En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 8
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Capítulo 8

A la mañana siguiente me desperté con la sensación de haber dormido dentro de una lavadora.

Entre los niños entrando y saliendo del bungaló, Ainara hablando por teléfono en el porche y mi propia cabeza empeñada en repasar una y otra vez el desastre de la cámara, apenas había conseguido descansar.

Cuando salí con una taza de café en la mano, todavía en pijama y con el pelo recogido de cualquier manera, encontré a Martín apoyado en la barandilla del porche como si aquella visita a primera hora fuera lo más normal del mundo.

—Buenos días —me saludó con una sonrisa—. Espero no haber venido demasiado pronto.

Miré el reloj y después a él.

—Depende. Para una persona funcional, quizás no. Para mí, ahora mismo, cualquier hora anterior al mediodía es una agresión. Me tienen agotada, palabra.

Martín soltó una risa y levantó el teléfono que llevaba en la mano.

—Anoche estuve mirando una cosa. Hay un servicio técnico oficial de tu cámara en Cádiz capital. No queda demasiado lejos y, si la llevamos pronto, quizás puedan decirte si tiene arreglo.

Lo observé unos segundos, sorprendida de que hubiera dedicado parte de la noche a buscar una solución para un problema que no era suyo.

—¿Cómo sabes qué marca es?

—Me fijé ayer, cuando la tenías desmontada sobre la mesa. Era difícil no hacerlo. La vigilabas como si fuera un paciente en cuidados intensivos.

Bajé la vista hacia el café, intentando disimular que aquel detalle me había gustado un poco.

—Bueno, ahora mismo está más cerca de la autopsia que de los cuidados intensivos.

—Por eso deberíamos llevarla. Yo tengo que ir a Cádiz de todos modos. He quedado con un compañero para recoger unas piezas de un equipo de escalada que dejamos allí para reparar antes de las vacaciones. Puedo acercarte; hacemos las dos gestiones y volvemos después de comer.

La propuesta era sensata y útil. Aun así, tardé unos segundos en responder porque, últimamente, cualquier ofrecimiento amable me hacía buscar una trampa escondida.

—Está bien —acepté al fin—. Pero solo porque mi cámara podría depender de ello.

—Por supuesto. Jamás pensaría que aceptas pasar una mañana conmigo por placer.

—Me alegra que nos entendamos.

Martín sonrió con ese halo de seguridad que parecía acompañarlo siempre y me dijo que me esperaba junto a su coche dentro de media hora.

Entré en el bungaló, preparé la cámara, me vestí y logré salir en veinticinco minutos, una hazaña que habría merecido reconocimiento oficial, teniendo en cuenta que Teo había utilizado mis sandalias como garaje para tres coches de juguete y Noa había decidido que mi neceser era el lugar perfecto para esconder una galleta.

Caminé hacia el aparcamiento con la mochila al hombro y una pequeña esperanza de pasar unas horas lejos del ruido.

Martín estaba junto a un todoterreno oscuro, guardando unas cosas en el maletero. Me saludó con la mano y abrió la puerta del copiloto para que dejara la cámara con cuidado. Fue entonces cuando escuché una voz desde el asiento trasero.

—¡Tata!

No quise girarme. Durante unos segundos, preferí creer que mi agotamiento había empezado a provocarme alucinaciones auditivas. Sin embargo, otra voz se unió a la primera.

—¡Nos vamos a Cádiz!

Cerré los ojos y respiré hondo antes de mirar hacia atrás.

Teo y Noa estaban sentados en sus elevadores, con gafas de sol, gorras, mochilas y una bolsa enorme de juguetes entre ambos.

Parecían dos turistas dispuestos a cruzar Europa, no dos niños que iban a pasar una mañana a menos de una hora del camping.

Ainara apareció un instante después con un café y una sonrisa radiante.

—Qué bien, ya estamos todos.

La miré sin dar crédito.

—¿Todos?

—Martín nos ha dicho que ibais a Cádiz y he pensado que podíamos aprovechar. Hay un parque infantil itinerante enorme cerca del centro y a los niños les apetecía muchísimo conocerlo.

—A los niños les apetece cualquier cosa que implique salir, gritar o destruir mobiliario urbano.

—No seas exagerada.

Volví la cabeza hacia Martín, que tuvo la decencia de parecer un poco culpable.

—¿Tú los has invitado?

—Solo comenté que podían venir. Me pareció que sería más fácil para Ainara que quedarse sola toda la mañana en el camping.

—Claro. Muchísimo más fácil para Ainara.

Mi hermana tomó un sorbo de café con la serenidad de quien sabía que había ganado la batalla antes de empezarla.

—No pongas esa cara. Va a ser divertido.

—La última vez que dijiste eso, Teo terminó dentro de una fuente y Noa convenció a un policía municipal de que yo no era de la familia.

—Fue una tarde inolvidable.

—Seguro que para el policía sí.

Martín abrió la puerta del conductor y se sentó mientras yo ocupaba el asiento del copiloto con la resignación de una condenada.

El viaje comenzó con bastante calma, aunque aquella paz duró unos tres minutos.

Teo quiso saber cuánto faltaba; Noa aseguró que él estaba invadiendo su mitad del asiento y ambos iniciaron una discusión sobre quién tenía derecho a elegir la música.

