Capítulo 15
Llevaba casi una hora revisando las fotografías del aquagym cuando llamaron a la puerta del bungaló.
Ainara había conseguido acostar a Teo y a Noa relativamente temprano, algo que en nuestra familia podía considerarse una intervención divina, y ahora leía en el sofá con las piernas recogidas mientras yo clasificaba imágenes en el ordenador.
Estaba ampliando una fotografía de Mauro ayudando a Emilio a mantener el equilibrio cuando volvieron a llamar, esta vez con dos golpes suaves, como si quien esperaba fuera consciente de que había niños dormidos al otro lado.
Me levanté sin demasiada prisa y abrí la puerta pensando que sería Martín con alguna de sus invitaciones nocturnas, pero encontré a Mauro en el porche, vestido con un pantalón corto oscuro y una sudadera gris fina remangada hasta los codos.
Sostenía una linterna pequeña y una mochila, y su expresión tenía esa calma sospechosa que solía preceder a una idea capaz de complicarme la noche.
—Antes de que empieces a protestar, vengo en son de paz —anunció en voz baja.
Me apoyé en el marco de la puerta y crucé los brazos.
—Eso también lo dicen los invasores justo antes de cruzar la frontera.
Mauro sonrió, aunque esta vez no parecía tener intención de provocarme demasiado.
Me explicó que había un lugar cerca de la costa desde el que podían verse el faro, el mar y buena parte del cielo sin apenas contaminación lumínica. Según él, aquella noche estaba especialmente despejada y, si llevaba la cámara, podría conseguir unas fotografías distintas para el reportaje.
Lo observé con desconfianza, buscando en su cara el detalle que delatara la trampa, pero se limitó a añadir que su interés era exclusivamente profesional.
Aquella aclaración me hizo levantar una ceja.
—¿Exclusivamente?
—Cien por cien —me confirmó, llevándose una mano al pecho con una solemnidad bastante poco creíble.
—Qué decepción.
—Puedo reservar un uno por ciento para la curiosidad científica.
—¿Qué clase de curiosidad?
—Quiero comprobar cuánto tardas en olvidarte del mundo cuando encuentras una buena luz. En el acantilado desapareciste durante casi una hora y ni siquiera protestaste cuando me acerqué a la cámara.
—Eso es mentira. Protesté por dentro.
—Entonces lo hiciste con mucha discreción.
Ainara apareció detrás de mí con la novela todavía en la mano y no necesitó más de veinte segundos para comprender la propuesta y posicionarse a favor del enemigo.
Aseguró que los niños dormían como troncos, que ella pensaba quedarse en el bungaló y que yo debía salir antes de convertirme en parte del mobiliario.
Intenté recordarle que había ido a Cádiz para trabajar, no para aceptar excursiones nocturnas con socorristas intrépidos, pero mi hermana se limitó a empujarme hacia el interior y ordenarme que cogiera una chaqueta.
—Vete, Carla. Antes de que encuentre otra actividad familiar para mañana y pierdas cualquier oportunidad de escapar.
Mauro contempló la escena con una satisfacción irritante.
—Sabía que tu hermana me caería bien.
—No te emociones. Ainara también simpatiza con los perros que roban comida en la playa.
—Eso solo demuestra que tiene buen corazón.
Veinte minutos después caminaba con él por un sendero estrecho que se apartaba del camping y avanzaba entre pinos bajos, matorrales y dunas.
La luna iluminaba lo suficiente para distinguir el camino, aunque Mauro llevaba la linterna preparada y la encendía cada vez que el terreno se volvía irregular.
No hablábamos demasiado. De vez en cuando me advertía de alguna piedra suelta o apartaba una rama para que pasara, y yo agradecía aquel silencio porque empezaba a descubrir que su compañía resultaba más sencilla cuando no estaba empeñado en sacarme de mis casillas.
Le pregunté si iba mucho por allí y respondió que sí, sobre todo en las noches en que necesitaba pensar. Me sorprendió tanto la respuesta que no pude evitar mirarlo.
—¿Tú piensas?
