Capítulo 12
Unos días después, todo empezó de una forma tan tonta que, durante los primeros minutos, nadie pensó que se tratara de una desaparición.
Teo y Noa llevaban toda la mañana entrando y saliendo del bungaló, apareciendo de repente con cubos, palas, mapas dibujados a mano y objetos que recogían del suelo y calificaban como tesoros.
A esas alturas, yo había dejado de preguntar de dónde sacaban cada cosa. Mientras no fueran animales vivos, pertenencias ajenas o partes esenciales de alguna instalación eléctrica, había decidido aplicar una política de tolerancia razonable.
Ainara estaba sentada en el porche, hablando por teléfono con una compañera de la clínica, y yo revisaba en el ordenador las fotografías del acantilado.
Todavía me molestaba admitir que las mejores imágenes de aquella mañana eran las de Mauro escalando.
La luz, la pared de roca y el mar habían hecho casi todo el trabajo, me repetía cada vez que ampliaba una de ellas.
Que él tuviera un cuerpo jodidamente fotogénico y se moviera delante de la cámara con una naturalidad insultante no significaba absolutamente nada.
—¿Dónde están los niños? —me preguntó Ainara al terminar la llamada.
No levanté la vista de la pantalla.
—Jugando.
—Eso ya lo sé. Pregunto dónde.
Giré la cabeza hacia el sendero. Sus bicicletas estaban tiradas junto a un árbol, las pistolas de agua descansaban sobre la barandilla y uno de los cubos aparecía volcado cerca de la puerta.
No escuchaba sus voces, pero aquello tampoco me alarmó. El silencio, tratándose de Teo y Noa, podía significar una catástrofe o un milagro. A veces ambas cosas eran difíciles de distinguir.
—Estarán detrás del bungaló —respondí—. Hace un rato estaban construyendo una base secreta.
Ainara se incorporó y rodeó la pequeña construcción llamándolos por su nombre. Regresó al cabo de un minuto, todavía tranquila, aunque con el ceño algo fruncido.
—No están.
—Mira en el parque.
—Creía que los vigilabas tú.
—Y yo creía que los vigilabas tú.
Nos miramos durante unos segundos. Ninguna quería ser la primera en reconocer que, en realidad, ambas habíamos supuesto que estaban con la otra.
No era algo tan grave. Los niños conocían ya buena parte del camping, se movían de un bungaló a otro y habían hecho amigos desde el primer día. Aun así, cerré el ordenador y me puse en pie.
—Seguro que están con los niños de la parcela de al lado.
No estaban allí.
Tampoco se encontraban en el pequeño parque junto al supermercado, en las pistas deportivas ni en la zona de animación infantil.
Preguntamos a varios campistas que los conocían y todos respondieron que los habían visto, aunque ninguno sabía precisar dónde estaban en aquel momento.
Un hombre aseguró haberlos visto cerca de la piscina. Una niña dijo que Noa le había hablado de una expedición. Un niño con un flotador de cocodrilo afirmó que Teo se había marchado hacia «la zona prohibida», pero, cuando le preguntamos cuál era, señaló en tres direcciones distintas.
Todavía no estaba preocupada. No de verdad. Estaba molesta, nerviosa y convencida de que, cuando aparecieran, les daría una charla capaz de arruinarles las vacaciones hasta la mayoría de edad. Ainara, en cambio, había empezado a caminar más deprisa.
—Voy a mirar en la piscina —me dijo—. Tú revisa el miniclub y la playa.
—Ainara, no pueden haber ido muy lejos.
—Ya lo sé.
Lo dijo demasiado rápido.
Recorrí el camino hasta el miniclub llamándolos a voces. La monitora me aseguró que no habían pasado por allí en toda la mañana.
En la piscina infantil había decenas de niños, flotadores, gritos y chapoteos, pero ninguno de aquellos cuerpos pequeños y morenos era Teo ni Noa. Me acerqué al borde, observé la zona más profunda y sentí el primer latigazo de miedo.
No fue un pensamiento completo, solo una imagen breve y cruel que aparté de inmediato.
Pregunté al socorrista encargado, que no era Mauro, y negó haberlos visto. Después bajé hacia la playa, mirando detrás de cada sombrilla y entre los grupos que jugaban junto a la orilla.
El mar estaba tranquilo. Había familias, parejas, niños construyendo castillos y adolescentes lanzándose un balón. Ninguno era de los nuestros.
Cuando regresé al camping, Ainara me esperaba frente a recepción. Había perdido el color de la cara.
—No están.
—En la playa tampoco.
—He vuelto al bungaló. Sus mochilas tampoco están.
Aquello cambió por completo la situación.
Hasta entonces podía imaginar que se habían entretenido a cincuenta metros, que habían seguido a otros niños o que se habían escondido para gastar una broma.
Pero Teo y Noa no salían con sus mochilas por casualidad. Las utilizaban cuando jugaban a exploradores, cuando preparaban expediciones o cuando decidían que necesitaban provisiones para ir hasta el fin del mundo, que, en su caso, solía quedar detrás de la lavandería.
—¿Qué llevaban dentro? —le pregunté.
—No lo sé. Agua, galletas, juguetes… Carla, ¿y si han salido del camping?
—No han podido cruzar la barrera sin que alguien los viera.
—¿Y si se han ido por la playa?
—Vamos a encontrarlos.
No sabía si estaba intentando tranquilizarla o convencerme a mí misma.
