Capítulo 19
Tenía que reconocer que nos lo estábamos pasando sensacional aquel verano.
La idea de ir a la feria surgió durante el desayuno, como casi todas las decisiones que acababan demostrándome que, pese a mis reticencias iniciales, aceptar aquellos planes terminaba viniéndome de lujo.
Ainara apareció en el porche con el teléfono en la mano y una expresión de entusiasmo que ya empezaba a reconocer como señal de peligro.
Había descubierto en internet que, muy cerca del camping, un pueblo celebraba sus fiestas de verano. Les enseñó varias fotografías de farolillos, casetas, atracciones y gente vestida de flamenca a dos niños que no necesitaban ningún estímulo adicional para revolucionarse.
—Vamos —decidió, ampliando una imagen en la pantalla—. Esta tarde.
Levanté la vista del café.
Teo y Noa empezaron a saltar alrededor de la mesa gritando que querían subir a todas las atracciones.
Noa aseguró que necesitaba un vestido de flamenca porque, sin él, no podían dejarla entrar en la feria, una información que se había inventado con una convicción admirable.
Teo, por su parte, pidió un traje de torero, una espada y un caballo. Ainara le explicó que aquella no era exactamente la indumentaria adecuada, aunque prometió buscarle algo «con estilo andaluz» antes de que se organizara una protesta infantil.
A las siete de la tarde, mis sobrinos parecían dos pequeñas figuras salidas de una postal.
A Noa le había comprado un vestido verde agua con lunares blancos, una falda corta de varios volantes y una flor amarilla que Ainara le había colocado en el pelo después de una discusión de quince minutos sobre si debía ir en el centro o a un lado.
La niña llevaba pulseras de colores, pendientes de clip y una seguridad en sí misma que habría intimidado a cualquier modelo profesional.
Teo vestía una camisa blanca, un pantalón oscuro y un chaleco beige que él consideraba «de artista famoso».
Insistía en llevar un sombrero cordobés demasiado grande, que se le caía sobre los ojos cada vez que corría, aunque se negaba a quitárselo porque, según él, sin sombrero solo parecía un niño normal.
Ainara eligió un vestido rojo sencillo, ajustado en la cintura y con pequeños volantes en las mangas. No era un traje de flamenca, pero conseguía darle ese aire festivo que ella parecía capaz de encontrar incluso con una sábana bien colocada.
Yo me conformé con un vestido blanco de algodón, unas sandalias cómodas y el pelo recogido en una coleta baja. Había aprendido que cualquier actividad que incluyera niños, música y más de cien personas exigía un calzado que permitiera correr.
El grupo nos esperaba junto a la entrada del camping.
Martín había conseguido varios coches y Mauro discutía con Rubén sobre quién conduciría a la vuelta, una conversación que terminó cuando Ainara declaró que ningún hombre con más de dos cervezas tendría derecho ni siquiera a acercarse a un volante.
Mauro levantó las manos, aceptando la norma, y después se agachó ante Noa con una solemnidad exagerada.
—Señorita, está usted impresionante.
Mi sobrina hizo una pequeña reverencia y señaló su flor.
—Es auténtica.
—No lo dudaba.
Teo se interpuso entre ambos para mostrarle su sombrero. Mauro afirmó que parecía el propietario de una finca enorme, y mi sobrino pasó el resto de la tarde caminando con las manos detrás de la espalda, como si supervisara trabajadores imaginarios.
El pueblo estaba lleno cuando llegamos.
Las calles cercanas al recinto ferial aparecían decoradas con farolillos de colores, banderines y luces que empezaban a encenderse mientras caía la tarde.
Se escuchaba música desde varias casetas, el aire olía a fritura, algodón de azúcar y manzanilla, y una multitud avanzaba en todas direcciones sin una lógica aparente.
Había familias completas vestidas para la ocasión, grupos de adolescentes, mujeres con flores enormes en el pelo y hombres que parecían capaces de bailar sevillanas sin derramar una gota de la copa.
Nada más cruzar la entrada, los niños divisaron las atracciones y dejaron de prestar atención al resto del mundo. Teo señaló una montaña rusa pequeña, Noa quiso subir a unas tazas giratorias y ambos gritaron al mismo tiempo que necesitaban churros antes de hacer cualquier otra cosa.
Ainara intentó imponer un orden, pero la feria no estaba diseñada para fomentar la paciencia.
—Primero damos una vuelta —decidió—. Después comemos algo y luego vamos a las atracciones.
—Eso suena demasiado razonable —comentó Mauro.
—Por eso nadie me hará caso.
Avanzamos por la calle principal mientras yo tomaba fotografías. Había niñas bailando frente a una caseta, parejas mayores paseando del brazo y camareros atravesando la multitud con bandejas de vasos en alto.
La luz cálida de las bombillas se mezclaba con el cielo todavía azul y creaba una atmósfera perfecta.
Me detuve varias veces para capturar a Noa girando la falda, a Teo intentando mantener el sombrero en su sitio y a Ainara riéndose con Lucía mientras ambas se probaban unas gafas de sol de lo más llamativas en un puesto.
Mauro apareció con dos vasos de refresco y me entregó uno.
—Te estás quedando atrás.
—Estoy trabajando.
