En Antena, Nos Odiamos Capítulo 22
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Capítulo 22

Cuando no hay ninguna broma

Leo

L a comida llevaba veintitrés minutos sobre la mesa.

Leo lo sabía porque la aplicación mostraba la hora de entrega.

Ninguno de los dos había abierto los envases.

Estaban en el apartamento de Dante desde que habían salido de Vértice.

Paula todavía no había llamado. Bia solo había enviado un mensaje diciendo que dirección había suspendido temporalmente las publicaciones del programa y que nadie del equipo debía responder públicamente hasta recibir instrucciones.

Leo estaba en el sofá.

Dante, en el sillón.

El silencio no era cómodo ni hostil.

Simplemente era demasiado grande.

Leo miró las bolsas.

—Al menos, si nos despiden, ahorraremos porque esta cena nos durará hasta mañana y...

Se detuvo.

La broma desapareció a mitad de camino.

Dante levantó la vista.

Leo se quedó mirando su propia mano.

—Iba a hacer una broma.

—Me he dado cuenta.

—No quiero.

Dante asintió.

Después cogió el portátil de la mesa auxiliar.

Lo abrió.

La pantalla se encendió. Sus dedos quedaron suspendidos sobre el teclado durante unos segundos.

Entonces Dante cerró el ordenador.

Leo soltó el aire por la nariz.

—Ibas a hacer una hoja de cálculo.

—No necesariamente.

Leo lo miró.

Dante se pasó una mano por la cara.

—Iba a hacerlo.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Entonces Leo se señaló a sí mismo.

—Broma.

Después señaló a Dante.

—Hoja de cálculo.

Dante soltó una respiración que casi fue una risa.

—Somos muy previsibles.

—Noventa y dos por ciento.

El humor apareció en pequeña dosis.

No sirvió para cambiar de tema.

Leo dejó que regresara el silencio.

—Tengo miedo.

Las palabras salieron antes de que pudiera suavizarlas.

Dante levantó la vista.

—No solo por lo de hoy —continuó Leo.

Dante no volvió a coger el portátil.

Simplemente esperó.

Leo apoyó los codos sobre las rodillas.

—Cuando empezó la campaña más agresiva, reconocí una sensación.

Dante prestó atención.

—En mi podcast, nada se volvió malo de un día para otro.

Fue entrando poco a poco. Una frase, una campaña, una idea porque «el público ya piensa eso».

Después otra porque «esa es la persona».

Cuando me di cuenta, había un montón de gente decidiendo lo que yo haría basándose en una versión de mí que funcionaba mejor comercialmente que yo mismo.

Dante no lo interrumpió.

Leo miró la comida todavía cerrada.

—Cuando Marcos empezó a utilizar las mismas justificaciones, me di cuenta. No era igual. Vértice no estaba cogiendo conversaciones íntimas a escondidas para convertirlas en contenido. Nadie rompió aquella cláusula. Pero el mecanismo... lo reconocía.

—¿Por qué no me dijiste que estaba siendo tan malo?

Leo soltó el aire.

La respuesta era demasiado sencilla.

—Porque pensé que parecería que estaba huyendo.

Dante frunció el ceño.

—¿Huyendo de qué?

—Otra vez. De la empresa, de la presión, de que algo se estuviera volviendo serio. Pasé tanto tiempo diciendo que no quería repetir lo que ocurrió antes que empecé a pensar que, si admitía que aquello me daba miedo, parecería que estaba buscando una salida.

Dante guardó silencio.

—Y yo no quería irme —continuó Leo—. Esa es la parte idiota. Quería quedarme. Contigo. En el programa. Con el equipo. Así que empecé a quitarle importancia para demostrarme que podía soportarlo.

—Hasta que no pudiste.

Leo negó con la cabeza.

—Hasta que dejé de querer hacerlo.

Dante apoyó los brazos en el sillón.

—Eso no es huir.

Leo lo miró.

—Ahora lo sé.

Dante bajó la vista.

La culpa seguía allí, visible a pesar de todos sus esfuerzos por parecer funcional.

Leo conocía aquella expresión.

—Tu turno.

Dante soltó una pequeña risa sin humor.

—Esto no es una sección.

—Menos mal.

Tardó.

Leo no lo presionó.

—He pasado semanas intentando conservarlo todo —empezó Dante—.

El programa, el equipo, los contratos, la relación con Vértice, el patrocinador, nosotros dos.

Cada vez que algo cambiaba, intentaba averiguar cómo mantener la mayor cantidad posible.

Cuando avanzó la campaña, pensé en límites.

