Capítulo 10
Mientras avanzábamos por la pasarela de madera, las guirnaldas de luces se iban haciendo más visibles entre las dunas y el resplandor de varias antorchas dibujaba sombras cálidas sobre la arena.
Ainara y yo caminábamos ligeras, con nuestros vestidos ibicencos. El mío era corto y fresquito, pues dejaba mi espalda al aire. Habría dicho que era sexi de no ser porque, en aquel momento de mi vida, no pretendía resultarlo a los ojos de ningún hombre.
Todo el mundo vestía de blanco y, desde lejos, la escena parecía una fiesta sacada de una película en la que nadie tenía preocupaciones, facturas ni exnovios infieles.
Yo seguía sin estar convencida de que aquello fuera una buena idea, pero Ainara apretaba el paso a mi lado con una sonrisa enorme y Martín avanzaba unos pasos por delante, todavía orgulloso de haber organizado el traslado de los niños como si acabara de resolver una operación de rescate internacional.
No tardé en descubrir que el bombero había omitido un detalle bastante importante.
Una pancarta colgada entre dos postes de madera anunciaba, con letras enormes y rodeadas de globos dorados: «Feliz cumpleaños, Mauro».
Me detuve en seco y giré la cabeza hacia Martín con una lentitud que debería haberle dado tiempo suficiente para empezar a correr.
—No me habías dicho que era su cumpleaños —señalé, cruzándome de brazos mientras Ainara seguía leyendo la pancarta con una sonrisa cada vez más peligrosa.
Martín se llevó una mano al pecho, fingiendo sorpresa.
—¿No?
—No.
—Qué despiste.
—Martín, me dijiste que era el cumpleaños de un chico del camping.
Él terminó soltando una risa y levantó las manos en señal de rendición.
—Si te lo decía, no venías.
—Exacto. Ese era el objetivo.
—Por eso no te lo dije.
Ainara se echó a reír con tantas ganas que varias personas se volvieron a mirarnos.
—No pongas esa cara —dijo, enganchándose a mi brazo antes de que pudiera plantearme regresar al bungaló—. Ya estás aquí, vienes guapísima y tienes delante una fiesta en la playa.
»Fingir que no puedes soportar al cumpleañero durante unas horas tampoco debería exigirte un esfuerzo sobrehumano.
—No estoy fingiendo.
—Mucho mejor. Así todo resultará más auténtico.
Martín me dedicó una sonrisa inocente que no consiguió engañarme ni un segundo.
—Prometo mantenerlo alejado de ti.
—No te creo.
—Haces bien, porque Mauro es muy escurridizo.
—Y muy «asesinable» también.
—Afirmaría que eso es decir demasiado.
—Y yo afirmaría que me he quedado corta.
El grupo de amigos del chiringuito ocupaba varias mesas largas junto a una pequeña tarima de madera.
Habían colocado bandejas con tortilla, empanadas, ensaladas, quesos, platos de pescaíto frito y espetos recién hechos.
En un extremo había cubos de hielo repletos de cerveza y refrescos y, junto a ellos, alguien preparaba mojitos y vasos de sangría con una generosidad que explicaba por qué algunas personas ya bailaban descalzas aunque la noche apenas acabara de empezar.
Nos saludaron al vernos y, antes de que pudiera esconderme detrás de una sombrilla, varios se acercaron para abrazar a Martín y dar la bienvenida a Ainara, que tardó menos de dos minutos en integrarse como si llevara pasando los veranos con ellos desde la infancia.
Mauro apareció desde el otro lado de la mesa, rodeado de amigos que acababan de felicitarlo. Vestía de blanco, como era de esperar, y su camisa llevaba varios botones abiertos, como también era de esperar.
El pelo oscuro estaba algo despeinado por la brisa y llevaba una copa en la mano. Sonreía mientras hablaba con todo el mundo, pero, al verme, cambió de expresión y arqueó una ceja con una mezcla de sorpresa y diversión que me irritó antes incluso de que abriera la boca.
—Vaya, vaya —dijo al acercarse—. Mi náufraga favorita ha venido a mi cumpleaños.