—A ratos. Intento no abusar.
—Creía que solo hacías bromas.
—También duermo, como y pago impuestos. Tengo una vida interior muy completa.
La ruta terminó en una explanada de roca clara que se abría sobre el mar.
Me detuve nada más salir del sendero. El faro se elevaba a la derecha y enviaba su haz de luz sobre una superficie oscura y lisa, mientras la luna trazaba un camino plateado hasta el horizonte.
Las luces del camping apenas se distinguían entre los pinos y el cielo aparecía cubierto de estrellas con una nitidez que había olvidado después de tantos años viviendo en Madrid.
Durante unos segundos no pensé en Samuel, en la cámara estropeada, en los niños, en el reportaje ni en el hombre que había caminado hasta allí conmigo.
Solo vi la fotografía.
Dejé la mochila sobre una roca, desplegué el trípode y empecé a preparar el equipo.
Mauro se apartó sin que se lo pidiera y se sentó a varios metros, donde su presencia no interfería con el encuadre.
Cambié de objetivo, ajusté la exposición y realicé varias tomas largas mientras esperaba el momento exacto en que la luz del faro cruzaba el agua.
El paisaje cambiaba con cada disparo: una nube fina pasaba frente a la luna, una ola rompía contra el acantilado o el haz blanco aparecía en un punto distinto de la costa.
Probé varios ángulos, me agaché junto al suelo para incluir la textura de la roca y avancé hasta una zona más abierta para capturar el perfil entero del faro.
Al cabo de un rato dejé de sentir el peso de la cámara y hasta olvidé que no estaba sola.
Cuando terminé una de las últimas series, me incorporé para estirar la espalda y descubrí que Mauro seguía sentado en el mismo sitio.
No había preguntado cuánto faltaba, no había intentado mirar la pantalla ni había interrumpido una sola vez. Contemplaba el mar con los brazos apoyados sobre las rodillas, como si también él hubiera ido allí en busca de una fotografía que no necesitaba guardar en ninguna cámara.
—Ya puedes admitir que te estás aburriendo —le dije mientras me acercaba.
Él negó con la cabeza.
—Estaba comprobando mi teoría.
—¿Y cuál era?
—Que desapareces cuando haces fotos.
Fruncí el ceño y me explicó que cambiaba mi forma de respirar, que dejaba de mirar alrededor y que parecía no escuchar nada de lo que ocurría fuera del encuadre.
Nunca nadie me había descrito de aquella manera. La mayoría veía las horas de trabajo, el resultado o el equipo; pocos prestaban atención a lo que sucedía antes de apretar el disparador.
Bajé la vista hacia la cámara, incómoda por la sensación de que acababa de observarme con más cuidado del que yo había supuesto.
—Normalmente, la gente solo pregunta cuándo voy a terminar.
—Normalmente, la gente no sabe estar callada.
—Eso es bastante hipócrita viniendo de ti.
—He dicho normalmente. Yo soy una excepción extraordinaria.
Le enseñé algunas imágenes para evitar seguir hablando de mí.
Mauro se levantó y se colocó a mi lado sin invadir mi espacio.
Pasamos varias fotografías en silencio, deteniéndonos en una donde el faro se reflejaba sobre el agua y en otra en la que la luna quedaba suspendida sobre una nube fina.
No fingía conocimientos técnicos ni trataba de impresionar con opiniones grandilocuentes. Preguntaba por qué había elegido un encuadre y escuchaba de verdad la respuesta, algo mucho más raro de lo que parecía.
—Esta es increíble —opinó al llegar a una fotografía algo imperfecta, con una ola rompiendo en primer plano y el faro desplazado hacia un extremo.
—A mí también es la que más me gusta.
—¿Por qué?
—Porque parece menos preparada. La anterior es más limpia, pero esta tiene algo vivo.
Mauro observó la pantalla unos segundos antes de asentir.
—Así que este es otro de tus trucos: no buscas el sitio bonito. Esperas hasta que deja de parecer una postal.
