Capítulo 7
La primera noche en el camping terminó pareciéndose muy poco a lo que yo había imaginado mientras conducía desde Madrid.
En mi cabeza existía una versión idílica de aquella escena: una ducha tibia, una cena ligera en el porche del bungaló y el sonido de la naturaleza bajo la luz de la luna.
La realidad, sin embargo, tenía otros planes.
Teo y Noa llevaban más de media hora convirtiendo el bungaló en una especie de circuito de obstáculos.
Entraban y salían sin parar, se escondían debajo de las camas, se perseguían con pistolas de agua y discutían porque, al parecer, uno de los dos había invadido el territorio diplomático del otro utilizando un dinosaurio de plástico.
Yo permanecía sentada frente a la mesa del comedor con un destornillador diminuto en la mano y la cámara desmontada en varias piezas sobre una toalla.
Intentaba concentrarme en una tarea que exigía una precisión de la que carecía mientras, a mi alrededor, parecía desarrollarse una guerra civil en miniatura.
Ainara salió del dormitorio después de ponerse un vestido vaporoso de flores y se quedó apoyada en el marco de la puerta, observando la escena con absoluta tranquilidad.
Era fascinante comprobar hasta qué punto una madre podía acostumbrarse al caos. Mientras yo llevaba diez minutos imaginando titulares como «Fotógrafa asesina a sus sobrinos utilizando un trípode», ella contemplaba a sus hijos con una sonrisa de orgullo.
—No entiendo cómo puedes trabajar con este escándalo —comentó mientras se recogía el pelo en una coleta.
—No estoy trabajando. Estoy intentando evitar que una cámara que cuesta un riñón termine convertida en un pisapapeles de lujo.
Ainara se acercó a la mesa y observó el desastre.
—¿Tiene buena pinta?
Levanté la vista muy despacio.
—¿Tú me ves cara de técnico del servicio oficial?
—No especialmente.
—Pues ahí tienes la respuesta. Ya venía mal, no te lo voy a negar. El agua salada y ese imbécil de socorrista hicieron lo suyo, pero tus hijos tampoco han ayudado.
—Mis hijos son tus sobrinos y, en el fondo, los adoras, así que no te quejes.
—¿Tengo que contestarte ahora o puedo llamar antes a un buen abogado?
—Puedes relajarte un poco, para variar.
—Es lo que pretendía desde que acepté este trabajo, pero parece que los astros se han aliado para sacarme de quicio.
—Si por astros te refieres a Noa y a Teo, te aconsejo que dejes de enarcar las cejas si no quieres que se te queden marcas de expresión, porque estos dos tienen cuerda para rato.
—Vaya, parece que la cosa mejora por momentos. ¿Tienes alguna otra buena noticia?
—De momento no, pero ya se me ocurrirá.
Mi hermana soltó una risita y acercó la mano a la cámara con intención de verla mejor. Le di un pequeño manotazo antes de que llegara a tocarla.
—Ni se te ocurra.
—Qué carácter.
—Es que hoy ya la ha tocado suficiente gente.
—Creo que le has cogido inquina al pobre socorrista.
La fulminé con la mirada.
—Ainara.
—¿Qué?
—No empieces otra vez.
—Solo digo que, si es tan guapo…
—Lo es, pero su belleza queda ampliamente superada por su idiotez.
Mi hermana sonrió de medio lado.
—Es curioso lo compatibles que pueden llegar a ser ambas cosas.
Antes de que pudiera responderle, Teo apareció corriendo por el salón con un cubo de playa en la cabeza, perseguido de cerca por Noa, que empuñaba una linterna como si fuera una espada láser.
—¡Tata, dile que deje de perseguirme!
—¡Si es él quien me persigue a mí!
Los dos frenaron justo delante de la mesa y yo levanté las manos.
—Ni un paso más. La cámara.
Los mellizos miraron las piezas repartidas sobre la toalla como si acabaran de descubrir una bomba de relojería.
—¿No tiene arreglo? —me preguntó Noa con auténtica preocupación.
Suspiré.
—Eso intento averiguar.
Teo ladeó la cabeza.
—Papá arreglaba las cosas con cinta americana.
Ainara carraspeó.
—Precisamente por eso ya no vivimos con vuestro padre.
Aunque eran bastante incompatibles, mantenían una relación cordial por los niños.
No pude evitar reírme y mi hermana aprovechó el momento para sentarse frente a mí.
—Escúchame una cosa.
—Miedo me das.
—Vamos a salir.
Fruncí el ceño.
—¿Dónde? Te recuerdo que esto no es una escapada a Ibiza con veinte años.
—Calla, calla, que me agobias. Vamos al chiringuito. No hace falta tener un plan oficial para eso.
La miré como si acabara de proponerme cruzar el Atlántico nadando.
—Ni loca.
—¿Por qué?
Señalé la cámara.
—Porque tengo esto.
Después señalé a los niños.
—Porque tengo eso.
Por último, me señalé a mí misma.
—Y porque estoy agotada.
Ainara apoyó los codos sobre la mesa.
—Precisamente por eso deberías salir un rato. Llevas meses encerrada entre el trabajo, tu casa y los dramas sentimentales. Estás en la playa, hace una temperatura maravillosa y seguro que ponen música.
—Prefiero desmontar objetivos.
—Eso confirma mi teoría.
Estábamos en plena discusión cuando alguien llamó suavemente a la puerta abierta del bungaló.
Levanté la cabeza.
Martín sonreía desde el porche con una camiseta blanca, un pantalón corto beige y una bolsa de hielo en la mano.
