En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 17
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Capítulo 17

Por primera vez pensé que tal vez debía regresar. Entonces, la franja de luz se abrió por completo y todo el paisaje quedó teñido de oro.

Levanté la cámara.

—¡Carla!

No escuché mi nombre. Lo sentí. Una voz rota por el viento, mezclada con el golpe de una puerta y el motor de un vehículo.

Giré la cabeza.

Un todoterreno del camping se había detenido al otro lado de la explanada. Mauro bajó cerrando la puerta con ambas manos para impedir que el viento se la arrancara.

Llevaba una chaqueta oscura, un pantalón de trabajo y una gorra que sujetó durante apenas dos pasos antes de quitársela y guardarla bajo el brazo. Avanzó hacia mí inclinado contra las ráfagas, con una expresión que no le había visto nunca.

No estaba sonriendo.

—¿Se puede saber qué demonios haces aquí? —gritó cuando llegó a mi altura.

Señalé el cielo como si la respuesta fuera evidente.

—Trabajar.

Mauro miró el trípode, después la cadena que cerraba el acceso y, finalmente, el mar cubierto de espuma.

—Ya hay rachas de más de cincuenta nudos y se prevé que continúen subiendo. Han cerrado este camino.

—Estoy fuera de la zona cerrada.

—Eso no significa que estés segura.

—No estoy junto al borde.

—No hace falta estar junto al borde para que una ráfaga te tire al suelo, te golpee una rama o salga volando el trípode. Incluso tú.

Intenté concentrarme de nuevo en la cámara. La luz empezaba a desplazarse y me quedaban pocos segundos.

—Cinco minutos.

Mauro se quedó mirándome como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

—No.

—La fotografía está a punto de quedar perfecta.

—Me importa muy poco la fotografía.

Aquello consiguió que apartara la vista del visor.

—A mí no.

—Pues debería importarte un poco más llegar entera al bungaló.

El viento golpeó de nuevo. Mauro tuvo que sujetar el trípode antes de que se inclinara hacia un lado. Yo aproveché para intentar hacer la fotografía, pero él cubrió el objetivo con una mano.

—¡Eh!

—Se acabó.

—Aparta.

—No. No pienso hacerlo —pronunció tajante.

—Mauro, la luz va a desaparecer.

—Y tú vas a subirte al coche.

Intenté retirar su mano. Él no se movió. Estábamos tan cerca que podía ver pequeñas partículas de arena pegadas a sus pestañas y la tensión de su mandíbula. No había rastro de la diversión con la que solía discutir conmigo. Estaba furioso.

—No tienes derecho a decirme lo que tengo que hacer.

—Cuando encuentro a alguien sola en un acceso cerrado durante un temporal, sí. He venido porque tu hermana está histérica. Ella me avisó de que una loca andaba suelta.

—No soy una loca.

—Entonces deja de comportarte como si fueras indestructible.

La frase me golpeó mucho más que el viento. Guardé silencio durante un instante y Mauro aprovechó para cerrar las patas del trípode. Lo hizo con cuidado, a pesar del enfado, protegiendo la cámara con su propio cuerpo cada vez que llegaba una ráfaga.

—Dámelo —exigí.

—Lo llevo yo.

—Puedo cargar con mi equipo.

—No he dicho que no puedas.

—Entonces suéltalo.

Mauro levantó la vista hacia mí.

—Carla, no estoy discutiendo por gusto. El aviso acaba de subir de nivel. Hay ramas caídas en el camino y van a cerrar también el acceso del camping. Ainara está fatal porque llevas más de una hora fuera y no contestabas.

Miré el teléfono. Mi mensaje no se había enviado. En la esquina de la pantalla apenas quedaba cobertura.

—Pensé que sí.

—Pues no.

La culpa se abrió paso entre mi enfado. Imaginé a Ainara dentro del bungaló, pendiente de los niños y mirando el móvil, y supe que había sido una irresponsable. Eso no significaba que estuviera dispuesta a reconocerlo delante de Mauro.

—Podrías haber empezado por ahí en lugar de venir a gritarme.

—Te he llamado varias veces.

—No lo he oído.

—Exacto. Ni siquiera habrías escuchado si se te caía medio faro encima.

Recogí la mochila y eché a andar hacia el todoterreno.

