En Antena, Nos Odiamos Capítulo 9
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Capítulo 9

El archivo

Dante

D ante se dio cuenta de que el dilema de aquel programa era peligroso en cuanto terminó de leerlo.

Una oyente contaba que su novio nunca conseguía mantener una discusión seria sin convertir alguna parte de la conversación en una broma.

No importaba si hablaban de dinero, planes de futuro o algo que la hubiera molestado; cuando aumentaba la tensión, él encontraba una forma de hacerla reír y el problema terminaba abandonado sin solución.

A ella le gustaba su sentido del humor, pero empezaba a sospechar que aquella habilidad también le servía para evitar cualquier situación en la que tuviera que mostrarse vulnerable.

Dante dejó la hoja sobre la mesa.

—Su pregunta es: ¿usar el humor durante una discusión ayuda a aliviar la tensión o puede ser una forma de huir del tema?

Leo movió el micrófono.

—Las dos cosas. Siguiente dilema.

Dante lo miró.

—No funciona así.

—Acabo de resolverlo en cuatro palabras. Eso se llama eficiencia.

—Eso se llama no responder.

Leo se volvió hacia la cámara.

—Se pone agresivo cuando alguien optimiza procesos.

Dante ignoró la provocación.

—Hacer una broma puede reducir la tensión y evitar que una conversación se convierta en una pelea. Pero, si eso ocurre cada vez que el tema se vuelve incómodo, deja de ser solo humor.

—¿Y se convierte en qué?

—En una salida.

Leo apoyó el antebrazo sobre la mesa.

—¿Estás diciendo que las personas graciosas no están disponibles emocionalmente?

—No. Estoy diciendo exactamente lo que he dicho.

—El público tiene que saber que se vuelve especialmente hostil cuando deja de utilizar palabras innecesarias.

Dante respiró por la nariz. La conversación seguía dentro del formato del programa, pero había algo diferente en la manera en que Leo insistía en llevarla hacia el humor.

—Si alguien siempre convierte la incomodidad en una broma, puede acabar evitando precisamente la parte que tenía que suceder. La otra persona se ríe, la tensión desaparece y nadie necesita decir lo que realmente siente.

Leo sonrió.

—O quizá la otra persona necesite desarrollar sentido del humor.

—Ese es un argumento muy conveniente.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé. Lo acepto igualmente.

Dante miró el monitor con los comentarios. La audiencia reaccionaba deprisa, dividida entre quienes defendían al novio de la oyente y quienes reconocían aquel comportamiento. Bia hizo una señal desde el otro lado del cristal para que continuaran.

—Vamos a plantearlo de otra manera. Si alguien utiliza el humor cuando está nervioso, está bien. Si lo utiliza cuando está triste, también. El problema es cuando utiliza el humor para impedir que los demás se den cuenta de que está nervioso o triste.

Leo se quedó inmóvil durante una fracción de segundo.

Dante lo vio.

No debería haber continuado.

Continuó.

—Hay una diferencia entre hacer reír a alguien porque eres gracioso y hacerlo porque necesitas cambiar el foco antes de que la conversación se acerque demasiado.

La sonrisa de Leo permaneció, pero perdió algo.

—Eso ha sonado extrañamente específico.

—Es el dilema.

—Claro. La oyente.

Dante reconoció el tono. Leo estaba bromeando, pero no porque le hubiera hecho gracia.

—Quizá su novio simplemente no quiera convertir cualquier incomodidad en una sesión de análisis emocional —dijo Leo—. No todas las conversaciones tienen que terminar con alguien descubriendo un trauma infantil.

—No tienen por qué. Pero tampoco pueden terminar siempre con una broma porque una persona haya decidido que el tema se ha vuelto demasiado serio.

—¿«Demasiado serio» para quién?

—Para quien hace la broma.

Leo se echó un poco hacia atrás.

—Pareces muy seguro sobre la motivación de una persona que no conoces.

Dante escuchó la advertencia.

Esta vez, se detuvo.

Había cruzado algo y lo sabía. Bajó la mirada hacia el guion.

—Es verdad. No sabemos por qué lo hace. La cuestión para la oyente debería ser menos intentar diagnosticar a su novio y más explicarle el efecto que ese comportamiento tiene en ella. Si siente que los asuntos importantes nunca se resuelven, tiene que decirlo claramente.

Leo lo observó durante un instante antes de asentir.

—En eso estoy de acuerdo. No necesita decir «haces bromas porque te da miedo ser vulnerable».

Puede decir «cuando intento hablar de algo importante y cambias de tema con humor, siento que la conversación no llega a ninguna parte».

Entonces él responde por su comportamiento, no por una teoría sobre lo que hay dentro de su cabeza.

Dante se volvió hacia Leo.

Era un argumento cuidadoso.

Y una corrección merecida.

—Sí. Eso es mejor.

Leo levantó las cejas.

—¿Acabas de decir que mi respuesta es mejor?

—No desperdicies el momento.

—Bia, recorta eso.

Al otro lado del cristal, Bia levantó el pulgar.

Dante negó con la cabeza, pero el alivio cómico no eliminó la sensación de que había ido demasiado lejos.

El resto del bloque continuó sin problemas y Leo regresó a su comportamiento habitual con tanta facilidad que cualquier persona que estuviera viendo el programa probablemente no habría notado ninguna diferencia.

Dante sí.

Porque ahora sabía un poco más sobre él.

