En Antena, Nos Odiamos Capítulo 12
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Capítulo 12

Fuera del aire

Leo

L eo llegó seis minutos antes.

No diez, porque no quería darle a Dante ese gusto. Tampoco exactamente a la hora, porque ya llevaba semanas escuchando que llegar a la hora significaba estar listo antes.

Seis minutos parecían un margen seguro entre interés y sumisión a una filosofía de vida que Leo seguía considerando excesivamente reglamentada.

Dante ya estaba allí.

Claro.

Sentado en una mesa cerca de la ventana, sin carpeta, tableta ni una sola hoja delante.

Leo se detuvo junto a la silla.

—Estás sin material de apoyo.

Dante levantó la vista.

—Es una cena.

—Estoy impresionado.

—Tú has traído mochila.

Leo miró la correa sobre su propio hombro.

—Eso es diferente.

—¿Por qué?

—Porque es mi mochila.

Dante hizo un gesto hacia la silla.

—Argumento irrefutable.

Leo se sentó. Durante unos segundos, ambos fueron extrañamente conscientes de la ausencia de un micrófono entre ellos.

No era la primera vez que almorzaban juntos ni que hablaban fuera de Vértice, pero sí la primera en que el motivo para estar en la misma mesa no podía atribuirse al guion, al equipo, a la programación o al azar.

Leo cogió la carta.

—Tengo una regla.

Dante levantó las cejas.

—¿Tú?

—No empieces. Hoy no hablamos de trabajo.

—¿Nada?

—Nada.

—Acabas de establecer una regla absoluta sin prever excepciones.

Leo lo señaló.

—Ya me arrepiento de haber usado esa palabra.

—Podemos reformularla.

—Eso ya parece una reunión.

Dante bajó la carta.

—De acuerdo. Sin trabajo.

—Perfecto.

Se quedaron en silencio.

Leo miró alrededor. Dante movió la servilleta. Leo volvió a consultar la carta, aunque ya había elegido.

—Entonces —empezó.

—Entonces —repitió Dante.

Más silencio.

Leo fue el primero en reírse. Dante intentó mantener la expresión y se rindió poco después.

—Esto es ridículo —dijo Leo, dejando la carta sobre la mesa—. Hablamos durante horas cuando hay un micrófono, pero quitas el programa y, aparentemente, perdemos el ochenta por ciento del vocabulario.

—Tu regla eliminó nuestra principal área de convivencia.

—Quería evitar que esto se convirtiera en una reunión de contenidos.

—Lo estamos haciendo muy bien.

Leo volvió a reír.

—De acuerdo. Podemos mencionar el trabajo si no estamos resolviendo trabajo.

—Esa regla es lo bastante vaga como para funcionar.

—Gracias por la aprobación.

Llegó el camarero, hicieron los pedidos y, cuando volvieron a quedarse solos, la conversación recuperó la naturalidad.

Empezaron hablando de la semana, se desviaron hacia el café de Rafa y acabaron discutiendo si Dante realmente había hecho trampas en el juego de preguntas al exigir que cambiaran de lectora.

—Sigues estando equivocado —afirmó Leo.

—Respondiste antes de que terminara.

—Porque lo sabía.

—Esa es exactamente la ventaja de conocer su ritmo.

—¿Te das cuenta de que nadie aparte de ti considera eso un caso legítimo?

—La opinión popular no determina la validez.

Leo sonrió.

—Echaba de menos esto.

La frase salió sin planificación.

Dante se dio cuenta.

Leo también.

Ninguno comentó nada.

Llegó la cena y, poco a poco, desapareció el esfuerzo inicial.

Leo contó historias de la productora; Dante habló de Clara.

Descubrieron que no estaban de acuerdo sobre las películas largas, la temperatura del aire acondicionado y la necesidad de organizar las aplicaciones en carpetas en el móvil.

Dante admitió que eliminaba las notificaciones en cuanto las veía.

Leo le enseñó su propia pantalla con decenas acumuladas solo para observar el horror silencioso en su rostro.

