Capítulo 8 #2
Cuando terminó, me propuso tomar algo en una terraza antes de volver a por Ainara y los niños. Acepté porque necesitaba un café, una cerveza o cualquier sustancia legal capaz de devolverme algo de fe en el mundo.
Nos sentamos en una plaza tranquila, rodeada de fachadas vistosas con balcones de hierro. El aire olía a mar y a comida recién hecha y, durante unos minutos, agradecí el silencio.
Martín pidió café; yo, una cerveza fría. Cuando el camarero se alejó, él apoyó los brazos sobre la mesa y me observó con una sonrisa suave.
—No tienes aspecto de estar disfrutando mucho de estas vacaciones.
—No son vacaciones, ya te lo dije.
—Ya lo sé. Pero tampoco tienes aspecto de estar disfrutando del trabajo.
Jugué con el borde de una servilleta antes de responder. No me apetecía contar mi vida a alguien a quien apenas conocía, pero Martín tenía una forma de escuchar que no resultaba invasiva. No parecía esperar una confesión ni buscaba la pregunta perfecta. Solo estaba allí.
—Llevo unos meses bastante malos —admití—. Mi relación terminó de una forma poco elegante. Samuel me fue infiel con una compañera de trabajo.
»Después de siete años juntos, tuve que reconstruir mi vida mientras él me explicaba que todo había sido casi una liberación para los dos. Yo todavía estoy esperando sentir esa parte liberadora.
Martín no hizo ningún comentario precipitado. Se limitó a asentir mientras el camarero dejaba nuestras bebidas sobre la mesa.
—Por eso acepté el reportaje —continué—. Pensé que venir aquí me daría tranquilidad. Unas semanas sola, trabajando, sin tener que responder preguntas ni escuchar consejos.
»Entonces llegó Ainara con los niños, un socorrista hundió mi cámara y ahora estoy en Cádiz bebiendo cerveza a media mañana porque no sé qué otra cosa hacer.
—Visto así, tu plan ha salido regular.
—Gracias por el análisis.
Él sonrió y dio un sorbo al café.
—Entiendo que querías silencio, pero a veces el silencio no ayuda tanto como creemos. Cuando uno lleva mucho tiempo dándole vueltas a lo mismo, quedarse solo puede convertirse en escuchar ese problema con más volumen.
Me quedé observándolo.
—¿Y tu solución es pasar unas cuantas semanas con dos niños capaces de derribar un bungaló?
—Mi solución es que no decidas todavía que todo esto es un desastre. Tu hermana ha decidido pasar sus vacaciones contigo. Los niños te adoran.
»Puede que interfieran con tus planes, pero también puede que, dentro de unos años, recuerdes este viaje mucho más que cualquier semana perfecta trabajando sola.
—Es fácil decirlo cuando no has tenido a Teo pateándote el asiento durante cuarenta minutos.
—He sobrevivido.
—Porque tienes entrenamiento profesional.
Martín soltó una risa.
—Puede ser. Pero también creo que deberías disfrutar un poco de tu familia. No siempre coinciden el tiempo, el lugar y las ganas. Cuando lo hacen, aunque sea de una manera caótica, quizás convenga aprovecharlo.
Bajé la vista hacia la cerveza, recorrí la plaza con la mirada y terminé fijándome de nuevo en Martín.
No había dicho nada extraordinario, pero sus palabras tenían una sencillez que me llegó más de lo esperado.
Ainara podía ser intensa, agotadora y especialista en convertir cualquier decisión en una expedición familiar, pero también había recorrido cientos de kilómetros porque no quería que pasara el verano sola.
Teo y Noa iban a volverme loca, aunque probablemente también serían los únicos capaces de hacerme olvidar a Samuel durante días enteros.
—No prometo disfrutar cada minuto —le advertí.
—Nadie te pide tanto. Con que no intentes devolverlos a Madrid en transporte urgente, ya sería un avance.
Sonreí por primera vez desde que habíamos salido del camping.
—Veremos cómo se comportan en el viaje de vuelta.
—Podemos negociar otra vez la música.
—No. Esta vez el tiburón se queda fuera del coche.
—Eso sí puede provocar una rebelión.
—Pues que llamen a los bomberos.
Martín levantó la taza a modo de brindis.
—Para eso estamos.
Cuando regresamos al parque de bolas, Ainara estaba sentada en una mesa con expresión de paz absoluta mientras los niños corrían por una pasarela de colores perseguidos por otros cuatro pequeños. Al vernos, levantó una mano y sonrió.
—¿Qué tal la cámara?
Alcé la bolsa que llevaba conmigo.
—Muerta.
—Vaya…
—Sí. Un minuto de silencio cuando salgamos.
Teo y Noa aparecieron sudados, despeinados y felices, exigiendo saber si después podían comer hamburguesas.
Mientras los escuchaba hablar a la vez y Ainara intentaba poner un poco de orden, miré de reojo a Martín. Él me dedicó una sonrisa tranquila, como si supiera que acababa de demostrar su teoría.
No estaba relajada. Mi cámara seguía destrozada, mis planes habían saltado por los aires y todavía me quedaban semanas de convivencia con tres personas capaces de llenar cualquier espacio de ruido.
Sin embargo, por primera vez desde que Ainara apareció en el bungaló, pensé que quizás aquel caos no había llegado para arruinarme el verano.
Quizás había llegado para impedir que me lo pasara entero mirando hacia atrás.