Capítulo 18 #2
Volví a acercarme. Una estrella doble apareció nítida, dos puntos brillantes tan próximos que a simple vista parecían uno solo.
—¿Qué es?
—Albireo. Está en la constelación del Cisne. Una se ve más dorada y la otra más azul.
Me quedé mirando. Era extraño pensar que algo tan lejano pudiera tener colores distintos y que, desde la playa, pareciera una pequeña luz sin importancia.
—¿Tu padre te enseñó todo esto?
—Gran parte. Después seguí por mi cuenta.
—¿Y tu madre compartía la afición?
Mauro sonrió.
—No. Mi madre decía que bastante tenía con dos hombres empeñados en levantarse de madrugada para mirar el cielo. Sigue viviendo en Cádiz y todavía guarda casi todas las fotografías que él reveló.
La brisa movió el pelo sobre mi cara y tuve que apartarlo antes de volver a mirar. Mauro permanecía a mi lado sin prisa, esperando a que terminara.
No intentaba impresionarme con datos ni convertir el momento en algo más de lo que era. Compartía conmigo una afición que parecía guardar en un lugar más privado que el resto de sus cosas.
—Nunca te habría imaginado con un telescopio —admití.
—¿Qué imaginabas?
—No sé. Pesas, motos, competiciones absurdas.
—Tengo pesas.
—Lo sabía.
—Y una moto.
—También.
—Pero las competiciones absurdas las organiza Martín.
Nos echamos a reír. Desde las mantas llegó el grito de Ainara anunciando otra estrella fugaz. Giré la cabeza, pero ya había desaparecido.
Mauro señaló una zona del cielo.
—Mira hacia allí. Suelen aparecer cerca de Perseo, aunque pueden cruzar cualquier parte.
Nos tumbamos sobre una manta pequeña que había llevado aparte. Al principio mantuve una distancia prudente, con las manos apoyadas sobre el estómago y la cámara a un lado.
Mauro colocó un brazo bajo la cabeza y señaló varias constelaciones. Me enseñó Casiopea, con su forma de uve doble, el Triángulo de Verano y la línea de estrellas que dibujaba el Cisne. Yo intentaba seguir sus indicaciones, aunque muchas veces terminaba mirando donde no era.
—Esa no es Casiopea —me corrigió después de mi tercer intento.
—Desde aquí tiene forma de uve.
—Todo tiene forma de uve si eliges las estrellas que te convienen.
—Eso es muy profundo.
—Es una crítica a tu orientación espacial.
—He llegado hasta aquí sin perderme.
—Venías siguiendo a veinte personas.
Otra Perseida atravesó el cielo, esta vez más brillante.
Los dos guardamos silencio hasta que desapareció. Después llegaron dos más con pocos minutos de diferencia y la playa entera empezó a reaccionar cada vez con menos gritos, como si el asombro se hubiera convertido en algo íntimo.
Las conversaciones bajaron de volumen, los niños se cansaron de pedir deseos en voz alta y el mar quedó como único fondo constante.
—¿Pides algo? —preguntó Mauro.
—¿Tú?
—No suelo.
—Qué poco imaginativo.
—Prefiero intentar conseguir las cosas.
Giré la cabeza hacia él. El perfil de su rostro apenas se distinguía bajo la luz del cielo.
—Hay cosas que no dependen de uno.
—Esas son las que menos sentido tiene pedirle a una piedra que se quema en la atmósfera.
—Ahora eres tú quien arruina la magia.
—Pensé que era tu especialidad.
Le di un pequeño golpe con el hombro. Mauro sonrió, pero no se apartó. Nuestros brazos quedaron rozándose sobre la manta.
El contacto era mínimo, una línea de calor junto a mi piel, pero me resultó imposible ignorarlo.
—Mi padre sí pedía deseos —continuó después de unos segundos—. Nunca me decía cuáles.
—Quizás para que se cumplieran.
—O porque eran privados.
—Eso también existe.
Mauro asintió. La siguiente estrella fugaz tardó en aparecer.
Mientras esperábamos, escuché a lo lejos la risa de Ainara y la voz de Martín explicándole a Teo por qué no podía utilizar la linterna para comunicarse con aviones.
El grupo seguía cerca, lo bastante próximo para que aquel momento no pareciera una cita, pero lo bastante lejos para que tuviéramos la sensación de estar solos.
—¿Y tú? —preguntó Mauro—. ¿Qué pedirías?
Me quedé mirando el cielo.
La respuesta más fácil habría sido una cámara nueva, un reportaje perfecto o algo para los niños.