—¿Eso no te molesta?

—No.

—Tienes ciento ochenta y tres.

Leo miró la pantalla.

—Ahora ciento ochenta y cuatro.

Dante dejó el tenedor sobre el plato.

—No necesitaba saberlo.

—Has preguntado.

—Fue un error.

Leo se rio.

Era fácil.

Más fácil de lo que había imaginado.

Quizá por eso, cuando la conversación se ralentizó algún tiempo después, el silencio ya no pareció un problema que hubiera que llenar.

Dante bebió agua.

—Cuando dejaste el antiguo podcast, ¿ya sabías que te irías definitivamente?

Leo sintió que la pregunta cambiaba el tono sin destruir la comodidad. No era invasiva, pero tampoco superficial.

—No. Durante bastante tiempo pensé que podía arreglarse.

Dante se limitó a esperar.

Leo pasó un dedo por el borde del vaso.

—Ya te conté lo de las decisiones. Que utilizaban esa imagen de que yo era caótico para decidir cosas sin mí.

—Sí.

—Eso me irritaba. Pero no fue lo que hizo que me marchara.

Dante mantuvo los ojos en él.

Leo podría hacer una broma.

Sintió el impulso.

Lo dejó pasar.

—Mi socio también era mi amigo. Antes de los contratos, del dinero o de la audiencia. Así que hablaba con él de cosas que no tenían nada que ver con el programa. Relaciones, familia, miedos, gente que estaba conociendo... cosas normales.

Dante asintió.

—¿Y empezó a aparecer en el contenido?

—No literalmente. Era peor porque tardé en darme cuenta.

Contaba una historia privada una noche y, una semana después, aparecía una propuesta de episodio muy parecida.

Comentaba que me sentía inseguro por algo y, poco después, alguien sugería una campaña utilizando exactamente esa inseguridad porque sería «identificable».

La mandíbula de Dante se tensó.

—Sin que tú lo supieras.

—Sin que yo lo supiera.

—¿Y cuando lo enfrentaste?

Leo miró el plato.

—Al principio dijeron que era una coincidencia.

Después dijeron que cualquier cosa que me ocurriera podía inspirar trabajo porque yo era la cara del programa.

—Soltó una risa sin humor—. En algún momento encontré notas.

No eran transcripciones, pero eran lo bastante claras.

Cosas que yo había contado en privado estaban anotadas como posibles temas.

Dante se quedó inmóvil.

—¿Y cuando preguntaste por eso?

—Dijeron que estaba exagerando. Que nadie había publicado nada sin autorización. Que solo eran ideas. Después llegó la frase de que yo siempre había sido demasiado abierto y que al público le gustaba precisamente esa honestidad.

Dante no respondió de inmediato.

Leo levantó la vista.

—Lo peor no fue que terminara el programa. Ni el dinero. Fue darme cuenta de que ya no sabía qué conversación había sido solo una conversación.

Dante guardó silencio. No intentó decir que aquello era absurdo, aunque claramente lo pensaba. Tampoco preguntó por qué Leo había seguido allí tanto tiempo.

Solo preguntó:

—¿Por eso pusiste aquella cláusula en el contrato de Vértice?

Leo asintió.

—Yo puedo decidir qué quiero contar públicamente. Ya he contado muchas cosas. No tengo ningún problema con eso. El problema es que alguien piense que, porque una parte de mi vida se convierte en contenido, todas las demás también están disponibles.

Dante apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Lo entiendo.

Leo sonrió ligeramente.

—Probablemente seas la persona menos «sin filtro» que conozco.

—¿Eso ha sido un cumplido?

—Una observación objetiva.

—¿Lo has aprendido de mí?

—Por desgracia.

Dante casi sonrió, pero el humor no hizo que abandonara el tema.

—Tiene sentido que separes tanto las dos cosas.

Leo agradeció en silencio que no dijera que ahora lo entendía todo.

No lo entendía.

No podía.

Pero había entendido aquella parte.