Ainara intentó imponer orden con una autoridad que sus hijos ignoraron por completo y Martín, lejos de mostrar el menor signo de impaciencia, consiguió negociar un sistema de turnos para las canciones como si estuviera mediando en un conflicto internacional.

La primera canción elegida por Teo consistía en una repetición interminable sobre un tiburón que perseguía a toda su familia. La segunda, seleccionada por Noa, hablaba de una gallina que no quería dormir.

Cuando llegó mi turno, intenté poner algo que sonara a música para adultos, pero los mellizos protestaron tanto que acabé renunciando por el bien de la seguridad vial.

—No entiendo cómo puedes estar tan tranquilo —le dije a Martín cuando Teo preguntó por novena vez cuánto faltaba.

—En el parque de bomberos tenemos una alarma que suena a cualquier hora, compañeros que roncan durante las guardias y gente que decide freír pescado a las tres de la mañana. Esto es casi relajante.

—Me ofende que compares a mis hijos con una emergencia —protestó Ainara desde atrás.

—No los estoy comparando. Las emergencias suelen durar menos.

Mi hermana se echó a reír, pero yo apenas pude acompañarla. El coche había empezado a oler a galletas, zumo y crema solar; Teo golpeaba el respaldo de mi asiento con los pies y Noa había decidido cantar por encima de la música para demostrar que conocía toda la letra.

Cuando por fin divisamos las primeras señales de Cádiz, yo tenía la cabeza como un bombo y una ligera sensación de mareo.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó Martín, mirándome de reojo.

—Perfectamente. Solo estoy reconsiderando todas las decisiones que me habían llevado hasta este coche.

—Eso suena grave.

—Lo es. Creo que he envejecido seis años desde que salimos.

—Pues te conservas estupendamente.

Lo miré de lado, pero su expresión era tan inocente que no pude decidir si acababa de burlarse de mí o de intentar animarme. Esa era otra de las cosas irritantes de Martín: resultaba difícil enfadarse con él durante más de treinta segundos.

Después de dejar a Ainara y a los niños en aquel parque de bolas enorme, Martín y yo nos dirigimos al servicio técnico.

Mi hermana entró allí con la energía de quien acababa de recibir un regalo, mientras yo observaba a Teo y Noa desaparecer dentro de una estructura de redes, toboganes y tubos de colores.

—No sé quién es más feliz, si ellos o ella —comentó Martín.

—Ainara lleva años buscando lugares donde pueda soltar a los niños sin que la responsabilicen durante veinte minutos. Para ella esto es un balneario.

El servicio técnico ocupaba un local pequeño, lleno de vitrinas con objetivos, cuerpos de cámara y accesorios cuyo precio habría bastado para pagar varios meses de alquiler.

El hombre que nos atendió tenía unos cincuenta años, gafas muy gruesas y la expresión seria de quien había visto demasiados equipos fotográficos llegar al borde de la muerte. Cogió mi cámara con cuidado, la examinó desde varios ángulos y me pidió que le contara qué había ocurrido.

—Se cayó al agua —resumí.

El técnico abrió la tapa lateral, observó el interior y frunció el ceño.

—¿Agua dulce?

—De mar.

Su expresión empeoró.

—¿Cuánto tiempo estuvo sumergida?

—Poco. Unos segundos.

La giró entre las manos y volvió a examinarla.

—Veo que ya has intentado abrirla.

—La desmonté anoche para comprobar si podía salvar algo.

—¿Y después recibió algún golpe? Porque más bien parece que viene directa de la guerra.

Miré a Martín antes de responder.

—También.

El hombre colocó la cámara sobre una almohadilla y empezó a desmontar parte de la carcasa. Tardó casi veinte minutos en volver. Cuando apareció, sostenía el equipo con una delicadeza que se parecía demasiado a la de alguien entregando una urna funeraria.

—Voy a ser sincero. Está para el arrastre.

Suspiré.

—Me lo temía.

El técnico señaló varios puntos del interior.

—Ha entrado agua salada en la placa y hay corrosión. Además, el golpe ha afectado al estabilizador. ¿Qué le ha pasado exactamente? ¿La ha pillado un tren?

Negué con la cabeza.

—Peor.

El hombre arqueó una ceja.

Martín soltó una carcajada y el técnico me miró como si estuviera valorando si pedir más detalles o protegerse de la historia.

Al final se limitó a decirme que podía intentar recuperar parte de la información de la tarjeta y preparar un presupuesto, aunque repararla costaría casi tanto como comprar un cuerpo nuevo.

Salí del local con la cámara guardada en una bolsa, el ánimo por los suelos y la desagradable certeza de que Mauro había conseguido convertirse en un estorbo en tiempo récord.

Por suerte, la tenía asegurada, pero eso no solucionaba el problema inmediato.

El reportaje no iba a esperar a que el seguro tramitara la incidencia y, aunque llevaba otra cámara de repuesto, perder una de mis principales herramientas de trabajo seguía siendo un contratiempo importante.

Martín hizo su gestión en una tienda cercana, donde recogió un arnés y varias piezas metálicas que, según explicó, necesitaban una revisión antes de una salida de escalada que tenía prevista con sus compañeros.