Capítulo 16
El aviso apareció en mi teléfono poco después del desayuno: viento de levante con rachas que podían superar ampliamente los cincuenta nudos durante la tarde, accesos restringidos en algunos tramos de costa y recomendación de evitar acantilados, pinares y zonas expuestas.
Lo leí sentada en el porche del bungaló, mientras Ainara intentaba convencer a Teo de que no podía utilizar un cuchillo de mantequilla como catapulta y Noa vaciaba los cereales en tres cuencos distintos para comprobar cuál tenía más.
La aplicación mostraba un triángulo naranja acompañado de varias frases bastante alarmantes, pero, para ser sincera, lo único que consiguió captar mi atención fue el pequeño gráfico de nubes que anunciaba un cambio brusco de luz al final de la tarde.
Llevaba varios días oyendo hablar del levante como si fuera una persona con mal carácter.
Los trabajadores del camping decían que todavía no había llegado «el de verdad», los campistas veteranos aseguraban que una cosa era sentir viento y otra muy distinta padecerlo, y Carmen, la jubilada del aquagym, me había explicado que, durante un levante fuerte, una terminaba enfadada hasta con su propio pelo.
Yo había sonreído, convencida de que todos exageraban por esa costumbre tan española de convertir cualquier fenómeno meteorológico en una experiencia épica.
Aquella mañana, sin embargo, los pinos ya se inclinaban con violencia, las sombrillas permanecían cerradas y la arena cruzaba los caminos del camping en pequeñas ráfagas que se colaban bajo las mesas y golpeaban las piernas.
—Cuando sople fuerte, no pienso sacar a los niños del bungaló —anunció Ainara después de leer el aviso en mi móvil—. Bastante cuesta encontrarlos cuando no sopla un huracán.
—No es un huracán —respondí mientras ampliaba el mapa meteorológico—. Es levante.
—Perdona, meteoróloga. Si una silla de plástico atraviesa la ventana, explícale tú la diferencia al seguro.
—No creo que sea para tanto.
—¿Que no? ¿Tú en qué mundo vives? No va a ser un levante normal. Por lo visto, será una locura.
Dejé el teléfono sobre la mesa, aunque no pude apartar de la cabeza la idea de fotografiar el cambio de tiempo.
El viento levantaba una especie de velo dorado sobre las dunas y el cielo empezaba a cubrirse de nubes altas y alargadas que avanzaban desde el interior.
Si las previsiones acertaban, al atardecer la luz atravesaría aquella capa de polvo y humedad antes de que llegara la parte más dura del temporal.
Podía quedar espectacular. Solo necesitaba acercarme al faro, buscar un punto protegido y regresar antes de que empeorara.
No comenté mi plan. Ainara habría intentado atarme a una silla y, teniendo en cuenta el nivel de creatividad de sus hijos, probablemente habría encontrado cómplices.
Pasé la mañana trabajando dentro del bungaló mientras el viento crecía.
A mediodía ya silbaba entre las rendijas de las ventanas y hacía vibrar la barandilla del porche.
El personal del camping empezó a asegurar toldos, recoger mobiliario y pedir a los clientes que guardaran cualquier objeto que pudiera salir volando.
Varias familias desmontaban tendederos y recogían bicicletas, los niños perseguían gorras que escapaban por los caminos y un hombre corrió detrás de un colchón hinchable durante casi cien metros antes de atraparlo contra un seto.
El levante tenía una capacidad admirable para borrar cualquier resto de dignidad humana.
A eso de las seis de la tarde, el cielo adquirió exactamente el aspecto que había esperado.
Las nubes cubrían casi todo el horizonte, pero una franja de luz sobrevivía cerca del mar, amarilla y densa, tiñendo el paisaje de un color extraño.
Cogí la cámara, dos objetivos, una funda impermeable y el trípode más pesado que tenía. Me puse unos vaqueros, unas zapatillas cerradas y una chaqueta fina que sabía que no serviría de gran cosa, pero me tranquilizaba llevarla.
Ainara me descubrió cuando intentaba salir sin hacer ruido.
—¿Adónde vas con eso?
