dividirse entre quienes querían subir y quienes preferían conservar la cena dentro del estómago.

Mauro señaló una estructura enorme que giraba mientras levantaba las cabinas a varios metros del suelo.

—Esa.

Negué de inmediato.

—Ni hablar.

—¿Te da miedo?

—No.

—Entonces sube.

—No necesito demostrarte nada.

—Perfecto. Me alegra que lo admitas.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—Eso ha sido manipulación.

—Y ha funcionado.

Cinco minutos después estaba sentada a su lado, ajustándome una barra de seguridad y preguntándome por qué seguía cayendo en todas sus provocaciones.

La atracción empezó a moverse despacio. Mauro parecía encantado, mientras yo agarraba la barra con ambas manos.

—Todavía puedes decir que tienes miedo —comentó.

—Todavía puedes callarte.

El movimiento aumentó y la cabina subió. Las luces de la feria quedaron debajo de nosotros, formando un laberinto de colores.

Durante unos segundos, antes de que la velocidad se desbocara, pude ver el pueblo entero, las calles iluminadas y la oscuridad del campo más allá.

—Mira —dijo Mauro.

—Estoy mirando.

—No la barra. Fuera.

Le hice caso justo cuando la atracción descendía de golpe. Grité sin poder evitarlo y él empezó a reírse.

Un segundo después volvimos a subir y fui yo quien se rio al ver su pelo completamente desordenado por el viento.

Cuando bajamos, me temblaban las piernas. Mauro caminaba como si no hubiera ocurrido nada.

—Ha estado bien —admití.

—En tu idioma eso significa que quieres repetir.

—Ni loca.

—Entonces dentro de diez minutos.

Me agarró del brazo cuando casi tropecé con un escalón y no me soltó hasta que recuperé el equilibrio.

A unos metros, Ainara nos observaba con una sonrisa que fingió ocultar bebiendo de su vaso.

La siguiente atracción fue una casa del terror.

Teo insistió en entrar porque aseguraba que nada le daba miedo, pero terminó abrazado a Martín a los treinta segundos.

Noa, en cambio, caminó delante de todos preguntando a los actores dónde compraban las máscaras.

Mauro y yo cerrábamos el grupo. En uno de los pasillos oscuros, una figura saltó detrás de una cortina y me agarré a su brazo por reflejo.

—¿No te daba miedo nada? —susurró.

—Eso lo dijo Teo.

—Pero tú te ríes de él.

—Soy su tía. Está en el contrato.

No solté su brazo hasta que salimos, aunque podría haberlo hecho varios metros antes.

La noche continuó entre atracciones y puestos y, por si hubiera sido poco, también con más comida en forma de manzanas caramelizadas y algodón de azúcar de todos los colores.

Mauro ganó un peluche enorme en una caseta de tiro después de que yo afirmara que todos aquellos juegos estaban amañados. Falló el primer intento, acertó los tres siguientes y recibió un flamenco rosa de tamaño XXL.

—No pienso cargar con eso —advertí.

—Nadie te lo ha pedido.

Se agachó y se lo entregó a Noa, que lo abrazó con tanta fuerza que casi desapareció detrás de él.

—Es para ti.

Mi sobrina dio un grito, lo besó en la mejilla y salió corriendo para enseñárselo a su hermano.

Mauro se incorporó con una sonrisa algo avergonzada.

—Podrías habérmelo regalado a mí —bromeé.

—Has dicho que no pensabas cargar con él.

—Era una prueba.

—La he suspendido con dignidad.

Seguimos andando mientras el resto se adelantaba. Por primera vez en toda la noche, quedamos unos metros por detrás del grupo.

La música llegaba desde varias casetas y los farolillos se mecían sobre nuestras cabezas.

—Te lo estás pasando bien —dijo.

—Quizás un poco.

—Has bailado, has subido a tres atracciones y te has agarrado a mi brazo en una casa del terror.

—Eso último fue instinto de conservación.

—Claro.

—Y las sevillanas fueron una humillación pública.

—No estabas tan mal.

—Casi te rompo una costilla.

—He tenido parejas peores.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Muchas?

Mauro sonrió sin responder de inmediato.

—Las suficientes para apreciar una que al menos intenta seguir el ritmo.

No supe por qué aquella frase me molestó un poco. Quizás porque me recordó que la versión de él rodeado de mujeres no había desaparecido del todo de mi cabeza.

Mauro pareció darse cuenta del cambio en mi expresión, pero, antes de que pudiera decir nada, Teo regresó corriendo y nos informó que Ainara quería una foto de todos juntos.

Nos colocamos frente a una entrada iluminada. Los niños ocuparon el centro, Noa abrazada a su flamenco y Teo sujetando el sombrero con ambas manos.

Ainara se puso junto a Martín, el resto se apretó alrededor y Mauro terminó a mi lado.

En el momento en que un feriante tomó la fotografía, él apoyó una mano en mi cintura para acercarme al grupo. Es cierto que me había ofrecido a hacerla yo, pero declinaron mi propuesta porque, entonces, no habría salido en ella.

Por parte de Mauro, fue un gesto breve, natural y quizás necesario para entrar en el encuadre.

Aun así, sentí el calor de su palma incluso después de que se apartara.

Regresamos al camping pasada la medianoche. Los niños se durmieron en el coche antes de salir del pueblo y Ainara condujo en compañía de Martín.

Yo iba en el coche de Mauro porque el reparto de pasajeros había terminado siendo tan caótico como todo lo demás.

Durante parte del camino no hablamos. El silencio no pesaba. Afuera, las luces de la carretera cruzaban su rostro por momentos.

—¿Cuál ha sido tu parte favorita? —preguntó al cabo de un rato.

—Verte sufrir en las tazas.

—No sufrí.

—Estabas verde.

—Era la iluminación.

—Ya…

Mauro sonrió y miró hacia delante.

—La mía han sido las sevillanas.

—Eso es porque disfrutas humillando a la gente.

—No.

Volvió la cabeza hacia mí.

—Porque durante un rato dejaste de pensar.

Me quedé callada. Hacía tiempo que alguien me observaba demasiado bien y aquello ya no me producía ganas de esconderme.

Apoyé la cabeza contra el asiento y miré por la ventanilla.

La feria se había quedado atrás, pero todavía llevaba en el cuerpo la música, las luces y la sensación de su mano en mi cintura.

Había ido convencida de que sería una noche más del verano.

Empezaba a sospechar que, con Mauro, ninguna noche iba a ser solo una noche más.