En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 4
13%

Capítulo 4

Después de deshacer lo imprescindible, decidí que el resto podía esperar perfectamente hasta la noche.

Había aprendido que existían dos tipos de personas cuando llegaban a un alojamiento nuevo: las que colocaban hasta el último calcetín antes de salir a explorar y las que preferían descubrir el lugar cuanto antes. Yo pertenecía al segundo grupo.

Me puse el bikini, un pantalón corto vaquero y una camisa blanca de lino desabrochada, cogí las gafas de sol y la cámara, aunque todavía no tenía intención de trabajar, y salí del bungaló con esa curiosidad casi infantil que siempre me despertaban los sitios desconocidos.

El camping era todavía más bonito visto de cerca. Los caminos serpenteaban entre enormes pinos piñoneros que regalaban una sombra agradable incluso a aquella hora de la tarde, y las parcelas estaban separadas por setos perfectamente cuidados que proporcionaban bastante intimidad.

Todo estaba impecablemente limpio. Había macetas con geranios en las entradas, pequeñas bicicletas apoyadas junto a las terrazas y hamacas balanceándose suavemente mientras sus dueños disfrutaban de una siesta.

El lugar transmitía una tranquilidad difícil de explicar. No era silencio, porque constantemente se escuchaban risas, conversaciones, chapoteos y música lejana, pero sí esa clase de ruido agradable que solo existe cuando la gente está de vacaciones y ha decidido olvidarse del reloj.

Sin darme cuenta, terminé junto a la piscina principal. Era enorme, con varias zonas de distinta profundidad, un pequeño parque acuático para los más pequeños y un chiringuito desde el que llegaba el irresistible olor de las patatas fritas recién hechas.

Decenas de niños corrían de un lado para otro mientras sus padres intentaban convencerlos, sin demasiado éxito, de que salieran un rato del agua para ponerse crema solar.

Me apoyé en la barandilla de madera que rodeaba la piscina mientras observaba la escena.

Era curioso. Siempre había pensado que me agobiaban los niños, y seguía pensándolo, pero contemplarlos desde la distancia tenía algo entrañable.

Corrían descalzos, discutían por un flotador y cinco segundos después volvían a ser inseparables.

Todo resultaba muchísimo más sencillo a los ocho años.

Estaba tan distraída que no vi venir el misil.

Un balón de espuma aterrizó directamente en el agua justo delante de mí y levantó una ola lo bastante grande como para empaparme desde las piernas hasta la cintura.

—¡Uy! —gritó un niño desde dentro de la piscina, llevándose las manos a la boca—. ¡Lo siento!

Me quedé paralizada unos segundos, con el pantalón corto completamente pegado a las piernas, mientras el culpable me observaba con una mezcla de terror y arrepentimiento.

No pude evitar reírme.

—La próxima vez intenta no hundir a la fotógrafa antes de empezar a trabajar.

El pequeño respiró aliviado.

—Es que quería marcar un gol.

—Pues creo que has marcado uno, pero en otra portería.

Su madre apareció enseguida para disculparse, visiblemente avergonzada, aunque terminé tranquilizándola entre risas. Total, lo malo sería tener que aguantarlos a todas horas, pero yo no tenía hijos y eso implicaba que se trataba de una anécdota puntual.

Mientras seguía caminando, pensé que quizás el universo acababa de darme la bienvenida oficial al camping. Si el primer cuarto de hora ya incluía un remojón inesperado, prometía ser un verano entretenido.

Continué recorriendo las instalaciones con calma. Había pistas de pádel, un pequeño supermercado, un gimnasio al aire libre, una zona de hamacas frente a una laguna artificial y varios senderos de madera que conducían directamente a la playa atravesando las dunas.

A lo lejos volvía a distinguirse el faro blanco que había visto desde la carretera, erguido sobre el horizonte como si vigilara toda la costa. Ya podía imaginar la fotografía: el amanecer, el cielo teñido de naranja y aquella silueta recortándose sobre el océano.

Sonreía sola pensando en el reportaje cuando alguien habló a mi espalda.

