En Antena, Nos Odiamos Capítulo 11
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Capítulo 11

Predice la respuesta

Dante

A Dante no le gustó el nombre de la sección.

No había nada técnicamente malo en Predice la Respuesta , pero el título daba la impresión de alguna especie de telepatía barata cuando, según Paula, la propuesta era mucho más sencilla: descubrir cuánto habían aprendido él y Leo a interpretar la forma de pensar del otro durante las últimas semanas.

—Entonces es una prueba —dijo Dante durante la preparación.

—No. Si fuera una prueba, habría un resultado —respondió Paula, organizando las fichas que les entregarían durante el programa.

Leo, sentado a su lado, apoyó la barbilla en una mano.

—Habrá un resultado. Yo ganando.

—No hay puntuación —avisó Bia.

—Entonces ahora tenemos un problema de producción.

Dante hojeó el guion.

—Si no hay puntuación, ¿cómo definimos si alguien acierta?

Leo giró lentamente la cabeza.

—Acabas de convertir «adivinar qué diría yo» en un proceso de auditoría.

—Tiene que haber algún criterio.

—Lo hay. Yo digo si has acertado.

—Eso es completamente subjetivo.

—Dante, yo soy quien sabe qué respondería.

—Puedes cambiar la respuesta después de oír la mía.

Leo se llevó una mano al pecho.

—¿Me estás acusando de fraude en un juego que ni siquiera ha empezado?

—Estoy diciendo que el método lo permite.

Paula cerró la carpeta delante de ellos.

—Ninguno de los dos recibe la pregunta antes.

Uno responde lo que cree que diría el otro, el otro da la respuesta real y, si son esencialmente iguales, Bia lo considera un acierto.

La intención no es descubrir si sois «compatibles».

Es ver si ya habéis aprendido a reconocer cómo piensa el otro. Punto.

Dante todavía dudó.

—«Esencialmente» sigue siendo subjetivo.

—Si continúas, cancelo la sección y hago cincuenta minutos sobre astrología.

Dante cerró la boca.

Leo sonrió.

—Yo pagaría por verlo.

—Te pagan por estar aquí.

—Mejor todavía.

Paula salió para comprobar el estudio. Leo se inclinó discretamente sobre la mesa.

—¿Estás nervioso?

—¿Por qué?

—Porque quizá descubras que no sabes nada de mí.

Dante ordenó las hojas.

—Eso sería perfectamente aceptable. Llevamos trabajando juntos unas semanas. No hay ningún motivo para que conozca detalles irrelevantes sobre ti.

—Perfecto. Entonces será fácil.

Leo extendió la mano mientras hablaba y desplazó el bolígrafo de Dante unos centímetros hacia la izquierda.

Dante interrumpió el movimiento de las hojas.

Miró el bolígrafo.

Leo mantuvo una inocencia imposible.

Dante abrió la carpeta, sacó una pequeña regla transparente que utilizaba para marcar documentos y midió la distancia hasta el borde del guion antes de devolver el bolígrafo exactamente a su sitio.

Leo se quedó mirándolo.

—Llevas una regla encima.

—Ahora tenemos pruebas de que es necesaria.

Dante guardó la regla.

—No vuelvas a tocarlo.

La sonrisa de Leo se hizo más grande.

—Eso ha sido lo peor que podías decir.

Dante volvió al guion.

El problema era que, mientras pensaba en la posibilidad de tener que predecir alguna reacción de Leo, varias se le ocurrían sin esfuerzo.

Si la pregunta fuera sobre llegar tarde, Leo diría que diez minutos todavía pertenecían a la misma hora.

Si fuera sobre mensajes largos, empezaría haciendo una broma antes de admitir que dependía de quién los enviara.

Si alguien planteaba un dilema absurdo, buscaría primero el detalle más gracioso y solo después respondería de verdad.

Dante se dio cuenta de que estaba haciendo exactamente aquello que había dicho que no tenía ningún motivo para hacer.

Conocía patrones.

Eso no significaba nada.

◆◆◆

El programa empezó con la explicación de la sección y tres minutos de quejas de Leo sobre la inexistencia de puntuación.

—Producción afirma que esto no es una competición —dijo al micrófono—. Una decisión cobarde tomada claramente porque saben que yo ganaría.