—No sabía que era tu cumpleaños.
Mauro desvió la mirada hacia Martín, que decidió concentrarse en una bandeja de tortilla como si acabara de descubrirla.
—Ah. Entonces entiendo muchas cosas.
—Me han traído mediante engaño —le aclaré.
—Eso hace que tu presencia sea todavía más especial.
—No te emociones. La noche puede acabar mal para ti. No te las prometas tan felices.
Ainara me dio un pequeño golpe con el codo.
—Felicítalo, mujer, no seas seca.
Respiré hondo y miré a Mauro.
—Felicidades —pronuncié con evidente desgana.
—Gracias —respondió con una sonrisa amplia—. ¿Y mi regalo?
—No haber denunciado todavía la muerte de mi cámara ya lo es.
—Eso no parece un regalo.
—También puedo ahogarte. Sería algo más personal.
Mauro se llevó la mano al corazón mientras varios de sus amigos, que habían escuchado el intercambio, empezaban a reír.
—Qué detalle. Nadie se había ofrecido a organizarme una experiencia acuática.
—Yo lo haría gratis y encantada de la vida. ¿Cuándo empezamos?
—Cada vez me caes mejor.
—Y tú a mí cada vez… Mira, paso de ti. No voy a entrar en tu jueguecito infantil.
Lejos de molestarse, soltó una carcajada y me tendió una copa de sangría que acababa de coger de la mesa.
—Toma. Te vendrá bien para soportarme.
—Para eso necesitaría la jarra entera.
—Podemos negociarlo.
Acepté el vaso porque tenía sed y porque negarme habría parecido darle demasiada importancia.
Mauro saludó a Ainara con un beso en cada mejilla, bromeó con Martín por haber secuestrado invitadas y volvió con el resto de sus amigos antes de que yo encontrara otra forma de insultarlo.
Mi hermana esperó a que se alejara para mirarme con una expresión descaradamente divertida.
—No entiendo cómo puedes odiarlo tanto.
—Concentración y constancia.
—Pues él parece encantado.
—Porque no tiene instinto de supervivencia.
La fiesta fue creciendo a medida que llegaba más gente.
Había campistas de todas las edades, trabajadores que habían terminado su turno y amigos que venían desde otros pueblos de la costa.
Alguien sacó una guitarra, otro conectó un altavoz más grande y la música terminó desplazando las conversaciones hacia la arena.
Ainara desapareció en mitad de un grupo que discutía cuáles de los bomberos habían posado de verdad para un calendario y regresó cinco minutos después agarrada del brazo de Rubén y Sergio.
—Tengo información importante —anunció—. Los dos han participado.
Rubén negó con una sonrisa.
—Una sola vez.
—Eso decís todos.
—Fue por una causa benéfica —añadió Sergio.
—Claro. Y seguro que quitarse la camiseta era imprescindible para la recaudación.
—Aumentó bastante las donaciones —reconoció él.
Ainara levantó su vaso.
—Entonces agradecemos vuestro sacrificio por la sociedad.
Yo me tapé la cara mientras todos se reían.
Mi hermana llevaba dos copas y ya había adoptado a medio grupo. En menos de una hora sabía quién estaba soltero, quién se había divorciado, quién cocinaba peor y cuál de los bomberos tenía una cicatriz en un lugar que nadie quiso explicarme con detalle.
Martín se mantenía cerca de nosotras, entrando y saliendo de las conversaciones con ese humor tranquilo que conseguía relajarme incluso cuando yo seguía empeñada en no pasarlo bien.
El único problema era que Mauro aparecía en todas partes. En un momento estaba sirviendo cerveza al fondo de la mesa y, al siguiente, surgía a mi lado para preguntar si seguía viva o si debía prepararse para otro rescate.
Cada vez que se acercaba, yo encontraba una respuesta desagradable y él la recibía con una sonrisa, como si mis intentos de apartarlo fueran parte de un juego que solo él entendía.
—¿Has comprobado la profundidad de tu vaso antes de beber? —me preguntó en una de aquellas apariciones.
