Capítulo 14
A la mañana siguiente me desperté con los brazos doloridos por culpa del kayak.
Remar durante casi dos horas parecía una actividad muy relajante cuando la hacían otros. Cuando lo hacía una misma, descubría músculos cuya existencia había permanecido oculta durante décadas.
Bajé al porche todavía desperezándome, con la intención de desayunar tranquila antes de empezar la jornada de fotografías, pero bastó con escuchar la música que llegaba desde la piscina para comprender que aquel plan acababa de desaparecer.
Ainara salió del bungaló con un bikini de flores, unas gafas de sol de marca y una sonrisa sospechosamente amplia.
—Hoy hacemos aquagym.
Dejé la taza de café sobre la mesa.
—Hoy haces aquagym.
—Hoy hacemos aquagym.
—No.
—Sí.
—Ayer remé diez kilómetros.
—Menos…
—Me da igual. Mi cuerpo cree que fueron veinte.
Teo y Noa aparecieron con los bañadores puestos, como si llevaran preparados desde hacía una hora.
—¡La dirige Mauro! —gritó Noa.
Aquello bastó para reforzar mi negativa.
—Entonces menos todavía, que lo estoy viendo hasta en la sopa.
Ainara se echó a reír.
—Será más bien en el salmorejo o en el gazpacho, que es lo que no dejamos de zampar.
No tuve ocasión de seguir protestando. Mi hermana ya había decidido que la sesión sería «una experiencia inolvidable», una expresión que empezaba a provocarme auténtico pánico.
Cinco minutos después, caminábamos hacia la piscina con las toallas al hombro y los niños corriendo delante de nosotras.
El ambiente era parecido al de los días anteriores, aunque nosotras todavía no habíamos acudido a ninguna de aquellas sesiones.
Sonaba música animada desde unos altavoces colocados junto al agua y casi medio camping ocupaba ya las hamacas o los bordes de la piscina.
Había matrimonios jubilados, parejas jóvenes, adolescentes que fingían no tener ningún interés por la actividad mientras observaban desde lejos y un ejército de niños dispuesto a convertir cualquier ejercicio en una guerra de salpicaduras.
En mitad de todo aquel bullicio estaba Mauro.
Llevaba el bañador rojo del servicio de socorrismo, una camiseta blanca con el logotipo del camping y el silbato colgado al cuello.
Sujetaba un micrófono conectado a los altavoces y hablaba con una naturalidad que me sorprendió.
No parecía el típico monitor empeñado en parecer simpático; simplemente disfrutaba de aquello.
—Muy buenos días, supervivientes del desayuno bufé —anunció mientras daba una palmada—. Veo caras de ilusión… y otras que parecen haber venido obligadas bajo amenaza.
Su mirada se cruzó un instante con la mía. Sonrió.
Yo levanté una ceja.
—No miro a nadie.
Varias personas se echaron a reír.
—Las normas son muy sencillas. Si alguien se ahoga durante la clase, intentaré rescatarlo. Si alguien finge un calambre para librarse de los ejercicios… también lo intentaré, pero con bastante menos cariño.
Una señora de unos setenta años levantó la mano desde el agua.
—¡Mauro! ¿Hoy tampoco podemos hacer trampas?
—Carmen, usted lleva tres días intentando convencerme de que mover un solo brazo cuenta como ejercicio completo.
—Es que el otro también lo moví ayer.
Las carcajadas recorrieron la piscina.
—La ciencia todavía no funciona así.
Otra mujer intervino desde el fondo.
—¡No le hagas caso! Luego es la primera que se queda tomando mojitos.
—Porque hidratarse es muy importante, Encarna.
Mauro negó con la cabeza, fingiendo resignación.
—No sé para qué me he formado en primeros auxilios si luego tengo que discutir con vosotras.
Los jubilados rompieron en aplausos mientras él saludaba de forma exagerada, como si acabara de recibir un premio.
Era curioso observarlo allí. Con los mayores tenía una paciencia infinita, los conocía por su nombre y recordaba incluso pequeñas conversaciones de días anteriores.
Cuando un señor entró despacio en la piscina ayudándose de un bastón, Mauro dejó el micrófono sobre una hamaca y se acercó para ofrecerle el brazo con absoluta naturalidad, sin hacerlo sentir incómodo ni tratarlo como si fuera incapaz de moverse solo.
—¿Cómo va esa rodilla, Emilio?
—Hoy protesta menos.
—Pues entonces hoy trabajará un poquito más.
—Abusón.
—Profesional.
Mientras tanto, Teo y Noa ya habían encontrado otros cuatro niños con los que organizar una competición para ver quién salpicaba más lejos.