—¿Y tú? —preguntó Leo—. ¿Siempre has sido así?

Dante entrecerró los ojos.

—¿Así cómo?

—Tan cuidadoso hasta para decir que te ha gustado un postre.

—He dicho que estaba bueno.

—Has dicho «ha sido una elección adecuada».

—Estaba bueno.

Leo se rio.

—Eso. Ese es exactamente el problema.

Dante miró su propio vaso.

Leo se dio cuenta de que la pregunta había tocado algo más serio.

—No tienes que responder.

Dante permaneció unos segundos en silencio.

—Mi última relación terminó en parte por eso.

Leo no esperaba la respuesta.

Tampoco comentó nada de inmediato.

—¿Estuvisteis juntos mucho tiempo?

—Casi dos años.

Dante hizo girar el vaso una vez.

—No terminó mal. Creo que eso hizo más difícil entender por qué terminó.

—¿Qué te dijo?

Dante soltó el aire.

—Que estaba cansado de tener que adivinar lo que yo sentía.

Leo guardó silencio.

—Yo pensaba que evitaba conflictos —continuó Dante—.

Si algo me molestaba y lo consideraba pequeño, no decía nada.

Si estaba preocupado, esperaba hasta resolverlo por mi cuenta.

Si una decisión podía provocar una discusión, pensaba bastante antes de plantearla.

En mi cabeza, estaba evitando problemas innecesarios.

—¿Y en la suya?

Dante levantó la vista.

—Decía que yo solo le entregaba la versión final. Nunca el proceso.

Leo sintió la frase.

—No mentía. Solo... filtraba. Pensaba que eso hacía todo más estable.

—¿Funcionó?

Dante sonrió brevemente.

—Evidentemente no.

Leo no hizo ninguna broma.

—Debió de ser difícil escuchar eso después de casi dos años.

Dante asintió.

—Fue peor darme cuenta de que tenía razón en parte. Yo quería una relación en la que nada se saliera de control y conseguí una en la que la otra persona nunca sabía cuándo algo iba mal.

Leo apoyó los brazos sobre la mesa.

—Eso explica algunas cosas.

—¿Vas a hacer una lista?

—Estoy resistiendo.

Dante sonrió.

La conversación podría haber regresado al humor y haberse quedado ahí.

Ninguno quiso.

Permanecieron más tiempo hablando, no necesariamente de asuntos tan importantes, pero con una diferencia sutil: ya no evitaban llegar a ellos.

Cuando pidieron la cuenta, Leo se dio cuenta de que habían pasado mucho más tiempo allí del que había planeado.

Dante no había mirado el reloj ni una sola vez.

Leo decidió no mencionarlo.

◆◆◆

Fuera, la noche era agradable y la calle todavía estaba concurrida. Caminaron juntos hacia el aparcamiento, sin suficiente prisa como para que ninguno tuviera que sugerir que se detuvieran.

Una voz femenina los interrumpió.

—Perdonad. ¿Sois Dante y Leo?

Los dos se giraron.

Una mujer de poco más de veinte años estaba unos pasos detrás, con el móvil en la mano y una expresión dividida entre emoción y vergüenza.

Leo sonrió primero.

—Depende. Si vienes a cobrar algo, él es Dante y yo soy otra persona.

Dante lo miró.

—Muy útil.

La mujer se rio.

—Veo Dos Lados . ¿Puedo pediros una foto?

—Claro —respondió Leo.

Ella se acercó, desbloqueó el móvil y vaciló.

—¿Puedo pediros una cosa idiota?

Dante pareció desconfiar de inmediato.

—Esa introducción no ayuda.

Ella volvió a reír.

—¿Podéis poner cara de que estáis discutiendo? Es que mi hermana es del Equipo Dante y yo soy del Equipo Leo.

Leo giró lentamente la cabeza hacia Dante.

—Por fin reconocimiento público de las facciones.

Dante soltó un suspiro.

—Una foto.

—Una foto —confirmó la mujer.