Me detuve con la mano en el picaporte.
—A trabajar.
Mi hermana miró la cámara, después la ventana, donde una rama golpeaba el cristal como si quisiera entrar, y finalmente volvió a mirarme.
—Ni hablar.
—Solo voy a acercarme al faro.
—Han dicho que no salgamos.
—Han dicho que aseguremos las cosas y evitemos las zonas peligrosas.
—El faro está junto al mar, Carla. No sé qué definición manejas tú de «zona peligrosa», pero la mía lleva olas, rocas y vientos capaces de arrancarte las pestañas.
—No voy a acercarme al borde. Haré unas fotos desde el acceso y volveré. No seas tan prudente.
Ainara se cruzó de brazos. Detrás de ella, Teo y Noa observaban la discusión con el interés de quien espera que alguien termine castigado.
—Eres una inconsciente.
—Soy fotógrafa.
—No son cuestiones incompatibles.
Le prometí que regresaría en menos de una hora, que le mandaría mi ubicación y que no saldría del camino principal.
Ainara protestó durante varios minutos, pero terminó dejándome marchar después de obligarme a guardar una botella de agua, una batería externa y un paquete de galletas que, según ella, podía utilizar para sobrevivir si el levante me arrastraba hasta Marruecos.
Nada más salir del camping comprendí que quizás había subestimado la situación.
El viento no soplaba de forma continua: embestía. Llegaba en golpes largos que me obligaban a inclinar el cuerpo y clavar los pies en el suelo.
La arena se levantaba de las dunas y cruzaba el camino a toda velocidad, golpeándome las mejillas y colándose por el cuello de la chaqueta. Cada vez que intentaba apartarme el pelo de la cara, otra ráfaga lo devolvía al mismo lugar con una perseverancia casi personal.
Aun así, la luz era extraordinaria.
El mar había perdido el azul tranquilo de los días anteriores. Estaba cubierto de líneas blancas y espuma, como si miles de pequeñas olas se persiguieran unas a otras hasta la costa.
Las nubes avanzaban con tanta rapidez que el paisaje cambiaba cada pocos segundos. En un momento, todo quedaba bajo una sombra gris; al siguiente, un haz de sol atravesaba el cielo e iluminaba el faro con una intensidad teatral.
Hice varias fotografías desde el sendero y seguí avanzando, cada vez más concentrada en lo que veía y menos en la fuerza del viento.
Al llegar a la explanada cercana al faro, encontré el acceso cerrado por una cadena y un cartel de advertencia.
No intenté cruzarlo. Me situé a varios metros, detrás de un pequeño muro que protegía parte del camino, y desplegué el trípode.
La primera ráfaga casi lo volcó antes de que lograra extender las patas. Tuve que colgar la mochila del centro para darle peso y sujetarlo con una mano mientras ajustaba la cámara con la otra.
El resultado merecía la incomodidad. El faro aparecía recortado contra un cielo oscuro, mientras el mar estallaba en espuma al fondo y la arena atravesaba el encuadre como una niebla dorada.
Disparé varias veces, cambié el objetivo y volví a buscar otro ángulo. El viento tiraba de mi ropa, me hacía llorar los ojos y rugía con tanta fuerza que apenas podía escuchar nada más: ni el mar, ni mis propios pasos, ni el teléfono vibrando dentro del bolsillo.
Lo consulté después del cuarto aviso. Tenía dos llamadas de Ainara y una de un número que no reconocía.
Le escribí un mensaje rápido para decirle que estaba bien y que regresaría enseguida, aunque, al levantar la vista, descubrí una abertura entre las nubes. La luz descendía hacia el océano en una columna casi perfecta. Solo necesitaba esperar a que alcanzara el faro.
Cinco minutos.
Siempre eran cinco minutos.
Me desplacé hasta una zona algo más elevada y me agaché detrás de unas rocas para proteger la cámara.
La siguiente ráfaga llegó con tanta fuerza que tuve que apoyar una rodilla en el suelo.
La arena chocó contra mi espalda y el trípode se sacudió a pesar del peso de la mochila.