En Antena, Nos Odiamos Capítulo 13
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Capítulo 13

Tres reglas

Dante

D ante pasó toda la mañana sabiendo que tenía que hablar con Leo y, por primera vez en mucho tiempo, no intentó preparar toda la conversación antes de que ocurriera.

Intentó preparar solo la mitad.

Fracasó.

Cuando Leo apareció en su apartamento poco después de las diez, Dante ya había pensado en al menos seis maneras diferentes de empezar, descartado cuatro porque parecían excesivamente formales y dos porque sonaban como si estuviera a punto de negociar un contrato.

Al final, abrió la puerta y encontró a Leo sosteniendo dos vasos de café.

—He traído uno para ti —dijo Leo al entrar—. Y antes de que preguntes, sin azúcar.

Dante cerró la puerta.

—No iba a preguntar.

—Sí que ibas a hacerlo.

—Primero habría dado las gracias.

Leo le entregó el vaso.

—¿Quieres intentarlo otra vez?

Dante lo cogió.

—Gracias.

—¿Ves? Progreso.

El humor ayudó menos de lo que debería. El beso de la noche anterior seguía demasiado presente en su memoria como para que aquella visita pareciera normal, y el mensaje de Marcos al final de la cita añadía una dimensión profesional que Dante prefería no mezclar todavía con la conversación.

Leo se sentó en el sofá y sacó el móvil del bolsillo.

—Si quieres empezar hablando de la campaña, me voy.

—No iba a empezar hablando de la campaña.

—Perfecto.

—Pero tendremos que hablar de ella en algún momento.

Leo lo señaló con el vaso.

—Después.

Dante se sentó en el otro extremo del sofá. Había demasiado espacio entre los dos.

Lo notó inmediatamente y no hizo nada.

—Sobre anoche...

Leo sonrió.

—Esa introducción normalmente termina en desastre.

—¿Puedes dejarme terminar?

—Claro.

Dante respiró.

—No quiero fingir que el beso no ocurrió.

La sonrisa de Leo disminuyó, pero no desapareció.

—Yo tampoco.

Dante asintió. Aquello ya resolvía más que algunas de las versiones que había preparado en su cabeza.

—Y no fue una decisión impulsiva de la que me arrepintiera al llegar a casa.

—Eso es una declaración extrañamente romántica.

—Estoy intentando ser claro.

—Entonces continúa. Lo estás haciendo bien.

Dante lo miró.

—Quiero intentarlo.

Esta vez Leo no hizo ninguna broma. Permaneció unos segundos en silencio antes de responder:

—Yo también quiero.

La sencillez de la frase provocó en Dante un alivio que no esperaba sentir. No había una negociación difícil, necesidad de convencer a nadie ni un problema oculto. Solo dos personas admitiendo lo mismo.

El problema era que Dante seguía siendo Dante.

—Eso no elimina las cuestiones que mencioné ayer.

Leo soltó una breve risa.

—Sabía que las razones volverían.

—Siguen existiendo.

—¿Las seis?

—Algunas eran redundantes.

—Entonces ya estamos reduciendo.

Dante lo ignoró.

—Trabajamos juntos. El programa depende de nuestra dinámica. Hay una campaña alrededor de la idea de que no nos soportamos, y la audiencia ya interpreta cualquier cosa entre nosotros de una manera específica.

Leo apoyó un brazo en el respaldo.

—Lo sé.

—Entonces creo que es mejor no contárselo a nadie por ahora.

Leo no respondió de inmediato.

Dante percibió el cambio en su rostro.

—No porque quiera esconderte.

—No he pensado eso.

—Quiero que quede claro.

—Está claro.

Dante continuó:

—Quiero descubrir qué es esto antes de involucrar a producción, al equipo comercial, a la audiencia o a cualquier persona que tenga una opinión sobre nosotros.

Ayer fue una cena y un beso. Hoy estamos decidiendo intentarlo.

No quiero que se convierta en otra cosa antes de saber qué significa para nosotros.

Leo hizo girar el vaso entre las manos.

—Estoy de acuerdo.

Dante esperaba resistencia.

No llegó.

Leo lo notó.

—Pareces decepcionado.

—No lo estoy.

—Tienes cara de haber preparado argumentos adicionales.

Dante apartó la mirada.

Leo empezó a reírse.

—Has preparado argumentos adicionales.

—Pensé en posibilidades.

—¿Cuántas?

—No importa.

—Dante.

—Cuatro.

Leo se pasó una mano por la cara.

—Has preparado cuatro argumentos para una discusión que yo no he tenido.

—No eran argumentos. Eran aclaraciones.

—Claro.

Dante bebió café.

—Sigo pensando que mantener esto en privado por ahora es sensato.

