En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 1
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En caso de amor, llama al socorrista

En caso de amor, llama al socorrista

Por Aitor Ferrer

© inepub.com

Capítulo 1

Tamborileaba los dedos sobre la encimera de la cocina con tanta insistencia que, de haber seguido así otros diez minutos, habría terminado atravesando el mármol.

Llevaba toda la mañana esperando a Samuel y, al mismo tiempo, deseando que no apareciera.

Era una contradicción absurda, pero desde que había descubierto que el hombre con el que planeaba pasar el resto de mi vida compartía también ciertas partes de su anatomía con una compañera de trabajo, mi cabeza se había convertido en un lugar poco fiable.

Habían pasado casi cuatro meses desde la última vez que lo había visto. Cuatro meses desde que salió de aquel piso dando un portazo, cargado con dos maletas, su ordenador y una dignidad que, en mi opinión, no le pertenecía.

Se había llevado lo importante, o eso dijo.

Sin embargo, seguían quedando en casa media docena de cajas, algunos libros, una guitarra que jamás aprendió a tocar y una bicicleta estática que utilizó exactamente tres veces antes de decidir que más bien era un elemento decorativo que añadía personalidad al salón.

Reuní todas sus pertenencias en el recibidor.

Las cajas estaban apiladas junto a la puerta, perfectamente cerradas y etiquetadas, porque incluso en mitad de una ruptura traumática seguía siendo incapaz de meter los cables en la misma caja que los zapatos.

Cada persona gestionaba el dolor como podía.

Yo lo hacía con cinta adhesiva, rotuladores permanentes y una caligrafía impecable.

Miré el reloj del microondas por enésima vez. Samuel llegaba dieciocho minutos tarde. No me sorprendía. Durante los siete años que estuvimos juntos, el concepto de puntualidad había sido para él algo parecido a la física cuántica: sabía que existía, pero nunca llegó a comprenderlo.

Me había preparado para aquel encuentro como si fuera a declarar ante un tribunal.

Ensayé respuestas breves, frías y contundentes.

«Tus cosas están junto a la puerta». «Déjame las llaves encima de la mesa».

«No tenemos nada más que hablar». Incluso había practicado frente al espejo una expresión de indiferencia elegante que, en la vida real, se parecía bastante a tener gases.

Lo único que quería era que recogiera sus cosas y desapareciera definitivamente; que se llevara las cajas, la bicicleta, la guitarra y el último vínculo que todavía nos obligaba a respirar el mismo aire. Esperaba que aquel encuentro durara lo menos posible.

Después de aquello, podría cerrar la puerta y fingir que Samuel había sido una enfermedad larga de la que, por fortuna, empezaba a recuperarme.

Entonces oí la llave girando en la cerradura y me quedé inmóvil, con los dedos suspendidos sobre la encimera.

Durante unos segundos pensé que lo había imaginado. Nadie podía tener tan poca vergüenza. Nadie podía presentarse cuatro meses después, tras haber destrozado una relación de siete años, y entrar en casa como si volviera de comprar el pan.

La puerta se abrió. Samuel apareció en el recibidor con gafas de sol, una camiseta blanca demasiado ajustada y esa expresión de superioridad relajada que siempre adoptaba cuando creía que estaba particularmente atractivo.

Cerró la puerta con el pie, se quitó las gafas y me dedicó una sonrisa ligera.

—Hola, Carla —me saludó, como si nos hubiéramos cruzado por casualidad en la cola del supermercado—. Veo que sigues sin poner aire acondicionado. Aquí dentro hace un calor insoportable.

Lo observé sin responder. Mi cerebro necesitó unos segundos para decidir cuál de todas las cosas indignantes debía procesar primero: que todavía tuviera una llave —eso era culpa mía—, que hubiera entrado con ella y sin llamar o que su primera preocupación fuera la climatización del piso en el que ya no vivía.

—Podías haber llamado. Esta ya no es tu casa —murmuré al fin, muy despacio, porque a veces conviene explicar lo evidente a personas que no parecen tener el don de entender, como él.

Samuel miró la llave que sostenía en la mano, como si acabara de descubrirla.

—Sí. Todavía la tenía.

—Sí, sí. Y no has dudado en hacer uso de ella con esa cara que tienes, que es más dura que esto. —Le indiqué, golpeando el mármol de la encimera tan fuerte que me hice daño en los nudillos.

—Como esta también fue mi casa, supuse que no pasaba nada.

Solté una risa seca. No fue una risa alegre. Fue una de esas risas que aparecen justo antes de que alguien termine enterrado bajo un patio.

—También fue nuestra relación y no tuviste ningún problema en meter a otra persona dentro.

Su sonrisa desapareció durante medio segundo, pero regresó enseguida. Samuel siempre había tenido una habilidad admirable para recuperarse de cualquier golpe que no recibiera físicamente.

—No he venido a discutir.

—Perfecto. Tus cosas están junto a la puerta, como puedes ver. Las coges, me das la llave y te largas.

Se acercó a la pila de cajas y observó las etiquetas.

—Has puesto «cables sin utilidad conocida».

—Porque no sé para qué sirven.

—Uno es del rúter.