—¿Se puede?
Ainara respondió antes que yo.
—Claro.
Martín dio un paso hacia el interior y me dedicó una sonrisa.
—He pensado que quizás seguías enfadada con el universo y venía a comprobar si sobrevivías.
Nos habíamos cruzado un rato antes y había tenido ocasión de comprobar mi mal humor.
—Voy haciendo esfuerzos.
Entonces reparó en mi hermana.
—Perdón, no quería interrumpir.
Me levanté de la silla.
—Martín, ella es mi hermana, Ainara. Ha decidido sorprenderme apareciendo aquí con dos niños hiperactivos, que resulta que son sus hijos, y equipaje suficiente para abastecer a media población. Es lo que hay.
Los dos se dieron un par de besos.
—Encantado.
—Igualmente.
Martín sonrió.
—Pues mejor todavía.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que mejor?
—Así ya sois dos para veniros con nosotros.
Ainara abrió mucho los ojos.
—¿Con vosotros dónde?
—Al chiringuito. Hemos quedado unos cuantos para cenar y tomar algo.
Negué incluso antes de que terminara la frase.
—No. Imposible.
—¡No le hagas caso! Justamente le estaba proponiendo lo mismo a esta aburrida de mi hermana —apuntó Ainara.
Volví a negar con la cabeza.
Martín miró alrededor.
—¿Por qué?
Le señalé el bungaló entero.
—Mira el panorama.
Él siguió la dirección de mi dedo.
Teo intentaba convencer a Noa de que una silla era un barco pirata mientras los dos arrastraban los cojines del sofá por el suelo.
Martín soltó una carcajada.
—No parecen tan fieros.
Ainara y yo nos miramos exactamente al mismo tiempo y estallamos en una risa idéntica.
—Eso es porque no los conoces —respondimos las dos a la vez.
Martín levantó las manos en señal de rendición.
—Vale. Admito que quizás he hablado demasiado pronto.
—Muy, muy pronto —añadí.
—No os preocupéis. Allí también hay niños. Van varias familias y, además, estaremos en un grupo grande. Siempre habrá alguien jugando con ellos.
Ainara me dio un codazo disimulado.
—¿Ves? No soy la única que ha decidido reproducirse en este planeta.
Yo seguía dudando.
—No sé.
—Vamos, Carla.
—De verdad que…
—Media hora.
Martín sonrió.
—Eso nunca funciona. Empieza siendo media hora y acabamos cerrando el chiringuito, pero, si sirve para que vengas…
Ainara pareció entusiasmarse todavía más.
—Una pregunta importante.
—Dispara.
—En cuanto a tus amigos y a ti, ¿sois todos bomberos como esos que hacen calendarios? Vamos, de tu estilo.
No podía haber sido más descarada. Mis mejillas ardieron en ese preciso instante.
Martín rompió a reír.
—No está bien que te conteste yo.
—Indecentemente guapo y modesto. Eres un chollo. ¿Los demás también lo son? —preguntó con una frescura que casi consiguió que me desmayara allí mismo.
—Digamos que algunos hemos participado en nuestro propio calendario.
—¡Adjudicado! ¡Me quedo con todos! —soltó ella—. ¿Me hacéis un lote?
—Dios mío, no se ha tomado su medicación —mascullé entre dientes, horrorizada.
Mi hermana abrió los ojos exageradamente.
—No le hagas ni caso. La que debería tomársela es ella, pero todavía no le han diagnosticado esa media depresión por la que está pasando.
Sentí que las mejillas me ardían todavía más.
—¡Yo no estoy deprimida! —exclamé indignada.
—Pues que se note —me animó ella.
Me llevé una mano a la frente.
—No la animes, por favor, Martín. Has despertado a la bestia. ¿Comprendes ahora por qué es la madre de esos dos? —pregunté, señalándolos.
—Porque tiene energía —respondió él.
—Y porque ser así es importante —añadió Ainara.
—¿Para quién?
—Para la ciencia.
Martín seguía riéndose.
—También vienen, aparte de tres compañeros del parque, un fisioterapeuta, un profesor de instituto y un enfermero. Tenemos un grupo bastante variado.
—Qué decepción —bromeó Ainara—. Yo ya me había imaginado una mesa llena de bomberos de calendario con patas.
—No descartes nada hasta llegar.
Aquella respuesta provocó una carcajada general e incluso yo terminé sonriendo. Ainara aprovechó que había bajado la guardia para agarrarme del brazo.
Suspiré y desvié la mirada hacia la cámara desmontada sobre la mesa. No quería salir, socializar ni conocer a nadie. Lo único que me apetecía era encerrarme con mi enfado, mi cámara rota y mi orgullo herido. Sin embargo, también era consciente de que llevaba meses haciendo exactamente eso.
Miré a los niños, que ahora intentaban convencer a Martín de que participara en una búsqueda del tesoro inexistente. Él se había agachado a su altura y los escuchaba con paciencia, completamente integrado en el juego apenas unos minutos después de llegar.
—Está bien —murmuré al fin—. Pero, si alguno de estos dos prende fuego al chiringuito, tú respondes.
Martín sonrió y se señaló el pecho.
—Tratándose de bomberos, sería bastante humillante dejar que ocurriera.
Ainara dio una palmada de satisfacción.
—¡Sabía que aceptarías!
La miré de reojo.
—No. Lo que sabes es manipularme desde que éramos enanas.
—Cada una desarrolla sus talentos.
Unos minutos después, caminábamos hacia el chiringuito siguiendo el sendero de madera que atravesaba las dunas.