Capítulo 3
Salí de Madrid a media mañana con el maletero del coche lleno hasta los topes y una sensación rara instalada en el pecho.
Había tardado casi una hora en decidir cómo colocar las maletas, el equipo fotográfico, el ordenador, el trípode y una bolsa enorme con ropa que, con toda probabilidad, no iba a ponerme jamás.
Siempre hacía lo mismo cuando viajaba. Preparaba equipajes para veinte días aunque solo estuviera fuera un fin de semana. Mi hermana decía que aquello era un trauma infantil sin resolver.
Yo prefería llamarlo «previsión». Después de todo, nadie sabía cuándo podía necesitar unas botas de montaña, unas sandalias o una chaqueta vaquera el mismo día.
Mientras avanzaba por la M-30, rodeada de coches que parecían competir por ver quién llegaba antes al siguiente atasco, no pude evitar echar un último vistazo al perfil de Madrid reflejado en el retrovisor.
Durante años había considerado aquella ciudad mi lugar en el mundo.
Ahora solo veía calles que me recordaban demasiado a Samuel.
El restaurante donde habíamos celebrado nuestro quinto aniversario.
El puente desde el que me había pedido que nos fuéramos a vivir juntos.
La cafetería en la que, meses antes de que descubriera su infidelidad, me había jurado, mirándome a los ojos, que nunca sería capaz de hacerme daño.
Resultaba curioso cómo una ciudad podía seguir siendo exactamente la misma mientras uno dejaba de reconocerla por completo.
Sacudí ligeramente la cabeza para espantar aquellos pensamientos y subí el volumen de la música. No quería pasarme las seis horas de viaje manteniendo una conversación imaginaria con un hombre que ya no formaba parte de mi vida.
Había aceptado aquel reportaje precisamente para dejar de hacerlo. Si iba a empezar una etapa nueva, lo mínimo que podía hacer era concederle una oportunidad antes de estropearla recordando la anterior.
A medida que dejaba atrás Madrid, el tráfico fue desapareciendo y la carretera empezó a abrirse frente a mí con esa sensación de libertad que solo producen los viajes largos.
Siempre me había gustado conducir. Había algo casi terapéutico en recorrer kilómetros sin más obligación que seguir la línea blanca del asfalto.
Hice una primera parada para tomar un café en un área de servicio de Despeñaperros.
Desde allí, el paisaje parecía completamente distinto al que acababa de abandonar. El aire parecía más limpio, el cielo mucho más amplio y las montañas se extendían a ambos lados de la carretera como si quisieran recordarme que el mundo era muchísimo más grande que mis problemas.
Volví al coche bastante más despejada.
El teléfono permanecía en silencio y, por primera vez en meses, agradecí profundamente que nadie me escribiera: ni mis amigas para preguntarme cómo estaba, ni siquiera mi hermana, que seguramente estaría demasiado ocupada persiguiendo a Teo y a Noa por su consulta veterinaria mientras evitaba que convirtieran la sala de espera en un circuito de carreras.
Sonreí al imaginar la escena. Aquellos dos pequeños terremotos eran agotadores, pero tenían la rara capacidad de hacer que todo pareciera menos importante.
Las horas fueron pasando una tras otra mientras el paisaje comenzaba a transformarse lentamente.
Los tonos secos del interior dieron paso a una vegetación más frondosa y la luz adquirió una claridad distinta, mucho más intensa. No sabría explicar por qué, pero incluso el cielo parecía tener otro color.
Bajé unos centímetros la ventanilla y una corriente de aire cálido entró en el coche, acompañada de un olor que reconocí antes incluso de verlo.
El mar.
Todavía faltaban varios kilómetros para llegar a la costa, pero el aire ya anunciaba su presencia.
Sonreí sin darme cuenta.
Cuando apareció el cartel que indicaba la salida hacia la costa gaditana, sentí un cosquilleo infantil en el estómago.
Hacía años que no pasaba unos días en Cádiz y había olvidado aquella luz tan característica que parecía envolverlo todo. El azul del cielo resultaba casi exagerado, como si alguien hubiera subido el contraste del mundo.
