En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Desde lejos ya se escuchaban la música, las conversaciones y el murmullo del mar mezclándose con las risas de la gente.

Varias mesas largas ocupaban la terraza, iluminada por guirnaldas de luces cálidas, y el ambiente desprendía esa despreocupación tan propia de las noches de verano.

Martín fue presentándonos a sus amigos uno a uno. Todos resultaron sorprendentemente simpáticos, parecían conocerse desde hacía años y, para desesperación de Ainara, la mayoría también eran insultantemente atractivos.

—Te lo dije —susurró mi hermana mientras tomábamos asiento—. Aquí hay más genética privilegiada que en un catálogo.

Negué con la cabeza mientras Teo y Noa corrían detrás de otros niños como si llevaran toda la vida compartiendo vacaciones.

Aquello, estaba convencida, no podía acabar bien.

Al cabo de unos minutos ya tenía bastante claro por qué Martín había dicho que aquello no era un simple grupo de amigos.

Aparte de él y de sus compañeros, había parejas, matrimonios con niños pequeños, un par de chicos solteros, varias chicas que se conocían desde hacía años y hasta un matrimonio jubilado que parecía ejercer de abuelos adoptivos de medio camping.

Todo el mundo hablaba con los demás, las mesas se habían ido juntando unas con otras y los camareros caminaban haciendo auténticos malabares entre platos de pescaíto frito, ensaladas, jarras de cerveza y refrescos.

De fondo sonaba música de los ochenta mezclada con alguna canción más reciente y, aunque el chiringuito estaba prácticamente lleno, el ambiente resultaba sorprendentemente relajado. No había prisas por cenar ni por levantarse. La gente se limitaba a disfrutar del verano.

Martín se encargó de presentarnos a quienes iban llegando.

Terminé sentada cerca de Rubén y Sergio, dos compañeros suyos del parque de bomberos; de Diego, un fisioterapeuta que bromeaba con que acababa masajeando más espaldas durante las vacaciones que en su propia clínica; de Oliver, profesor de instituto, y de Lucía, una enfermera que parecía conocer por su nombre a todo el camping.

Todos fueron muy amables desde el primer momento. En menos de un minuto ya nos habían hecho un hueco en la mesa, habían buscado otra silla para Ainara y hasta apareció alguien con un cuaderno y unos lápices para que Teo y Noa se entretuvieran mientras llegaba la cena.

Mi hermana me dio un pequeño codazo por debajo de la mesa y sonrió con suficiencia, como si quisiera decirme sin palabras que, una vez más, tenía razón.

—Pues no parecen aburridos, ¿no? —murmuró.

No respondí. Prefería mantener cierto margen de desconfianza antes que volver a equivocarme con alguien. Últimamente me parecía una estrategia bastante razonable.

Los niños, por supuesto, tardaron solo unos minutos en demostrar que la tranquilidad era un concepto incompatible con su existencia.

Al principio todo parecía ir bien. Dibujaban sentados en una esquina de la mesa mientras discutían sobre si un dinosaurio podía llevar chanclas.

Cinco minutos después, habían convencido a otros tres niños del camping para construir una cueva secreta utilizando las sombrillas cerradas del chiringuito y varias sillas de plástico.

Cuando el camarero apareció cargado con una bandeja enorme de bebidas, Teo decidió que era el momento perfecto para salir corriendo de debajo de una mesa.

El pobre hombre tuvo que hacer un equilibrio digno de un artista de circo para evitar que una jarra de cerveza terminara aterrizando sobre un matrimonio que cenaba tranquilamente dos mesas más allá.

—¡Teo! —exclamó Ainara, llevándose una mano a la frente.

Mi sobrino frenó en seco y sonrió con esa expresión de absoluta inocencia que siempre utilizaba cuando sabía que acababa de hacer una trastada.

—No he sido yo.

—Claro. Ha sido la gravedad.

Toda la mesa rompió a reír mientras el camarero aseguraba, todavía entre risas, que sobrevivía a situaciones peores todos los fines de semana. Ainara se disculpó con tanta naturalidad que parecía llevar haciéndolo toda la vida, algo que probablemente era cierto.

—Perdonadlos. Son muy buenos niños… cuando están dormidos.

Las carcajadas fueron todavía mayores.

—Y a veces ni eso —añadió, resignada.

Rubén levantó la cerveza.

—No te preocupes. Mi hermano era igual de pequeño. Una vez incendió una barbacoa intentando cocinar gusanitos.

—Pues ya apuntan maneras —respondió Ainara.

Negué despacio con la cabeza.

—No les deis ideas.

La conversación continuó entre bromas, historias de verano y anécdotas del parque de bomberos. Poco a poco, empecé a relajarme. Era imposible no hacerlo. Había algo muy auténtico en aquel grupo y nadie intentaba aparentar nada.

Todos hablaban a la vez, se interrumpían constantemente y terminaban riéndose de sí mismos. Incluso yo empecé a pensar que quizás Ainara no había cometido una locura tan grande al obligarme a salir del bungaló.

