En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 13
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Capítulo 13

La excursión en kayak empezó, como casi todas las «malas» decisiones de aquel verano, con Martín apareciendo en el porche del bungaló antes de que yo hubiera terminado el primer café.

Llevaba una gorra, una camiseta azul y la expresión satisfecha de quien traía una idea que, según él, iba a cambiarme la vida y, según mi experiencia reciente, probablemente iba a complicármela.

—Hoy hay competición —anunció mientras apoyaba un hombro en la barandilla.

Levanté la vista de la taza con cautela.

—¿Competición de qué?

—De kayak.

—No.

Ainara apareció desde el interior del bungaló con Noa agarrada a una pierna y Teo intentando colocarse una gorra que le quedaba dos tallas grande.

—Participamos —decidió por las cuatro personas presentes.

—Acabo de decir que no.

—Y yo acabo de corregirte.

Martín soltó una risa mientras Teo daba un salto de entusiasmo y preguntaba si los kayaks tenían motor.

Noa quiso saber si podía llevarse su cubo para recoger conchas y Ainara empezó a buscar bañadores, toallas y crema solar con una energía que dejaba claro que mi opinión no formaba parte del proceso de organización.

—No pienso meter otra cámara cerca del agua —advertí.

—No seas miedica —respondió Martín—. Esta vez iremos con cuidado. Además, la ruta pasa por una cala preciosa y una cueva marina. Para el reportaje te vendría genial.

Aquello me hizo dudar durante unos segundos, justo los que Ainara necesitó para dar la batalla por ganada.

—Vale. Nos vestimos y bajamos en veinte minutos.

—Yo no he dicho que vaya.

Mi hermana me lanzó el bote de crema solar.

—Pero ya tienes cara de que sí.

Una hora después estaba en la playa, rodeada de kayaks de tres plazas y preguntándome en qué momento exacto había perdido la autoridad sobre mi propia vida.

El grupo era bastante numeroso. Habían venido Martín, Mauro, Rubén, Sergio, Lucía, Diego y varias parejas del camping con sus hijos.

Los kayaks descansaban sobre la arena en una fila de colores llamativos, mientras un monitor explicaba la ruta, las normas básicas y la importancia de no alejarse del grupo.

Yo escuchaba a medias. Mi verdadera preocupación era el reparto.

Había decidido que iría con Martín porque parecía la opción más sensata. Era paciente, conocía a los niños y, sobre todo, no tenía por costumbre recordarme cada cinco minutos que había intentado salvarme de una muerte imaginaria.

Sin embargo, antes de que pudiera acercarme a él, Teo se lanzó sobre su brazo.

—¡Yo voy contigo! Dijiste que me enseñarías a remar.

Martín sonrió.

—Y cumplo mis promesas.

—Entonces yo también voy con vosotros —añadió Ainara, colocándose una mano en la cadera—. Alguien tendrá que impedir que estos dos nos lleven hasta Marruecos.

Los tres se dirigieron hacia uno de los kayaks sin darme margen para protestar.

Miré alrededor buscando otra opción. Rubén ya se había colocado con Lucía y una niña de siete años. Sergio iba con Diego y otro de los chicos. Dos matrimonios ocupaban los siguientes.

Solo quedaba un kayak libre.

Mauro estaba junto a él ajustándose el chaleco salvavidas. Había conseguido librar unas horas y quería aprovecharlas como si fueran oro, según acababa de explicar al llegar, casi con la lengua fuera.

Nos miramos. Él sonrió.

—Qué casualidad.

—No creo en las casualidades.

—Yo tampoco. Para mí que Martín se las ha ingeniado para que formemos equipo.

Giré la cabeza hacia nuestro supuesto amigo. Martín levantó una mano desde su kayak con una inocencia tan exagerada que confirmó mis sospechas.

—Me voy con otro grupo —decidí.

—No queda otro grupo.

—Puedo ir sola.

—Los kayaks son de varias plazas.

En ese momento, Noa apareció corriendo por la arena con el chaleco salvavidas mal abrochado y se abrazó a mi cintura.

—¡Yo quiero ir con mi tata!

Mauro levantó una mano con satisfacción.

—Adjudicado. Familia feliz.

Lo miré con expresión amenazante.

—No somos una familia.

—Todavía no hemos salido y ya estás discutiendo. Esto promete.

Noa ocupó la plaza central, Mauro se colocó delante y yo detrás. El monitor nos ayudó a empujar el kayak hasta el agua y nos explicó cómo coordinar las palas.

Mauro, a quien debía de dársele genial aquello, escuchaba como si estuviera a punto de participar en una regata profesional, mientras yo intentaba evitar que Noa metiera la mano en el mar antes de que hubiéramos avanzado dos metros.