Guardé silencio mientras pasaba a la siguiente imagen y él no insistió.
Cuando llegué al final, me di cuenta de que me faltaba una referencia humana que ayudara a entender la escala del paisaje.
Miré alrededor y después lo miré a él.
—Necesito una última fotografía.
—¿Otra del faro?
—Con una persona.
Mauro señaló hacia el sendero.
—A estas horas va a ser complicado encontrar voluntarios.
—Ya tengo uno.
Fingió sorpresa antes de señalarse el pecho.
—¿Yo?
—No te vengas arriba. Solo necesito que se vea el tamaño del acantilado.
—Eso hiere un poco mi autoestima.
Se colocó donde le indiqué, cerca de una zona segura y con el mar detrás.
Le pedí que mirara hacia el horizonte y que caminara unos pasos mientras yo ajustaba el enfoque.
Al principio se movió con una rigidez exagerada, como si posara para un catálogo de ropa náutica, pero después olvidó la cámara y su postura se volvió natural.
La luz del faro cruzó su espalda justo cuando giró la cabeza, y disparé varias veces antes de que el momento desapareciera.
—Ahora mírame —le pedí.
Mauro obedeció.
Durante un instante permaneció serio, con el viento moviéndole el pelo y la sudadera pegada al cuerpo.
Después sonrió.
No era la expresión provocadora con la que solía recibirme ni esa media mueca que utilizaba antes de soltar una broma.
Fue una sonrisa más lenta, casi íntima, que le cambió por completo el rostro.
Acerqué el zoom sin pensar y me fijé en su boca, en la ligera curva de un lado y en la pausa que parecía existir justo antes de que sonriera del todo.
Nunca había reparado demasiado en ella porque casi siempre estaba ocupada prestando atención a las barbaridades que decía, pero ahora, detrás del visor, descubrí que tenía unos labios demasiado atractivos para alguien que me había resultado tan insoportable.
Hice una fotografía.
Luego otra.
Y una tercera.
—¿Tan mal estoy saliendo? —me preguntó.
Bajé la cámara con más rapidez de la necesaria.
—No.
—Entonces, ¿por qué tantas?
Busqué una explicación profesional que sonara convincente.
—La luz cambia muy deprisa.
Mauro miró hacia el faro y después volvió a observarme, como si supiera que aquella respuesta no explicaba nada.
Sin embargo, no dijo una palabra.
Me limité a guardar el equipo, consciente de que el problema no estaba en la luz ni en el paisaje, sino en la forma en que acababa de observarlo.
Hasta ese momento había admitido que Mauro era guapo de una manera objetiva, como podía serlo un actor o un desconocido que pasaba por la calle.
Aquella noche había dejado de verlo desde la distancia.
El camino de vuelta transcurrió con una tranquilidad distinta.
Ya no necesitábamos llenar cada silencio con una pulla, y eso resultaba más inquietante que nuestras discusiones.
Mauro cargó el trípode sin pedir permiso, aunque esta vez no protesté, y avanzamos uno junto al otro mientras el mar sonaba detrás de los árboles.
Cerca del camping me preguntó si la excursión había merecido la pena.
Respondí que sí antes de recordar que debía mantener algún tipo de resistencia.
—Entonces puedo asegurar que mi interés era profesional —dijo.
—No te vengas arriba. Te lo recuerdo.
—¿Ni un poco?
Lo miré de reojo.
—Te concedo ese uno por ciento.
Soltó una risa y yo terminé acompañándolo.
Cuando alcanzamos el bungaló, Ainara había dejado encendida la luz del porche y el camping parecía dormir a su alrededor.
Me despedí sin prolongar el momento y entré con la cámara apretada contra el pecho, intentando no pensar en las últimas fotografías que había hecho.
Sabía que al día siguiente revisaría primero las del faro, la luna y el mar. Eran las que necesitaba para el reportaje y la razón oficial por la que había aceptado aquella salida.
También sabía que, tarde o temprano, terminaría abriendo el retrato de Mauro.
Y sospechaba que lo observaría durante bastante más tiempo del necesario.