Mauro me siguió con el trípode bajo un brazo y una mano sobre la cámara. El trayecto de apenas cincuenta metros se convirtió en una lucha contra el viento.

En una de las ráfagas perdí el equilibrio y él me sujetó por la cintura antes de que cayera contra el suelo. Me aparté en cuanto recuperé la estabilidad, demasiado consciente de sus dedos y de la presión firme con la que me había sostenido.

—No digas nada —advertí.

—No pensaba hacerlo.

—Te conozco.

—No, todavía no.

La respuesta se perdió casi por completo bajo el rugido del levante.

Entramos en el vehículo y Mauro cerró las puertas.

El silencio repentino me dejó aturdida. Seguíamos oyendo el viento sacudir la carrocería, pero dentro todo parecía lejano, amortiguado.

Tenía arena en el pelo, en la ropa y hasta entre los dientes. Mauro dejó la cámara y el trípode en la parte trasera, comprobó que estuvieran bien sujetos y arrancó sin mirarme.

Avanzamos despacio. Varias ramas pequeñas cruzaban el camino y una papelera había volcado cerca de la salida.

Mauro conducía con las dos manos firmes sobre el volante, atento a cada movimiento de los árboles. Yo miraba por la ventana, intentando mantener el enfado a pesar de saber que tenía razón.

—No hacía falta que vinieras tú —dije al cabo de un rato.

—Estaba ayudando a cerrar los accesos.

—Podías avisar a seguridad.

—Ya estaban ocupados asegurando la zona de caravanas.

—Entonces podías haber esperado a que regresara.

Mauro soltó una risa breve, sin humor.

—Claro. Esperar tranquilamente a que tú solita pudieras con este vendaval. Un plan magnífico.

—No soy tu responsabilidad.

—No he dicho que lo seas.

—Pues actúas como si lo fuera.

Frenó al encontrarse una rama gruesa atravesada en mitad del camino. Bajó del coche antes de que pudiera detenerlo, la arrastró hacia un lado con esfuerzo y volvió a entrar con la chaqueta cubierta de polvo. Cuando cerró la puerta, se quedó unos segundos mirando al frente.

—Actúo como alguien que no quiere que te pase nada.

La frase cayó entre nosotros con una claridad incómoda.

Dejé de mirar por la ventana.

Mauro mantuvo las manos sobre el volante. Tenía un pequeño arañazo en el dorso de una y respiraba con fuerza, aunque ya no sabía si por el esfuerzo o por la discusión.

—Apenas me conoces —dije.

—Eso no significa que me dé igual lo que te pase, Carla. Deja ya de ir tan por libre.

No encontré una respuesta. La furia que había sentido unos minutos antes empezó a deshacerse poco a poco, dejando algo mucho más difícil de manejar.

Miré hacia el cielo. La luz dorada seguía cayendo sobre el mar, aunque desde el coche ya no podía fotografiarla.

—Era una imagen increíble —murmuré.

Mauro contempló también el faro, el cielo oscuro y aquella abertura luminosa que parecía partir las nubes.

—Sí —reconoció—. Lo era.

Lo miré, sorprendida.

—Entonces entiendes por qué me quedé.

—Entiendo por qué querías la foto. No entiendo por qué estabas dispuesta a jugarte el cuello por ella.

—No me estaba jugando el cuello.

Una ráfaga sacudió el todoterreno con tanta fuerza que ambos guardamos silencio.

Mauro arqueó una ceja.

—El levante tiene una opinión distinta.

A pesar de mí misma, sonreí.

Él giró la cabeza hacia mí y la tensión de su rostro cedió un poco.

—Ahora que ya hemos admirado la luz, nos vamos.

—Qué autoritario.

—Qué inconsciente.

—Qué pesado.

—Qué fotógrafa.

Arrancó de nuevo. Esta vez la discusión no llevaba filo.

Seguía molesta, pero ya no deseaba que se callara. Mauro empezó a explicarme que aquel fortísimo temporal de levante no era peligroso solo por la fuerza constante, sino por las rachas imprevisibles, las ramas y los objetos que levantaba.

Le respondí que no necesitaba una clase magistral de meteorología, y él aseguró que no parecía haber aprobado la asignatura básica de sentido común.

—Hablas como si nunca hubieras hecho una estupidez por algo que te importaba —dije.

Mauro permaneció en silencio unos segundos.