Levantó el móvil. Leo cruzó los brazos y miró a Dante con falsa irritación. Dante respondió con una expresión tan naturalmente cansada de su presencia que Leo estuvo a punto de estropearlo todo riéndose.

La foto salió.

—Perfecta —dijo ella, mirando la pantalla—. Gracias. Y, Dante, mi hermana se va a volver loca.

—Me... alegro.

Leo esperó hasta que la mujer se alejó.

—¿Eso te ha dolido físicamente?

—¿El qué?

—Decir que te alegrabas.

—No estaba mintiendo.

—Solo parecía que estabas rellenando un formulario.

Dante siguió caminando.

Leo lo acompañó.

Doblaron la esquina y, cuando quedaron fuera de la vista de la mujer, Leo miró a Dante.

Dante le devolvió la mirada.

Los dos empezaron a reír casi al mismo tiempo.

—Has puesto exactamente la misma cara que en la sesión de fotos —dijo Leo.

—Porque tú estabas poniendo exactamente la misma cara irritante.

—Yo estaba actuando.

—Yo también.

Leo se rio más.

—Esa frase ha sido poco convincente.

Dante negó con la cabeza.

La situación era absurda. Acababan de salir de una cena en la que habían hablado de cosas que ninguno de los dos solía entregar con facilidad y, segundos después, estaban en la acera fingiendo para una desconocida que apenas podían soportarse.

Leo sintió el cambio antes de ponerlo en palabras.

Fuera de las cámaras, la rivalidad ya no parecía exactamente real.

Miró a Dante.

La sonrisa seguía allí.

—¿Siguen existiendo cuatro razones? —preguntó.

Dante se detuvo.

Leo también.

Durante un momento, el ruido de la calle pareció lo bastante lejano como para no importar.

Dante metió las manos en los bolsillos.

—Ahora hay seis.

La sonrisa de Leo disminuyó.

—¿Eso es un no?

Dante no respondió.

Dio un paso hacia él.

Leo tuvo tiempo de sobra para darse cuenta del movimiento y ninguna intención de retroceder.

Dante le sujetó suavemente un lado del brazo y lo besó.

No hubo vacilación después de que ocurriera.

La boca de Dante encontró la suya con una decisión que contradecía perfectamente todas las razones, listas y precauciones de aquella noche.

Leo se sorprendió durante menos de un segundo antes de acercarse y corresponder, una mano sujetando la camisa de Dante cerca de la cintura.

El beso no duró mucho.

Duró lo suficiente.

Cuando se separaron, Leo seguía demasiado cerca como para fingir normalidad.

Dante respiró hondo.

Leo lo miró.

—Seis razones.

—Sí.

—Muy eficaces.

Dante soltó una risa baja.

Leo estaba a punto de decir algo cuando el móvil de Dante vibró.

Los dos miraron el aparato en su bolsillo.

Dante cerró los ojos un instante.

—No contestes.

—No estoy contestando.

El móvil vibró otra vez.

—Eso es un mensaje —observó Leo.

—Lo sé.

—Vas a mirar.

—No voy a hacerlo.

Dante aguantó dos segundos sin tocar el aparato.

Después lo sacó.

Leo sonrió.

—Impresionante resistencia.

—Puede ser algo importante.

—Claro.

Dante desbloqueó la pantalla.

La sonrisa desapareció poco a poco.

—¿Qué?

Giró el móvil hacia Leo.

El mensaje era de Marcos:

«Los números son una locura. El lunes os quiero en una reunión. Vamos a ampliar la campaña».

Leo lo leyó dos veces.

Después miró a Dante.

El beso todavía seguía presente en su boca.

En la pantalla, la rivalidad acababa de entrar en una nueva fase.

—Timing excelente —murmuró Leo.

Dante guardó el móvil.

—Tiene talento.

Leo soltó el aire, todavía sin saber si quería reírse o preocuparse.

Después volvió a mirar a Dante.

Las seis razones seguían existiendo.

El mensaje también.

Ninguna de ellas borraba lo que acababa de ocurrir.