Capítulo 24
En directo
Leo
L eo ya había participado en emisiones importantes antes. Había afrontado problemas técnicos, patrocinadores, entrevistas difíciles, cifras malas y cifras demasiado buenas, programas capaces de decidir el futuro de proyectos enteros.
Nunca había sentido exactamente aquello.
Cuando entró en el estudio, encontró más gente detrás del cristal que en una emisión normal.
Paula estaba en la cabina, Marcos permanecía al fondo, Bia tenía dos monitores dedicados a las redes y había representantes de dirección siguiendo todo desde otra sala, además de gente del departamento jurídico disponible durante todo el programa.
Dante colocó su única hoja delante de él.
Leo dejó la carpeta en el suelo.
No pensaba abrirla mientras hablaba. Prepararse no significaba esconderse dentro del material.
Se sentaron.
Jonas hizo el último ajuste.
—Retorno.
—Te oigo —respondió Dante.
Leo tocó su propio auricular.
—Por desgracia, yo también.
Jonas miró a través del cristal.
—Puedo solucionarlo.
Leo estuvo a punto de reírse.
Las ganas de hacer otra broma aparecieron de inmediato, más grandes, capaces de aliviar la presión antes de que se encendiera la luz.
Normalmente las habría utilizado.
Miró a Dante.
No las necesitaba.
La luz roja se encendió.
El chat ya corría por el monitor, las cifras subiendo incluso antes de la apertura.
Dante respiró.
—Buenas noches. Empieza Dos Lados . Antes que nada, tenemos que hablar de lo que ocurrió en la última emisión.
No había música dramática, promo ni provocación preparada.
Leo observó mientras Dante leía la declaración institucional acordada: la emisión anterior había sido interrumpida después de que los presentadores se apartaran del guion aprobado; Vértice, el patrocinador y ellos dos habían hablado sobre lo ocurrido; aquella última emisión se realizaba en directo bajo unas condiciones editoriales negociadas; no se hablaría de información confidencial ni de cuestiones internas protegidas.
Dante terminó y apartó un poco la hoja.
Ahora llegaba su parte.
—La declaración oficial ha terminado —dijo Leo.
—Sí.
Leo se volvió hacia la cámara.
—Lo que significa que, por primera vez en varias semanas, nadie me ha puesto delante una frase diciéndome que irrite a este hombre.
Dante apoyó los brazos sobre la mesa.
—Nunca has necesitado ayuda.
—Gracias.
—No era un cumplido.
El chat reaccionó inmediatamente.
La química seguía allí sin que nadie tuviera que escribirla.
Dante miró a la cámara.
—Creo que tenemos que empezar por el principio. La rivalidad entre nosotros no fue inventada.
Leo asintió.
—Muy real.
—Por desgracia.
Leo se rio, y el estudio pareció respirar con ellos.
—En el piloto nos irritamos de verdad —continuó Dante—. No había ninguna campaña preparada. No existía una estrategia para crear Equipo Dante o Equipo Leo. Simplemente discrepamos, discutimos y, aparentemente, a mucha gente le gustó verlo.
—Me gustaría recordar que defendió un cobro de cuatro reales con setenta y tres céntimos.
—Y a mí me gustaría recordar que registrar gastos sigue sin ser un delito.
—Seguimos discutiendo esto tres meses después.
—Porque sigues estando equivocado.
Leo sonrió.
No necesitaban demostrar nada.
Dante volvió al tema.
—Después de que el piloto funcionara, la rivalidad pasó a formar parte del programa. Y nosotros lo aceptamos.
Leo vio a Marcos detrás del cristal, pero no apartó la mirada.
—Hicimos fotos fingiendo estar irritados, grabamos promos, aceptamos memes, reforzamos discusiones. Hubo días en los que exageramos una discrepancia porque sabíamos que funcionaba mejor en antena.
—Participamos en esa construcción —completó Dante—. No estamos aquí para fingir que nos hicieron todo esto mientras nosotros permanecíamos pasivos.
Aquello importaba.
Era fácil elegir a un culpable y salir limpio.
No habría sido verdad.
—Y durante bastante tiempo fue divertido —dijo Leo—. El problema es que nuestra relación real cambió.
Dante lo miró antes de continuar.
—Primero dejamos de irritarnos todo el tiempo. Después empezamos a respetar la manera de trabajar del otro.
—Fue una etapa difícil.
—Sobre todo para mí.
—Claro.
Dante lo dejó pasar.
—Después empezó a gustarnos estar juntos.
La frase era sencilla, pública y verdadera.
Leo sintió que se le apretaba el pecho.
—Y el programa seguía necesitando Dante contra Leo. Así que empezamos a alimentar una versión antigua de nuestra relación porque ya formaba parte del formato.
Dante pasó un dedo por uno de los puntos de la hoja.
—No todas las discusiones se volvieron falsas. Seguimos discrepando en muchas cosas. Pero la idea de que no soportábamos trabajar juntos dejó de ser verdad mucho antes de que terminara la temporada.
Leo miró a la cámara.
—Lo que ocurrió en el programa anterior fue que finalmente llegamos a un punto en el que seguir interpretando hostilidad nos obligaría a decir cosas que no creíamos.
—Y yo no voy a presentar un ataque personal como verdad solo porque encaje con un personaje público construido a partir de mí —completó Dante.
Leo sintió la frase.
Personaje público.
Eso era exactamente.
—Yo tampoco.
No necesitaban decir más sobre Vértice ni convertir a la empresa en una villana.
El público ya tenía la parte que les pertenecía a ellos dos: lo que habían hecho y lo que no volverían a hacer.