Dante ajustó una de las fichas.

—Te has declarado vencedor antes de conocer las preguntas.

—Confianza.

—Falta de pruebas.

—Envidia anticipada.

Dante miró a la cámara central.

—Como pueden ver, hemos empezado muy bien.

Bia envió la primera pregunta:

«Una persona recibe una invitación para una fiesta ese mismo día, pero ya había planeado quedarse en casa. ¿Qué diría Leo?»

Dante la leyó y lo miró.

—Fácil. Dirías que depende de quién te haya invitado, harías una broma sobre necesitar saber si habrá comida y después dirías que irías si te apetece ver a esas personas, porque planificar no debería utilizarse como una cárcel.

Leo se quedó mirándolo.

—Eso ha sido ofensivamente específico.

—¿He acertado?

—Te ha faltado que preguntaría si hay aparcamiento.

Bia levantó el cartel:

ACIERTO.

Leo se volvió hacia ella.

—Quiero una revisión.

—Acepta el resultado —dijo Dante, ocultando una sonrisa.

—No me ha gustado ese tono de superioridad.

—Tú creaste la competición.

—Y ya me arrepiento.

La segunda pregunta fue para Leo:

«Dante recibe un mensaje profesional a las diez y media de la noche que no requiere una respuesta inmediata. ¿Qué hace?»

Leo ni siquiera necesitó pensarlo.

—Lo lee. Se molesta porque la persona lo ha enviado a esa hora.

Decide que no va a responder porque quiere establecer un límite profesional, pasa cinco minutos pensando en el asunto, responde de todos modos con tres frases extremadamente objetivas y después se queja de que la gente no respeta el horario laboral.

Dante frunció el ceño.

—Yo no me quejaría.

Leo volvió la cabeza.

—¿Todo lo demás es correcto?

Dante vaciló.

Bia levantó el cartel:

ACIERTO.

—Justicia —declaró Leo.

—No respondería siempre.

—La pregunta no decía siempre. Decía una vez.

Dante decidió que discutir solo confirmaría el resultado.

Las preguntas continuaron, pero pronto quedó claro que la sección no funcionaba porque los dos supieran datos triviales el uno del otro. Lo que resultaba sorprendente era la facilidad con la que reconocían la lógica detrás de las decisiones.

Cuando les preguntaron qué haría Leo si en un restaurante recibiera un plato completamente diferente al que había pedido, Dante respondió:

—Primero diría que se lo comería igualmente porque no quiere esperar otro. Después lo probaría. Si está bueno, realmente se lo comería. Si está malo, pasaría cinco minutos diciendo que no quiere molestar al camarero hasta que finalmente lo llamaría porque yo se lo diría.

Leo se quedó mirándolo.

—No necesito que tú me lo digas.

Dante levantó una ceja.

—Eso significa que el resto es correcto.

—Por desgracia.

Otro cartel de acierto.

Cuando preguntaron cómo reaccionaría Dante si un amigo cancelara un compromiso importante en el último momento, Leo no se limitó a decir que se enfadaría.

—Primero responderá «no pasa nada» porque no quiere parecer que está reclamando. Después reorganizará todo el resto del día y se enfadará más por la desorganización que ha provocado que con la persona. Si es alguien a quien quiere mucho, fingirá que no le ha molestado.

La última parte hizo que Dante levantara la mirada.

Leo lo notó, pero no cambió su respuesta.

—¿Y después? —preguntó Dante.

—Después dirás que no hay ningún «después» porque ya has respondido «no pasa nada».

Bia levantó:

ACIERTO.

Dante miró el monitor de comentarios.

Se multiplicaban demasiado deprisa.

SE CONOCEN DEMASIADO

ESTO NO ES NORMAL

BESAOS DE UNA VEZ

Dante apartó la mirada inmediatamente.

—Bia.

Ella abrió los brazos detrás del cristal.

Leo vio el monitor.

—Ah, no.

—Ignóralo.

—Lo estoy ignorando.

—Estás leyendo.

—Leer e ignorar son dos etapas diferentes.

Dante volvió a la ficha.

—Siguiente pregunta.

Leo seguía sonriendo.

