Capítulo 11
Había descubierto el acantilado la tarde anterior, mientras revisaba uno de los mapas que me habían entregado en recepción.
En el folleto apenas aparecía señalado como un mirador natural al final de un sendero costero, pero la diminuta fotografía que acompañaba la descripción bastó para convencerme.
Desde allí se veía buena parte de la costa, el faro, la línea blanca de la playa y, más atrás, los tejados de los bungalós asomando entre los pinos.
Si conseguía llegar a primera hora, antes de que el sol estuviera demasiado alto, podría sacar una de esas imágenes capaces de justificar por sí solas un reportaje entero.
Salí del camping poco después del desayuno con mi otra cámara colgada al cuello, el trípode a la espalda y una botella de agua metida en la mochila.
El sendero ascendía entre pinos bajos y matorrales que olían a sal, romero y tierra caliente. A un lado se extendía el mar; al otro, una sucesión de pequeñas colinas cubiertas de vegetación.
Caminé durante casi cuarenta minutos sin cruzarme con nadie, agradeciendo aquella tranquilidad. Después de aquellos días compartiendo bungaló con Ainara, Teo y Noa, el silencio se había convertido en una experiencia casi religiosa.
Había dejado a los mellizos discutiendo sobre quién había escondido una zapatilla dentro del frigorífico y a mi hermana intentando averiguar si debía enfadarse o felicitarlos por su originalidad. Alejarme de allí durante unas horas no era trabajo, sino supervivencia.
Cuando alcancé la parte alta del sendero, el paisaje se abrió de golpe. El acantilado caía casi en vertical hacia una cala estrecha de agua azul, protegida por paredes claras que reflejaban la luz. Más allá, el mar parecía no terminar nunca.
El faro se alzaba a la derecha y, en la distancia, podía distinguirse el camping como un pequeño oasis verde junto a la costa.
Me quedé unos segundos quieta, olvidándome incluso de la cámara. Aquello era exactamente lo que había venido a buscar.
Elegí una zona segura a varios metros del borde y desplegué el trípode. Probé distintos objetivos, ajusté la exposición y esperé a que unas nubes finas se desplazaran lo suficiente para suavizar el contraste.
El viento era más fuerte allí arriba y me obligaba a sujetarme el pelo cada pocos segundos, pero la luz compensaba cualquier incomodidad.
Hice varias tomas del faro, otras de la cala y una panorámica en la que el mar ocupaba casi todo el encuadre.
Estaba agachada revisando las fotografías cuando escuché voces a mi espalda.
Cerré los ojos durante un instante. Por supuesto. Demasiada tranquilidad habría resultado sospechosa.
Me incorporé y vi aparecer por el sendero a un grupo cargado con mochilas, cuerdas, cascos y arneses.
Reconocí primero a Rubén y a Sergio; después, a Martín, que caminaba delante con una cuerda enrollada sobre un hombro.
Los había oído hablar de sus salidas de escalada, aunque no imaginaba que utilizaran precisamente aquella zona.
Pensé en fingir que no los había visto. Entonces apareció Mauro.
Llevaba una camiseta gris sin mangas, un pantalón técnico oscuro y una mochila enorme a la espalda. No esperaba encontrarme con ninguno de ellos, pero mucho menos con él, porque lo imaginaba trabajando en el camping.
El pelo se le revolvía con el viento y unas gafas de sol ocultaban sus ojos.
Fuera del camping, sin bañador rojo ni silbato, parecía otra persona.
Más serio, quizás. Menos pendiente de llamar la atención.
Caminaba junto a un chico que no conocía, explicándole algo sobre el material que llevaba en las manos.
Martín me descubrió antes de que pudiera decidir si saludar o saltar por el acantilado.
—¡Carla!
Levanté una mano con resignación.
El grupo se acercó y Martín observó el trípode con una sonrisa.
—Sabía que terminarías viniendo aquí.