—Llevas media hora haciendo fotos a tus sobrinos.
—También forman parte del verano.
—Claro. El reportaje debería llamarse «Dos renacuajos madrileños conquistan Cádiz».
—Podría vender mucho.
Seguimos caminando uno al lado del otro. Cada pocos metros alguien saludaba a Mauro o a Martín y yo empezaba a sospechar que aquel grupo conocía a media provincia.
En una caseta pequeña sonaban sevillanas y varias parejas bailaban sobre un suelo de albero cubierto de marcas. Ainara se detuvo de inmediato.
—Entramos.
—No, sigamos un poco —respondí.
—No te he preguntado a ti.
—Pero sé lo que viene después.
Mi hermana me agarró del brazo, aunque esta vez Mauro se adelantó y me empujó con suavidad hacia el interior.
—Vamos.
Me giré hacia él.
—No sé bailar sevillanas, de modo que no se te ocurra intentarlo.
—Yo tampoco soy cirujano y sé poner una tirita.
—No es lo mismo.
—Tiene más riesgo la tirita.
La caseta estaba llena, pero el ambiente era informal. Nadie parecía juzgar los pasos de los demás.
Había personas que bailaban con una precisión perfecta y otras que solo giraban, daban palmas y se reían cuando perdían el compás.
Ainara encontró pareja enseguida con Sergio, que aseguró saber lo suficiente para no pisarla más de dos veces. Martín se colocó frente a Lucía y los niños empezaron a imitar los movimientos de un matrimonio mayor.
—No pienso hacerlo —advertí.
Mauro extendió una mano.
—Entonces quédate quieta y deja que yo haga el ridículo.
—Eso podría interesarme.
Acepté su mano con la única intención de demostrar que aquella idea era un desastre. Mauro se colocó frente a mí y empezó a marcar los pasos con más soltura de la que había esperado.
No bailaba como un experto, pero conocía el orden, sabía cuándo girar y tenía suficiente seguridad para disimular cualquier error.
—Me has mentido —le dije mientras intentaba copiarlo.
—¿Sobre qué?
—Sabes bailarlas.
—Sé sobrevivir.
—No voy a conseguir seguirte.
—Solo escucha el ritmo.
—Lo estoy escuchando. El problema son mis pies.
Me sonrió y se acercó lo suficiente para indicarme con una mano la dirección del siguiente giro.
—Derecha, vuelta y palmas.
—Hablas como si fuera fácil.
—Lo es cuando no piensas tanto.
Intenté girar y terminé dándole un golpe con el codo en el pecho. Mauro retrocedió un paso, se llevó una mano al corazón y puso una expresión de dolor exagerada.
—Eso no formaba parte del baile.
—Improvisación artística.
—Tienes un concepto muy agresivo del arte.
La pareja que bailaba cerca se echó a reír.
Quise abandonar, pero Mauro me tomó de nuevo de la mano antes de que pudiera apartarme. Esta vez redujo el ritmo, exageró los movimientos y consiguió que completara una parte sin tropezar.
Cuando llegó el cambio, me hizo girar y terminé demasiado cerca de él, con una mano apoyada sobre su hombro y la otra todavía entre sus dedos.
—¿Ves? —me preguntó—. No era tan difícil.
—Eso ha sido suerte.
—A todo lo bueno lo llamas suerte.
La frase me hizo perder el paso. Mauro no insistió. Se limitó a sonreír y continuar el baile mientras yo intentaba no pensar en lo cerca que estaba su boca ni en la facilidad con la que empezaba a sentirme cómoda a su lado.
Al terminar la sevillana, Ainara aplaudió como si acabara de presenciar una actuación profesional.
Teo y Noa corrieron hacia nosotros anunciando que ellos también sabían bailar, aunque su demostración consistió en girar hasta marearse y caer al suelo entre carcajadas.
Terminamos cenando en otra caseta, esta vez enorme y abierta por los cuatro costados, donde el aire olía a brasas, pescaíto frito y vino fino.
Las mesas de madera estaban ocupadas por familias enteras que hablaban a voces mientras los camareros atravesaban el salón con bandejas imposibles cargadas de platos.
Sobre el tablao sonaba un grupo de rumbas en directo y, cada vez que terminaba una canción, alguien arrancaba a dar palmas antes incluso de que empezara la siguiente.
Ainara tomó el mando de la cena como si hubiera organizado la feria ella misma.
En menos de cinco minutos ya había pedido media carta, convencida de que «las vacaciones no entienden de moderación».
Empezaron llegando unas cazuelitas de gambas al ajillo que seguían chisporroteando, una fuente enorme de puntillitas recién fritas, croquetas de choco con una bechamel tan cremosa que casi se deshacían antes de llegar a la boca y un plato de tortillitas de camarones tan finas y crujientes que desaparecieron en cuestión de segundos, sobre todo porque Teo decidió que podía comerlas «como si fueran patatas fritas».
Después aparecieron unas bandejas de cazón en adobo, dorado por fuera y jugoso por dentro, unas tiras de pollo adobado para los niños, un surtido de quesos de la sierra con mermelada de tomate y una ensalada de tomate rosa aliñado con aceite, sal en escamas y ventresca que, según Ainara, servía para tranquilizar su conciencia antes del siguiente plato.