Capítulo 1 #2
Me acerqué y extendí la mano. Él me sostuvo la mirada unos segundos, quizás esperando que retrocediera. Cuando comprendió que no iba a hacerlo, dejó caer la llave sobre mi palma.
—¿Contenta?
Cerré los dedos en torno al metal.
—Muchísimo. Ahora coge tus cosas y sal zumbando de aquí.
—No puedo llevarme todo de una vez. He aparcado lejos.
—Problema tuyo.
—Tendré que hacer varios viajes.
—No vas a volver a entrar aquí.
—No seas ridícula.
Se inclinó para coger una de las cajas pequeñas, pero yo llegué antes. La levanté, crucé el salón y abrí la ventana.
Vivía en un segundo piso. Abajo había una acera ancha y, por fortuna, ningún peatón en trayectoria de caída. Samuel apareció detrás de mí justo cuando apoyé la caja en el alféizar.
—¿Qué haces?
—Facilitarte la mudanza.
—Carla, ni se te ocurra.
Lo miré por encima del hombro.
—¿Esta es la caja de los cables o la de tus trofeos de pádel?
—Carla.
—Espero que sea la de pádel.
Empujé la caja.
Samuel soltó un grito y se asomó a la ventana. El cartón cayó sobre la acera con un golpe seco. La tapa se abrió y una lluvia de cables, cargadores y pequeños aparatos electrónicos se esparció alrededor.
—¡Estás loca!
—Eso me dijiste durante meses. Me alegra que por fin coincidamos.
Regresé al recibidor y cogí otra caja. Samuel intentó quitármela, pero retrocedí con rapidez.
—No te atrevas.
—¿A qué? ¿A recuperar espacio en mi propia casa? Estoy empezando a disfrutar muchísimo de esto.
—¡Ahí están mis libros!
—Tú no lees.
—¡Claro que leo!
—Los comprabas para decorar el salón. Considéralos material de caída libre.
La segunda caja salió por la ventana. Esta vez el impacto produjo un estruendo mayor y un vecino del edificio de enfrente apareció en su balcón.
—¡Perdón! —grité hacia la calle—. Mudanza sentimental.
El vecino levantó el pulgar con una seriedad sorprendente y volvió a entrar en su casa.
Samuel me agarró por el brazo antes de que pudiera ir a por la tercera caja.
—Se acabó.
Bajé la mirada hacia su mano y después volví a mirarlo a los ojos.
—Suéltame.
Debió de notar algo en mi expresión, porque retiró los dedos de inmediato.
—Estás haciendo el ridículo.
—Llevaba cuatro meses esperando a que vinieras a recoger tus cosas. Has entrado sin llamar, me has dicho que dejarme fue lo mejor que te ha pasado y has decidido explicarme lo fantástica que es tu nueva relación.
»Créeme, Samuel, el ridículo ya estaba aquí antes de que yo empezara a lanzar cajas.
Tomé la guitarra y se la puse contra el pecho.
—Esta te la llevas por las escaleras si no quieres que vuele también como la bruja de Lorena.
Él apretó los labios.
—Algún día te darás cuenta de que lo nuestro no funcionaba.
—Ya me he dado cuenta. Lo que todavía no comprendo es por qué necesitaste acostarte con otra para comunicarlo.
Abrí la puerta de casa y señalé el rellano.
—Fuera.
—Todavía quedan cosas mías.
—Estarán abajo en breve.
—Carla, intenta comportarte como una adulta.
Cogí la bicicleta estática por el manillar y la arrastré hacia el salón. Las ruedas chirriaron sobre el suelo.
Samuel palideció.
—Eso no cabe por la ventana.
—No subestimes el poder de una mujer despechada y una ventana corredera.
—Vale, vale. Ya me voy.
Retrocedió hacia la puerta, abrazado a la guitarra y cargando una caja pequeña bajo el brazo. Antes de salir, se volvió para mirarme.
—Espero que encuentres a alguien que pueda soportar todo esto.
Sonreí y apoyé una mano en la puerta.
—Y yo espero que Lorena descubra pronto que mientes y dejas los calcetines regados por toda la casa. Cada pareja merece conocer sus verdaderos retos.
Le cerré la puerta en las narices.
Me lo pensé mejor. Ese desgraciado solo tenía razón en una cosa: la bicicleta no cabía por la ventana, así que decidí quedármela a modo de fianza.
Después de dejarla de nuevo en su sitio, resoplé y permanecí inmóvil, escuchando cómo él bajaba las escaleras mientras protestaba en voz baja.
Cuando sus pasos desaparecieron, esperé que llegaran las lágrimas. Pensé que me derrumbaría allí mismo, en el suelo del recibidor, rodeada por el espacio que sus cajas habían dejado vacío.
Pero no ocurrió.
Me acerqué a la ventana. Samuel recogía sus pertenencias de la acera bajo la mirada de una señora que paseaba un caniche.
El perro había atrapado uno de los calzoncillos que habían quedado esparcidos por el suelo al abrirse la caja y se negaba a soltarlo.
Samuel tiraba de un extremo mientras el animal gruñía con una determinación admirable.
Por primera vez en meses, me reí de verdad. No una risa amarga ni defensiva, sino una carcajada limpia que me dobló por la mitad y me obligó a agarrarme al marco de la ventana.
Samuel levantó la cabeza y me vio.
—¡Esto no tiene ninguna gracia! —gritó desde abajo.
El caniche tiró con más fuerza y el calzoncillo se rasgó por la mitad.
—¡Discrepo! —respondí.
Cerré la ventana antes de que pudiera contestar. Luego miré la llave que todavía sostenía en la mano.
Aquel pequeño trozo de metal era el último permiso que Samuel conservaba para entrar en mi vida.
Lo dejé sobre la mesa y respiré profundamente.
Seguía dolida. Seguía furiosa. Y, aunque jamás se lo habría reconocido a nadie, una parte de mí seguía rota.
Pero mientras observaba el recibidor despejado y escuchaba a Samuel discutir con la dueña del caniche desde la calle, comprendí que algo acababa de cambiar.
Quizás todavía no estaba preparada para empezar de nuevo.
Pero, al menos, por fin había terminado de echar fuera lo viejo.