En Antena, Nos Odiamos Capítulo 21
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Capítulo 21

Eso no es verdad

Dante

D ante leyó el guion de la penúltima emisión entero una vez antes de volver al principio.

En la segunda lectura, marcó cuatro fragmentos.

En la tercera, se detuvo en la misma frase:

«Siempre has utilizado esta rivalidad para ganar relevancia. Sin alguien al otro lado a quien provocar, nadie te habría prestado atención».

Cerró los ojos un instante.

Leo estaba sentado al otro lado de la mesa de preparación, leyendo su propia copia. Paula tenía dos versiones abiertas en el portátil. Marcos permanecía de pie cerca de la ventana, mientras una representante de dirección seguía la reunión por videollamada.

Dante dejó la hoja sobre la mesa.

—Esta frase no entra.

Marcos ya parecía esperárselo.

—Podemos ajustar la redacción.

—No es un problema de redacción.

Leo levantó la vista de su propio guion.

Dante tocó la página.

—Esto dice que utilizó la rivalidad para ganar relevancia. No es verdad.

Marcos acercó una silla.

—La frase está dentro de la lógica construida durante la temporada. Tú representas al profesional tradicional que cree que Leo convierte todo en una actuación. Él representa al tipo de fuera que considera que tú estás demasiado atrapado en la estructura de la emisora.

—Eso no responde.

—Dante, ya hemos hablado de la diferencia entre una opinión literal y una provocación de campaña.

—Y también hemos hablado de límites.

La representante de dirección intervino por el altavoz:

—El patrocinador espera una escalada clara en las dos emisiones finales. Este material se ha escrito dentro de los personajes utilizados durante la temporada.

Dante miró la pantalla.

—Yo nunca he dicho que Leo me necesitara para tener relevancia.

—No estamos afirmando que lo dijeras antes. Es una provocación nueva dentro de la narrativa del final.

—Entonces ese es precisamente el problema.

Marcos apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—El público entiende el formato.

—Lo entiende cuando el formato está claro. Defiende lo Indefendible funciona porque todo el mundo sabe que recibimos una postura al azar. Aquí queréis que se lo diga directamente como si realmente creyera eso.

Leo todavía no había intervenido.

Marcos soltó el aire.

—Tenemos que entregar lo que se vendió.

Dante se quedó mirándolo.

—¿Tú crees esa frase?

El silencio cambió.

Marcos desvió los ojos hacia el guion.

—Lo que yo crea personalmente no es el punto.

—Es una pregunta sencilla.

—Y no ayuda a resolver la obligación comercial que tenemos.

Dante asintió despacio.

No era una respuesta.

Era suficiente.

—Entonces no te la crees.

—No he dicho eso.

—Tampoco has dicho que te la creas.

La representante de dirección interrumpió:

—El contenido fue aprobado dentro de la propuesta comercial. Si cada frase tiene que pasar por una prueba de convicción personal, no podemos trabajar con un guion promocional.

Dante pasó la página.

—No estoy exigiendo convicción personal en cada provocación. Ya hemos hecho varias que eran claramente exageradas. Estoy diciendo que esta convierte su competencia profesional en una acusación que yo no haría fuera de aquí.

—Ya has bromeado con que vive sin planificación —dijo Marcos.

—Y dejé de hacerlo cuando descubrí que aquello le afectaba de una manera que yo no había entendido.

Marcos miró rápidamente a Leo.

Leo cerró su propia carpeta.

—Tiene razón.

Su voz estaba tranquila.

—¿Sobre la frase? —preguntó Marcos.

—Sobre el límite. Y mi versión también se ha pasado.

Leo empujó una hoja hacia Dante.

Allí estaba la acusación de que Dante había pasado casi diez años volviéndose tan obediente a Vértice que ya no conseguía distinguir la lealtad del miedo.

Leo señaló el fragmento.

—Yo no voy a decir esto.