—Todavía no, pero, si caigo dentro, prométeme que no me sacarás.
—No puedo hacer promesas que van contra mi formación.
—Entonces aléjate de mí.
—Eso tampoco estaba en el curso.
Me giré hacia Martín.
—¿Siempre es así?
Él miró a Mauro, que ya se alejaba hacia otro grupo.
—Hoy está bastante moderado.
—Estupendo.
—Creo que le caes bien.
—Eso dice muy poco de su criterio.
Un rato después, alguien cambió la música y empezaron a sonar los primeros acordes de una salsa. Varias personas aplaudieron y se levantaron de la arena.
Yo me quedé sentada, convencida de que nadie podía obligarme a bailar, hasta que Ainara me agarró por ambas manos.
—Ni se te ocurra —advertí, clavando los pies en la arena.
—Vamos a hacer una rueda. Cambiamos de pareja cada pocos pasos.
—Yo puedo mirar. No quiero participar en la dichosa rueda de ese engreído.
—No has venido aquí para mirar.
—He venido engañada. Eso limita mucho mis obligaciones.
Martín apareció a mi otro lado y me ofreció una mano.
—Baila conmigo primero. Te prometo no pisarte.
—¿Y si te piso yo?
—Me lo tomaré como una crítica constructiva.
Entre los dos consiguieron levantarme. La gente formó un círculo desordenado sobre la arena y alguien explicó los pasos básicos a quienes no sabían bailar.
Yo recordaba algo de varias clases a las que había asistido años atrás con Samuel, aunque el suelo irregular y la sangría no ayudaban demasiado.
Martín, para mi sorpresa, bailaba bastante bien. Me guiaba sin apretar, se reía cuando perdíamos el ritmo y consiguió que durante unos segundos dejara de pensar en todo lo demás.
—No tienes remedio —le dije después de un giro que casi me hizo chocar contra Sergio.
—Y tú te estás divirtiendo.
—No exageremos.
—Has sonreído tres veces.
—Llevar la cuenta resulta un poco inquietante.
La rueda cambió y terminé frente a Rubén. Después pasé con Diego, que exageró tanto los movimientos de cadera que Ainara acabó doblada de la risa.
Mi hermana bailaba primero con Sergio y luego con Rubén y, en un momento, ambos la sujetaron por los brazos para hacerla girar entre ellos. Ella levantó una pierna, perdió el equilibrio y terminó agarrándose a sus hombros mientras gritaba que aquello superaba cualquier expectativa del calendario.
La escena provocó una carcajada general y me descubrí riendo con los demás, algo que habría negado bajo juramento si alguien me lo hubiera recordado al día siguiente.
Entonces sonó la palmada que indicaba el siguiente cambio y me encontré frente a Mauro.
Mi sonrisa desapareció.
—Qué alegría verte —me soltó, colocando una mano cerca de mi cintura sin llegar a tocarme hasta que yo acepté la posición.
—El sentimiento no es mutuo.
—No hace falta que lo disimules tanto.
Comenzamos a movernos con el resto del círculo. Mauro bailaba incluso mejor que todos los anteriores y eso me molestó de una forma absurda. Se desplazaba con soltura, marcaba el ritmo con seguridad y me guiaba como si llevara años haciéndolo.
Yo mantuve los ojos fijos en su hombro, negándome a mirarlo a la cara.
—Puedes mirarme —comentó—. No muerdo en mi cumpleaños.
—Estoy comprobando si tienes alguna mancha en la camisa.
—¿Y la tengo?
—Todavía no. Pero ahora voy a por la sangría.
Sonrió y me hizo girar. Cuando regresé hacia él, apoyé el pie sobre el suyo con bastante más fuerza de la necesaria.
Mauro soltó un quejido exagerado y se detuvo.
—Creo que me has roto tres dedos.
—Qué mala suerte.
—Ha sido a propósito.
—Demuéstralo.
—Me has mirado al pie antes de pisarme.
—Estaba intentando evitarlo.
—Pues tienes una coordinación terrible.
—O una puntería magnífica.