Cuando entró el patrocinador, pensé en cómo cumplir sin dejar que invadiera nuestra vida.

Cuando llegaron las propuestas separadas, pensé en utilizar la mía para conseguir algo mejor para ti.

—Regla tres.

—Lo sé.

—Perdón.

Dante negó con la cabeza.

—No. Ese es precisamente el punto. Incluso después de crear la regla, mi primera reacción seguía siendo buscar una solución en la que nadie perdiera nada.

Miró el portátil cerrado.

—Creo que, si consigo prever todas las posibilidades, puedo impedir cualquier pérdida.

Pero no puedo. Podría hacer veinte pestañas en esa hoja de cálculo y seguiría sin controlar al patrocinador, a dirección, lo que entiende el público o cuántas personas conservarán su contrato.

Ni siquiera podía garantizar que nuestra relación funcionara cuando empezamos.

—Lo intentaste.

—Mucho.

Leo sonrió ligeramente.

—Seis razones.

—Eran buenas razones.

—No lo eran.

Dante lo miró.

—Algunas sí.

—Te concedo dos y media.

La sonrisa de Dante apareció y desapareció.

Leo la dejó.

No necesitaba convertir aquello en humor para sobrevivir a la conversación.

—Me asusté cuando abriste el portátil hoy.

Dante frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque pensé que ibas a intentar resolverlo todo tú solo. Y después lo cerraste.

—No habría servido de nada.

—Lo sé. Solo... fue diferente.

Dante inclinó la cabeza.

—Tú también detuviste la broma.

Leo miró sus propias manos.

—No tenía gracia.

—Ese nunca ha sido el criterio.

Leo levantó la vista.

Dante tenía razón.

—No.

El silencio volvió.

Esta vez no pesaba de la misma manera.

Leo se recostó.

—¿Crees que la hemos cagado?

Dante tardó.

—¿Profesionalmente?

—En cualquier sentido.

Pensó un poco más.

—Creo que hemos creado un problema enorme.

—Eso no responde.

—Lo sé.

Dante respiró hondo.

—No creo que decir aquella frase hubiera sido mejor. Tampoco creo que seguir atacándote hasta cumplir el contrato fuera una solución que yo pudiera sostener.

Leo asintió.

—Yo tampoco.

—Entonces sí, quizá la hayamos cagado muchísimo. Solo que no creo que la alternativa fuera mejor.

La presión en el pecho de Leo disminuyó.

No porque la situación estuviera resuelta.

No lo estaba.

Sino porque ninguna parte de aquella conversación intentaba convertir al otro en responsable de la pérdida.

—Es raro —dijo.

—¿El qué?

Leo miró alrededor.

—Todo está saliendo mal.

Dante arqueó una ceja.

—Esa parte la he notado.

—El programa puede terminar. La renovación está congelada. Han cortado la emisión. El patrocinador debe de estar furioso. Quizá Vértice quiera matarnos.

—Creo poco probable que jurídicamente elijan ese camino.

Leo sonrió.

—Gracias por eso.

Dante hizo un pequeño gesto para que continuara.

—Y aun así... nosotros estamos bien.

Dante se quedó quieto.

Leo encontró la frase.

—Nosotros, quiero decir.

La expresión de Dante cambió.

—Sí.

Leo se inclinó hacia delante.

—Cuando algo entre nosotros ha salido mal, hemos hablado.

—No siempre inmediatamente.

—Una vez me fui hasta el ascensor.

—Y volviste.

—Tú abriste una hoja de cálculo a escondidas.

—No estaba escondida.

Leo se limitó a mirarlo.

Dante cedió.

—Estaba parcialmente escondida.

Leo estuvo a punto de reírse.

—Pero después hablamos.

Dante asintió.

La comprensión se instaló entre ellos.

La relación que ambos habían considerado el riesgo más peligroso de la ecuación era la única parte que no se estaba derrumbando.

No porque fuera perfecta ni porque nunca se hubieran hecho daño.

Sino porque allí ninguno necesitaba seguir interpretando.

Leo podía volver y decir que una frase le había dolido.

Dante podía admitir que estaba intentando decidir por los dos.

Podían cambiar el límite.

Reconocer el miedo.

La parte que Dante más había temido mezclar con el trabajo sobrevivía precisamente porque, entre los dos, hacían lo contrario de lo que exigía el programa.

No actuaban.

Leo se levantó y fue hasta el sillón.

Dante hizo sitio sin preguntar.

Leo se sentó en el brazo y, poco después, renunció a mantener distancia y se acomodó junto a él.