La representante de dirección respondió:

—Estamos en la penúltima entrega para el patrocinador. Cambios de este tamaño ahora...

—No son cambios de ese tamaño —interrumpió Leo—. Son dos frases.

—Son frases centrales del bloque.

—Entonces habéis escrito el bloque alrededor de algo que no aceptamos.

Marcos se pasó una mano por la cara.

—Podemos sustituirlas. Pero tenéis que entender que esto no puede convertirse en rechazar cualquier provocación fuerte porque hemos llegado al final de la temporada. El concepto de las dos emisiones es precisamente que la tensión ha llegado al límite.

Dante miró las páginas.

—La tensión ha llegado al límite.

Marcos pareció interpretarlo como un acuerdo.

No lo era.

La reunión continuó durante casi cuarenta minutos. Algunas frases se eliminaron, otras se suavizaron, pero dirección insistió en que la rivalidad exagerada ya formaba parte del producto y que las últimas emisiones debían parecer más intensas que las anteriores.

Cuando terminaron, la frase que Dante había rechazado seguía en el guion, marcada para una nueva evaluación antes de salir al aire.

Dante cerró la carpeta.

—No voy a decirla.

Marcos lo miró fijamente.

—Te he oído.

—Quiero evitar dudas después.

—Y yo quiero evitar que salgáis al aire decidiendo por vuestra cuenta qué vais a hacer y qué no cuando tenemos un patrocinador esperando una entrega específica.

Dante sostuvo su mirada.

—Entonces resolvedlo antes de que se encienda la luz.

◆◆◆

No lo resolvieron.

Faltaban tres minutos para salir en directo cuando Paula les entregó la versión final.

Dante abrió directamente por el fragmento marcado.

La frase seguía allí.

Sin ninguna nota de revisión.

Solo el guion.

Leo lo supo por su expresión.

—¿La han dejado?

Dante giró la página hacia él.

Leo leyó y soltó el aire por la nariz.

Paula estaba a su lado.

—Pedí otra revisión. La decisión fue mantenerla.

—¿Y tú qué opinas? —preguntó Dante.

Ella miró la frase.

—Mi opinión es que tenéis que decidir qué podéis sostener cuando estéis en antena.

Dante entendió.

Jonas avisó por el pinganillo:

—Dos minutos.

Dante se sentó y organizó las hojas.

Guion principal, libreto, orden de los bloques, horarios.

Todo estaba exactamente donde tenía que estar.

El problema no podía resolverse preparándose más.

Leo ocupó la silla de al lado y se puso los auriculares.

No hablaron.

No hacía falta.

Cuando se encendió la luz roja, Dante hizo la apertura.

Los primeros veinte minutos siguieron casi por completo el guion. Había provocaciones más fuertes de lo habitual, pero todavía dentro de lo que habían aceptado antes. Leo respondía. Dante devolvía. El chat reaccionaba.

Desde fuera, funcionaba.

Dante sabía exactamente en qué página estaba la frase.

El momento llegó durante una discusión sobre carrera, exposición y las ventajas profesionales que cada uno había obtenido después del éxito de Dos Lados .

Leo terminó una respuesta prevista:

—Antes de este programa ya trabajaba. No me encontraron abandonado en una plaza con un micrófono en la mano, aunque algunas personas parecen creerlo.

Dante debía reírse.

Se rio poco.

Pasó la página.

La frase estaba allí:

«Siempre has utilizado esta rivalidad para ganar relevancia. Sin alguien al otro lado a quien provocar, nadie te habría prestado atención».

Dante miró las palabras.

Después a Leo.

Leo esperaba.

No con miedo.

Con atención.

Dante pensó en el hombre de internet que había creído conocer antes de trabajar con él. En la productora organizada. En los archivos antiguos. En la facilidad con la que Leo salvaba una emisión sin convertir a nadie en incompetente.

Decir aquello ahora no sería una provocación.