—Perdona… ¿Eres nueva por aquí?

Me giré despacio.

Lo primero que pensé fue que aquel hombre debía de medir cerca del metro noventa.

Lo segundo, que la genética había sido especialmente generosa con él.

Moreno, de piel bronceada, hombros anchos, barba perfectamente cuidada y una sonrisa tan fácil que parecía llevar años practicándola delante del espejo.

Vestía un bañador azul marino y una camiseta gris de manga corta que no conseguía disimular el físico de alguien acostumbrado a entrenar.

Durante una fracción de segundo entendí perfectamente por qué tantas mujeres aseguraban creer en el amor a primera vista.

Durante la siguiente fracción de segundo recordé que yo ya había creído una vez.

Y el resultado no había sido precisamente brillante.

—Sí —respondí sonriendo con educación—. Llegué hace un rato.

Me dio un par de besos con naturalidad.

—Martín.

—Carla.

—Encantado.

—¿Vacaciones?

Negué con la cabeza.

—Trabajo. Soy fotógrafa y voy a pasar unas semanas haciendo un reportaje sobre el camping.

—Pues has elegido un buen sitio.

—En realidad no lo elegí yo… aunque empiezo a pensar que he tenido bastante suerte.

Martín sonrió otra vez.

—Yo vengo todos los años con unos amigos. Este verano hemos conseguido cuadrar las vacaciones casi de milagro.

—¿Y a qué te dedicas cuando no estás de vacaciones?

—Soy bombero.

Tuve que hacer un esfuerzo para no reírme.

Bombero. Perfecto. Justo lo que necesitaba una mujer cuyo corazón acababa de quedar arrasado por un incendio.

Lo miré de arriba abajo con absoluta discreción, o al menos con toda la discreción de la que fui capaz. Desde luego, tenía aspecto de apagar fuegos… e incluso de provocar alguno que otro.

Lástima que el mío estuviera oficialmente fuera de servicio.

—Bonito trabajo —comenté.

—Tiene sus días buenos y sus días complicados.

Asentí mientras volvía a colocarme las gafas de sol.

Era guapísimo, simpático y educado.

Cualquier versión anterior de mí habría sentido un pequeño cosquilleo al conocerlo. Sin embargo, no ocurrió absolutamente nada. Quizás porque todavía estaba demasiado rota o porque, después de Samuel, empezaba a sospechar que mi tipo de hombre había dejado de existir.

Charlamos un par de minutos más sobre el camping, la playa y los mejores sitios para ver la puesta de sol. Después nos despedimos con la normalidad de dos desconocidos que intuían que volverían a cruzarse todos los días.

Mientras retomaba mi paseo, no pude evitar sonreír para mis adentros.

Llevaba menos de una hora allí y el verano ya había conseguido empaparme, presentarme a un bombero espectacular y recordarme que, aunque el escenario hubiera cambiado por completo, mi corazón todavía necesitaba un poco más de tiempo antes de plantearse apagar o encender fuego alguno.

Continué caminando sin un rumbo demasiado concreto, dejándome llevar por los senderos del camping mientras intentaba memorizar cada rincón.

Cuanto más avanzaba, más claro tenía que aquel sitio estaba pensado para que la gente olvidara el reloj.

Había bicicletas apoyadas contra los árboles, hamacas balanceándose suavemente bajo los pinos y grupos de amigos riéndose alrededor de mesas de madera en las que ya empezaban a aparecer bolsas de patatas, refrescos y barajas de cartas.

Todo desprendía una cotidianidad tan agradable que, por un momento, hasta yo conseguí olvidarme de por qué había terminado allí.

Fue entonces cuando escuché un coro de risas femeninas procedente de la piscina.

No presté demasiada atención al principio. Imaginé que sería el típico grupo de amigas comentando cualquier tontería de verano. Sin embargo, al acercarme un poco más, vi que todas miraban hacia el mismo sitio.

Y, casi por inercia, yo también miré.

El socorrista permanecía de pie sobre la tarima de vigilancia con un silbato colgado al cuello y unas gafas de sol oscuras que ocultaban sus ojos.