Ainara hablaba con Lucía y con dos madres del camping como si las conociera de toda la vida. Yo seguía dudando entre entrar en el agua o refugiarme detrás de una sombrilla con la cámara.
Mauro volvió a coger el micrófono.
—Venga, que nadie se esconda. Incluso los fotógrafos tienen piernas.
Todo el mundo giró la cabeza hacia mí.
Resoplé.
—Te debo una.
—Ya llevamos una lista considerable.
Entré en la piscina entre los aplausos burlones de mi propia hermana.
El agua estaba agradable y me cubría aproximadamente hasta el pecho.
Mauro se colocó sobre una plataforma junto al borde y comenzó los ejercicios al ritmo de la música.
Los primeros movimientos eran sencillos, pero bastaron cinco minutos para que descubriera que el aquagym podía convertirse en un método de tortura perfectamente legal.
—Rodillas arriba.
Todo el grupo obedeció.
—Más arriba.
Las protestas empezaron a escucharse desde distintos puntos.
—Eso no son rodillas. Eso es entusiasmo moderado.
Carmen levantó una mano.
—¡Las mías ya no suben más!
—Pues convénzalas.
—Llevamos cuarenta años discutiendo.
Las risas hicieron que varios perdieran el equilibrio y terminaran salpicando a quienes tenían al lado.
La sesión avanzaba entre bromas constantes. Mauro corregía posturas, animaba a los más pequeños y adaptaba los ejercicios para los mayores sin perder nunca el buen humor.
Cuando Emilio no consiguió mantener el equilibrio durante uno de los movimientos, él mismo bajó al agua para hacerlo a su lado.
—Así.
—No es tan fácil.
—Nunca he dicho que lo fuera.
—Pues deberías.
—Entonces me despedirían.
Teo decidió que aquel era el momento ideal para imitar todos los movimientos con una exageración teatral. Cada vez que Mauro levantaba una pierna, él levantaba las dos. Si pedía mover los brazos, parecía un molino descontrolado.
Noa, que jamás aceptaba quedarse atrás, empezó a copiar también a su hermano hasta que ambos terminaron salpicando a media piscina.
—Equipo pequeño… un poquito de calma —pidió Mauro.
—Estamos haciendo deporte. Entonces no puedes regañarnos.
Mauro se quedó pensativo unos segundos.
—Buen intento.
Los niños celebraron aquella respuesta como si hubieran ganado una batalla.
En la parte final de la sesión organizó una carrera sin sentido alguno. Los participantes debían cruzar la piscina empujando un churro de espuma únicamente con la frente.
El espectáculo fue tan ridículo como cabía esperar. Los niños hacían trampas utilizando las manos; varios adultos se partían de risa antes de llegar a la mitad y Carmen aseguró que ella competía únicamente por el prestigio, porque su churro llevaba veinte años de experiencia.
Ainara terminó chocando conmigo cuando ambas intentábamos alcanzar la meta.
—¡Eso ha sido falta! —protestó.
—Ha sido justicia deportiva.
—Lo revisaremos con el VAR.
—No hay VAR en el aquagym.
—Pues debería.
Acabamos riéndonos tanto que ni siquiera conseguimos terminar la carrera.
Cuando sonó la música final, toda la piscina rompió en aplausos. Algunos mayores levantaron los brazos pidiendo otra sesión y los niños rodearon a Mauro para preguntarle qué actividad tocaba después.
Él fue respondiendo uno por uno, chocando manos, bromeando con todos y prometiendo un torneo de vóley acuático para la tarde.
Salí del agua junto a Ainara mientras me escurría el pelo.
—¿Y bien? —preguntó ella.
—Ha estado…
Busqué una palabra que no sonara demasiado entusiasta.
—Aceptable.
Mi hermana soltó una carcajada.
—En tu idioma eso significa que te lo has pasado de maravilla.
No respondí.
Mientras recogíamos las toallas, levanté la vista hacia Mauro.
Seguía rodeado de niños y jubilados, escuchando la interminable historia que Emilio le contaba sobre una antigua competición de natación.
No tenía ninguna prisa por librarse de ellos ni daba la impresión de estar trabajando por obligación.
Comprendí entonces qué era lo que empezaba a descolocarme de él.
No era que supiera hacer bien muchas cosas, sino que conseguía que cualquiera que estuviera cerca —un niño de siete años, una señora de setenta o un tipo que acababa de conocer— sintiera que, durante un rato, era la persona más importante de la piscina.
Y eso, pensé mientras me colocaba la toalla sobre los hombros, resultaba bastante más explosivo que cualquier rescate improvisado.