Capítulo 16
La campaña
Leo
L eo supo que la reunión iba a ser mala porque Marcos estaba entusiasmado.
No era una conclusión justa. Marcos podía entusiasmarse con cosas buenas. El problema era que, durante las últimas semanas, las cosas que más satisfecho dejaban al director comercial eran exactamente las que solían crear nuevas obligaciones para Dante y Leo.
Cuando entró en la sala, había una presentación proyectada en la pared, Paula estaba sentada cerca de un extremo de la mesa y Dante tenía delante una copia impresa de algún resumen.
Leo ocupó la silla a su lado.
—¿Ya lo sabes?
Dante respondió en voz baja:
—Solo lo básico.
—Eso nunca me tranquiliza.
Marcos terminó una llamada y regresó a la mesa.
—Ahora sí. Tengo una noticia importante.
Leo se recostó.
—Si incluye camisetas con nuestras caras, quiero derecho de veto por adelantado.
—No incluye camisetas.
—Continúa.
Marcos cambió de diapositiva.
Apareció el nombre de una gran empresa nacional que Leo conocía bien.
Se enderezó en la silla.
—¿Esto va en serio?
—Bastante —respondió Marcos—. Llevan siguiendo Dos Lados desde las primeras semanas. El crecimiento digital les llamó la atención, sobre todo porque estamos llegando a una franja de público a la que históricamente Vértice tenía dificultades para alcanzar.
Dante repasó el material con la mirada.
—¿Patrocinio del programa?
—Más que una inserción publicitaria. Quieren asociarse con la recta final de la temporada. Acciones de marca, algunos contenidos y participación directa en las emisiones finales.
Leo miró a Paula.
No parecía alarmada, pero tampoco sonreía.
Marcos avanzó.
No aparecían las cifras completas, solo proyecciones internas e impactos esperados. Aun así, era evidente que aquel contrato cambiaría la importancia comercial de Dos Lados .
—¿Cuánto representa esto para la parrilla? —preguntó Dante.
Marcos apoyó las manos sobre la mesa.
—Lo suficiente como para convertir el programa en una parte importante del cierre comercial de este ciclo. No resuelve todos los problemas de la emisora, pero da margen a la programación nueva y ayuda a sostener parte de los proyectos que todavía estaban en evaluación.
Leo recordó inmediatamente los contratos temporales que Paula había mencionado semanas atrás.
No necesitó mirar a Dante para saber que él también.
—¿Y qué quieren a cambio? —preguntó Leo.
Marcos avanzó otra diapositiva.
La respuesta ocupaba varias líneas: activaciones digitales, fragmentos especiales, campaña, presencia de marca y participación de Dante y Leo.
—Han comprado a la pareja —resumió Leo.
Marcos hizo una mueca.
—Han comprado asociación con el programa y acciones específicas con vosotros.
—Es una versión más corporativa de la misma frase.
—Vosotros sois el programa.
Dante hojeó las páginas.
—¿Algunas de estas ideas ya están aprobadas?
—El concepto general, sí. La ejecución, todavía no. Por eso estamos aquí.
Leo empezó a leer los títulos de las acciones.
Cuanto más avanzaba, menos le gustaba.
Una sección hablaba de «ampliar el contraste de personalidad». Otra proponía vídeos cortos en los que Dante y Leo reaccionarían a frases escritas previamente. Había memes oficiales, provocaciones y pequeños guiones construidos a partir de la imagen pública de los dos.
El material sobre Dante utilizaba palabras como controlador , rígido , incapaz de relajarse .
El suyo:
caótico .
irresponsable .
sin filtro .
Leo se detuvo en la última.
La incomodidad llegó tan deprisa que, durante unos segundos, dejó de seguir lo que Marcos estaba diciendo.
Dante tocó suavemente la hoja que tenía delante.
No a él.
La hoja.
El gesto bastó para traerlo de vuelta.
—Esto no —dijo Dante.
Marcos interrumpió la presentación.
—¿Qué?
Dante giró el documento.
—«Dante lo decide todo porque Leo es incapaz de planificar más de veinte minutos de su propia vida». No.
Leo volvió a leerlo.
—De acuerdo.
Marcos se recostó en la silla.
—Es una provocación.
—Es una mentira —respondió Dante.
—Es una versión exagerada de vuestra dinámica.
—No lo es. Leo planifica su trabajo.
La respuesta salió de inmediato.
Leo miró a Dante.
Marcos hizo un gesto de concesión.
—Vale. Esa puede eliminarse.
Leo encontró otra.