Él soltó una carcajada y retomó el paso sin quejarse más. Yo esperaba que se apartara o que respondiera con alguna palabra borde, pero siguió bailando como si el ataque hubiera sido una parte prevista de la coreografía.
—Debería pedir una indemnización.
—Descuéntala de la cámara.
—Eso es chantaje.
—Eso es justicia.
—Me gusta más cuando intentas ahogarme.
—Todavía queda noche.
La rueda volvió a cambiar y Martín apareció delante de mí. Mauro me soltó con una inclinación burlona y pasó a bailar con Lucía.
Yo me quedé mirando cómo se alejaba durante un segundo más de la cuenta.
—¿Te ha pisado él a ti o tú a él? —me preguntó Martín.
—Ha sido un accidente.
—Claro.
—No pongas esa sonrisa.
—No estoy sonriendo.
—Todos sois insoportables.
Martín me hizo girar con suavidad.
—Y tú estás bastante menos enfadada de lo que quieres aparentar.
No contesté. Preferí concentrarme en el baile, en la música y en la imagen de Ainara intentando seguir el ritmo entre dos chicos mientras explicaba que la maternidad le había dado unas caderas estupendas, pero ninguna oportunidad de utilizarlas.
A esas alturas, la fiesta ya era un caos maravilloso. Había gente descalza junto a la orilla, otros cantaban alrededor de una guitarra y alguien había empezado a repartir trozos de tarta en platos de cartón.
Cada vez que el viento levantaba arena sobre la comida, todos se limitaban a sacudirla y seguir comiendo.
Mauro apareció de nuevo cuando yo estaba hablando con Martín cerca de la mesa de bebidas. Traía una porción de tarta con una vela encendida y la colocó frente a mí.
—Pide un deseo por mí.
—Deseo que te alejes.
—Ese ya sabes que no se cumple.
Soplé la vela para que dejara de gotear cera sobre el pastel.
—Ya está.
—¿Qué has pedido?
—Que mañana te duela el pie.
Mauro se miró los zapatos.
—Empieza a dolerme ahora.
—Entonces funciona.
Martín negó con la cabeza, riéndose.
—Los dos tenéis cinco años.
—Yo no he empezado —protesté.
—Eso dicen todos los niños —respondió Mauro antes de llevarse un trozo de tarta a la boca.
La noche siguió avanzando entre canciones, bromas y copas que alguien rellenaba antes de que pudiera terminarlas.
Yo seguía diciéndome que no quería estar allí, aunque ya no sabía muy bien por qué. Había bailado con Martín, discutido con Mauro, reído con mi hermana y descubierto que una fiesta llena de desconocidos podía resultar menos agotadora que una noche sola pensando en Samuel.
En un momento dado, Ainara se acercó y apoyó la cabeza en mi hombro, algo achispada y muy feliz.
—Admítelo —dijo—. Te lo estás pasando bien.
Miré alrededor. Martín hablaba con Rubén junto a la mesa. Mauro bailaba con una mujer mayor que le daba órdenes como si fuera su profesora. La música seguía sonando y el mar avanzaba y retrocedía a pocos metros de nosotros.
—No está siendo horrible —concedí.
Mi hermana levantó la cabeza.
—En tu idioma eso equivale a la mejor noche del año.
—No exageres.
—Carla, llevas sonriendo media hora.
—Es la sangría.
—Pues bendita sangría…
Me rodeó con un brazo y me llevó otra vez hacia la pista improvisada antes de que pudiera protestar.
Me dejé arrastrar, convencida de que solo bailaría una canción más. Luego otra y quizás una tercera.
A lo lejos, Mauro volvió a cruzar la mirada conmigo y levantó su copa a modo de saludo. Yo señalé su pie para recordarle el pisotón.
Él respondió llevándose una mano al corazón y, aunque jamás lo habría reconocido en voz alta, tuve que contener una sonrisa.
Ese imbécil había sido el motivo de que la gente organizara una fiesta que me hizo olvidarme de todos mis males por una noche.
Y sí, la sangría tenía que ver con ello, pero también pesaba el hecho de estar lejos de Madrid, viviendo el verano en la playa gaditana de aquella particular manera.