Sin embargo, lo primero que pensé fue en Samuel.
No en volver con él, castigarlo ni siquiera olvidarlo.
Pensé en la versión de mí misma que había quedado atrapada en los últimos meses, desconfiando de todo y protegiéndose incluso cuando no existía ninguna amenaza.
—No lo sé —respondí al final.
—Eso es mentira.
—No tengo por qué contártelo.
—No te lo he pedido. Solo digo que lo sabes.
Guardé silencio porque tenía razón y porque empezaba a molestarme que me conociera lo suficiente para detectarlo.
—Querría dejar de tener la sensación de que todo lo bueno viene con una trampa —admití.
Mauro no respondió de inmediato. No hizo una broma ni preguntó quién me había hecho creer aquello.
—Eso no se pide —dijo al cabo de un rato—. Se practica.
—¿Cómo se practica?
—Dejando que alguna cosa buena ocurra sin intentar desmontarla antes de tiempo.
Giré la cabeza hacia él. Mauro seguía mirando al cielo, como si acabara de comentar algo sin importancia. Sin embargo, sentí que la frase se instalaba en un lugar incómodo dentro de mí.
—Suena fácil cuando lo dices tú.
—No he dicho que sea fácil.
Otra estrella cruzó el cielo. Esta vez ambos la vimos desde el principio. Fue larga, brillante y dejó una estela durante un segundo más de lo habitual.
—Pide algo —murmuró Mauro.
Cerré los ojos apenas un instante.
No pedí un hombre, un romance ni una vida distinta. Pedí ser capaz de reconocer lo bueno cuando lo tuviera delante. Era un deseo demasiado abstracto para una estrella fugaz, pero al menos era mío.
Cuando abrí los ojos, Mauro me estaba mirando.
—No preguntes —advertí.
—No iba a hacerlo.
—Te conozco.
—No, todavía no.
La frase me recordó la tarde del levante y sonreí. Esta vez él no apartó la vista.
Durante unos segundos nos quedamos así, tumbados bajo un cielo inmenso, con los brazos rozándose y una distancia entre nuestras caras que parecía menor de lo que era.
Teo apareció corriendo antes de que ninguno de los dos hiciera nada.
—¡Mauro! ¡Mamá dice que el telescopio está desenfocado!
Nos separamos con una rapidez que habría resultado ridícula si alguien hubiera estado observando.
—Voy —respondió él, incorporándose.
Mi sobrino me miró.
—¿Qué hacíais?
—Mirar estrellas.
Teo aceptó la explicación y salió corriendo otra vez. Mauro recogió la manta y me tendió una mano para ayudarme a levantarme.
La acepté. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos y tardamos un segundo de más en soltarnos.
Regresamos con el grupo. Ainara me miró desde su manta con una sonrisa que prometía preguntas, pero tuvo la prudencia de no formularlas delante de todos.
Me senté junto a ella mientras Mauro ayudaba a Noa con el telescopio y Martín repartía los últimos trozos de tortilla. Los niños estaban agotados, varios adultos empezaban a recoger y el ritmo de las Perseidas había bajado.
Antes de marcharnos hice una última fotografía.
En el encuadre aparecía el grupo de espaldas, tumbado sobre las mantas, con el cielo lleno de estrellas y el perfil de Mauro inclinado sobre el telescopio junto a los niños.
No era una imagen perfecta. Había sombras, movimiento y una parte de la manta de Ainara invadía el borde inferior.
Aun así, supe que sería una de mis favoritas.
Durante el camino de vuelta, Teo se quedó dormido sobre los hombros de Martín y Noa caminó de la mano de Mauro, arrastrando los pies mientras intentaba recordar cuántos deseos había pedido.
Ainara avanzaba a mi lado en silencio. Esperó hasta que los demás se alejaron unos metros antes de hablar.
—¿Qué tal la astronomía?
—Interesante.
—Claro.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hermana que cree saber algo.
Ainara sonrió.
—No creo saber nada. Solo veo que llevas un rato mirando a Mauro.
Aparté la vista hacia el sendero.
—Estaba mirando a Noa.
—Por supuesto.
No respondí. Al fondo, Mauro se agachó para escuchar algo que mi sobrina le decía y después levantó la cabeza hacia nosotras. Sus ojos se cruzaron con los míos durante un instante.
Sonrió.
Yo también.
Y comprendí que aquella noche había pedido un deseo equivocado.
No necesitaba aprender a reconocer las cosas buenas cuando las tuviera delante.
Empezaba a reconocerlas demasiado bien.