Dante le pasó un brazo por la cintura.

—La comida va a estar horrible —dijo Leo.

—Probablemente ya lo esté.

—¿Piensas comer?

—En algún momento.

—Eso parece mi tipo de planificación.

Dante apretó suavemente su cintura.

—No estropees el momento.

Leo apoyó la cabeza contra él.

—No lo estoy haciendo.

Y, por primera vez aquella noche, realmente no lo estaba.

◆◆◆

El teléfono de Dante sonó casi una hora después.

Leo por fin estaba abriendo los envases de comida cuando vio el nombre en la pantalla.

Paula.

Dante respondió inmediatamente.

—Hola.

Leo se detuvo con un envase en la mano.

Dante escuchó durante unos segundos.

—Vale. Estamos juntos.

Pausa.

—No. En casa.

Otra pausa.

Dante puso el manos libres.

—Habla.

La voz de Paula sonó cansada.

—La situación se ha complicado más.

Leo volvió a sentarse.

—¿Existe alguna versión en la que llamas y dices que todo está resuelto?

—Hoy no.

Dante se inclinó hacia delante.

—¿Qué ha pasado?

—El patrocinador.

Leo esperó.

—El departamento jurídico ha terminado de revisar el contrato —continuó Paula—.

Compraron dos emisiones finales en directo con vosotros dos.

La de hoy fue interrumpida, pero contractualmente sigue contando como una de las dos entregas porque salió al aire y se emitió según lo previsto.

Editorialmente quedó incompleta, claro, y la interrupción fue decisión de Vértice, pero el patrocinador no tiene automáticamente derecho a exigir una tercera emisión como compensación.

Dante frunció el ceño.

—Entonces queda una.

—Exactamente. La última emisión contratada.

Leo miró a Dante.

—¿Y todavía la quieren?

—Especialmente ahora.

Paula continuó:

—La reacción online a la interrupción ha sido gigantesca. Mucho mayor de lo que la propia campaña había previsto para el final. Para el patrocinador, la última entrega con vosotros dos ha ganado todavía más valor.

—¿Vértice va a aceptarlo después de lo que ha ocurrido hoy? —preguntó Dante.

Hubo una pausa.

—Vértice preferiría convertir la última entrega en contenido grabado, con aprobación previa y edición.

Leo soltó una risa breve.

—Claro.

—El patrocinador ha rechazado esa alternativa.

El contrato especifica una emisión en directo con la pareja original.

Como la de hoy ya cuenta como una de las dos entregas, la discusión ahora se limita exclusivamente a la última.

Y quieren que se haga en los términos contratados: en directo, con vosotros dos.

Dante se quedó muy quieto.

Leo percibió que algo había cambiado.

—Entonces Vértice no puede simplemente grabarla sin renegociar.

—No.

—Y el patrocinador nos quiere a los dos.

—Sí.

—En directo.

—Sí.

Leo dejó el envase sobre la mesa.

—Paula, ¿me estás diciendo que, después de que dirección cortara nuestro programa, el patrocinador exige que vuelvan a ponernos en directo?

—Básicamente.

Leo miró a Dante.

Ya no tenía aquella expresión de culpa paralizante de las horas anteriores.

Estaba pensando.

No de aquella manera antigua en la que intentaba descubrir él solo cómo impedir cualquier pérdida.

Era otra cosa.

—¿Necesitan nuestra conformidad? —preguntó Dante.

Paula tardó un poco.

—La obligación contractual es de Vértice, y el departamento jurídico todavía está discutiendo los detalles.

Pero, en la práctica, nadie cree que sea buena idea volver a poneros en directo sin negociar antes el formato.

El patrocinador tampoco quiere una emisión en la que estéis allí claramente contra vuestra voluntad.

Así que, en este momento, tenéis más margen del que teníais ayer.

Leo sintió que se le aceleraba el corazón.

Por primera vez en semanas, la presión no venía únicamente de arriba hacia abajo.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—La última emisión está prevista para dentro de unos días. Mañana dirección quiere hablar.

Dante miró a Leo.

Leo sostuvo su mirada.

No tenían que decidir nada durante aquella llamada.

Paula colgó después de acordar la hora de la reunión.

El apartamento volvió al silencio.

La comida seguía abierta sobre la mesa.

Leo se pasó una mano por el pelo.

—Entonces ¿vamos a volver?

Dante pensó.

Después se enderezó.

—Entonces vamos a hacer el único programa que todavía no hemos hecho.

Leo frunció el ceño.

—¿Cuál?

Dante lo miró.

—Uno en el que nadie interpreta nada.