—¿Te has puesto rojo?

Dante levantó la cabeza.

—No.

—Interesante.

—Leo.

—Siguiente pregunta.

Dante empezó a leer antes de que pudiera inventar otra cosa.

Cuanto más avanzaba la sección, más difícil resultaba fingir que los aciertos eran casualidad.

Dante sabía que Leo utilizaba una broma para ganar unos segundos cuando una pregunta lo afectaba de verdad.

Sabía que odiaba sentir que estaba haciendo perder el tiempo a otras personas.

Sabía que, a pesar de su imagen relajada, comprobaba los equipos más de una vez antes de emisiones importantes y prefería quedarse callado antes que dar una opinión seria cuando todavía no había decidido qué pensaba realmente.

Leo parecía haber construido un mapa parecido de él.

No era una colección de hábitos.

Era interpretación.

Dante no conseguía identificar exactamente cuándo había ocurrido aquello. Quizá durante las horas de preparación, los almuerzos, las discusiones, la emisión exterior, el archivo o la noche en el café de Rafa.

En algún momento, Leo había dejado de ser solo alguien cuya imprevisibilidad necesitaba administrar y se había convertido en una persona a la que Dante reconocía antes incluso de que hablara.

La conclusión debería ser únicamente profesional.

No lo parecía.

◆◆◆

La pregunta que cambió el ritmo apareció cerca del final de la sección.

Leo recibió la ficha, la leyó y se puso más serio.

—«¿Qué pondría más nervioso a Dante cinco minutos antes de salir al aire?»

Dante apoyó las manos sobre la mesa.

—Fácil.

—No respondas por mí.

—No lo haré.

Leo lo miró.

Dante esperaba alguna respuesta obvia: descubrir un error en el guion, perder el retorno, recibir información de última hora o darse cuenta de que algo no se había comprobado.

Leo pensó durante unos segundos.

—Pensar que alguien va a darse cuenta de que está nervioso.

Dante no reaccionó de inmediato.

La respuesta encontró espacio antes de que pudiera construir una defensa.

Leo seguía mirándolo, sin sonreír.

Bia tampoco había levantado el cartel.

—No es equivocarse —añadió Leo en un tono menos provocador—. Los errores puedes resolverlos. El problema es que alguien se dé cuenta antes de que los resuelvas. Odias parecer que no sabes lo que estás haciendo, incluso cuando sí lo sabes.

Dante fue demasiado consciente de las cámaras, del micrófono, de la luz roja, del chat.

De Leo.

—No sé si eso cuenta como respuesta a la pregunta —dijo por fin.

Leo inclinó la cabeza.

—¿Eso significa que he fallado?

Dante podría decir que sí.

Sería fácil.

—No.

Bia levantó lentamente el cartel.

ACIERTO.

El monitor de comentarios se disparó.

Dante no miró.

Leo también pareció decidir no prolongar el momento.

—Excelente —dijo, recuperando parte de su tono ligero—. Ahora que hemos invadido la privacidad psicológica de mi compañero, podemos ir a la pausa.

Dante soltó una breve risa, más por alivio que por humor.

Jonas habló por el pinganillo:

—Veinte segundos.

Dante retomó el cierre del bloque, hizo la transición, anunció la pausa y esperó a que cambiara la luz antes de quitarse uno de los auriculares.

Leo no dijo nada.

Extrañamente, eso fue peor.

◆◆◆

Después del programa, el estudio se vació más rápido de lo habitual. Bia salió para preparar los primeros clips, Paula fue a atender una llamada y Jonas desapareció para resolver algo en la parte técnica.

Dante siguió recogiendo las hojas incluso después de que ya no hubiera ningún motivo para ordenarlas.

Leo se quedó.

Dante lo sabía porque todavía lo veía por el rabillo del ojo.

—¿Vas a seguir fingiendo que necesitas alinear esas páginas? —preguntó Leo.

Dante colocó la última sobre las demás.

—Estaban desordenadas.

—Eran cuatro.

—Sigue siendo posible.

Leo se apoyó en la mesa.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Depende de la pregunta.

—¿Esto está pasando o llevo demasiado tiempo mirándote bajo la iluminación del estudio?

Dante levantó la vista.