Fue entonces cuando varias personas saludaron hacia la entrada del chiringuito.

—¡Hombre, Mauro!

Levanté la vista casi por reflejo.

Allí estaba otra vez.

Entró con un pantalón corto claro, una camiseta verde militar y el pelo todavía húmedo de la ducha.

Sin el uniforme de socorrista parecía incluso más guapo.

Caminaba saludando a unos y a otros con absoluta naturalidad y se detenía un momento junto a cada mesa para intercambiar alguna broma o preguntar qué tal iba la noche.

Era evidente que conocía a todo el camping.

Cuando llegó hasta nuestro grupo, Martín fue el primero en levantarse para darle una palmada en la espalda.

—Pensábamos que hoy no aparecías.

—He terminado tarde.

Mauro saludó uno por uno a todos los presentes hasta que su mirada se cruzó con la mía.

Durante una décima de segundo creí que iba a hacer algún comentario sobre nuestra discusión en la playa.

En lugar de eso, sonrió con absoluta tranquilidad, como si no hubiera estado a punto de provocar mi primer homicidio del verano.

—Vaya… Si está aquí mi náufraga favorita.

Lo atravesé con la mirada.

—Mejor te callas…

Él levantó las manos en gesto pacífico.

—Prometo portarme bien.

Después reparó en Ainara y se acercó con una sonrisa descarada, pero simpática.

—Hola. Tú debes de ser su hermana. Os parecéis. Soy buen fisonomista.

—Algo deberías tener bueno —murmuré por lo bajo.

Ainara soltó una carcajada.

—Encantada. Soy Ainara.

—Mauro.

Se saludaron mientras yo permanecía callada, concentrada en mi vaso como si el hielo que contenía resultara fascinante.

—Tu hermana dice que soy un perfecto idiota —comentó él con toda la tranquilidad del mundo.

—¿Y lo eres?

—Todavía está por decidir.

—Entonces habrá que escuchar las dos versiones.

—Eso mismo he pensado yo.

Los dos se echaron a reír, pero yo seguí sin abrir la boca. Si existía un campeonato mundial de personas irritantes, Mauro acababa de clasificarse para la final.

Después de bromear un par de minutos con todos, se despidió diciendo que unos amigos lo esperaban al otro lado de la terraza y desapareció entre las mesas con la misma facilidad con la que había llegado.

Apenas se alejó unos metros, Martín apoyó los codos sobre la mesa y sonrió.

—¿Ya habéis hecho las paces?

Resoplé.

—No existe ningún motivo para hacerlas.

Rubén soltó una risa.

—Entonces es verdad.

Los miré sin entender.

—¿El qué?

—Que te cae como el culo. ¿Qué ha pasado entre vosotros?

No respondí. Me limité a resumir muy por encima lo que había ocurrido en la playa, sin exagerar nada: yo estaba haciendo una fotografía, él interpretó que me ahogaba, decidió rescatarme sin preguntar y mi cámara terminó empapada por culpa de su heroísmo improvisado.

Lo de que Teo y Noa habían terminado de rematarla me lo callé. No pensaba restarle importancia a lo que había hecho aquel imbécil.

Cuando terminé, toda la mesa estalló en carcajadas. Toda, incluida Ainara. Me quedé observándolos con auténtica incredulidad.

—¿En serio?

Martín consiguió serenarse antes que los demás.

—Perdona… Pero es que me estoy imaginando la escena.

—No tiene ninguna gracia.

—Un poco sí. Venga, no seas así.

—No, no y no. No le veo la gracia por ninguna parte.

Rubén negó con la cabeza mientras intentaba dejar de reír.

—Carla, si Mauro se lanzó al agua, puedes estar segura de que de verdad creyó que te pasaba algo.

—Es incapaz de mirar hacia otro lado cuando piensa que alguien necesita ayuda —añadió Lucía.

—Es buena gente —concluyó Diego.

Aquellas tres palabras me parecieron casi un insulto.

—Pues tiene una forma bastante peculiar de demostrarlo.

—Créenos —dijo Martín con una sonrisa tranquila—. Cuando lo conozcas mejor, entenderás por qué hizo lo que hizo.

Di otro trago largo a la cerveza. No entendía absolutamente nada: ni aquella defensa cerrada, ni tanta paciencia, ni que todos parecieran convencidos de que el problema se reducía a un malentendido.

Para mí seguía siendo el mismo socorrista arrogante que había decidido destrozarme una tarde de trabajo y una cámara carísima.

Mientras los demás cambiaban de conversación y volvían a reír con cualquier otra historia, observé de reojo a Mauro al fondo del chiringuito. Hablaba con otro grupo de amigos y gesticulaba mientras contaba algo que provocaba nuevas carcajadas.

Negué despacio para mis adentros.

Definitivamente, no entendía qué demonios le veía todo el mundo y sospechaba que tampoco tenía el menor interés en averiguarlo.

Lo único que me interesaba, a decir verdad, era perderlo de vista.