Leo miró la pantalla. Los mensajes pasaban demasiado rápido para leerlos:
LO SABÍA
ENTONCES OS GUSTÁIS
#BESAOSDEUNAVEZ
DOÑA CÉLIA TENÍA RAZÓN
Leo sintió seca la garganta.
Había llegado a la parte que nadie había exigido.
No estaba en el contrato ni era una condición del patrocinador. La emisión estaría completa sin aquello. Podían terminar protegidos y seguir manteniendo su relación en privado.
Leo sintió el impulso automático de aliviar primero la tensión con una broma.
No lo hizo.
Miró a Dante.
Dante no habló por él.
Simplemente se quedó allí.
Leo respiró.
—Hay otra cosa que probablemente hace que todo esto sea todavía más ridículo.
El chat se aceleró.
Dante no apartó la mirada.
Leo sintió miedo y dejó que existiera.
—Estamos juntos.
Durante un segundo, el estudio quedó en silencio.
Después Bia se llevó las dos manos a la boca detrás del cristal y el monitor empezó a recibir comentarios tan rápido que pareció bloquearse. Alguien en la cabina soltó una exclamación.
Dante seguía mirando a Leo.
Leo sonrió.
—Eso es todo.
Dante se volvió hacia la cámara.
—Y antes de que a alguien se le ocurra una idea brillante: no, nuestra vida personal no va a convertirse en una sección.
Leo se rio y la tensión se rompió.
—Ha preparado esa frase.
—Sí.
—¿Ha sido la única?
—La única sobre esto.
—Lo sabía.
El chat era prácticamente ilegible: hashtags, mayúsculas, corazones, gente diciendo que lo sabía, que se sentía engañada e intentando averiguar desde cuándo.
Bia hizo una señal indicando que las cifras seguían subiendo.
Leo no necesitaba saber cuánto.
Por primera vez, aquello no tenía que convertirse inmediatamente en una métrica.
Dante tocó su hoja.
—Una cosa importante: contar que estamos juntos es una decisión nuestra. Eso no significa que todo sobre nuestra relación pase a ser público.
Leo asintió.
—Vais a saber algunas cosas porque somos dos personas incapaces de hablar cerca de un micrófono sin revelar algún detalle de más. El resto sigue siendo nuestro.
Dante lo miró.
—Esa formulación no estaba acordada.
—Libertad editorial negociada.
Dante apretó los labios.
Leo vio las ganas de sonreír.
—No te rías.
Dante perdió.
◆◆◆
La primera llamada entró menos de diez minutos después.
Paula habló por el pinganillo:
—Tenemos una oyente insistiendo desde que habéis empezado.
Leo ya lo sabía.
No quería saberlo.
—¿Quién?
Paula tardó un segundo de más a propósito.
—Célia.
Leo bajó la cabeza.
Dante cerró los ojos.
Bia se reía detrás del cristal sin intentar ocultarlo.
—Ponla —dijo Leo, derrotado.
Entró la llamada.
—Doña Célia, buenas noches —empezó Dante, recuperando con esfuerzo el tono profesional.
—Lo dije. Segundo programa.
Leo dejó caer la frente sobre la mesa.
Dante se llevó una mano a la cara.
Leo levantó la cabeza.
—¿Lo apuntó?
—Claro.
Dante respiró hondo.
—Técnicamente, en el segundo programa que hicimos usted dijo que estábamos coqueteando.
—Y lo estabais.
Leo señaló el micrófono.
—Quiero impugnar la cronología.
—No cambia el resultado.
Dante miró a Leo.
—Está usando tu lógica.
—No me metas en esto.
Doña Célia se rio al otro lado.
—Habéis tardado demasiado.
Leo se recostó.
—En nuestra defensa, él hizo una lista de razones.
—Seis —informó Dante.
Leo se volvió.
—No tenías que corregirlo.
—Empezó con cuatro.
—Eso lo empeora.
Doña Célia emitió un sonido satisfecho.
—Lo sabía.
Dante volvió a cerrar los ojos.
Leo empezó a reírse.
Después de todo, lo absurdo de aquella llamada era exactamente lo que necesitaban.
Sin huir.
Sin esconderse.
Solo gracioso.
—Doña Célia —dijo Dante—, ¿hay alguna otra cosa que quiera dejar registrada formalmente antes de que terminemos su participación?
—Sí.
Leo desconfió.
—Ya viene.
—Quiero saber quién pidió la primera cita.
Leo abrió la boca.
Dante fue más rápido.
—Información privada.
—Cobarde —dijo Leo.
Dante se volvió.
—Estuviste de acuerdo con el principio hace dos días.
—Estuve de acuerdo con la privacidad. No con la censura histórica.
—No existe la censura histórica.
—Doña Célia, fue él quien...
Dante cortó la llamada.
Leo se quedó mirándolo.
—Has colgado a doña Célia.
—He finalizado su participación.
—Esto tendrá consecuencias.
—Estoy dispuesto a asumir el riesgo.
Leo sonrió.
—¿Quién eres tú?
◆◆◆
Después llegaron las preguntas del público.
No habían pensado responder demasiadas sobre la relación, pero una apareció tantas veces que Bia acabó enviándola al monitor:
«¿Entonces todas las peleas eran falsas?»
Dante la leyó.
—No.
Leo se acercó al micrófono.
—De verdad cree que los mensajes de audio de siete minutos son un delito.
—Porque lo son.
—Y dobla las bolsas del supermercado antes de guardarlas.
Dante se volvió.
—Eso se llama civilización.
—Las separas por tamaño.
—Porque facilita las cosas.