En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 2
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Capítulo 2

Al día siguiente llegué a la redacción con la sensación de que apenas había dormido.

Técnicamente, sí lo había hecho, pero mi cabeza se pasó media noche reproduciendo la escena del día anterior como si quisiera asegurarse de que no olvidaba ni un solo detalle.

Samuel entrando en mi casa con la llave que todavía conservaba. Samuel explicándome lo bien que le iba con Lorena. Samuel recogiendo sus pertenencias de la acera mientras un caniche se negaba a devolverle uno de sus calzoncillos.

Curiosamente, ese último recuerdo era el único que conseguía arrancarme una sonrisa. No era precisamente la reacción más madura del mundo, pero tampoco pensaba pedir perdón por disfrutar un poco de la justicia poética.

Trabajaba como fotógrafa para una revista especializada en turismo, naturaleza y escapadas por España.

Llevaba casi cuatro años recorriendo pueblos, parques naturales, hoteles rurales y pequeños rincones con encanto de la zona centro. Madrid, Segovia, Ávila, Guadalajara o Toledo ya casi formaban parte de mi álbum familiar.

La gente creía que mi profesión consistía en viajar y hacer fotos bonitas, pero detrás de cada imagen había madrugones imposibles, cientos de kilómetros de carretera, mochilas que pesaban una barbaridad y una paciencia infinita esperando la luz perfecta.

Aun así, adoraba mi trabajo. Era una de las pocas cosas de mi vida que seguían funcionando exactamente igual que antes de que Samuel decidiera desmontarla.

Apenas había dejado el bolso junto a mi mesa cuando escuché la voz de mi jefa llamándome desde el despacho.

—Carla, ¿puedes venir un momento?

Respiré despacio antes de dirigirme hacia allí. Vera era una mujer de una tranquilidad casi sobrenatural. Nunca la había visto perder los nervios. Podía enfrentarse a un cierre de edición caótico con la misma serenidad con la que otra persona preparaba un café.

Llamé suavemente a la puerta y asomé la cabeza.

—¿He hecho algo malo?

Ella levantó la vista del ordenador y sonrió.

—Me encanta que siempre empieces por ahí. No. Siéntate.

Obedecí mientras observaba la carpeta que tenía abierta sobre la mesa. Estaba llena de fotografías de piscinas, bungalós de madera, lagos, playas, pinares y familias sonrientes que parecían vivir permanentemente en un anuncio de verano.

—¿Campings? —le pregunté, incapaz de ocultar mi extrañeza.

—Exacto. Este verano queremos preparar un número especial de la revista. Nada de un simple reportaje de fin de semana. Queremos contar cómo se vive de verdad en algunos de los mejores campings de España.

»Necesitamos fotografías, entrevistas, anécdotas, pequeños detalles… Queremos que el lector tenga la sensación de haber pasado allí unos días.

Mientras hablaba, deslizó hacia mí una hoja con tres destinos marcados.

—Necesito que uno de nuestros fotógrafos pase varias semanas viviendo en ellos. Y adivina a quién he elegido. Tendrás libertad absoluta para organizar el trabajo.

»Vivirás allí, convivirás con los empleados, hablarás con los clientes y fotografiarás todo aquello que normalmente pasa desapercibido.

Leí el documento con calma mientras intentaba imaginarme a mí misma viviendo durante semanas en un camping. Aquello no se parecía en nada a los trabajos que hacía habitualmente.

—¿Y has pensado en mí? ¿Por qué?

Vera apoyó los codos sobre la mesa.

—He pensado en ti precisamente porque sé que eres capaz de encontrar historias donde otros solo ven paisajes.

No supe qué responder.

Ella permaneció unos segundos observándome antes de continuar.

—Y porque creo que te vendría bien salir de Madrid una temporada.

Aquella frase me dejó completamente desarmada.

No mencionó a Samuel. No hacía falta. Mi ruptura se había instalado en mi cara con tanta comodidad que cualquiera con dos ojos podía verla.

Bajé la vista hacia el listado para evitar responder demasiado deprisa. Había tres campings seleccionados.

Uno estaba en Asturias; otro, en el Pirineo aragonés, y el tercero, en plena costa de Cádiz.

Mi dedo se detuvo sobre ese último casi sin darme cuenta.

Mar. Arena. Luz. Calor.

Todo aquello era exactamente lo opuesto a los últimos meses de mi vida.

—¿Puedo elegir el orden? —le pregunté al fin.

—Por supuesto.

Sonreí por primera vez en toda la reunión.

—Entonces quiero empezar por Cádiz.

Vera asintió con una expresión que dejaba claro que aquella era precisamente la respuesta que esperaba.

—¿Algún motivo?

