En Antena, Nos Odiamos Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

También había una lista de cosas que Leo no quería olvidar.

Dante pasó otra página.

—Has hecho un guion.

Leo lo señaló.

—No comentes.

Dante volvió a la primera.

—Tiene índice.

—He dicho que no comentes.

—Has numerado los anexos.

—Dante.

Él levantó la vista.

—Estoy impresionado.

Leo se quedó callado.

—De verdad —añadió Dante.

La expresión de Leo cambió.

—Solo que no quiero entrar ahí y fingir que no importa.

Dante cerró la carpeta.

Lo entendía.

Leo no estaba renunciando a la espontaneidad ni intentando convertirse en Dante.

Estaba eligiendo prepararse porque aquella conversación importaba demasiado como para dejarla únicamente en manos de la improvisación.

—Está bien —dijo Dante, devolviéndosela.

Leo entrecerró los ojos.

—¿«Bien» en tu idioma o en el idioma de las personas?

—Bien.

—Guau.

—No lo estropees.

Leo cogió la carpeta.

—Quiero dejar constancia de este momento.

—Ya lo has intentado antes.

—Y sigo sin tener pruebas suficientes.

Dante volvió a su propia mesa.

Tenía diez páginas delante.

Leo las miró.

—¿Piensas llevar todo eso?

—No.

—Acabas de decir «no» mirando diez páginas.

—Estoy reduciendo.

Leo se sentó.

—Esto sí que necesito verlo.

Dante empezó.

Eliminó preguntas que repetían la misma idea, quitó explicaciones enteras que podían resumirse en unas pocas frases y retiró datos que Leo ya había organizado en su propia carpeta. Reescribió la apertura.

Se detuvo.

Volvió a borrarla.

Leo observaba sin interrumpir.

Casi cuarenta minutos después, solo quedaba una hoja.

Puntos.

Nada escrito palabra por palabra, salvo la declaración institucional aprobada por el departamento jurídico.

Leo cogió la página.

—Una.

—Sí.

—¿Sabes que acabas de eliminar nueve páginas voluntariamente?

—Sé contar.

—Estoy intentando comprender la magnitud histórica.

Dante le quitó la hoja de la mano.

—No necesito controlar cada palabra.

Leo prestó atención.

Dante ordenó la única página.

—Sé lo que quiero decir.

—¿Y si algo sale diferente?

El viejo reflejo respondió dentro de Dante.

Preparar una alternativa.

Prever.

Controlar.

Lo dejó pasar.

—Responderé.

Leo sonrió.

—Me gusta.

Dante también.

◆◆◆

La conversación que faltaba ocurrió cuando la emisora ya estaba casi vacía.

Habían terminado la preparación. Paula había salido para resolver detalles técnicos. Bia estaba ocupada con el equipo digital. Jonas ajustaba el estudio.

Dante y Leo se quedaron solos en la sala.

Ningún contrato exigía la decisión que tenían que tomar.

Precisamente por eso Dante no quería dejarla para el momento en que se encendiera la luz roja.

—Sobre mañana —empezó.

Leo guardó la carpeta.

—Lo sé.

Dante esperó.

—Quiero contarlo —dijo Leo.

La respuesta llegó sin preparación aparente, pero Dante sabía que no era impulsiva.

—¿Estás seguro?

Leo asintió.

—No para salvar el programa.

—Lo sé.

—Ni porque el público haya creado un hashtag. Ni porque crea que va a quedar bonito al final de la emisión.

Dante permaneció en silencio.

Leo apoyó las manos sobre la mesa.

—Estoy cansado de salir al aire con la persona a la que amo y tener que preocuparme por si la he mirado demasiado tiempo, si sé algo que no debería saber o si una risa parece demasiado íntima.

La frase golpeó a Dante de lleno.

La persona a la que amo.

Leo no apartó la mirada.

Así que se había dado cuenta.

Dante se acercó un poco.

—Menos mal.

Leo frunció ligeramente el ceño.

—¿Menos mal qué?

Dante respiró.

No necesitaba encontrar la formulación perfecta.

—Que es recíproco.

Leo se quedó inmóvil durante un instante.

Dante continuó antes de que su propio hábito convirtiera aquello en una explicación:

—Yo también te amo.

Sencillo.

Sin lista.

Sin argumentos.

La tensión de los hombros de Leo desapareció lentamente.

—Vale —dijo en voz más baja.

Dante casi sonrió.

—¿Vale?

Leo se acercó.

—Estoy intentando no estropearlo.

Dante le cogió la mano.

—Está funcionando.

Permanecieron así unos segundos antes de que Dante regresara a lo que todavía tenían que decidir.

—Yo también quiero contarlo.

Leo asintió.

Dante añadió:

—Pero contar que estamos juntos no significa dar acceso al resto.

—Estoy de acuerdo.

—No quiero una sección sobre nuestra rutina. No quiero una campaña preguntando quién hace qué en casa. No quiero encuestas sobre nuestra relación. No quiero convertir nuestras discusiones en contenido.

Leo sonrió ligeramente.

—Estás empezando una lista.

Dante se detuvo.

—El principio es sencillo.

—Di el principio.

—Hacer pública la relación no significa convertirla en contenido.

Leo asintió.

—Esa es la regla.

Dante lo miró.

—¿Sin número?

—¿Quieres ponerle número?

—No.

—Progreso.

Dante se rio.

Leo volvió a acercarse y le cogió la mano.

—Si mañana cambias de opinión antes de entrar, dímelo.

Dante giró la palma y entrelazó los dedos con los suyos.

—Lo mismo vale para ti.

—Lo sé.

Permanecieron así unos segundos.

Sin necesidad de crear un escenario ideal para una decisión que ya estaba tomada.

◆◆◆

Poco antes de la emisión, Dante estaba en el pasillo lateral del estudio cuando Leo apareció con la carpeta bajo el brazo.

La única página estaba en la mano de Dante.

Bia cruzaba la zona técnica. Paula hablaba por teléfono con alguien del departamento jurídico. Jonas ya estaba en la cabina.

El ruido alrededor parecía mayor de lo normal.

Tal vez porque Dante lo estaba escuchando todo.

Leo se detuvo delante de él.

—¿Tienes miedo?

Dante podría haber respondido que estaba preparado.

Tenían el documento.

El departamento jurídico lo había aprobado.

El patrocinador había aceptado.

Tenían puntos.

Sabían lo que iban a hacer.

Nada de eso respondía a la pregunta.

—Mucho.

Leo sonrió.

—Qué progreso.

Dante negó con la cabeza.

—Estabas esperando una oportunidad para decir eso.

—Desde ayer.

—Lo sabía.

—Noventa y dos por ciento.

Dante extendió la mano.

Leo la cogió.

Solo durante un instante.

Después la soltaron antes de entrar.

No porque necesitaran seguir escondiéndose.

Sino porque la próxima vez que hablaran de aquello sería por elección propia.

En directo.