En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 5
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Capítulo 5

La idea se me ocurrió poco antes del atardecer, mientras revisaba en la pantalla de la cámara las fotografías que había hecho durante el día.

Tenía imágenes bonitas del camping, de las familias instaladas en sus parcelas, de los niños corriendo alrededor de la piscina y de las parejas paseando bajo los pinos, pero me faltaba algo distinto. Algo que no pareciera una fotografía promocional más.

Quería una imagen capaz de transmitir la sensación exacta de estar allí: el cielo inmenso, la luz de Cádiz reflejada en el agua y esa calma engañosa que tenía el mar cuando se acercaba la noche.

Cogí la cámara, un objetivo gran angular y la funda estanca que siempre llevaba en los viajes, aunque casi nunca utilizaba.

Mi intención era sencilla. Entraría unos metros en el agua, me tumbaría bocarriba y dispararía hacia el cielo aprovechando el reflejo del sol sobre la superficie. Si conseguía encuadrar también el faro al fondo, la fotografía podía quedar espectacular.

Sobre el papel era un plan perfecto. Claro que, después de todo lo ocurrido, ya debería haber aprendido que los planes perfectos solían ser los primeros en salir mal.

La playa estaba mucho más tranquila que unas horas antes. Quedaban algunas familias recogiendo sombrillas, dos parejas caminaban por la orilla y un grupo de niños intentaba construir un último castillo antes de que sus padres los obligaran a marcharse.

Dejé las sandalias, la camisa y la bolsa sobre la arena, comprobé dos veces el cierre de la funda y entré en el agua con cuidado.

Estaba fresca, pero no tanto como para hacerme retroceder. Avancé hasta que me llegó un poco más arriba de la cintura y empecé a ajustar el encuadre.

La luz era preciosa. El cielo se había teñido de naranja y rosa, las nubes parecían pinceladas largas sobre el horizonte y el faro se recortaba a lo lejos con una nitidez perfecta.

Hice varias fotografías de pie, pero ninguna me convenció del todo.

El ángulo era demasiado corriente. Necesitaba bajar la cámara casi hasta la superficie.

Respiré hondo, aseguré bien la correa alrededor de mi muñeca y me dejé caer hacia atrás.

El agua me sostuvo con suavidad mientras yo mantenía la cámara elevada sobre el pecho. Durante unos segundos, todo quedó reducido al rumor del mar, al cielo abierto sobre mí y a la sensación agradable de no tener que pensar en nada más.

Disparé una vez. Luego otra. La tercera fotografía fue casi perfecta.

El reflejo de las nubes se fundía con el cielo y el faro aparecía en uno de los extremos del encuadre. Solo necesitaba girar un poco el cuerpo para mejorar la composición. Extendí un brazo, mantuve las piernas quietas y cerré un ojo para revisar la imagen en la pantalla.

Fue entonces cuando escuché un chapoteo apresurado.

Al principio no le di importancia. Supuse que alguien estaba nadando cerca. Intenté volver a concentrarme, pero el ruido se acercó rápidamente y, antes de que pudiera girarme, un brazo fuerte me rodeó por debajo del pecho.

Grité.

La cámara se me escapó de las manos y cayó contra el agua.

—¡Tranquila! —gritó una voz masculina junto a mi oído—. Ya te tengo.

Durante un instante no entendí absolutamente nada. Noté que alguien tiraba de mí hacia atrás mientras yo pataleaba por puro instinto. Intenté soltarme, pero el desconocido apretó el brazo con más fuerza.

—¡Suéltame! —grité, escupiendo agua—. ¡Pero suéltame ahora mismo!

—No te muevas tanto.

—¡¿Cómo no voy a moverme si me estás ahogando?!

—¡Estoy intentando sacarte!

—¡Pues deja de intentarlo!

Conseguí girarme lo suficiente para verle la cara. Mauro.

El socorrista del camping. Por supuesto.

Tenía el pelo empapado, la camiseta pegada al cuerpo y una expresión de concentración absoluta, como si acabara de lanzarse a rescatar a una víctima de un naufragio. Yo, mientras tanto, seguía forcejeando con él dentro de un metro y medio de agua.

—¿Eres idiota? —le grité.

Aquello pareció desconcertarlo.

—¿Perdona?

—¡Que si eres idiota!

—Me ha parecido que te estabas ahogando.

—¿Ahogándome? ¡Estaba haciendo una fotografía!

Mauro miró alrededor, como si esperara encontrar pruebas de que aquello tenía algún sentido.

—Estabas flotando bocarriba, completamente inmóvil.

