Capítulo 18
Días después, la noche de las Perseidas empezó mucho antes de que apareciera la primera estrella fugaz.
Desde media tarde, el camping entero parecía haberse puesto de acuerdo para convertir la observación del cielo en una expedición colectiva.
Había familias preparando mantas, neveras portátiles, cojines, termos de café y bolsas de comida como si fueran a pasar una semana en mitad del desierto, mientras los niños recorrían los senderos con linternas en la frente y una emoción que no tenía ninguna relación con la astronomía.
Teo aseguraba que aquella noche veríamos una nave extraterrestre. Noa, más práctica, metió en su mochila una libreta para anotar deseos porque, según ella, desperdiciar una estrella fugaz pidiendo una sola cosa era de personas poco organizadas.
Ainara llevaba un rato preparando provisiones cuando salí del dormitorio con la cámara colgada al cuello y dos objetivos guardados en la mochila.
La encontré intentando cerrar una nevera en la que había metido agua, fruta, bocadillos, galletas, zumos y una tortilla de patatas que parecía pensada para alimentar a un equipo de rescate.
—Vamos a mirar el cielo, no a refugiarnos de una catástrofe —comenté mientras apartaba una bolsa de patatas que amenazaba con caer al suelo.
—Con dos niños nunca se sabe cuánto dura una actividad. Pueden aburrirse a los quince minutos o decidir que quieren vivir allí para siempre.
—¿Y la tortilla?
—La tortilla sirve para cualquier emergencia.
Teo apareció con unos prismáticos colgados del cuello y una espada luminosa en la mano. No supe de dónde la había sacado y preferí no preguntar. Noa venía detrás con tres rotuladores, la libreta de deseos y una manta doblada que arrastraba por el suelo.
—¿Las estrellas caen de verdad? —preguntó Teo.
—No —respondí—. Son partículas que entran en la atmósfera.
Mi sobrino me miró con decepción.
Ainara negó despacio con la cabeza.
—A veces conviene dejar que la magia viva cinco minutos antes de explicarle la combustión.
—Yo solo quería que lo entendiera.
—Tiene siete años, Carla. Cree que las monedas del carrito del supermercado pertenecen al carrito.
Teo siguió su camino sin prestar atención a nuestra conversación y yo decidí que quizás Ainara tenía razón. Aquella noche no era para dar lecciones. Era para tumbarse en una manta, mirar hacia arriba y fingir que el universo seguía guardando cosas que no necesitaban explicación.
Y, en mi caso, también era para fotografiar aquella maravilla natural.
El grupo se reunió junto a la entrada del camping poco después de las diez. Martín había organizado la salida con Rubén, Sergio, Lucía, Diego y varias familias que conocíamos de las actividades de los días anteriores.
Todos llevaban ropa cómoda, mochilas y una cantidad absurda de repelente de insectos. Mauro apareció el último, con una manta enrollada bajo el brazo y una pequeña caja negra que despertó de inmediato la curiosidad de los niños.
—¿Qué es eso? —le preguntó Noa, acercándose hasta él.
—Un telescopio.
Teo abrió mucho los ojos.
—¿Podemos ver extraterrestres?
—Solo si ellos quieren que los veamos.
—¿Y tú sabes dónde están?
—Tengo contactos —contestó con tanta gracia que consiguió arrancarme la más amplia de las sonrisas.
Mi sobrino, en cambio, aceptó la respuesta con una seriedad admirable.
Observé el telescopio, sorprendida. No sabía que Mauro tuviera interés por la astronomía. Hasta ese momento lo había relacionado con el mar, la escalada, el socorrismo y cualquier actividad que implicara movimiento. Y, por supuesto, con las mujeres. Con muchas mujeres.
La idea de que pasara horas observando un cielo inmóvil no encajaba con la versión que había construido de él, aunque cada vez eran más las cosas que no encajaban.
—¿Es tuyo? —pregunté cuando se acercó.
—Era de mi padre.
La respuesta fue sencilla, pero algo en su tono hizo que no bromeara. Mauro acarició un instante el borde de la caja antes de añadir que llevaba años guardándolo en casa y que solía traerlo al camping cuando coincidían noches despejadas.
No explicó nada más y yo tampoco quise preguntar. En ese momento, Martín nos llamó para empezar a caminar antes de que los niños agotaran toda su paciencia en el aparcamiento.
El lugar elegido estaba a unos veinte minutos del camping, en una playa amplia y poco iluminada, protegida por una línea de dunas.
El levante de los días anteriores había desaparecido y el aire era cálido, con una brisa suave que apenas movía la vegetación. Caminamos por un sendero de madera mientras las linternas dibujaban círculos sobre la arena.
Teo y Noa iban delante con otros niños, discutiendo sobre cuántos deseos podían pedirse por minuto, y Ainara avanzaba detrás hablando con Lucía sobre una operación complicada que había tenido en la clínica.
Martín se colocó a mi lado durante parte del trayecto y me preguntó si había conseguido entregar las fotografías del temporal.
—Vera casi se emociona cuando las vio —respondí—. Después me recordó que la revista no cubre funerales de fotógrafos imprudentes.
—Una mujer sensata.
—No os pongáis todos de acuerdo.