Sería repetir una mentira que los dos ya habían desmontado.

Dante dejó la hoja sobre la mesa.

—Esto no es verdad. Así que no voy a decirlo.

El estudio quedó en silencio.

Dante oyó su propia respiración en los auriculares.

Vio a Bia detenerse delante del monitor, a Paula levantar la vista y a Marcos quedarse completamente inmóvil detrás del cristal.

Leo miró el papel.

Después a Dante.

Durante un instante, pareció buscar la broma que normalmente utilizaría para aliviar cualquier tensión.

No la utilizó.

—Gracias.

Una sola palabra.

Dante sintió que algo cedía dentro de su pecho.

Por el pinganillo llegó la voz de Marcos:

—Seguid el guion.

Dante miró a la cámara.

Todo el libreto parecía diferente ahora.

—Creo que tenemos que explicar una cosa.

Leo se volvió hacia él.

Detrás del cristal, Paula prestó atención.

—Durante esta temporada, muchas de nuestras discusiones han sido reales —continuó Dante—. De verdad discrepamos sobre dinero, planificación, mensajes de audio, puntualidad, café, temperatura del aire acondicionado y una cantidad preocupante de asuntos sin importancia.

Leo respiró por la nariz.

Casi una sonrisa.

—Sigue estando equivocado sobre los audios.

Dante asintió.

—¿Veis? Real. Pero también ha habido momentos en los que esas diferencias se han exagerado para campañas, promos y entretenimiento. Eso forma parte de lo que hemos construido aquí, y nosotros participamos en ello.

El pinganillo volvió a sonar.

—Dante, cierra el tema y vete a publicidad.

Lo oyó.

No obedeció.

—Lo que no quiero hacer es coger algo que no pienso sobre una persona con la que trabajo y presentarlo como un ataque personal verdadero solo porque encaja con una versión pública que hemos construido.

Leo apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Yo tampoco.

Dante se volvió hacia él.

Leo miró a la cámara.

—He llamado controlador a Dante unas doscientas veces en este programa. Algunas con razón.

Dante levantó una ceja.

—¿Algunas?

Leo continuó:

—Pero hay una diferencia entre provocar a alguien por una característica real y decir algo que sabes que es mentira porque funciona mejor en una campaña. No quiero hacer lo segundo.

Al otro lado del cristal hubo movimiento. Marcos hablaba con alguien. Paula cambió de postura. Bia permanecía delante del monitor de emisión.

Dante sintió aumentar el pulso.

El viejo reflejo le ordenaba reorganizar, encontrar una salida, volver al guion, preservar lo que todavía pudiera.

No lo hizo.

—Podemos discrepar sin odiarnos —dijo—. Y podemos trabajar juntos sin convertir cada diferencia en una prueba de que uno de los dos tiene que destruir al otro.

La pantalla delante de ellos se apagó.

Dante se detuvo.

El audio desapareció de los auriculares durante una fracción de segundo.

Después entró la sintonía de Vértice.

Leo miró el monitor.

—Nos han cortado.

La luz de la cámara permaneció encendida dos segundos más.

Después también se apagó.

◆◆◆

La puerta del estudio se abrió antes de que Dante se quitara los auriculares.

Paula entró primero.

Marcos llegó detrás.

—¿Qué habéis hecho? —preguntó.

No gritó.

Eso hizo que la pregunta pesara más.

Dante se levantó.

—He rechazado una frase que ya dije antes de la emisión que no iba a decir.

—Has cambiado todo el programa en directo.

—Porque se volvió imposible seguir fingiendo que esa frase era el único problema.

Marcos se pasó una mano por la cara.

—Dirección ha ordenado interrumpir la emisión.

—Nos hemos dado cuenta —dijo Leo, poniéndose también de pie.

Paula cerró la puerta.

