En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 9
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Capítulo 9

De vuelta al camping, el resto de la tarde transcurrió con una calma que casi parecía sospechosa. Cogí mi otra cámara, salí a trabajar y conseguí hacer unas fotografías que, desde mi punto de vista, estaban bastante bien.

Los niños habían gastado tanta energía entre el parque de bolas, el paseo por el centro y la playa que, poco después de mi regreso, cayeron rendidos antes de las diez de la noche.

Teo se quedó dormido abrazado a un dinosaurio de plástico al que le faltaba una pata, mientras que Noa ni siquiera consiguió escuchar el final del cuento que Ainara le estaba leyendo.

Aproveché aquel silencio casi milagroso para tumbarme en el sofá y repasar las fotografías que había tomado.

Mis padres habían llamado poco antes. Mi madre quiso comprobar que comía bien y que el bungaló cerraba correctamente, mientras mi padre me pidió fotografías del faro, como si yo hubiera viajado hasta Cádiz exclusivamente para ampliar su colección de paisajes.

Después volví a mirar la cámara rota, que descansaba sobre la mesa, y me descubrí contemplándola durante varios minutos. Me levanté y pasé los dedos por el borde del objetivo con una mezcla de tristeza y resignación.

No era solo una herramienta de trabajo. Aquella cámara me había acompañado durante años, había recorrido media España conmigo y había capturado cientos de momentos que jamás volverían a repetirse. Me costaba aceptar que todo hubiera terminado entre ella y yo.

Enseguida comprendí que aquello iba de algo más que de una cámara. Quizás, después de la infidelidad de Samuel, cualquier pérdida, incluso una material, dolía más de lo habitual.

—Como sigas mirándola así, va a acabar sintiéndose culpable ella —comentó Ainara desde el sofá mientras apagaba la lámpara del salón.

Le dediqué una media sonrisa.

—Todavía estoy en la fase de negación.

—Pues ve pasando a la de aceptación, porque tampoco es un problema tan grave. Hoy has hecho unas fotos increíbles con la otra.

No llegué a responder. En aquel momento llamaron de nuevo a la puerta del bungaló.

Nos miramos.

—¿Quién será a estas horas? —preguntó Ainara en voz baja para no despertar a los niños.

Abrí con cuidado y me encontré a Martín sonriendo en el porche. Llevaba un pantalón de lino blanco, una camisa remangada del mismo color y unas alpargatas de esparto. Detrás de él, el camping estaba precioso, iluminado únicamente por las farolas y las luces cálidas de algunos bungalós.

—Espero no llegar demasiado tarde.

—Depende de lo que vengas a proponernos —respondí.

Martín asomó la cabeza al interior y bajó inmediatamente la voz al ver a los niños dormidos.

—Justo por eso he venido ahora. Esta noche hay una fiesta en la playa. Es el cumpleaños de uno de los chicos del camping y todos los veranos organizan una fiesta ibicenca. Música, hoguera, copas… Pensé que quizás os apetecería venir.

Negué casi antes de que terminara la frase.

—A mí no.

Ainara levantó la mano desde el sofá.

—Yo iría encantada.

—Pues vamos.

Mi hermana señaló a los dos pequeños, profundamente dormidos.

—Tenemos un pequeño inconveniente.

Martín sonrió con aire misterioso.

—También está solucionado.

Las dos lo miramos sin comprender.

Él entró despacio en el bungaló, se acercó primero a Teo y lo levantó en brazos con una facilidad pasmosa. El niño apenas abrió un ojo antes de apoyar la cabeza sobre su hombro y seguir durmiendo como si nada.

—¿Qué haces? —pregunté alarmada.

—El traslado.

Después hizo exactamente lo mismo con Noa, que ni siquiera se despertó.

Ainara y yo permanecimos inmóviles, observando la escena como si acabáramos de perder el hilo de la película.

Martín sonrió.

—El servicio cuesta veinte euros, diez por cada uno.

Fruncí el ceño.

—¿Qué servicio?

—Este.

Movió ligeramente los hombros para señalar a los dos niños dormidos.

—Os llevo el paquete completo.

Ainara soltó una carcajada.

—Creía que los bomberos eran gratuitos para la ciudadanía.

—Lo son.

—¿Entonces?

—Los veinte euros no son para mí.

Nos miró con expresión divertida antes de continuar.

—Hay una chica del camping que se llama Alba y tiene dieciocho años.

Es la mayor de cuatro hermanos y todos los veranos monta una especie de guardería improvisada cuando hay fiestas.

Se queda con sus hermanos y con los hijos de otros campistas para que los padres puedan salir un rato.

Cobra diez euros por niño, les pone una película, les hace palomitas y, cuando se cansan, los acuesta en el bungaló enorme de sus padres.

En este caso, ya se los llevamos fritos.

Ainara abrió mucho los ojos.

—Eso es un negocio.

—Y bastante rentable. El año pasado reunió suficiente dinero para sacarse el carnet de conducir solo con las noches de verano.