—¿Por qué?
—Porque es el mejor sitio de la zona para hacer fotos.
—Podrías haberme avisado de que también era el lugar de reunión de una excursión organizada.
Rubén soltó una risa mientras dejaba su mochila en el suelo.
—Tranquila. No vamos a estropearte mucho el paisaje.
—Eso está por ver.
Mauro se quitó las gafas de sol y dirigió la mirada hacia la cámara.
—¿Es nueva?
—Es la otra. Siempre llevo una de repuesto.
—¿La anterior no ha aprendido a nadar?
Lo miré sin sonreír.
—Qué alegría comprobar que sigues siendo igual de gracioso en tu día libre. ¿O es que te han echado?
—Y tú igual de agradecida. Y no, no has tenido esa suerte. Solo es mi día libre. ¿Quién en su sano juicio me dejaría escapar?
—¿De verdad quieres que te conteste a eso?
Martín negó con la cabeza mientras empezaba a descargar el material.
—¿Podéis dejar de discutir durante cinco segundos? Tenemos un compañero nuevo y no quiero que piense que esto es normal.
—Esto es completamente normal —aclaró Sergio—. Lo raro sería que se saludaran con educación.
El chico que acompañaba a Mauro soltó una risa algo nerviosa. Tendría poco más de veinte años y llevaba el casco puesto antes incluso de acercarse a la pared, como si temiera que el acantilado pudiera atacarlo por sorpresa.
—Él es Adrián —explicó Martín—. Es su primera salida con nosotros.
—Y probablemente la última si seguís con estos malos rollos. Creo mucho en las vibraciones y las que transmitís no son precisamente buenas —añadió el muchacho.
Mientras ellos preparaban las cuerdas, regresé a mi cámara con la intención de seguir trabajando.
Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que fotografiar el paisaje con cinco escaladores entrando y saliendo del encuadre iba a resultar complicado.
Martín debió de leerme el pensamiento, porque se acercó hasta donde estaba.
—Ya que estás aquí, podrías hacernos algunas fotos.
—He venido a fotografiar la costa.
—La costa no se va a mover.
—Vosotros tampoco parecéis demasiado rápidos.
—Eso es porque todavía no has visto a Mauro subir. Parece una cabra montesa. Vas a alucinar.
—A mí más bien me parece un cabrón…
—No seas injusta, es buen tío.
—¿En esta vida? Creo que no hablamos del mismo Mauro.
Giré la cabeza hacia él. Estaba ayudando a Adrián a colocarse el arnés y revisaba las hebillas una por una. No bromeaba ni se pavoneaba. Le explicaba cada gesto con calma y lo obligaba a repetir la comprobación hasta asegurarse de que lo había entendido.
—No necesito verlo —le aseguré.
Martín sonrió.
—Claro que no. Pero haznos esas fotos, por favor.
Intenté mantenerme firme durante otros dos minutos. Después, Rubén apareció diciendo que unas fotografías profesionales les vendrían genial y Sergio prometió invitarme a una cerveza. Terminé aceptando con la condición de que no se acercaran a menos de dos metros de la cámara.
—Especialmente él —añadí, señalando a Mauro.
—Hoy no hay agua cerca —respondió sin levantar la vista del nudo que estaba revisando—. Tu equipo debería sobrevivir.
—Perdona si no me doblo en dos de la risa, pero es que no me haces ninguna gracia.
—Pues eres la única con la que me ocurre —soltó, y volví a odiarlo.
Me situé en una zona lateral desde la que podía ver la pared y parte del mar. La roca tenía tramos verticales, pequeñas grietas y salientes que apenas parecían suficientes para apoyar los dedos.
Martín subió primero para colocar parte de la vía y comprobar los anclajes. Lo fotografié mientras avanzaba con seguridad, deteniéndose de vez en cuando para mirar hacia abajo y dar alguna indicación.
Después fue el turno de Adrián.