—Porque intentaba mantener el encuadre.

—Tenías un brazo fuera del agua.

—Sostenía la cámara.

Los dos miramos al mismo tiempo hacia la funda estanca, que flotaba a pocos metros de nosotros, medio sumergida de un lado. Una de las pestañas del cierre se había soltado.

Sentí que se me paraba el corazón.

—Mi cámara.

Me solté de él de un tirón y avancé a grandes zancadas hacia ella. Mauro intentó agarrarme otra vez.

—Espera, todavía puedes estar mareada.

Me giré tan deprisa que casi lo golpeé con el codo.

—Como vuelvas a tocarme, el que va a necesitar un socorrista vas a ser tú.

Recogí la funda y la levanté frente a mí. Había agua en el interior. No demasiada, pero la suficiente para que el pánico me recorriera por completo.

—No, no, no.

Abrí el cierre con manos temblorosas y saqué la cámara. La pantalla estaba apagada y el objetivo tenía pequeñas gotas en el interior.

Mauro se acercó con cautela.

—¿Se ha mojado?

Lo miré con una lentitud peligrosa.

—No. Está llorando de emoción porque le has salvado la vida.

Él apretó los labios, conteniendo claramente una sonrisa.

Aquello me enfureció todavía más.

—No tiene ninguna gracia —le aseguré.

—No me estoy riendo.

—Te estás riendo por dentro.

—Eso no puedes demostrarlo.

—Se te nota en la cara, zumbado, que estás zumbado.

Mauro pasó una mano por su pelo mojado y respiró hondo.

—Vale. Siento lo de la cámara. Pero desde la orilla parecía que estabas inconsciente.

—¿Y se te ocurrió venir corriendo y lanzarte encima de mí sin preguntar?

—Sí, Carla. Cuando alguien parece estar ahogándose, lo normal es no empezar una conversación a distancia.

Me quedé quieta.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Te vi antes por el camping. Además, Martín comentó que había llegado una fotógrafa nueva. El bombero, ya sabes…

—Claro. Martín.

—¿Hay algún problema con Martín?

—Ninguno. Martín sabe presentarse sin intentar asesinarme.

Mauro dejó escapar una risa breve.

—No he intentado asesinarte.

—Me has agarrado por detrás, me has arrastrado por el agua y has destrozado una cámara que cuesta más que mi coche.

—Eso último espero que sea una exageración.

—No lo es.

—Pues deberías comprarte un coche mejor.

Lo miré con incredulidad.

—Eres insufrible.

—Y tú estabas tumbada en el agua fingiendo ser un cadáver.

—No fingía ser un cadáver.

—Desde lejos era una interpretación bastante convincente.

Empecé a caminar hacia la orilla con la cámara entre las manos. Mauro me siguió.

—No hace falta que vengas detrás.

—Solo quiero asegurarme de que estás bien.

Me detuve de golpe y me giré hacia él.

—A ver si consigo entenderlo. Tú eres el socorrista del camping, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces, ¿qué haces ejerciendo también en la playa? ¿No tienes suficiente con vigilar a todos esos?

—Había salido a correr.

—Pues sigue corriendo.

—Te vi en el agua.

—Podías haber ignorado esa visión. Quítate de mi vista, ya.

Mauro cruzó los brazos sobre el pecho.

—Normalmente, cuando alguien intenta salvarte la vida, das las gracias.

—Y normalmente, cuando alguien está haciendo una fotografía, no lo embiste un socorrista con complejo de héroe.

—No tengo complejo de héroe.

—Claro que no. Por eso has recorrido media playa para rescatar a una mujer que estaba flotando tranquilamente.

—No parecías tranquila.

—Estaba concentrada.

—Parecías muerta.

—Pues la próxima vez comprueba si respiro antes de hacerme una llave de lucha libre.

Él negó con la cabeza, pero seguía teniendo aquella media sonrisa que me ponía de los nervios.

—No te hice ninguna llave.

—Me agarraste como si fueras a sacarme de un barco hundido.

—Era una técnica de rescate.

—Era una agresión con conocimientos de primeros auxilios.

Llegamos hasta la orilla. Dejé la cámara sobre la toalla y empecé a secarla con todo el cuidado que pude. Mauro se agachó a mi lado, aunque manteniendo una distancia prudente.

—Déjame verla.

—Ni se te ocurra tocarla.

—Puedo ayudarte.

—Ya me has ayudado suficiente por hoy.

—Quizás solo se haya mojado la funda.

—La pantalla no enciende.

—A veces tardan en reaccionar.