No pude evitar sonreír.

—¿Y sus padres están de acuerdo?

—Lleva haciéndolo tres años. Los niños la adoran y los pequeños se lo pasan mejor con ella que con nosotros. Además, hay otros dos adolescentes ayudándola. Está todo organizado.

Mi hermana se levantó de un salto.

—Pues entonces no hay nada más que hablar.

Me giré hacia ella.

—Perdona… Sí hay mucho más que hablar.

—No lo hay.

—Ainara, no pienso ir a ninguna fiesta. Estoy agotada.

Mi hermana cruzó los brazos.

—Lo que estás es acobardada, que no es lo mismo. Y no pienso consentírtelo.

—¿Tú y cuántas más no vais a consentírmelo?

—Yo solita.

—Vaya por Dios. Pues resulta que no tengo ganas.

—Las encontrarás cuando lleguemos.

Suspiré.

—Llevo dos días aquí y no encuentro un momento de paz. Ve tú.

—¿Quién quiere paz pudiendo tener guerra? Digo… fiesta —se corrigió, divertida.

Martín seguía sosteniendo a los niños como si pesaran lo mismo que dos almohadas.

—Tu hermana tiene toda la razón. No puedo quitársela.

Lo miré.

—Otro pesado…

—No digo que tengas que bailar encima de una mesa.

—Menos mal.

—Pero una noche de música en la playa nunca ha matado a nadie.

—Eso está por demostrar.

Ainara se acercó a mí con una sonrisa que conocía demasiado bien. Era la que ponía justo antes de convencerme para hacer algo que, en principio, yo no quería hacer.

—Escúchame. Solo un rato. Si no te gusta, nos volvemos.

—¿Y los niños?

Martín levantó ligeramente a Teo, que seguía profundamente dormido.

—Los recuperáis cuando queráis.

Miré a mis sobrinos, completamente ajenos a la conversación.

—No sé…

—Sí sabes —respondió Ainara.

Mi hermana me rodeó los hombros con un brazo y yo guardé silencio, no porque me hubiera convencido, sino porque empezaba a sospechar que terminaría haciéndolo.

Martín aprovechó aquel momento para intervenir.

—Ah… Se me olvidaba un detalle importante.

Las dos lo miramos.

—Hay una norma.

—¿Cuál?

—Todo el mundo tiene que ir vestido de blanco.

Ainara dio una palmada de emoción.

—¡Una fiesta ibicenca!

—Exacto.

Mi hermana desapareció hacia el dormitorio casi corriendo.

—Cinco minutos.

La seguí con resignación.

—Esto es un secuestro emocional.

—Llámalo como quieras.

Abrió la maleta y empezó a sacar vestidos a una velocidad imposible.

—Tú ponte este.

Me lanzó un vestido blanco de tirantes de lo más cuco.

—Ni siquiera recordaba haberlo traído.

—Porque haces las maletas como si fueras a mudarte durante un año y no sabes ni lo que metes.

Mientras ella rebuscaba entre su ropa, terminé cediendo y entré en el baño para darme una ducha rápida. Al salir, Ainara ya estaba frente al espejo intentando decidir entre unos pendientes largos y unos pequeños de plata.

—¿Qué opinas?

—Que tienes demasiados pendientes.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Los pequeños.

—Sabía que elegirías esos.

Nos arreglamos casi al mismo tiempo, compartiendo el espejo diminuto del bungaló, quitándonos el secador de las manos, intercambiando maquillaje y riéndonos.

Hacía mucho que no compartíamos un momento así, sin prisas ni preocupaciones, como cuando éramos adolescentes y nos preparábamos juntas para salir.

Ainara terminó de colocarse un collar fino y me observó de arriba abajo.

—¿Ves?

—¿Qué?

—Estás guapísima.

Negué con la cabeza.

—Estoy simplemente vestida.

—No.

Sonrió con esa ternura que solo tienen las hermanas mayores.

—Empiezas a parecerte otra vez a la Carla de siempre.

No respondí. Me limité a mirarme un instante en el espejo. Todavía no estaba segura de reconocer a aquella mujer, pero quizás, solo quizás, empezaba a dejar de reconocer a la que había sido durante los últimos meses.

Salimos del bungaló unos minutos después. Martín seguía esperando en el porche, con los niños dormidos en brazos y una paciencia que parecía no agotarse nunca. Al vernos aparecer, sonrió satisfecho.

—Ahora sí.

Ainara cerró la puerta.

—¿Nos vamos?

Martín echó a andar por el sendero iluminado mientras nosotras lo seguíamos.

La música llegaba ya desde la playa, mezclándose con el rumor del mar y las voces lejanas de decenas de personas.

Sobre las dunas, las guirnaldas de luces dibujaban un resplandor cálido que parecía invitar a cualquiera a acercarse.

Respiré hondo mientras caminábamos hacia allí. Seguía convencida de que aquella salida era una mala idea, aunque todavía no sabía que las malas ideas estaban empezando a convertirse en las más frecuentes de aquel verano.