—¿Hay tiburones? —preguntó ella.

—No —respondí.

—¿Y medusas?

—Puede haber alguna.

—¿Y delfines?

—También.

—¿Y sirenas?

Mauro giró un poco la cabeza.

—Solo los fines de semana.

Noa aceptó aquella respuesta sin cuestionarla y empezó a buscar sirenas entre las pequeñas olas. Yo puse los ojos en blanco.

—No le cuentes tonterías.

—Tiene seis años. Es la edad perfecta para creer en ellas.

—Tiene siete.

—Entonces ya vamos tarde.

La travesía comenzó con bastante orden. El mar estaba tranquilo y la costa se extendía a nuestra izquierda, alternando pequeñas playas, dunas y tramos de roca clara.

Los kayaks avanzaban en fila mientras los niños gritaban cada vez que veían un pez cerca de la superficie.

Teo remaba con tantas ganas que salpicaba a Ainara en cada movimiento, y mi hermana le pedía que redujera la intensidad si no quería dejarla ciega antes de llegar a la cala.

Nosotros, en cambio, avanzábamos con una eficacia sorprendente. Mauro marcaba el ritmo desde delante y yo lo seguía sin demasiada dificultad. Noa colaboraba dando instrucciones que nadie le había pedido.

—Más rápido.

—No somos una lancha —le expliqué.

—Martín va delante.

Mauro miró hacia un lado.

—Eso no puede permitirse.

—¿Por qué?

—Porque hoy hay premio.

—¿Qué premio?

—Una caja de helados para el kayak que llegue primero a la cala.

Noa se puso recta.

—Tenemos que ganar.

—No tenemos que ganar nada —intervine.

—Eso lo dice la gente que va perdiendo —respondió Mauro.

Lo miré desde atrás, aunque él no podía verme.

—Qué casualidad que tengas siete años, como ella, cuando te conviene.

—He cumplido treinta. ¿Algún problema con eso?

—El problema no son tus años, sino tú —bromeé.

La noticia de la competición se extendió enseguida entre los kayaks y el orden desapareció.

Rubén empezó a gritar que su equipo tenía ventaja porque Lucía llevaba años trabajando en urgencias y sabía tratar la hipotermia.

Sergio intentó agarrarse a uno de los kayaks cercanos para que lo remolcaran, mientras Diego protestaba porque aquello no figuraba en las reglas.

Martín mantenía un ritmo tranquilo, quizás porque Teo remaba hacia el lado contrario y Ainara se había rendido después de recibir el tercer golpe de pala en el hombro.

Mauro aumentó la velocidad.

—Rema, Carla.

—Estoy remando.

—Con más ganas.

—No me gusta que me den órdenes.

—Imagínate que persigues al hombre que destrozó tu cámara.

Clavé la pala en el agua con más fuerza.

—Eso sí funciona.

Noa aplaudió.

—¡Más rápido, tata!

—En vez de animarme tanto, podrías ayudarme un poco, renacuaja.

—Es que me canso —contestó entre dientes.

Durante unos minutos estuvimos a punto de adelantar a Rubén y Lucía. La cala se distinguía ya entre dos paredes de roca y el agua se volvía más transparente a medida que nos acercábamos.

Mauro no dejaba de animarnos, satisfecho con la posibilidad de ganar unos helados que, con toda seguridad, podía comprarse sin necesidad de organizar una competición acuática.

Decidí sabotearlo.

Esperé a que marcara el siguiente movimiento y hundí la pala en el lado contrario. El kayak giró de golpe.

—¿Qué haces? —protestó.

—Remar.

—Estás remando al revés.

—No sabía que hubiera una dirección incorrecta.

—Carla, la cala está al otro lado.

—Eso es una opinión.

Noa empezó a reírse mientras el kayak daba otra vuelta torpe sobre sí mismo. Rubén y Lucía nos adelantaron entre gritos de victoria.

—Nos van a quitar los helados —se quejó mi sobrina.

—La culpa es de tu tía —dijo Mauro.

—La culpa es de quien ha convertido una excursión familiar en los Juegos Olímpicos.

—No soportas perder.

—No me importa perder.

—Entonces deja de sabotearme.

—Me importa que tú ganes.

Mauro giró la cabeza lo suficiente para mirarme por encima del hombro. Estaba sonriendo de una forma que ya no me provocaba el mismo rechazo de los primeros días.

—Eso empieza a sonar personal.

—Lo es.

Reanudamos la marcha sin ninguna posibilidad de alcanzar a los primeros.

Al llegar a la cala, varios kayaks descansaban ya cerca de la orilla y los niños saltaban al agua con ayuda de los adultos. Las paredes de roca protegían aquel rincón del viento y creaban una especie de piscina natural de color turquesa.