—No hace falta. Mauro ya nos contó que casi tuvo que meterte en el coche a la fuerza.
Lo miré con incredulidad.
—¿Os lo ha contado?
—Solo la versión breve.
—Seguro que muy objetiva.
—Dijo que la luz era espectacular y que tú estabas un poco loca.
—Qué caballero.
Martín sonrió, aunque no insistió. A unos metros, Mauro ayudaba a Noa a ajustar la linterna de la frente mientras Teo le explicaba que había decidido pedir una piscina de chocolate.
Él escuchaba con la misma atención con la que habría atendido una emergencia real.
Aquella capacidad suya para adaptarse a cualquiera seguía desconcertándome.
Podía pasar de bromear con los bomberos a agacharse frente a una niña y discutir con ella la viabilidad de una piscina comestible sin que ninguna de las dos versiones pareciera fingida.
Cuando llegamos a la playa, el grupo se dispersó para buscar el mejor sitio.
Extendimos las mantas cerca de las dunas, lejos de la orilla, y colocamos las mochilas alrededor para evitar que la arena lo invadiera todo.
Ainara repartió bocadillos antes incluso de que alguien tuviera hambre y los niños empezaron a perseguirse con las linternas hasta que Martín amenazó con confiscarlas si seguían apuntando a los ojos de los adultos.
Mauro montó el telescopio con ayuda de Teo y Noa, que hacían tantas preguntas que cualquier otra persona habría abandonado la tarea. Él les explicó para qué servía cada pieza, cómo se enfocaba y por qué era importante no tocar las lentes con los dedos llenos de galleta.
El cielo tardó unos minutos en imponerse sobre el resto. Al principio solo veía la playa, las sombras de las personas y el resplandor lejano de algunos pueblos de la costa.
Después levanté la cabeza y comprendí por qué Mauro había elegido aquel lugar. La Vía Láctea cruzaba el cielo como una franja blanquecina y había tantas estrellas que costaba distinguir las constelaciones.
En Madrid, el cielo siempre parecía tener un límite. Allí, en cambio, daba la impresión de que podías caer hacia arriba si lo mirabas durante demasiado tiempo.
Preparé la cámara con un objetivo luminoso y la coloqué sobre el trípode. Necesitaba exposiciones largas, un encuadre amplio y mucha paciencia.
Empecé probando varios tiempos mientras el resto hablaba a mi alrededor.
Rubén aseguraba que de niño había visto una estrella fugaz durar casi un minuto, Sergio lo acusaba de inventarse la mitad de sus recuerdos y Ainara intentaba convencer a los mellizos de que los deseos no podían incluir animales salvajes, armas ni parques acuáticos dentro de su casa.
—¿Y una cabra pequeña? —preguntó Noa.
—Tampoco.
—Pero, mamá, tú trabajas con animales.
—Precisamente por eso sé lo que pasa cuando una cabra entra en una casa.
—¿Ha pasado?
—No quiero hablar de ello.
Las risas recorrieron las mantas.
Hice varias fotografías y me alejé unos metros para buscar un encuadre en el que aparecieran las siluetas del grupo bajo el cielo.
Desde allí, las linternas apagadas, los cuerpos tumbados y las voces bajas componían una escena mucho más bonita de lo que había imaginado.
Disparé una vez. Luego otra. En la tercera exposición apareció la primera Perseida.
Una línea blanca cruzó la parte superior del cielo y desapareció antes de que pudiera reaccionar.
—¡La he visto! —gritó Teo.
—¡Yo también! —respondió Noa.
Todo el grupo empezó a hablar al mismo tiempo. Algunos aseguraban haberla visto entera, otros solo el final, y Rubén declaró que había sido la mejor estrella fugaz de la historia pese a que apenas había levantado la cabeza.
Revisé la pantalla y descubrí que la cámara la había captado como una línea limpia sobre la oscuridad.
—La tienes —dijo Mauro a mi espalda.
No lo había oído acercarse.
—Por suerte.
—No ha sido suerte. Llevas veinte minutos esperando.
Se agachó junto a mí para mirar la pantalla. La cercanía ya no me resultaba incómoda del mismo modo que antes. Seguía siendo consciente de él, quizás demasiado, pero había dejado de sentir la necesidad de apartarme.
—¿Quieres verla con el telescopio? —preguntó.
—¿Una estrella fugaz?
—Eso va a ser complicado. Pero puedo enseñarte otras cosas.
Acepté más por curiosidad que por otra cosa. Mauro llevó el telescopio unos metros más lejos, hacia una zona donde el grupo apenas se escuchaba.
Lo colocó sobre una parte firme de la arena y ajustó el ángulo con movimientos seguros. Me explicó que su padre había sido aficionado a la astronomía desde joven y que, cuando él era niño, lo despertaba algunas noches para enseñarle planetas o eclipses desde la azotea de su casa.
—¿Y te gustaba?
—A veces. Otras solo quería dormir.
—Muy romántico.
—Tenía nueve años. El romanticismo competía con el colegio al día siguiente.
Sonreí mientras él buscaba el primer punto en el cielo. Después apartó la vista del ocular y me indicó que mirara.
Al principio no vi nada salvo oscuridad. Mauro colocó una mano cerca del soporte y realizó un pequeño ajuste.
—Ahora.