Capítulo 9 #2
Dante sintió que el cuerpo se le ponía rígido antes de poder evitarlo.
Leo lo percibió inmediatamente.
—Sabes cuál es.
No era una pregunta.
Dante extendió la mano.
—Dámelo.
Leo no se lo entregó.
Tampoco hizo ninguna broma.
—¿Es aquel?
Dante no necesitaba preguntar cuál.
—Sí.
El archivo que había pasado años evitando estaba dentro de una caja, entre decenas de grabaciones que nadie más recordaba.
Leo volvió a mirar la identificación.
—¿Cuándo fue?
—En mi segundo año aquí.
—¿Ya presentabas?
—Pequeñas participaciones. Sustituciones cortas. Aquella fue una de las primeras veces que me dieron un bloque más largo.
Leo todavía sujetaba el soporte.
—¿Qué pasó?
Dante podía terminar allí. Bastaba con coger la grabación, devolverla a la caja y decir que no servía para el especial.
En lugar de eso, se apoyó en la estantería.
—Era una entrevista con un economista. Habíamos recibido datos actualizados aquella mañana. Revisé el guion, pero utilicé una versión anterior en una pregunta.
Leo esperó.
—¿El dato estaba equivocado?
—Estaba desactualizado. La diferencia no era enorme, pero cambiaba la pregunta. Él me corrigió en directo.
—¿Y tú?
—Seguí.
Leo frunció el ceño.
—¿Solo eso?
La irritación llegó inmediatamente.
—No fue «solo eso».
—No estoy diciendo que no fuera malo para ti. Estoy intentando entenderlo.
Dante respiró.
Leo tenía razón.
—Tenía veintipocos años, intentaba demostrar que podía estar allí y, de repente, un invitado tuvo que corregir una información que yo debería haber comprobado.
En la siguiente emisión llevé dos versiones del guion.
Después empecé a llevar una copia de reserva.
Después preguntas extra. No ocurrió de golpe.
Leo miró la grabación.
—¿Quieres escucharla?
—No especialmente.
—Entonces no la escuchamos.
La facilidad de la respuesta sorprendió a Dante. Esperaba una provocación, curiosidad o insistencia.
Leo empezó a devolver el soporte a la caja.
—Espera.
Se detuvo.
Dante no sabía por qué había dicho aquello. Tal vez porque pasar años tratando aquella grabación como si todavía pudiera hacerle daño se había vuelto más agotador que escucharla.
—Ponla.
Leo no comentó nada.
Fueron hasta uno de los equipos que aún permitían acceder al material antiguo. Dante conocía el sistema mejor de lo que le habría gustado admitir. Encontró la identificación, cargó el archivo y avanzó hasta el bloque indicado.
Su propia voz apareció en la sala.
Más joven.
Demasiado rápida.
Dante reconoció inmediatamente el esfuerzo por parecer más seguro de lo que estaba.
Leo permaneció a su lado, en silencio.
En la grabación, Dante presentó al invitado, comenzó la entrevista e hizo dos preguntas sin problemas. Entonces llegó la tercera.
El dato.
La formulación.
La respuesta del economista corrigiendo la información.
Incluso tantos años después, Dante sintió que se le contraía el estómago.
En la grabación hubo una breve pausa.
Entonces su yo más joven agradeció la corrección, reformuló la pregunta y siguió adelante.
La entrevista continuó.
Dante apagó el equipo antes del final.
La sala quedó en silencio.
—Ya está —dijo.
Leo no respondió de inmediato.
Dante lo miró.
—Puedes decirlo.
—¿Qué?
—Estás pensando algo.
—Siempre estoy pensando algo.
—Leo.
Él se apoyó en la mesa.
—¿De verdad recuerdas esto como un desastre?
Dante cerró el equipo.
—No he dicho desastre.
—Lo recuerdas como algo lo bastante grave como para haber cambiado tu forma de trabajar hasta hoy.
—Porque fue un error evitable.
Leo asintió.
—Lo fue.
Dante esperó el resto.
—¿Y?
Leo miró la pantalla apagada.
—Y acababas de empezar.
—Eso no cambia la información equivocada.
—No. Pero cambia la forma en que lo he escuchado.
Dante cruzó los brazos.
—¿Cómo lo has escuchado?
Leo volvió la mirada hacia él.
No estaba sonriendo.
—No parecías incompetente. Parecías nuevo.
Dante se quedó inmóvil.
La frase era demasiado sencilla como para necesitar una respuesta.
Aun así, no encontró ninguna.
Durante años, aquel recuerdo había permanecido organizado en términos objetivos: información equivocada, corrección pública, fallo de preparación. Nunca había pensado en el hombre al otro lado de aquella grabación como alguien que todavía estaba aprendiendo a ocupar su lugar.
Nuevo.
No incompetente.
Nuevo.
Dante apartó la mirada hacia la caja de archivos.
—Siguió siendo un error mío.
—Sí.
Leo no intentó quitarle aquello.
—Pero lo corregiste y continuaste —añadió—. Si hubiera escuchado esto sin saber lo que significa para ti, probablemente ni siquiera lo recordaría cinco minutos después.
Dante se pasó una mano por la nuca.
—Yo lo recuerdo.
—Lo sé.
No había ningún juicio en la respuesta.
Dante sintió una incomodidad diferente. Más difícil de organizar.
—No vamos a usar esto en el especial.
Leo cogió la grabación y la devolvió a la caja.
—Ni siquiera pensé en sugerirlo.
Dante lo miró.
Leo cerró la tapa.
No hizo ninguna broma, no insistió ni convirtió la historia en alguna lección inspiradora que Dante no había pedido.
Simplemente respetó.
Volvieron a la búsqueda unos minutos después. Dante consiguió concentrarse en el trabajo, pero la frase de Leo permaneció.
No parecías incompetente.
Parecías nuevo.
Por primera vez en años, la grabación perdió un poco del peso que él mismo había decidido cargar.