—Yo también —respondió Leo, recuperando el tono serio—. Principalmente por el programa. Quiero descubrir si me gustas lo suficiente como para soportar todo esto antes de dejar que internet participe.

—Anoche parecías bastante convencido.

—Anoche me besaste. Mi criterio estaba comprometido.

Dante intentó no sonreír.

—¿Está mejor hoy?

Leo lo miró durante unos segundos.

—No mucho.

La respuesta cambió algo en el espacio entre los dos.

Dante dejó el vaso sobre la mesa.

Leo hizo lo mismo.

Ninguno tuvo que discutir cuál de los dos se movería primero.

El segundo beso tuvo menos sorpresa y más intención. Leo se acercó, Dante le sujetó la nuca y, durante unos minutos, no hubo radio, campaña, audiencia ni ninguna de las razones que seguirían existiendo después.

Cuando se separaron, Leo permaneció cerca.

—Ahora mi criterio ha empeorado.

—Lo siento.

—No lo parece.

Dante lo miró.

—No lo siento.

Leo sonrió.

—Mejor.

Dante se dio cuenta de que todavía le sujetaba la mano.

No la soltó.

—Tenemos que establecer algunas cosas.

Leo cerró los ojos.

—Y se acabó.

—¿El qué?

—El romance. Ha durado siete minutos.

—Estoy hablando en serio.

—Ese es exactamente el problema.

Dante soltó su mano únicamente para coger el móvil que estaba sobre la mesa.

Leo miró el aparato.

—No.

Dante se detuvo.

—¿No qué?

—¿Has hecho una lista?

—Todavía no.

—«Todavía» ha sido una elección de palabra horrible.

Dante dejó el móvil.

—Podemos simplemente hablar.

Leo se echó hacia atrás.

—Eso sí lo acepto.

Dante organizó mentalmente lo que necesitaba decir.

—Primera cosa: nuestra relación no se convierte en contenido.

Leo perdió inmediatamente cualquier rastro de broma.

—De acuerdo.

—Si alguien se entera, se ha enterado. Pero no usamos esto en el programa sin hablar primero entre nosotros. No contamos historias privadas para generar interacción y no utilizamos una discusión, una cita ni nada entre nosotros como tema.

—Sí. Para mí esa es la principal.

Dante asintió. Sabía por qué.

—Segunda: un problema profesional no entra automáticamente en nuestra vida personal.

Leo frunció el ceño.

—Explícate.

—Si tenemos una discusión en la radio, no quiero que lleguemos a casa y sigamos enfadados sin separar una cosa de la otra. Si hay algún problema con algo que haya dicho en el programa, me lo dices. Pero no quiero que el trabajo se convierta en una presencia permanente entre nosotros.

Leo lo consideró.

—Entonces no es «no hablar de trabajo en casa».

—No. Eso sería imposible y artificial. Es no dejar que un conflicto profesional cruce la puerta sin hablarlo.

—De acuerdo. Esa me gusta.

Dante respiró antes de la tercera.

—Y nadie toma una decisión por el otro diciendo que lo hace para protegerlo.

Leo prestó más atención.

—Eso ha sido específico.

—Porque creo que es importante.

—Yo también. Si tengo un problema con algo, lo digo. Tú no decides por mí que una opción es mejor porque crees que me estás evitando algo.

—Exactamente.

—Y tú no aceptas algo que odias porque crees que va a proteger mi carrera.

Dante vaciló.

Leo lo señaló inmediatamente.

—Esa vacilación ha sido preocupante.

—Estoy de acuerdo.

—Has tardado.

—He seguido estando de acuerdo.

Leo extendió la mano.

—Entonces tenemos tres.

Dante se la estrechó.

—Tres.

Leo mantuvo su mano durante un segundo más.

—Cuatro: Dante tiene prohibido crear nuevas reglas sin votación.

Dante retiró la mano.

—Rechazada.

Leo sonrió.

—Acabas de demostrar por qué necesitamos la regla.

—No necesitamos regular la creación de reglas.

—Esa frase es prácticamente propaganda a favor.

—Leo.

—Somételo a votación.

—Somos dos personas.

—Exactamente. Democracia eficiente.

Dante negó con la cabeza.

—No existe una regla cuatro.

Leo se recostó, satisfecho.

—La consideraré provisionalmente aprobada hasta una revisión formal.

—No puedes hacer eso.

—La regla cuatro dice que sí.

—La regla cuatro no existe.

Leo sonrió.

—Ya tenemos nuestro primer conflicto como pareja.

Dante se quedó inmóvil.

La palabra entró en la conversación sin preparación.

Leo también se dio cuenta. Su sonrisa disminuyó.

—¿Ha sido demasiado pronto?

