Capítulo 6
Subí el sendero de madera que conducía hasta mi bungaló con la cámara en una mano y la sensación de que aquel había sido, con diferencia, el peor estreno profesional de toda mi carrera.
Tenía el pelo todavía chorreando, la arena pegada a las piernas y un enfado monumental que iba creciendo cada vez que recordaba la sonrisa de Mauro mientras me aseguraba que desde lejos parecía un cadáver flotando. ¿Es que tenía yo pinta de muerta?
Todavía no sabía si mi cámara sobreviviría al baño improvisado que le había regalado el socorrista más entrometido de la provincia de Cádiz, pero empezaba a sospechar que tardaría un tiempo en volver a utilizarla.
Lo único que deseaba era darme una ducha y, dado que no conocía a ningún técnico en la zona, desmontarla con calma sobre la mesa del salón para comprobar si aún existía alguna posibilidad de salvarla por mí misma. Si no, tocaría buscar a uno.
Después de cruzarme con algunos campistas, llegué al bungaló. Mientras buscaba las llaves en el bolsillo del pantalón corto, levanté la vista y me detuve en seco.
La puerta del bungaló estaba entornada. Fruncí el ceño de inmediato.
Juraría haberla cerrado al salir, aunque el enfado y las prisas podían haberme jugado una mala pasada.
Durante unos segundos permanecí expectante, intentando recordar si realmente había echado la llave.
Estaba a punto de acercarme con cautela cuando escuché un grito infantil procedente del interior.
—¡Ha llegado!
Apenas tuve tiempo de reaccionar. Dos pequeños torbellinos salieron disparados hacia mí con la misma velocidad con la que una estampida atraviesa una pradera.
Teo se abrazó a mi cintura y Noa prácticamente se colgó de mi cuello, mientras los dos reían a carcajadas como si llevaran meses sin verme en lugar de apenas unos días.
El impacto me hizo perder completamente el equilibrio. Di un paso hacia atrás, luego otro, e intenté proteger la cámara mientras evitaba que mi sobrina terminara en el suelo, pero resultó una misión imposible.
Conseguí mantenerme de pie por puro milagro, aunque la cámara no tuvo la misma suerte. Resbaló entre mis dedos, golpeó el borde del porche y terminó cayendo sobre la madera con un sonido seco que me atravesó el pecho.
Durante unos segundos nadie habló.
Yo tampoco.
Me limité a mirar la cámara allí tirada, inmóvil, mientras sentía unas ganas inmensas de sentarme en el suelo y echarme a llorar.
—Bueno… —murmuré casi para mí misma mientras me agachaba lentamente para recogerla—. Ya no está solo mojada, ahora también está rota.
—¡Sorpresa!
Levanté la cabeza despacio.
Ainara apareció por la puerta con la misma tranquilidad con la que otra persona ofrecería un café a una visita. Llevaba unas gafas de sol sobre la cabeza, un vestido veraniego y una enorme sonrisa de satisfacción que demostraba lo orgullosa que estaba de sí misma.
La miré. Miré a los niños. Volví a mirarla a ella.
Mi cerebro se negó durante unos instantes a aceptar aquella información.
—¿Qué haces aquí?
Mi hermana abrió los brazos con entusiasmo, completamente ajena al colapso mental que acababa de provocarme.
—He tenido una idea buenísima. Pensé que, ya que tú ibas a pasarte unas semanas trabajando en la playa, yo podía cogerme las vacaciones, traerme a los niños y disfrutar unos días contigo.
¿A que es genial? La chica de recepción nos ha indicado cuál era tu bungaló y, cuando hemos llegado, la puerta estaba abierta.
Noté cómo empezaba a dolerme la cabeza.
No era un dolor especialmente fuerte.
Era más bien esa presión que aparece cuando uno sospecha que la realidad acaba de perder completamente el sentido.
—¿Unos días? —pregunté con una calma sospechosa.
—Sí.
—¿Cuántos días exactamente?
Ainara desvió la mirada hacia el techo del porche con una naturalidad que no me gustó absolutamente nada.
—Bueno…
Cerré los ojos.
Conocía ese «bueno». Lo llevaba escuchando desde que éramos pequeñas. Siempre era el prólogo de una catástrofe.
—Ainara.