Me encogí ligeramente de hombros.

—Creo que aciertas cuando dices que necesito cambiar de horizonte y no se me ocurre un lugar más opuesto a este.

Mi jefa cerró lentamente la carpeta.

—A veces basta con eso para empezar de nuevo.

Respiré hondo.

Aquella decisión había salido de mi boca casi sin pensar, pero cuanto más la repetía mentalmente, más sentido encontraba.

Madrid se había convertido en una colección de recuerdos que ya no quería visitar. Cada cafetería me recordaba una conversación con Samuel. Cada parque guardaba el recuerdo de alguna fotografía de los dos. Incluso mi propia casa olía todavía demasiado al pasado.

Quizás no necesitaba escapar de una ciudad. Quizás necesitaba volver a encontrarme a mí misma.

—Acepto encantada.

—Sabía que terminarías diciéndolo —respondió Vera con una sonrisa satisfecha—. Tendrás unos días para organizar el viaje. Disfrútalo, Carla. Tengo la impresión de que este verano va a darte mucho más que un buen reportaje.

Salí del despacho con la carpeta bajo el brazo y una sensación completamente nueva instalada en el pecho. No era felicidad. Era algo más pequeño, más prudente. Una especie de ilusión que llevaba demasiado tiempo escondida y acababa de asomar la cabeza.

Mientras regresaba a mi mesa, el teléfono comenzó a sonar.

La pantalla mostró el nombre de mi hermana.

Sonreí antes incluso de descolgar.

—¿Qué ocurre ahora?

—Lo primero, hola —protestó Ainara entre risas—. Lo segundo, que esta tarde nos presentamos en tu casa. Los niños llevan varios días preguntando por su tía favorita.

Solté una carcajada.

—Eso es porque les permito comer gominolas antes de cenar.

Mi hermana era veterinaria y llevaba años diciendo que prefería operar a un caballo antes que discutir con sus hijos. Y yo la entendía perfectamente.

Teo y Noa eran dos pequeños ciclones de siete años perfectamente coordinados. Teo era incapaz de permanecer quieto más de medio minuto seguido. Noa, en cambio, era tan lista que conseguía convencer a su hermano para hacer cualquier trastada mientras ella permanecía sentada con cara de santa.

Los quería con locura, pero también estaba convencida de que, cuando crecieran, algún psicólogo escribiría un libro sobre ellos.

—Pues este verano los vas a ver muchísimo —dijo Ainara con entusiasmo—. Había pensado que podríamos hacer escapadas los fines de semana, ir a la piscina, pasar algún día en la sierra…

Esperé unos segundos antes de responder.

—Creo que esos planes van a tener que cambiar.

Al otro lado del teléfono se hizo un breve silencio.

—¿Qué quieres decir?

—Que me voy.

—¿Cómo que te vas?

—La revista me ha encargado un reportaje especial. Voy a pasar el verano recorriendo varios campings.

—¿Estás hablando en serio?

—¿Crees que me lo estoy inventando para no veros?

—Podría ser. ¿Y dónde empiezas?

—En Cádiz.

Escuché un resoplido al otro lado de la línea.

—No me lo puedo creer. Yo organizando el verano para que estuviéramos juntas y tú te marchas a la otra punta del país.

No pude evitar sonreír.

—Me lo han comunicado hace diez minutos.

—¿Y por qué has dicho que sí tan deprisa?

Miré la carpeta que llevaba bajo el brazo mientras seguía caminando.

—Porque creo que, si me quedo aquí, voy a seguir igual que durante estos últimos meses. Y ya estoy cansada de sobrevivir.

Ainara guardó silencio durante unos instantes.

—¿Tiene que ver con Samuel?

Suspiré.

—Tiene que ver conmigo.

Mi hermana no insistió. Me conocía demasiado bien para hacerlo.

—Bueno… pues entonces solo puedo decirte una cosa.

—¿Cuál?

—Que espero que disfrutes muchísimo. Aunque pienso que eres una egoísta por abandonarme con estos dos gremlins.

Me reí con ganas.

—Tú los fabricaste. Ahora no intentes endosármelos.

—Ya hablaremos.

Nos despedimos entre bromas y colgué todavía sonriendo.

Después tendría que llamar a mis padres. Mi madre trataría de disimular la preocupación haciendo veinte preguntas sobre el alojamiento y mi padre fingiría que Cádiz estaba a la vuelta de la esquina para no darme motivos para echarme atrás.

Mientras guardaba el móvil en el bolso, tuve la extraña sensación de que acababa de tomar la decisión más importante de los últimos años.

Lo que todavía no sabía era que aquel verano no solo iba a cambiar mi manera de mirar el mundo a través de una cámara, sino también mi forma de mirar a las personas.