Dante lo pensó.

Por primera vez, no necesitó una lista.

—No.

Leo lo miró.

—Entonces ¿somos pareja?

El impulso automático de Dante fue matizar, definir, establecer una duración mínima o señalar que solo habían salido una vez.

Lo ignoró.

—Sí.

Leo sonrió.

—Vale.

Dante le tocó el rostro y volvió a besarlo.

Ninguno de los dos mencionó la regla cuatro durante el resto de la mañana.

◆◆◆

En Vértice, dos días después, Bia entró en la sala de preparación con el portátil abierto y una expresión demasiado satisfecha.

Dante la reconoció de inmediato.

—¿Qué ha pasado?

—Pueden ocurrir cosas buenas sin que sean un problema, ¿sabes?

—Has entrado sonriendo a dos presentadores antes de una reunión. Estadísticamente, significa que vas a enseñarnos algo.

Leo, sentado a su lado, se volvió hacia Bia.

—No lo escuches. Enséñalo.

Ella dejó el portátil sobre la mesa.

—Los números de esta semana.

Dante leyó primero la audiencia general. Crecimiento en radio, mayor crecimiento en digital, más visualizaciones posteriores, seguidores y aumento del tiempo medio de reproducción.

—Seguimos subiendo.

—Bastante —confirmó Bia—. Pero hay algo más interesante.

Cambió la pantalla. Aparecieron varios clips recientes organizados según su rendimiento: el intercambio de posturas, parte de la emisión exterior, una discusión sobre mensajes y un fragmento de Predice la Respuesta .

—Estos son los vídeos que más han crecido sin publicidad pagada —explicó Bia—. Principalmente por compartidos y comentarios.

Leo acercó el rostro a la pantalla.

—¿Qué tienen exactamente en común?

Bia sonrió.

—Os olvidáis de pelear.

Dante la miró.

—No nos olvidamos.

—Sí que lo hacéis.

Abrió el primer vídeo. Era un fragmento de la emisión exterior en el que Leo hacía una pregunta y Dante respondía antes de que ambos empezaran a discutir sobre planificación.

—Aquí se supone que deberíais estar discrepando. Os pasáis la mitad del clip riéndoos.

Después abrió otro. En el vídeo de Predice la Respuesta , Leo acertaba una pregunta con una precisión excesiva y Dante tardaba en responder.

Los comentarios aparecían al lado:

SE CONOCEN DEMASIADO

ESTO NO ES ODIO

BESAOS DE UNA VEZ

Dante apartó la mirada de la pantalla.

Sintió que Leo hacía lo mismo casi al mismo tiempo.

Bia no pareció darse cuenta.

O quizá se había dado cuenta de todo.

—Al público le gustan las discusiones —continuó—. Pero estos momentos en los que rompéis la dinámica funcionan todavía mejor.

—Entonces ¿la estrategia ahora es ser menos competentes manteniendo el formato? —preguntó Dante.

—No. Solo estoy enseñando el comportamiento de la audiencia.

Leo volvió a mirar la pantalla.

—Básicamente, prefieren cuando Equipo Dante y Equipo Leo sufren una crisis de identidad.

—Básicamente.

Dante bajó unos centímetros la tapa del portátil, lo suficiente para detener el vídeo.

—Entendido.

Bia sostuvo la pantalla antes de que pudiera cerrarla más.

—Todavía lo necesito.

—Entonces continúa con los datos.

Ella lo observó durante un instante y sonrió de una forma que a Dante no le gustó.

—Claro.

Leo tosió discretamente a su lado.

Dante no se volvió.

Durante los minutos siguientes, Bia habló de alcance, retención y crecimiento de las plataformas. Dante escuchó todo, hizo preguntas y anotó las cifras relevantes.

Por fuera, nada había cambiado.

Por dentro, la misma información había adquirido otro significado.

Días antes, habría interpretado aquellos vídeos únicamente como una prueba de que la química profesional funcionaba.

Ahora sabía lo que existía fuera de las cámaras.

Cuando Bia terminó y salió de la sala, Dante cerró la carpeta.

Leo siguió mirando hacia la puerta.

—Esto va a ser interesante.

Dante se volvió.

—¿El qué?

Leo señaló el lugar donde había estado el portátil.

—Seguir vendiéndole al público la idea de que no nos soportamos cuando, aparentemente, prefieren precisamente los momentos en los que nos olvidamos de eso.

Dante sostuvo su mirada.

—Entonces no nos olvidamos.

Leo sonrió.

—Parece sencillo cuando lo dices.

Dante intentó responder con algo seco.

No encontró nada.

Leo seguía sonriendo.

Y Dante se dio cuenta de que probablemente a Bia también le habría gustado aquel momento.