Los pinares comenzaron a aparecer a ambos lados de la carretera y, poco después, el océano se dejó ver entre los árboles durante apenas unos segundos. Fue suficiente para que redujera la velocidad casi de forma inconsciente.
Seguí las indicaciones del navegador hasta abandonar la carretera principal. El camino se volvió mucho más tranquilo y empezó a discurrir junto a un inmenso pinar.
Entre los troncos asomaban pequeñas dunas cubiertas de vegetación y, al fondo, distinguí la silueta blanca de un faro recortándose contra el cielo. Instintivamente, pensé que tendría que fotografiar aquello al amanecer. La luz prometía ser espectacular.
Unos minutos después apareció el cartel de madera que anunciaba el camping.
El acceso estaba rodeado de buganvillas en flor y enormes pinos que proyectaban una sombra agradable sobre la entrada.
Nada más cruzar la barrera comprendí por qué aquel lugar figuraba entre los mejores del país. No se parecía en absoluto a los campings que recordaba de mi infancia. Aquello era casi un pequeño pueblo de vacaciones.
Las calles interiores estaban perfectamente cuidadas. Había parcelas amplias ocupadas por autocaravanas impresionantes, tiendas de glamping con terrazas de madera, pequeños bungalós blancos repartidos entre la vegetación y senderos que conducían hasta una enorme piscina rodeada de tumbonas.
A lo lejos se escuchaban las risas de varios niños chapoteando en el agua mientras un grupo de adolescentes jugaba un partido de vóley sobre la arena.
Más cerca, una pareja de jubilados paseaba de la mano bajo los pinos y una familia preparaba una barbacoa que olía tan bien que mi estómago decidió recordarme que llevaba demasiadas horas alimentándose únicamente de café.
Después de aparcar, permanecí unos segundos dentro del coche sin bajar todavía.
Todo el mundo parecía pertenecer a aquel lugar.
Familias que repetían verano tras verano.
Amigos que compartían cervezas en los porches de los bungalós.
Niños que corrían descalzos como si el tiempo no existiera.
Incluso las parejas que paseaban cerca de la piscina transmitían esa complicidad sencilla que solo aparece cuando uno está completamente relajado.
Yo, en cambio, me sentí fuera de sitio.
Estaba allí sola.
No era una sensación triste exactamente. Era desconcertante.
Llevaba tantos años haciendo planes con otra persona que llegar por mi cuenta a un lugar pensado para compartir me hizo tomar conciencia de que aquella era la primera decisión importante que había tomado únicamente por mí.
Respiré hondo antes de bajar del coche.
El aroma de los pinos se mezclaba con el salitre y con ese olor inconfundible a crema solar que, por algún motivo, siempre conseguía transportarme al verano aunque estuviera en otra época. Cerré los ojos apenas un segundo.
Quizás Vera tenía razón.
Quizás necesitaba exactamente aquello.
Después de registrarme en recepción, una chica muy simpática me acompañó hasta el bungaló que la dirección había reservado para mí.
Estaba situado en una zona bastante tranquila del camping, ligeramente elevado sobre una pequeña duna y rodeado de pinos que protegían la terraza del sol de la tarde.
Era mucho más bonito de lo que había imaginado. Tenía un pequeño porche de madera con dos sillones, una hamaca y vistas parciales del océano entre los árboles.
Dejé la mochila sobre la cama y abrí de par en par las ventanas.
Una brisa cálida entró de inmediato en el bungaló y movió las cortinas con suavidad.
Sonreí.
Por primera vez en muchísimo tiempo tuve la sensación de que el aire que respiraba no estaba cargado de recuerdos.
Quizás aquel verano no iba a solucionar todos mis problemas.
Pero mientras contemplaba el faro recortado a lo lejos y escuchaba el rumor constante del mar mezclándose con las risas de los campistas, tuve la intuición de que había llegado exactamente al lugar donde necesitaba estar.