La recepcionista avisó al responsable del camping, que puso en marcha el protocolo de búsqueda con una rapidez que me impresionó y me asustó a partes iguales.
Cerraron las salidas, avisaron al personal de mantenimiento y pidieron por megafonía que los niños se acercaran a recepción si escuchaban el mensaje. La voz recorrió todo el recinto y se perdió entre los pinos.
Teo y Noa no aparecieron.
Algunos campistas empezaron a ayudarnos.
Martín llegó corriendo desde la zona de bungalós cuando alguien le contó lo ocurrido.
No hizo preguntas inútiles ni intentó decirnos que mantuviéramos la calma.
Se limitó a pedir una descripción de la ropa que llevaban y comenzó a organizar a varias personas para revisar las zonas por grupos.
—Rubén y Sergio van hacia las pistas y los almacenes. Yo revisaré la zona del pinar con dos trabajadores. Vosotras quedaos cerca de recepción por si vuelven —indicó.
—No voy a quedarme aquí —respondió Ainara.
Martín la miró durante unos segundos y asintió.
—Entonces vienes conmigo. Carla, revisa otra vez la zona de la playa con Lucía. No vayáis solas y llevad los móviles con sonido.
Empezábamos a separarnos cuando apareció Mauro. Llevaba el uniforme de socorrista, el pelo húmedo y una expresión que no se parecía en nada a la que usaba conmigo. No había sonrisa, bromas ni rastro de aquella provocación constante que tanto me fastidiaba.
—¿Cuánto tiempo llevan sin aparecer? —preguntó.
—No lo sabemos exactamente —respondió Ainara con la voz rota—. Quizá media hora. Puede que más.
Mauro se acercó a ella.
—¿Qué llevaban puesto?
Se lo explicamos. Después preguntó si habían desaparecido alguna vez antes, si tenían miedo a algún animal, si conocían los caminos y si alguna vez habían hablado de salir del camping. Ainara respondía a trompicones mientras yo intentaba reconstruir la mañana.
—Estaban jugando a los exploradores —le dije—. Llevaban mapas. Dibujaban cruces y rutas, pero pensé que era uno de sus juegos.
—¿Qué mapas?
—Del camping. Uno de los que dan en recepción.
Mauro frunció el ceño.
—¿Han preguntado por algún sitio concreto estos días?
Negué con la cabeza. Ainara también. Martín se quedó pensando.
—Ayer Teo me preguntó si desde el faro se veía África —recordó.
Mauro levantó la vista.
—A mí Noa me preguntó por el antiguo sendero de vigilancia.
—¿Qué sendero? —pregunté.
—Hay un camino viejo que sale cerca de las dunas y llega a una caseta abandonada. Antes se utilizaba para vigilar la costa. Está fuera de la ruta habitual y casi nadie va porque la vegetación ha cubierto parte del acceso.
Sentí que se me aflojaban las piernas.
—¿Es peligroso?
Mauro no respondió de inmediato y aquel silencio fue peor que cualquier explicación.
—Tiene zonas estrechas y una parte pasa cerca del acantilado, aunque hay una valla. Si han seguido el mapa hasta el faro, podrían haber visto la señal del sendero.
Ainara se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
—No sabemos si están allí —dijo él con voz firme—. Solo es una posibilidad. Yo voy al sendero.
—Voy contigo —le dije.
—No.
—Son mis sobrinos.
—Precisamente. No conoces el camino y ahora mismo no estás en condiciones de moverte por una zona complicada.
—No vas a dejarme aquí.
Mauro me sostuvo la mirada. Durante un segundo pensé que discutiríamos como siempre, pero no lo hizo. Se quitó el silbato del cuello y se lo entregó a otro trabajador.
—Entonces no te apartes de mí y haz exactamente lo que te diga.
No respondí. Eché a andar detrás de él antes de que pudiera arrepentirse.
Seguí a Mauro por el sendero que atravesaba las dunas, intentando mantener su ritmo mientras llamábamos a los niños. El sol caía con fuerza, la arena se hundía bajo mis zapatillas y el aire parecía haberse vuelto demasiado espeso.
Mauro avanzaba deprisa, pero no corría. Cada pocos metros se detenía para observar el suelo, las ramas y cualquier señal de paso reciente.
—¿Qué buscas? —pregunté.
—Huellas, envoltorios, ramas rotas. Cualquier cosa.
—Son dos niños, no fugitivos.
—Los niños dejan más pistas que los fugitivos.
Seguimos andando. A lo lejos se escuchaban las voces de otros grupos de búsqueda, pero cada vez quedaban más apagadas.
El sendero principal se estrechó hasta convertirse en una franja de tierra entre matorrales.
Mauro apartaba las ramas para que yo pudiera pasar y me advertía de los desniveles sin volverse.
—Los encontraremos —dijo en un momento dado.
—No puedes saberlo.
Se detuvo y se giró hacia mí.
—No te estoy prometiendo algo que no sé. Te estoy diciendo que vamos a seguir hasta encontrarlos.
Quise contestarle, pero no pude. Notaba un nudo tan fuerte en la garganta que apenas respiraba. Durante la búsqueda me había obligado a pensar en tareas concretas: mirar, preguntar, caminar, llamar. Si me detenía a imaginar lo que podía haberles ocurrido, me derrumbaría.
Mauro observó mi cara y bajó un poco la voz.
—Carla, mírame.
Lo hice.