Llevaba el bañador rojo reglamentario y una camiseta blanca ajustada con el logotipo del camping que dejaba bastante poco margen a la imaginación. Era alto, probablemente tanto como Martín, aunque con un físico completamente distinto.

Donde el bombero transmitía fuerza tranquila, aquel hombre desprendía agilidad.

Tenía el cuerpo largo, fibroso, trabajado por alguien que nadaba más que levantaba pesas.

Los brazos estaban bronceados por el sol y el pelo, ligeramente largo, castaño oscuro y despeinado por el viento, le daba un aspecto peligrosamente atractivo.

Lo admití durante exactamente dos segundos.

Después vi cómo tres chicas se acercaban a hablar con él y anulé inmediatamente cualquier pensamiento objetivo.

Una de ellas le dijo algo que no alcancé a escuchar. Él respondió sonriendo. Las tres estallaron en carcajadas.

Un minuto después seguían allí. Y él continuaba sonriendo.

—Claro… —murmuré para mí misma mientras cruzaba los brazos—. El típico.

No sabía absolutamente nada de aquel hombre. Ni siquiera conocía su nombre.

Pero mi cerebro, que últimamente había desarrollado un doctorado en prejuicios sentimentales, ya había elaborado un informe completo.

Guapo. Consciente de que era guapo. Socorrista. Rodeado de chicas.

Sonrisa perfecta. Labia suficiente para hacer reír a cualquiera en menos de treinta segundos. Demasiadas coincidencias para fiarme.

Observé cómo una de las chicas le daba un pequeño golpe en el brazo entre risas y otra le revolvía el pelo con una confianza que no parecía precisamente reciente.

Él respondió con otra broma. Más risas. Negué despacio con la cabeza.

Había conocido hombres así.

Bueno, en realidad solo había conocido a uno. Y la experiencia me había salido bastante cara.

Intenté convencerme de que no estaba siendo injusta, aunque una parte de mí sabía perfectamente que sí lo estaba siendo. Al fin y al cabo, el tipo todavía no había abierto la boca delante de mí y yo ya había decidido que era un creído insufrible.

Entonces, una voz lo llamó desde uno de los extremos de la piscina.

—¡Mauro! ¡Oye, Mauro!

El socorrista giró la cabeza inmediatamente.

Una niña de unos seis años señalaba con preocupación un flotador que el viento acababa de empujar hacia la zona más profunda.

Él levantó una mano para tranquilizarla.

—Ahora mismo voy, campeona.

Bajó de la tarima de vigilancia de un salto limpio, caminó hasta el borde de la piscina y recuperó el flotador con una facilidad insultante. La pequeña lo recibió como si acabara de rescatar un tesoro hundido.

—Gracias.

—De nada. Pero prométeme una cosa.

La niña asintió muy seria.

—Que la próxima vez no lo sueltas. Porque este tiene más ganas de irse de vacaciones que tú.

La pequeña volvió a reírse y salió corriendo hacia sus padres abrazada al flotador.

Las chicas seguían allí; él volvió junto a ellas y las risas continuaron.

Resoplé con cierta ironía.

—Sí… definitivamente eres de esos.

Volví a fijarme en él unos segundos más.

Era innegable que resultaba espectacular.

Diría que hasta más llamativo que Martín, aunque de una forma completamente distinta.

Martín tenía ese atractivo sereno que invitaba a una conversación larga.

Mauro, en cambio, poseía una presencia imposible de ignorar.

Parecía una de esas personas que entraban en cualquier sitio y conseguían que medio mundo girara la cabeza sin proponérselo o quizás proponiéndoselo demasiado.

Lo peor era que parecía saberlo. Y eso, precisamente eso, era lo que menos soportaba.

Aparté la mirada con una media sonrisa escéptica.

Acababa de llegar al camping y ya había localizado al líder oficial del verano.

Perfecto. Solo esperaba que, además de bañistas despistados, el reglamento de socorristas incluyera rescatar egos desmedidos.

Porque el suyo, desde luego, prometía necesitar chaleco salvavidas.