En Antena, Nos Odiamos Capítulo 8
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Capítulo 8

Sin guion

Leo

L a primera emisión externa de Dos Lados debería haber sido sencilla.

Al menos esa había sido la expresión utilizada por Paula.

Leo desconfiaba de cualquier equipo de producción que calificara de sencilla una emisión en directo fuera del estudio, especialmente cuando implicaba radio, vídeo, internet, dos cámaras, retorno, enlaces móviles y a Dante Moreira cargando una carpeta con una versión impresa del guion «por seguridad».

El espacio montado para el programa ocupaba una zona reservada de un evento público.

Vértice había instalado una mesa, dos micrófonos, monitores y cámaras frente a un fondo con la identidad visual del programa.

La gente circulaba al otro lado de la separación, y algunos ya habían reconocido a los dos antes incluso de que salieran al aire.

Leo se sentó y probó el retorno.

—Uno, dos. Dante es una persona agradable con la que trabajar.

Jonas respondió por el pinganillo:

—Audio limpio. Contenido no verificable.

Leo se rio.

Dante se ajustó sus propios auriculares.

—Tu prueba podría haber sido simplemente «uno, dos».

—Podría. Pero habríamos perdido una oportunidad de entretenimiento.

Paula estaba junto a la mesa comprobando información con el equipo externo.

—Cinco minutos. Abrimos normalmente, primer bloque con los mensajes que ya hemos seleccionado, después participación desde aquí. Si el público hace demasiado ruido, Jonas lo ajusta.

Dante ya tenía tres páginas abiertas.

Leo lo observó.

—Has traído el guion impreso.

—Sí.

—Está en la tableta.

—Lo sé.

—Está en el monitor.

—También lo sé.

—Y en el móvil.

Dante se volvió hacia él.

—¿Tienes algún problema con el papel?

—Ninguno. Estoy admirando la cadena de contingencia.

—Si falla la tableta, tengo la copia impresa.

—¿Y si falla la copia impresa?

—El papel rara vez se bloquea.

Leo abrió la boca, pero Paula levantó una mano.

—Treinta segundos.

El programa empezó con normalidad. Dante hizo la apertura, Leo comentó el movimiento a su alrededor y los primeros minutos transcurrieron sin problemas.

La emisión exterior incluso favorecía el formato: había energía fuera del estudio, gente reaccionando detrás de la zona reservada y una sensación de que cualquier cosa podía interrumpir la conversación.

A mitad del primer bloque, ocurrió.

Leo lo notó primero por su propio retorno. Un chasquido y después silencio en uno de los lados de los auriculares. Tocó discretamente el equipo. La voz de Dante seguía saliendo al aire, pero Leo vio su reacción cuando algo también desapareció del monitor que tenían delante.

Dante miró la pantalla y después las hojas.

La página que estaba utilizando no contenía todo el material de aquel bloque.

Jonas habló por el pinganillo, entrecortado por las interferencias:

—Problema con el retorno... monitor... aguantad...

Leo entendió la mitad.

Dante probablemente también.

Frente a ellos, una de las pantallas se apagó.

Dante seguía hablando, terminando una respuesta sobre el dilema de un oyente, pero Leo percibió inmediatamente el cambio. El ritmo era correcto. La voz también.

Solo sus dedos habían apretado el borde de la hoja.

Leo ya había visto a Dante irritado, concentrado e incluso desconcertado.

Aquello era diferente.

Estaba intentando averiguar cuál era el siguiente paso sin dejar que nadie percibiera que había perdido parte del camino.

Leo tenía dos opciones. Podía hacerse cargo de la conversación, llenar el espacio y esperar a que la técnica volviera. El público probablemente ni siquiera se daría cuenta.

También dejaría a Dante sentado a su lado, esperando a que alguien le devolviera la información que necesitaba.

Leo no hizo eso.

—¿Sabes cuál es la parte graciosa de esta historia? —preguntó, mirando directamente a Dante.

Dante apartó los ojos de la pantalla apagada.

—Tengo la impresión de que vas a decírmelo.

—El oyente está preguntando si debería cancelar un viaje porque su amigo ha cambiado el itinerario tres veces. Esto ocurre la misma semana en la que pasaste cincuenta minutos defendiendo la espontaneidad.

Dante entendió lo que estaba haciendo.

No necesitaba el guion para responder a aquello.

—Estaba defendiendo una postura sorteada.

—Da igual. Internet tiene pruebas.

—Internet también tiene pruebas de ti defendiendo la planificación.

—Y mantengo todo lo que me obligaron a decir bajo protesta.

Los dedos de Dante se relajaron ligeramente sobre la hoja.

Leo continuó:

—Entonces responde sin consultar tu archivo de emergencia. Si fueras el oyente, ¿cancelarías?

Dante respiró.

—No.

—¿Por qué?

—Porque cambiar el itinerario no es lo mismo que cambiar el objetivo del viaje. Si los dos siguen queriendo ir al mismo sitio, pueden decidir el resto después.

Leo levantó las cejas.

—Eso ha sido casi flexible.