—He hecho muchas. Por eso sé reconocerlas.

Había algo en su tono que me hizo pensar que no hablaba solo de deportes o rescates. Estuve a punto de preguntarle, pero el teléfono empezó a vibrar.

Ainara.

Contesté y tuve que apartarlo un poco del oído cuando mi hermana comenzó a gritarme. Le expliqué que estaba bien, que iba con Mauro y que regresaríamos en unos minutos. Ella me llamó irresponsable, egoísta, descerebrada y otras cosas menos elegantes antes de colgar.

—Parece contenta —comentó Mauro.

—Te prohíbo disfrutar de esto.

—Ya es tarde.

Cuando entramos en el camping, el viento se colaba entre los bungalós y hacía vibrar los toldos.

Varias personas sujetaban una estructura junto al restaurante mientras los empleados terminaban de recoger las terrazas. Mauro aparcó cerca de mi alojamiento y bajó primero para sacar el equipo. Quise quitárselo, pero una nueva ráfaga me obligó a cubrirme la cara.

—Entra —ordenó.

—Puedo ayudarte.

—Puedes abrir la puerta antes de que el trípode se convierta en un arma blanca.

Corrí hacia el bungaló. Ainara apareció en el porche con el pelo recogido bajo un pañuelo y una expresión capaz de paralizar el tráfico aéreo. Detrás de ella, los niños miraban a Mauro con admiración, como si acabara de rescatarme de un naufragio.

—¿Estás loca? —preguntó mi hermana.

—No empieces.

—Llevo una hora llamándote.

—Lo siento de verdad.

—Porque te habías ido al faro en mitad de un temporal.

—Todavía no había empezado la parte fuerte.

Ainara miró hacia los pinos, que se inclinaban casi hasta tocar el suelo.

—Claro. Esto debe de ser la brisa de aperitivo.

Mauro dejó el equipo dentro y comprobó que la cámara no hubiera sufrido ningún golpe. Teo se acercó a él con los ojos muy abiertos.

—¿Has salvado a la tata?

—No —respondió Mauro, mirándome de reojo—. Solo la he convencido para que no saliera volando.

—Yo no iba a salir volando.

Noa ladeó la cabeza.

—Pesas poco. Podrías volar como Mary Poppins.

—Gracias, cariño.

Mauro ocultó una sonrisa mientras se dirigía hacia la puerta.

—Tengo que volver a ayudar con los toldos. No salgáis hasta que baje el viento.

—Lo sabemos —respondió Ainara antes de que yo pudiera protestar—. Algunos sí hacemos caso a los avisos.

Él asintió y salió al porche. Lo seguí antes de que bajara los escalones.

—Mauro.

Se volvió. El viento tiraba de su chaqueta y lo obligaba a entrecerrar los ojos.

—Gracias —murmuré.

Mi voz apenas se oyó, pero su expresión cambió. No bromeó ni fingió no haberme escuchado.

—De nada.

—Aunque podrías haber gritado menos.

—Y tú podrías haber vuelto antes.

—No estropees el momento.

Una sonrisa lenta apareció en su boca.

—No se me ocurriría.

Lo vi alejarse por el sendero, inclinando el cuerpo contra el levante mientras se dirigía hacia la zona común.

Entré de nuevo y cerré la puerta.

Ainara empezó a regañarme otra vez, los niños quisieron saber si el viento podía levantar el bungaló y una maceta chocó contra la barandilla con un golpe seco.

Respondí como pude, aunque mi cabeza seguía en el todoterreno, atrapada en una frase que Mauro había pronunciado sin mirarme:

«No quiero que te pase nada».

Más tarde, cuando el camping quedó encerrado bajo el rugido del levante y la arena golpeaba las ventanas como una lluvia seca, revisé las fotografías.

Había conseguido captar el faro bajo aquel cielo oscuro, la espuma levantándose sobre el mar y la luz dorada atravesando las nubes.

La última imagen, tomada apenas unos segundos antes de que Mauro cubriera el objetivo, era la mejor de todas.

Debería haber sentido que el riesgo había merecido la pena.

En cambio, al observarla, solo pude pensar en la expresión de su cara cuando llegó hasta mí. En el enfado que no nacía de su orgullo, sino del miedo.

Y comprendí que quizás no era yo la única que había empezado a mirar al otro de una forma distinta.