—«Leo lleva a Dante a un lugar sin decirle adónde van porque Dante necesita aprender a perder el control». Tampoco.
—Es una acción ligera.
—Es alguien decidiendo que no respeto los límites porque soy espontáneo.
Paula intervino:
—Creo que lo que quieren decir es que algunas ideas no están exagerando un comportamiento existente. Están creando un comportamiento para que encaje en el personaje.
Marcos se frotó la cara.
—No estoy diciendo que me gusten todas las ideas. Estoy diciendo que esto es lo que hemos conseguido vender.
La sala quedó en silencio.
La frase no llegó con satisfacción.
Llegó cansada.
Leo lo notó.
Marcos continuó:
—La marca vio los números. Vio Equipo Dante, Equipo Leo, los clips, al público reaccionando a las diferencias. Quieren una campaña reconocible. Y una cantidad de dinero así no entra sin expectativas de entrega.
—Eso no significa que tengamos que aceptar cualquier frase —dijo Dante.
—No he dicho que tengáis que hacerlo. Estoy diciendo que existe un límite entre rechazar una mala idea y eliminar precisamente aquello por lo que han pagado.
Leo volvió a las páginas.
La parte irritante era que Marcos tenía algo de razón. Nadie estaba proponiendo exponer su vida privada. La cláusula contractual seguía intacta. La campaña trabajaba sobre versiones públicas que ya existían.
El problema era la distancia entre versión y caricatura.
Y se estaba reduciendo.
—Si quitamos las frases que convierten mi competencia en una broma, puedo trabajar con el resto —dijo Leo—. Puedo ser improvisador, provocar, burlarme de la planificación. No voy a decir que no sé organizar mi propia vida porque es exactamente la misma mierda que ya dije que no quiero repetir.
Marcos asintió.
—De acuerdo.
Dante señaló otro fragmento.
—Y yo no voy a fingir que considero los sentimientos un fallo operativo.
Leo lo miró.
Marcos leyó la frase del guion de uno de los vídeos e hizo una mueca.
—Esa también me parece mala.
—Perfecto —dijo Leo—. Estamos construyendo consenso.
—No te acostumbres.
Paula acercó el documento y empezó a marcar las eliminaciones.
Les llevó casi una hora.
Al final, la campaña seguía siendo más agresiva de lo que Leo habría elegido por su cuenta, pero había perdido los ejemplos que más le molestaban.
Se mantenían las provocaciones sobre Dante planificando demasiado, Leo improvisando, los dos discrepando sobre comportamientos cotidianos y pequeñas frases guionizadas que exageraban el contraste sin entrar directamente en la vida privada.
Era una solución negociada.
No perfecta.
Aceptable.
Al menos en aquel momento.
◆◆◆
Dos días después, Leo recibió la nueva frase de campaña impresa junto con el guion.
La leyó.
Dante tendría que utilizarla durante una discusión sobre personas que confirmaban planes y después lo cambiaban todo en el último momento.
La frase decía:
«Claro que te parece normal. Tu agenda personal parece haber sido creada por alguien que perdió la contraseña del calendario».
Leo se rio al verla.
—Esta es buena.
Dante lo miró.
—La aprobaste.
—La aprobé.
—Solo lo estoy confirmando.
Leo levantó la hoja.
—Si quedo emocionalmente destruido por mi incapacidad para utilizar un calendario, te aviso.
Dante no pareció encontrarlo especialmente gracioso.
Leo le tocó discretamente el brazo antes de entrar en el estudio.
—Está bien.
—Vale.
En antena, la discusión surgió de manera natural. El dilema era de una oyente cansada de una amiga que siempre aceptaba invitaciones y, horas antes, cambiaba la hora, el lugar o el plan.
Dante defendía que confirmar significaba compromiso.
Leo argumentaba que los planes sociales no deberían funcionar con la rigidez de un contrato.
—Si la persona pregunta a las dos de la tarde si, en vez de a las ocho, podéis quedar a las nueve, eso no es romper un acuerdo internacional —dijo Leo al micrófono.
—Depende de la frecuencia.
—No depende.
—Si ocurre cada vez, significa que nunca puedes organizar nada con esa persona.
Leo abrió los brazos.
—¿Organizar qué? Es una cena.
Dante lo miró.
Leo reconoció el instante en que entraría la frase aprobada.
—Claro que te parece normal. Tu agenda personal parece haber sido creada por alguien que perdió la contraseña del calendario.
Leo se rio.
El chat reaccionó inmediatamente.
Dante continuó:
—Todavía no entiendo cómo consigues llegar a los sitios.