—¿Ahora también eres técnico de cámaras?

—No. Pero tengo móvil, sé buscar cosas y, a diferencia de ti, no estoy hecho una furia, que eso no ayuda a pensar con claridad.

Lo miré de reojo.

—Te aseguro que mi ira puede empeorar.

Mauro se sentó sobre los talones y me observó unos segundos. Sin las gafas de sol, sus ojos eran más claros de lo que había imaginado, entre verdes y marrones, y tenían una expresión demasiado divertida para alguien que acababa de arruinarme una herramienta de trabajo.

—De verdad que lo siento —dijo al fin, esta vez sin sonreír—. No quería fastidiarte nada. Solo vi a alguien inmóvil en el agua y reaccioné.

Su tono fue lo bastante sincero para que mi enfado vacilara durante una fracción de segundo. Solo una.

—Pues tu reacción me puede costar una fortuna.

—Si está estropeada de verdad, veremos qué hacemos.

—¿Qué significa eso?

—Que no voy a pagarte una cámara nueva porque tú hayas decidido hacerte la muerta al atardecer.

Abrí mucho los ojos.

—¿Perdona?

—Pero sí puedo acompañarte mañana a que la revise alguien.

—No necesito que me acompañes a ninguna parte.

—Perfecto. Entonces, asunto resuelto.

Se levantó y sacudió la arena de sus piernas. Yo me puse en pie detrás de él.

—El asunto no está resuelto.

—Hace un segundo no querías mi ayuda.

—No quiero tu ayuda. Quiero que reconozcas que ha sido culpa tuya.

Mauro inclinó ligeramente la cabeza.

—Ha sido culpa de los dos.

—¿De los dos?

—Tú parecías estar ahogándote y yo intenté rescatarte.

—Yo no parecía estar ahogándome.

—Carla, una señora que paseaba por la orilla también empezó a gritarme que hiciera algo.

Miré hacia un lado.

A unos metros, una mujer mayor recogía una silla plegable y evitaba claramente mirarnos.

—La gente dramatiza mucho.

—Eso he pensado yo desde que has empezado a insultarme.

Cogí la toalla y me la envolví alrededor del cuerpo con movimientos bruscos.

—Eres un perfecto idiota.

—Y tú eres la primera persona a la que salvo y se enfada por ello.

—No me has salvado.

—Eso dices ahora.

—Eso digo porque es la verdad.

Mauro volvió a sonreír.

—De nada, entonces.

—No te he dado las gracias.

—Ya lo harás cuando superes el trauma.

—El trauma eres tú.

Él echó a andar hacia el paseo de madera, todavía mojado y con una tranquilidad que me resultó ofensiva. Antes de alejarse del todo, se volvió.

—Por cierto, mañana hay poca gente en la playa a primera hora. Si quieres repetir la foto, nadie debería confundirte con un cadáver.

—No pienso repetirla.

—La repetirás.

—No me conoces.

—Lo suficiente para saber que eres demasiado cabezota para rendirte por una cámara mojada.

No le respondí. Me limité a mirarlo mientras se alejaba por la arena con ese paso seguro de quien estaba convencido de haber tenido la última palabra.

Lo odié un poco más por eso.

Recogí mis cosas y volví a comprobar la cámara. Seguía sin encenderse. Sentí una mezcla de rabia, preocupación y algo más difícil de identificar.

Mauro era arrogante, provocador y tenía una habilidad extraordinaria para contestar exactamente lo que más podía irritarme. Además, era demasiado guapo para su propio bien, lo que empeoraba considerablemente el conjunto.

En realidad, había exagerado un poco sobre el precio de la cámara.

Cierto que costaba un pico, pero no tanto como le había dicho.

Aun así, estaba asegurada a todo riesgo y, además, yo llevaba otra cámara de repuesto.

Eso, sin embargo, no me quitaba el enfado porque, en el fondo, no dejaba de ser un contratiempo.

De haber ocurrido en Madrid, habría sabido de inmediato dónde llevarla, pero en Cádiz no conocía a nadie que pudiera repararla y esa sensación me agobiaba.

Mientras regresaba al camping, tomé una decisión firme. Evitaría al socorrista durante el resto de mi estancia.

No volvería a discutir con él. No le daría la oportunidad de acercarse a mi cámara.

Y, sobre todo, no permitiría que aquel perfecto idiota se convirtiera en un hándicap.

Naturalmente, en ese momento todavía no sabía que Mauro Santamaría —ese era su apellido, por mucho que de santo no tuviera nada— iba a convertirse en el mayor fastidio de todo mi verano.