En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—No te adelantes a lo que sabemos. Ahora mismo solo tenemos dos niños que han salido a explorar y no han sabido regresar. Nada más.

—¿Y si hay algo más?

—Entonces nos ocuparemos cuando llegue. No antes.

Era casi lo mismo que le había dicho a Adrián en el acantilado. Un paso, un apoyo, un problema cada vez.

Continuamos. A los pocos minutos, Mauro se agachó junto a un arbusto y recogió algo del suelo. Era un envoltorio de galletas con dibujos de dinosaurios.

—Estas son de Teo —le dije.

—¿Seguro?

—Las lleva a todas partes. Ainara compra paquetes enteros porque dice que son las únicas que no desmenuza dentro del coche.

Mauro miró el camino y señaló hacia la derecha.

—Han pasado por aquí.

El miedo volvió, pero esta vez venía acompañado de una dirección. Apuramos el paso.

El sendero subía hacia una zona de pinos bajos y desembocaba cerca de una antigua caseta blanca, medio cubierta por la vegetación. La puerta estaba cerrada. Alrededor no había nadie.

—¡Teo! —grité—. ¡Noa!

Solo respondió el viento.

Rodeamos la caseta y encontramos un pequeño camino que descendía hacia una hondonada protegida del mar. Mauro se detuvo. En el suelo había varias piedras colocadas formando una flecha.

—Eso lo han hecho ellos —le aseguré.

—Parece que querían marcar el camino de vuelta.

—Pues no les ha salido demasiado bien.

La voz se me quebró al final. Mauro no dijo nada. Se limitó a seguir la dirección de la flecha.

El terreno se volvió más irregular. A ambos lados crecían arbustos altos y apenas veíamos unos metros por delante. Yo llamaba sus nombres hasta quedarme sin voz.

En un momento dado, tropecé con una raíz y Mauro me sujetó por el brazo antes de que cayera.

—Ten cuidado.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—No necesito que me lo recuerdes.

Unos minutos después escuchamos un ruido, algo parecido a un golpe metálico. Mauro levantó una mano para pedirme silencio.

—¿Lo has oído?

Asentí.

Esperamos. El sonido se repitió.

Esta vez llegó acompañado de una voz.

—¡Te he dicho que no le des tan fuerte!

Noa.

Eché a correr.

Mauro me llamó, pero no me detuve. Aparté las ramas con las manos y salí a un pequeño claro donde había una estructura de madera abandonada, quizás los restos de un antiguo observatorio.

Teo estaba golpeando una lata con un palo, mientras Noa se agachaba frente a un cubo lleno de conchas, piedras y algo que se movía.

Los dos levantaron la cabeza al verme.

—¡Tata! —gritó Teo con una sonrisa—. ¡Os estábamos buscando!

Me quedé completamente paralizada.

Durante un instante fui incapaz de moverme, hablar o respirar. Después corrí hacia ellos y los abracé con tanta fuerza que ambos protestaron.

—¡Nos aplastas! —se quejó Noa.

—¡No podíais marcharos así! —grité sin soltarla—. ¡No podíais desaparecer sin decir nada!

—No hemos desaparecido —respondió Teo, desconcertado—. Estábamos en una expedición.

—¡Llevamos un buen rato buscándoos!

—Pero dejamos flechas —explicó Noa, como si aquello resolviera cualquier problema—. Una se cayó y luego no sabíamos por dónde volver, así que decidimos esperar.

Miré el cubo.

Dentro había tres cangrejos pequeños que intentaban trepar unos sobre otros.

—Hemos encontrado un tesoro —anunció Teo.

—Eso no es un tesoro.

—Para ellos sí —dijo Mauro a mi espalda.

Me giré. Estaba de pie a pocos metros, respirando con fuerza y hablando por teléfono con Martín, que estaba con mi hermana.

—Están bien —informó—. Los hemos encontrado en la antigua caseta. Avisad a todos. Sí, están los dos bien.