El chico empezó bien, pero, a mitad de la pared, se quedó bloqueado. Desde mi posición podía ver cómo respiraba cada vez más deprisa, pegado a la roca y sin atreverse a mover una mano. Los demás dejaron de bromear de inmediato.
Mauro, que estaba asegurándolo desde abajo, alzó la cabeza.
—Adrián, mírame.
—No puedo.
—Sí puedes. Baja la vista solo hasta donde estoy yo, nada más.
El muchacho obedeció con dificultad.
—No encuentro dónde poner el pie.
—Lo tienes a la derecha. Un poco más abajo de la rodilla.
—No lo veo.
—No hace falta que lo veas. Tócalo con la punta.
Adrián movió el pie, pero volvió a quedarse quieto.
—No puedo seguir.
—No tienes que seguir ahora. Solo tienes que respirar.
Mauro mantuvo la voz baja y firme, sin perder la paciencia. Le pidió que soltara una mano, que descansara el brazo y que confiara en la cuerda.
Durante varios minutos no ocurrió nada. Ninguno de sus amigos hizo bromas ni intentó apurarlo. Yo bajé la cámara porque me pareció un momento demasiado íntimo para fotografiarlo.
Mauro siguió hablando con él hasta que consiguió moverse. Primero un pie, luego una mano y después otro paso. Cuando Adrián alcanzó la zona más sencilla, todos lo animaron y terminó llegando arriba entre gritos y aplausos.
—Pensé que se quedaría bloqueado —comenté cuando Mauro pasó junto a mí para recoger su casco.
—Se quedó bloqueado.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Casi todo el mundo puede seguir si deja de pensar en toda la pared y se concentra en el siguiente punto de apoyo.
Me miró un instante antes de ponerse el casco.
—También sirve fuera de la escalada.
No supe si aquello iba por mí o si simplemente era una de esas frases que él soltaba sin pensar. Antes de que pudiera preguntárselo, se acercó a la pared y comenzó a subir.
Martín no había exagerado.
Mauro escalaba con una soltura que hacía parecer fácil lo que acababa de ver sufrir a Adrián. No se movía deprisa, pero cada gesto era preciso. Elegía los apoyos sin vacilar, distribuía el peso con una agilidad casi elegante y avanzaba por la roca como si conociera cada grieta.
No había nada exhibicionista en su forma de hacerlo. Ni siquiera miraba hacia abajo para comprobar si lo observábamos. Estaba concentrado en la pared, en el siguiente movimiento y en la cuerda.
Le hice varias fotografías sin pensar demasiado en ello. Una desde abajo, con el cielo abierto detrás; otra cuando quedó suspendido junto a un saliente; una tercera en la que giró la cabeza y el viento le apartó el pelo de la frente. El resultado era irritantemente bueno.
—Es fotogénico el condenado —comentó Sergio a mi lado.
—La luz ayuda.
—Claro.
—Y el paisaje.
—Por supuesto.
—Y que se esté quieto cinco segundos seguidos.
Sergio sonrió, pero tuvo el buen juicio de no insistir.
Cuando Mauro descendió, el grupo se reunió alrededor de la cámara para ver algunas imágenes.
Yo no solía enseñar el material antes de editarlo, aunque terminé cediendo ante la insistencia general.
Rubén y Sergio reaccionaron con entusiasmo a cada fotografía. Adrián se quedó mirando la imagen en la que aparecía a pocos metros de alcanzar la parte alta de la vía.
—No parece que estuviera muerto de miedo.
—Eso es porque una fotografía también puede mentir —respondí.
—Pues esta miente muy bien.
Mauro permaneció algo apartado hasta que Martín le pidió que mirara una de sus imágenes. Se acercó y se inclinó sobre la pantalla sin rozarme.
—Esa es buena —dijo.
—Ya lo sé.
—Podrías fingir modestia.
—Podrías fingir sorpresa.