—Carisma y ubicación en tiempo real.
—Ninguna de las dos cosas sustituye a la planificación.
Leo volvió a reír.
La discusión funcionó.
Era graciosa.
Él la había aprobado.
Aun así, una pequeña parte de la frase se quedó.
No por el calendario.
Por el principio.
Su vida utilizada como prueba pública de incompetencia.
Leo reconoció la incomodidad y la apartó porque estaban en antena.
El resto del programa fue bien.
Cuando terminó, se quitó los auriculares, dio las gracias a Jonas y cogió el móvil. Dante tardó más porque Paula lo retuvo para hablar de un ajuste de horario, y Leo aprovechó para salir primero.
Estaba cerca del ascensor cuando oyó:
—Leo.
Se volvió.
Dante venía por el pasillo.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
La pregunta era sencilla.
Leo ya tenía preparada la respuesta.
—Claro. No ha sido nada.
Dante asintió, pero no pareció convencido.
Leo pulsó el botón del ascensor.
—Nos vemos mañana.
—Vale.
Las puertas se abrieron.
Leo dio dos pasos.
Se detuvo.
Se quedó mirando el interior vacío del ascensor.
La respuesta seguía en su boca.
No ha sido nada.
Era fácil.
Funcionaba.
Convertía la incomodidad en un detalle lo bastante pequeño como para no exigir una conversación.
Las puertas empezaron a cerrarse.
Leo pulsó el botón para detenerlas.
Volvió.
Dante seguía en el pasillo.
La sorpresa apareció inmediatamente en su rostro.
Leo se pasó una mano por la nuca.
—En realidad... sí. No me ha gustado.
Dante entendió sin necesidad de preguntar.
—¿La frase?
—No exactamente la frase. Sé que la aprobé y me reí.
No estoy diciendo que hayas hecho nada fuera de lo acordado.
Es la forma en que funciona. Coge una cosa pequeña y va empujándola hasta que me convierto en el tipo que no sabe organizar nada.
Pensé que estaría bien porque esta versión era mucho más ligera.
Y quizá lo sea. Solo... me ha sentado mal cuando lo has dicho tú.
Dante guardó silencio.
Leo se preparó para oír que la había aprobado, que la frase formaba parte de la campaña y que Dante no tenía forma de adivinarlo.
No llegó nada de eso.
—Lo siento —dijo Dante.
Leo frunció el ceño.
—No tienes que...
—Sí. No porque haya roto el acuerdo. Sino porque te ha afectado y me he dado cuenta después. Lo siento.
Leo se quedó mirándolo.
La ausencia de defensa resultaba desconcertante.
—Yo la aprobé.
—Lo sé.
—Y estaba en el guion.
—Lo sé.
—Entonces no fue culpa tuya.
Dante inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Quieres decidir quién tiene la culpa o evitar que vuelva a ocurrir?
Leo estuvo a punto de reírse.
—Eso ha sido irritantemente sensato.
—Puedo intentar empeorarlo.
—No.
El ascensor se cerró detrás de él.
Ninguno de los dos se movió para llamar a otro.
Leo soltó el aire.
—Creo que el límite es ese. Hacer bromas sobre que prefiero improvisar, bien. Sobre que cambio de opinión, bien. Pero cuando empieza a convertirse en «Leo es incompetente porque no planifica», no quiero.
Dante asintió.
—Entonces eliminamos ese tipo de cosas.
—¿Crees que Marcos lo aceptará?
—Lo aceptó antes. Y es lo que negociamos.
—Vale.
Dante lo observó durante un momento.
—Y si vuelve a pasar algo que te moleste, dímelo.
Leo sintió ganas de responder con una broma.
Esta vez dejó que las ganas murieran.
—Te lo diré.
—Aunque ya lo hayas aprobado.
—Incluso así.
Dante asintió.
La conversación estaba resuelta. Así de simple.
Leo volvió a pulsar el botón del ascensor. Cuando se abrieron las puertas, entró y se volvió.
—Dante.
—¿Qué?
—Gracias por no convertir esto en una defensa de tesis.
Dante metió las manos en los bolsillos.
—Tenía tres argumentos.
Leo se rio.
—Claro que los tenías.
—He decidido no utilizarlos.
—Progreso.
Las puertas empezaron a cerrarse.
—No exageres —respondió Dante.
Leo siguió sonriendo hasta que perdió de vista el pasillo.
La incomodidad no había desaparecido por completo. Pero tampoco se había marchado llevándosela él solo.
Esta vez se había detenido.
Había vuelto.
Y lo había dicho.