—Llevas meses sin él y no has muerto. Creo que podemos confirmar que no era vital.

Samuel suspiró y se pasó una mano por el pelo.

Aquel gesto había conseguido desarmarme durante años.

Le daba un aspecto vulnerable, un poco perdido, como si el mundo fuera demasiado complicado para él y necesitara que alguien le ayudara a encontrar el camino.

Ahora sabía que normalmente encontraba el camino bastante bien, sobre todo si terminaba en la cama de una compañera de trabajo.

Comenzó a mover las cajas, arrastrándolas por el suelo sin ningún cuidado.

—Podrías ayudarme —propuso.

—Podría. También podría donar todo esto a una asociación benéfica, prenderle fuego o construir con las cajas una escultura llamada «Los restos del imbécil». Estoy valorando opciones.

Samuel dejó escapar una risa.

—Sigues igual.

—¿Igual que cuándo?

—Igual de exagerada. Siempre conviertes todo en un drama.

Aquello me atravesó con una precisión quirúrgica.

Durante meses había conseguido que me cuestionara si había exagerado, si había interpretado mal las señales, si había desconfiado demasiado o si había sido injusta cada vez que le preguntaba por qué llegaba tarde o protegía su teléfono como si contuviera secretos de Estado.

Al principio fueron detalles pequeños. Samuel comenzó a cuidar más su ropa para ir a trabajar, a utilizar un perfume nuevo carísimo y a sonreír al mirar mensajes que nunca compartía conmigo.

Después llegaron las reuniones imprevistas, las cenas de equipo y los fines de semana en los que necesitaba «desconectar un poco».

Cada vez que le preguntaba, él negaba todo.

Me decía que estaba obsesionada, que desconfiaba sin motivos, que nuestra relación se estaba deteriorando por mi inseguridad.

Y yo, que hasta entonces me había considerado una mujer razonablemente inteligente, terminé pidiéndole perdón por sospechar que me engañaba mientras él se dedicaba, en efecto, a engañarme.

La verdad apareció una tarde de finales de febrero, cuando su teléfono se iluminó sobre la mesa. El mensaje era breve y suficientemente gráfico como para no necesitar contexto.

Lo enviaba Lorena, una compañera del departamento comercial a la que Samuel describía siempre como «una pesada» y con la que, al parecer, llevaba varios meses soportando cargas laborales extraordinariamente íntimas.

—No convertí nada en un drama —le contesté—. Tú te acostabas con otra mientras tratabas de convencerme de que estaba loca por sospecharlo. El drama venía bastante bien organizado de fábrica.

Samuel apoyó las manos en la cintura.

—Ya te pedí perdón.

—No. Dijiste que sentías que yo lo hubiera descubierto. No es lo mismo.

—Carla, han pasado meses. Tendrías que empezar a superarlo.

Lo miré con incredulidad.

—Gracias. No sabía que existía un plazo oficial para superar siete años de relación. ¿Me puedes pasar el calendario? ¿Hay que sellarlo en algún organismo público?

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Sí. Te refieres a que mi dolor te resulta incómodo y preferirías que desapareciera para no sentirte culpable.

—Yo no me siento culpable.

Esa frase cayó entre nosotros con una frialdad casi elegante.

Samuel se encogió de hombros y añadió:

—Las cosas entre nosotros llevaban mucho tiempo sin chispa. Los dos lo sabíamos. Lo que pasó con Lorena solo aceleró algo que habría ocurrido de todas formas.

Noté que se me tensaba la mandíbula.

—Qué bonito. Deberías bordarlo en un cojín.

—No intento hacerte daño.

—Pues tienes un talento natural.

Samuel se agachó para coger una caja y volvió a dejarla en el suelo al comprobar que pesaba demasiado. Después se apoyó contra la pared, como si aquella fuera todavía su casa y yo una visita molesta.

—Mira, quizás te venga bien escuchar esto —dijo—. Con Lorena estoy genial. Mucho mejor de lo que esperaba. Todo es más fácil, menos intenso. Con ella puedo ser yo mismo.

Lo observé en silencio. Había imaginado muchas veces aquel momento.

En algunas versiones yo permanecía serena y digna.

En otras le lanzaba una copa de vino a la cara.

En ninguna de ellas Samuel me comunicaba, apoyado en la pared de mi recibidor, que la mujer con la que me había engañado era una especie de retiro espiritual con piernas.

—Entiendo —le dije—. Lorena no te exige fidelidad, responsabilidad ni capacidad para mantener una conversación adulta. Debe de ser agotador sentirse tan comprendido.

—Eso es exactamente a lo que me refiero. Siempre tienes que atacar.

—Has entrado en mi casa sin llamar para contarme lo feliz que eres con tu amante. Discúlpame por no ofrecerte café y pastas.

—No es mi amante. Es mi pareja.

Algo dentro de mí hizo un ruido parecido al de una rama al romperse. Sin embargo, no lloré. Ni siquiera sentí ganas. En lugar de eso, miré las gafas de sol que Samuel había dejado sobre una de las cajas y experimenté una claridad maravillosa.

—Dame la llave.

—Carla…

—La llave, Samuel.

—No hace falta que te pongas así.