Pasó a la siguiente fotografía y su expresión cambió. Era una toma en vertical, con él a mitad de la pared, el mar detrás y una gaviota cruzando el cielo justo por encima.
—Esta es impresionante.
Esperé alguna broma, pero no llegó.
Mauro observó la pantalla durante unos segundos y después me miró.
—Eres impresionante.
El comentario me descolocó más de lo que debería. No porque nadie me hubiera elogiado antes, sino porque lo dijo sin ironía, sin esa sonrisa provocadora que utilizaba siempre conmigo. Parecía hablar completamente en serio.
—Gracias —respondí casi por reflejo.
Mauro levantó las cejas.
—¿Me acabas de dar las gracias?
—No te acostumbres.
—Voy a anotarlo. Es un momento histórico.
Ahí estaba otra vez.
Aparté la cámara y empecé a guardar el equipo mientras los demás desmontaban las cuerdas. El sol ya había subido bastante y el viento arrastraba el olor del mar hasta la cima.
Martín se acercó para ofrecerme ayuda con el trípode, pero, antes de que pudiera aceptarla, Mauro lo cogió y lo colgó de su mochila.
—Puedo llevarlo yo.
—No necesito que me lleves nada.
—Lo sé.
—Entonces déjalo.
—También sé que el sendero de bajada es bastante incómodo.
—He subido sola.
—Y ahora bajas con nosotros.
Lo dijo sin darle importancia, como si no estuviera sugiriendo nada extraordinario. Podría haber insistido. Debería haberlo hecho. Sin embargo, el trípode pesaba y todavía tenía varios objetivos en la mochila, así que decidí reservar mi dignidad para asuntos más urgentes.
Empezamos a descender en grupo. Martín caminó a mi lado durante el primer tramo, preguntándome por el reportaje y comentando que quizás podrían organizar otra salida para que fotografiara una ruta más larga.
Hablaba con esa cercanía tranquila que me hacía sentir cómoda. Con él todo era sencillo. No tenía que estar preparada para un comentario inesperado ni para una discusión. Quizás por eso me sorprendí pensando que no me importaría pasar más tiempo a solas con él.
Mauro avanzaba unos metros por delante, cargado con parte de las cuerdas y con mi trípode sujeto a la mochila.
Cada vez que el sendero se estrechaba, se detenía para ayudar a Adrián o advertirnos de alguna piedra suelta. Ni una sola vez hizo referencia a que estaba transportando mi equipo; esperaba agradecimiento o aprovechó para recordarme que me estaba haciendo un favor.
Aquello resultaba mucho más inesperado que sus bromas. Era sencillo mantener una mala opinión sobre alguien cuando se comportaba como una esperaba. Lo complicado empezaba cuando, sin previo aviso, dejaba de encajar en el papel que yo le había asignado.
Al llegar a una bifurcación, Mauro se detuvo y esperó a que lo alcanzáramos.
—El camino de la derecha es más corto, pero tiene bastante pendiente —explicó—. El otro da un rodeo y llega cerca del camping.
—El corto —respondí.
—No me sorprende.
—¿Qué significa eso?
—Que pareces de las que prefieren bajar por el sitio difícil antes que admitir que están cansadas.
—Y tú pareces de los que hablan sin que nadie se lo pida.
Mauro sonrió.
—Ya echaba de menos esto.
Pasó a mi lado y empezó a bajar por el sendero más empinado.
Lo seguí después de unos segundos, todavía molesta por lo fácil que le resultaba provocarme.
Sin embargo, cuando llegamos a la parte baja y me devolvió el trípode con cuidado, no pude evitar recordar cómo había ayudado a Adrián, la paciencia con la que había revisado cada cuerda y la sinceridad con la que había elogiado mi trabajo.
Quizás Mauro Santamaría no fuera exactamente el idiota que yo había decidido que era.
Lo cual, en lugar de tranquilizarme, me pareció un problema mucho mayor.