—Ahora no sirve de nada convertir esto en una discusión aquí. La emisión está suspendida, el departamento jurídico y dirección están reunidos y el patrocinador ya ha pedido explicaciones.

Bia apareció en el pasillo.

—Las redes han explotado.

Dante se volvió.

—¿Cuánto?

—Todavía no lo sé. Hay demasiados comentarios. La gente pregunta si os han despedido, si os habéis peleado con la emisora, si el programa ha terminado, si el corte ha sido un fallo técnico.

Marcos cogió el móvil, leyó algo y maldijo en voz baja.

Paula preguntó:

—¿Las páginas del programa?

Bia consultó el aparato.

—Han pedido que pausemos nuevas publicaciones. Los clips programados están suspendidos.

Dante sintió que se le contraía el estómago.

—¿Los contratos?

Paula lo miró.

—En revisión.

Aquello golpeó exactamente el lugar que llevaba semanas intentando proteger: equipo, renovación, patrocinador, personas.

—He empezado yo —dijo.

Leo se volvió inmediatamente.

—No.

Dante no lo miró.

—Yo me salí del guion.

—Y yo seguí.

—Después de que yo empezara.

—Dante.

Marcos interrumpió:

—Esto no se va a resolver decidiendo cuál de vosotros asume más culpa. Los dos participasteis.

A su alrededor, empleados cruzaban el pasillo, algunos fingiendo no mirar.

Jonas salió de la cabina.

—¿El audio se cayó cuando dieron la orden?

Paula asintió.

—Sí.

—Entonces al menos esta vez no ha sido el equipo.

Nadie se rio.

Jonas pareció aceptarlo y volvió al trabajo.

Dante cogió la carpeta.

Las manos estaban firmes.

Eso no significaba nada.

Leo se acercó lo suficiente para hablar sin que todo el pasillo lo oyera.

—Vámonos.

Dante miró a Paula.

—Puedo quedarme si necesitáis...

—No. Ahora mismo, teneros aquí a los dos solo aumenta la cantidad de gente que quiere respuestas de quienes todavía no las tienen. Os llamaré cuando sepa algo.

—Paula...

—Vete, Dante.

Él asintió.

Recorrieron el pasillo sin hablar, entre miradas, móviles, puertas cerradas y la ausencia total del ruido habitual después de un programa que había salido bien.

Entraron en el ascensor.

Las puertas se cerraron.

Solo entonces Dante dejó caer un poco la carpeta contra el lateral de su pierna.

—He puesto a todo el mundo en riesgo.

Leo estaba a su lado.

—Hemos tomado una decisión juntos.

—Yo empecé.

—Eso no convierte mi parte en imaginaria.

Dante miró el panel.

—Si cancelan contratos...

—Lo sé.

—Si el patrocinador se marcha...

—Lo sé.

Dante apretó la mandíbula.

—Tú también puedes perder todo lo que has reconstruido por haber entrado en este programa conmigo.

Leo guardó silencio durante un instante.

—Y tú puedes perder una carrera de casi diez años porque decidiste no decir una mentira sobre mí.

Dante se volvió.

No había acusación en su rostro.

—No lo haría de otra manera —dijo.

Leo sostuvo su mirada.

—Yo tampoco.

El ascensor siguió bajando.

En algún rincón antiguo de su cabeza, Dante había esperado que aquel fuera el momento en que el trabajo, la relación, el riesgo y la pérdida de control acabaran destruyéndose entre sí.

No ocurrió.

Leo extendió la mano.

Cogió la suya.

Sin cámaras.

Sin público.

Sin necesidad de esconderse en aquel espacio cerrado.

Dante entrelazó los dedos con los suyos.

El programa podía terminar. Los contratos podían desaparecer. Vértice podía decidir que nunca más quería a los dos en la misma emisión.

Pero entre ellos no había ninguna duda.

Habían pasado una temporada entera vendiendo una guerra que ya no existía.

Aquella noche, por fin dejaron de hacerlo.