No había ninguna manera razonable de fingir que no había entendido.

—«Esto» es extremadamente impreciso.

Leo soltó una risa.

—Claro que esa sería tu primera respuesta.

—Estoy pidiendo precisión.

Leo descruzó los brazos.

—De acuerdo. Me atraes. Tengo la impresión de que yo también te atraigo a ti. Te pregunto si lo he interpretado mal.

Dante sintió la necesidad inmediata de mirar cualquier cosa que no fuera Leo.

No lo hizo.

—No lo has interpretado mal.

La sonrisa de Leo disminuyó, no por decepción, sino porque la respuesta había eliminado de la conversación una parte de la broma.

—Vale.

Dante respiró.

—Eso no significa que sea una buena idea.

Leo asintió.

—Me imaginaba que esa parte llegaría.

—Trabajamos juntos.

—Uno.

—El programa depende de nuestra dinámica profesional.

—Dos.

Dante frunció el ceño.

—¿Qué?

—Estoy contando.

—No cuentes.

—Continúa.

Dante lo ignoró.

—Cualquier complicación personal puede afectar a una temporada que ni siquiera ha llegado a la mitad. Hay un equipo implicado, una campaña construida alrededor de una rivalidad pública y estamos vinculados contractualmente durante los próximos meses.

Leo levantó cuatro dedos.

—Cuatro.

Dante se detuvo.

—Eso no tiene gracia.

—No me estoy riendo. Solo estoy ayudando con la organización.

—Acabas de convertir mi preocupación en una lista.

—Pensé que lo apreciarías.

Dante se pasó una mano por la cara.

Leo volvió a ponerse serio.

—¿Hay alguna más?

Había. Varias.

Dante podría seguir hasta convertir la atracción en un problema administrativo lo bastante grande como para desaparecer bajo el peso de sus propias razones.

En lugar de eso, se quedó mirando a Leo.

—Con esas basta.

Leo se acercó un poco a la mesa.

—¿Te has dado cuenta de que ninguna de esas razones significa que no quieras?

Dante guardó silencio.

Leo no apartó la mirada.

Era irritante que alguien te conociera.

Todavía más irritante cuando utilizaba ese conocimiento correctamente.

—No —admitió Dante.

—¿No te habías dado cuenta?

—No significa que no quiera.

Leo sonrió ligeramente.

Dante sintió acelerarse su propio pulso y se irritó ante la absoluta falta de utilidad de aquella respuesta física.

—Entonces quizá deberíamos dejar de intentar resolver todo lo demás antes de descubrir si realmente hay algo que resolver —dijo Leo.

Dante arqueó una ceja.

—¿Tu propuesta es...?

—Cenar.

—¿Solo eso?

—Dices «solo eso» como si te hubiera propuesto matrimonio.

—Estoy intentando establecer parámetros.

—Claro que sí. —Leo sacó el móvil del bolsillo—. Una cena. Fuera de aquí. Sin equipo, micrófono ni cámara. Y, si después quieres volver a tus cuatro razones, prometo escucharlas todas otra vez.

Dante lo consideró. Ya sabía la respuesta.

Aun así, dejó pasar unos segundos.

—De acuerdo.

Leo se detuvo.

—¿De acuerdo?

—Acabas de invitarme a cenar y he aceptado. No conviertas esto en un procedimiento de investigación.

La sonrisa de Leo regresó por completo.

—¿El viernes?

Dante consultó mentalmente su agenda y, por primera vez, decidió no sacar el móvil para confirmarlo.

—El viernes.

—¿A las ocho?

—A las siete y media.

—Sabía que negociarías la hora.

—Las ocho es tarde para cenar.

—Para personas de más de ochenta años.

—Siete y media.

Leo levantó las manos.

—Siete y media.

Caminó hasta la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—¿Dante?

—¿Qué?

—Esto cuenta como una cita.

Dante sostuvo su mirada.

—Lo sé.

Leo guardó silencio durante un segundo, aparentemente sorprendido de no haber encontrado resistencia.

Después sonrió y salió.

Dante se quedó solo en el estudio.

Cuatro razones.

Seguían siendo válidas.

El problema era que ninguna había sido lo bastante fuerte como para hacerle decir que no.