Tal vez ese fuera precisamente el problema.

◆◆◆

Cuando terminó el programa, Leo se quitó los auriculares y empezó a guardar el móvil sin hacer ningún comentario sobre el dilema. Dante organizó las hojas más despacio de lo necesario.

Era una pequeña cobardía, pero seguía siendo cobardía. Esperar a que Leo se marchara sería más fácil.

No esperó.

—Leo.

Él levantó la vista.

—¿Mmm?

—Me salí del guion.

El móvil se detuvo en la mano de Leo.

Dante continuó antes de poder convertir aquello en una explicación demasiado larga.

—En el primer bloque. Empecé hablando del dilema y pasé a hablar como si supiera por qué alguien hacía eso. No lo sabía. Y se volvió demasiado personal.

Leo lo observó durante unos segundos. A Dante no le gustaban los silencios cuando no sabía qué vendría después.

—No estabas equivocado —respondió Leo, guardando el teléfono.

Dante frunció el ceño.

Leo soltó el aire.

—Ese es el problema.

La respuesta debería haber terminado la conversación.

En cambio, dejó a Dante con más preguntas.

No hizo ninguna.

—Perdón.

Leo asintió.

—Está bien.

Dante estuvo a punto de preguntar si realmente lo estaba, pero la respuesta de Leo ya había sido más sincera de lo que probablemente pretendía dar.

Paula entró en el estudio antes de que cualquiera de los dos tuviera que decidir si continuarían aquella conversación.

—Antes de que desaparezcáis, tengo un trabajo para los dos.

Leo señaló a Dante.

—A él le gusta esa frase. Puedes dirigírsela a él.

—Tú también cobras un sueldo —respondió Paula—. Vértice cumple años el mes que viene y vamos a preparar contenido especial. Bia quiere algunos clips históricos, historias antiguas, errores, momentos importantes. El archivo todavía tiene mucho material que nunca se digitalizó correctamente.

Dante cerró la carpeta.

—¿Qué quieres que busquemos?

—Material que pueda convertirse en una sección. Programas antiguos, promos, acontecimientos extraños. Nada demasiado específico. Quiero que miréis vosotros porque uno conoce la historia de la emisora y el otro sabe detectar lo que puede funcionar para quien no la conoce.

Leo sonrió.

—Entonces él identifica patrimonio histórico y yo identifico cosas graciosas.

—Básicamente.

Dante miró a Paula.

—¿Cuándo?

—Ahora sería perfecto.

Leo se colgó la mochila al hombro.

—Claro. Porque nadie tenía planes para la tarde.

—¿Tú tenías?

—No, pero me gusta defender principios.

Paula le entregó una llave a Dante.

—Archivo dos. Las estanterías más antiguas están catalogadas por año. Parte del material ya se ha pasado al servidor, pero aún hay cosas en soportes físicos. Si encontráis algo interesante, apuntad la identificación y Jonas os ayuda después.

Dante cogió la llave.

—De acuerdo.

Leo ya caminaba hacia la puerta.

—Vamos a visitar la juventud de la radio brasileña.

Dante fue detrás.

—Vértice tiene poco más de cuarenta años.

—Para internet, eso es arqueología.

◆◆◆

El archivo estaba una planta por debajo de la redacción, en una sala más grande de lo que Leo aparentemente esperaba. En cuanto Dante encendió la luz, se detuvo en la entrada.

—Esto es maravilloso.

Dante miró alrededor. Estanterías, cajas catalogadas, discos duros antiguos, cintas, CD y carpetas con registros de programación ocupaban casi todas las paredes.

—Tienes una definición extraña de maravilloso.

—Hay una cantidad enorme de material comprometedor aquí.

—Precisamente por eso no deberías estar emocionado.

Leo entró.

—¿Dónde está tu etapa experimental?

—No tuve ninguna.

—Todo el mundo tuvo una.

—Yo trabajaba en producción.

—Entonces existen grabaciones de ti aprendiendo a hablar en radio.

Dante pasó junto a él.

—Estamos buscando material de la emisora, no mío.

—Ahora también estoy buscando el tuyo.

—Leo.

—Dante.

Dante se volvió.

Leo ya estaba sonriendo.

—¿Tienes doce años?

—Hoy, dependiendo del contenido del archivo.

Dante decidió no responder y empezó por la sección que Paula había indicado.

Durante un rato, trabajaron de verdad. Encontraron antiguas promos, una emisión realizada durante un apagón, una entrevista interrumpida por una alarma de incendios y un programa de madrugada en el que un presentador había pasado casi cinco minutos sin darse cuenta de que el micrófono estaba abierto.

A Leo le gustó especialmente ese.

—Este entra.

—No podemos usarlo sin autorización.

—Lo sé. Estoy diciendo que merece que lo evalúen.

Dante apuntó el código.

—Te estás volviendo responsable.

Leo se llevó una mano al pecho.

—Retíralo.

—Era una observación objetiva.

—Mi reputación no puede soportarlo.

Dante continuó por la siguiente estantería mientras Leo rebuscaba en una caja con grabaciones de algunos años atrás.

—¿Qué es esto?

—Probablemente programas locales antiguos.

Leo sacó un soporte identificado con fecha y nombre.

Se quedó en silencio.

Dante se dio cuenta.

—¿Qué?

Leo giró la etiqueta.

El nombre de Dante estaba allí.

No como productor.

Como presentador.