Al escuchar aquellas palabras, algo dentro de mí se rompió. Hasta entonces había mantenido el miedo apartado mediante la acción, pero ya no tenía que buscar, correr ni pensar. Me temblaron las piernas de golpe.

Mauro guardó el teléfono y se acercó.

—Carla.

Intenté decir que estaba bien, pero no llegué a pronunciarlo. Di un paso hacia él y terminé apoyándome contra su pecho como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión sin consultarme.

Mauro me sujetó de inmediato. Una mano se cerró alrededor de mi espalda y la otra se apoyó en mi nuca, sin apretar, manteniéndome en pie mientras yo intentaba controlar la respiración.

No hizo ninguna broma. No dijo que exageraba. No me recordó que había tenido razón.

—Ya está —murmuró—. Están bien.

Cerré los ojos. Olía a sal, a sol y a la tela limpia de su camiseta. Notaba los latidos de su corazón bajo la mejilla, rápidos a pesar de la calma que había mantenido durante toda la búsqueda.

—Creía que… —Empecé, pero la voz se me quebró.

—Lo imagino.

Permanecimos así unos segundos más. Quizás fueron muchos. No podía saberlo.

Cuando conseguí apartarme, evité mirarlo a los ojos. Me sentía agotada, avergonzada y aliviada hasta el dolor.

Mauro no hizo ningún comentario. Se agachó frente a los niños y adoptó una expresión seria.

—Escuchadme bien. Habéis asustado a todo el camping.

Teo bajó la mirada.

—Solo queríamos explorar.

—Explorar está bien. Marcharse sin avisar, no. Si queréis venir aquí, tiene que ser con un adulto. Hay caminos peligrosos y nadie sabía dónde estabais.

Noa apretó el asa del cubo.

—¿Mamá está enfadada?

—Está asustada. Y eso es peor.

Los dos se miraron con culpa.

Regresamos despacio. Mauro llevaba el cubo de los cangrejos y a Teo sobre los hombros cuando el niño dijo que le dolían las piernas.

Yo caminaba de la mano de Noa, que no paraba de preguntar si podrían quedarse con el tesoro. No tenía fuerzas para explicarle que los cangrejos no eran animales domésticos.

A mitad del sendero vimos aparecer a Ainara y Martín corriendo hacia nosotros.

Mi hermana gritó los nombres de los niños y se arrodilló para abrazarlos en cuanto los tuvo cerca. Primero lloró. Después los besó. Luego empezó a regañarlos sin dejar de abrazarlos, mezclando amenazas, preguntas y declaraciones de amor en una misma frase.

Martín se acercó a Mauro y le apretó el hombro.

—¿Cómo se te ha ocurrido venir aquí?

—Por las preguntas que habían hecho. Y por el mapa.

Ainara levantó la vista desde el suelo.

—Gracias.

Mauro negó con la cabeza.

—No tienes que darme las gracias. Lo importante es que están bien.

Su camiseta estaba sucia, tenía un arañazo en el brazo y el pelo pegado a la frente.

No había nada del socorrista chulo que yo había creído conocer ni del hombre que parecía tener una frase preparada para cada mujer.

Solo veía a alguien que había pensado cuando todos los demás estábamos demasiado asustados para hacerlo.

Mauro se dio cuenta de que lo miraba.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Asentí.

—Sí.

—¿Seguro?

Por primera vez, la pregunta no me molestó.

—Ahora sí.

No añadí nada más. Tampoco él.

Mientras regresábamos al camping rodeados por el resto de las personas que habían participado en la búsqueda, comprendí que algo había cambiado. No de una forma espectacular ni definitiva.

Seguía pensando que Mauro era provocador, desesperante y demasiado consciente del efecto que causaba. Pero ya no podía seguir llamándolo perfecto idiota y creer de verdad que aquello lo resumía.

Había visto lo que hacía cuando las cosas dejaban de ser un juego.