—No te enfades.
—Todavía no me he enfadado.
—Prométeme que seguirás así.
Abrí los ojos muy despacio.
—¿Cuántos?
Mi hermana carraspeó ligeramente antes de responder.
—Un montón… Podemos quedarnos hasta final de mes.
Tardé unos segundos en procesarlo.
—¿Hasta final de mes? ¡Si acabamos de empezarlo!
—Se pasan enseguida. Los días, digo.
La observé fijamente sin saber si reírme o pedir asistencia psicológica.
—Estoy trabajando.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Tú crees que estoy de vacaciones porque hay playa, pero no estoy de vacaciones. Tengo un reportaje que hacer, cientos de fotografías pendientes y una cámara que acaba de sufrir un intento de homicidio.
Ainara siguió mi mirada hasta detenerse en el equipo fotográfico.
—¿Qué le ha pasado?
Solté un resoplido tan largo que casi me vacié los pulmones.
—Un socorrista.
Mi hermana arqueó una ceja.
—Eso necesita bastante más información.
—Pensó que me estaba ahogando.
—¿Lo estabas?
—Claro que no…
—¿Seguro?
—Ainara.
—Vale, vale.
—Estaba haciendo una fotografía dentro del agua. El muy… iluminado decidió lanzarse a rescatarme sin preguntar absolutamente nada. Me agarró por detrás, me arrastró media playa y convirtió mi cámara en un submarino.
Mi hermana permaneció callada un instante. Después sonrió con una expresión peligrosamente divertida.
—Tengo una pregunta.
La miré con resignación.
—¿Es guapo?
La observé con absoluta incredulidad.
—¿De verdad esa es la conclusión que sacas de toda la historia?
—No es la conclusión. Es una duda.
Suspiré.
—Pues paso de contestarte.
—Ya lo has hecho. Es realmente guapo.
Su sonrisa se ensanchó todavía más.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa de hermana mayor que ya se ha montado una película entera.
Ainara soltó una carcajada.
—Solo digo que un socorrista guapo lanzándose al agua para salvarte…
—No me salvó.
—Bueno…
—No empieces…
—…es una manera bastante original de conocer a alguien.
—Es una manera estupenda de destrozarle la cámara a una desconocida.
Mientras hablábamos, Teo y Noa ya habían entrado y salido del bungaló al menos tres veces.
El primero apareció con un cubo de playa en la cabeza a modo de casco, mientras su hermana lo perseguía armada con una pistola de agua que no recordaba haber visto nunca.
Los dos corrían alrededor del porche, riéndose a carcajadas y gritando como si hubieran descubierto el parque de atracciones más grande del planeta.
Los observé durante unos segundos. Los quería con locura, pero a una distancia prudencial.
Ainara siguió la dirección de mi mirada y sonrió con orgullo.
—Están felices.
—Eso es indiscutible.
—Y tú deberías alegrarte un poco más de vernos.
La miré despacio antes de responder.
—Claro que me alegro. Lo que pasa es que hace apenas un minuto estaba convencida de que iba a pasar el verano sola, concentrada en mi trabajo y disfrutando de un poco de tranquilidad.
Ahora resulta que mi cámara está rota, un socorrista cree que soy incapaz de flotar y vosotros acabáis de instalaros aquí durante una eternidad sin avisar.
Mi hermana se volvió lentamente para contemplar el camping. Los pinos se mecían con la brisa, el mar asomaba al fondo entre las dunas y desde la piscina llegaban las risas de decenas de niños jugando. El sol comenzaba a esconderse y teñía todo de un tono dorado precioso.
—Carla —dijo con una sonrisa serena—. Mira a tu alrededor. Estamos en un sitio precioso. Los niños no podrían estar más felices; tú vas a hacer el mejor reportaje de tu carrera y, aunque ahora no lo veas, creo que este verano te va a cambiar la vida.
La observé en silencio unos segundos.
Después miré a Teo, que acababa de tropezar consigo mismo mientras intentaba correr hacia atrás, y a Noa, que se estaba riendo tanto de su hermano que terminó cayéndose a su lado.
Negué despacio con la cabeza. Tenía la sospecha de que Ainara se quedaba corta.
Aquel verano no solo iba a cambiarme la vida. Iba a volverla completamente del revés.