Al fondo se abría una pequeña cueva marina, lo bastante amplia para entrar remando despacio.

Saqué la cámara compacta que llevaba guardada en una bolsa estanca y empecé a fotografiar el reflejo de la luz sobre el techo de la cueva. El agua proyectaba destellos móviles sobre la piedra y las voces del grupo producían un eco suave.

Noa se quedó en silencio por primera vez en todo el trayecto, fascinada por los peces que se veían bajo el kayak.

Mauro dejó de remar para no movernos demasiado.

—Ahora entiendo una cosa —comentó.

—¿Cuál?

—Por qué tardas tanto en hacer una foto.

Aparté la cámara del rostro.

—¿Porque trabajo con personas que no paran de hablar?

—No. Porque no haces fotos de sitios.

Fruncí un poco el ceño.

—¿Y de qué las hago?

Mauro miró hacia la entrada de la cueva, donde Ainara intentaba fotografiar a Teo mientras él levantaba la pala como si fuera un guerrero.

—De momentos. De lo que está pasando en ellos.

No supe qué contestar. Aquella observación me sorprendió porque era cierta, aunque yo jamás la hubiera explicado de ese modo.

Buscaba paisajes, sí, pero me gustaba esperar a que alguien los habitara. Una sombra, una risa, una persona caminando, un gesto pequeño que transformara un lugar bonito en algo vivo.

—Eso ha sonado casi inteligente —repuse al final.

—No te preocupes. No volverá a ocurrir.

Sonreí antes de poder evitarlo y volví a mirar por el visor.

Mauro no insistió ni convirtió el comentario en una broma sobre nosotros. Se limitó a mantener el kayak estable mientras yo hacía varias fotografías.

Noa apoyó la cabeza contra su espalda y empezó a contarle en voz baja que quería ser exploradora marina cuando fuera mayor. Él escuchó todo el relato con una paciencia que ya había visto durante la búsqueda y en el acantilado.

La vuelta comenzó con una guerra de agua.

Nadie supo quién dio el primer palazo, aunque Rubén acusó a Sergio y Sergio aseguró que había sido uno de los niños.

En menos de un minuto, todos los kayaks se salpicaban entre sí. Ainara gritaba que tenía el pelo recién lavado mientras lanzaba agua con más fuerza que nadie. Martín terminó empapado después de que Teo vaciara sobre su espalda una pequeña botella que llevaba en la mochila.

Mauro nos acercó al kayak de Rubén para atacar por un costado.

—No pienso participar —advertí.

—Demasiado tarde.

Metió la pala en el agua y lanzó una salpicadura enorme que me alcanzó de lleno.

Me quedé perpleja, con el pelo pegado a la cara.

Mauro dejó de reír.

—Ha sido el viento.

—Claro.

Llené la pala y le devolví el golpe con tanta fuerza que el agua le cayó sobre la cabeza y el pecho.

Noa empezó a gritar de alegría y se unió a la batalla utilizando las manos. Durante los siguientes minutos dejamos de remar en línea recta y nos dedicamos a perseguir a los demás.

Yo no recordaba la última vez que me había reído así, sin pensar en quién me miraba, en cómo me veía o en cuánto tardaría en volver a sentirme mal.

Cuando alcanzamos la orilla, estábamos completamente empapados. Mauro saltó primero y tiró del kayak para acercarlo a la arena. Después ayudó a Noa a bajar y extendió una mano hacia mí.

—Puedo sola.

—Eso ya lo sé.

Aun así, acepté su mano. En cuanto apoyé un pie fuera del kayak, él inclinó un poco la embarcación y el agua me llegó hasta las rodillas.

Solté un grito.

—¡Mauro!

Él retrocedió riéndose.

—Ha sido una ola.

—No había ninguna ola.

—Una pequeña.

Cogí agua con ambas manos y se la lancé. Mauro intentó apartarse, pero le acerté en plena cara.

—Eso ha sido a propósito —protestó.

—Demuéstralo.

Nos quedamos mirándonos durante un segundo, los dos empapados y con Noa riéndose entre nosotros. Entonces, Mauro sonrió.

Yo también.

No fue una sonrisa educada ni una respuesta automática. Me reí con él de verdad y, durante unos instantes, olvidé que se suponía que aquel hombre me caía mal.

Mientras los demás arrastraban los kayaks hacia la arena y Ainara gritaba que alguien debía pagarle una sesión de peluquería, comprendí que algo había cambiado sin que yo me diera cuenta.

Mauro seguía siendo provocador, competitivo y capaz de sacarme de quicio con una sola frase, pero ya no discutíamos para hacernos daño.

Empezábamos a jugar.

Y aquello me pareció bastante más peligroso.