—No exageres.

—¿Y si el amigo cambia de hotel?

—Depende.

—Ah, no. No puedes usar «depende» sin explicar.

Dante ya solo lo miraba a él.

—Si cambia a otro hotel en la misma zona y sin modificar demasiado el coste, no veo ningún problema. Si decide dos días antes que ahora quiere quedarse a cuarenta kilómetros de todo porque ha encontrado una oferta, entonces sí hay un problema.

—Entonces existe una cantidad aceptable de caos.

—Existe una cantidad aceptable de cambio.

—Voy a mandar hacer un cartel.

Leo volvió a oír a Jonas por el pinganillo, ahora con más claridad:

—Seguid. Estamos recuperando el sistema.

No dio ninguna señal.

—Otra pregunta. ¿Alguna vez has viajado sin un itinerario completo?

Dante entrecerró los ojos.

—¿Eso forma parte del guion?

—¿Qué guion?

Durante un segundo, el rostro de Dante se quedó inmóvil.

Entonces lo entendió.

—No.

—¿Nunca?

—He viajado sin decidir todos los días de antemano.

—Eso no ha respondido.

—Ha respondido lo suficiente.

—Entonces nunca has viajado sin itinerario.

—No veo ningún mérito específico en llegar a una ciudad sin saber qué hay en ella.

—Nadie ha dicho que llegues con los ojos vendados. Hablo de despertarte y decidir qué hacer ese día.

Dante lo pensó.

Leo dejó que el silencio existiera. No intentó llenarlo inmediatamente. Sabía que, si seguía dándole espacio, Dante encontraría el camino.

—Lo he hecho —respondió Dante.

—¿Voluntariamente?

Dante lo miró con indignación.

—Sí, voluntariamente.

—Y sobreviviste.

—Evidentemente.

—¿Te gustó?

Hubo una pequeña vacilación.

—Sí.

Leo sonrió.

—Listo. Tenemos una exclusiva.

Al otro lado de la mesa, Paula hizo una señal discreta: todo había vuelto.

La pantalla se encendió, el retorno se normalizó y la información reapareció delante de ellos. Dante miró rápidamente.

Leo esperó que regresara de inmediato al guion.

No lo hizo.

—¿Y tú? —preguntó Dante—. ¿Alguna vez has seguido un itinerario completo sin cambiar nada?

Leo sintió una satisfacción inesperada.

—Eso parece una acusación.

—Es una pregunta.

—Sí.

—¿Voluntariamente?

Leo se rio.

—¿Vas a usar mi pregunta contra mí?

—Me ha parecido eficiente.

—Sí, lo he hecho. Y antes de que lo celebres, fue porque el itinerario era bueno.

—Entonces la planificación funciona.

—A veces.

—Interesante.

—No te acostumbres.

El bloque continuó.

Cuando llegaron a la pausa, Leo se quitó uno de los auriculares y se dio cuenta de que Dante solo entonces volvía a mirar las páginas. Su mano ya no estaba aferrada al borde.

Paula se acercó.

—Se cayó el retorno y perdimos parte del material del monitor. Ya ha vuelto. Lo habéis manejado bien.

Dante asintió.

—¿Cuánto tiempo?

—Casi siete minutos.

Dante miró a Leo.

Leo abrió los brazos.

—Siete minutos sin guion. Sigues vivo.

—No conviertas esto en una celebración.

—Quiero globos.

—No.

Paula tuvo que volver con el equipo antes de que reanudaran.

Leo se puso los auriculares.

—Lo has hecho bien.

Dante abrió la página siguiente.

—Todavía faltan dos bloques.

Leo reconoció la huida mediante el cambio de tema y no insistió.

Por ahora.

◆◆◆

La emisión terminó sin ningún otro fallo.

Cuando las cámaras se apagaron, Leo se levantó para quitarse el transmisor sujeto a la ropa. Dante permaneció sentado unos segundos, mirando las hojas que se habían vuelto inútiles durante parte del primer bloque.

Leo ya estaba guardando el móvil cuando oyó:

—Ha estado bien.

Se volvió.

Dante estaba cerrando la carpeta.

Leo cogió inmediatamente el teléfono y lo apuntó hacia él.

—Repítelo.

Dante miró el aparato.

—¿Qué estás haciendo?

—Quiero registrarlo con fines históricos.

—Guarda eso.

—Acabas de decir que improvisar estuvo bien.

—He dicho que estuvo bien.

—Exactamente. Repítelo mirando a la cámara.

Dante se levantó.

—No.

Leo empezó a grabar.

—Señor Dante Moreira, ¿confirma que acaba de declarar públicamente que siete minutos fuera del guion no provocaron un colapso institucional?

Dante extendió la mano.

—Dame el teléfono.

Leo retrocedió.

—Esto es censura.

—Ya hiciste un episodio sobre eso. Había una bocina.

Leo empezó a reírse y bajó el móvil.

—¿Todavía no has superado lo de la bocina?

—Nadie debería superar aquello.

Dante pasó junto a él.

—Estuvo bien porque mantuviste la conversación en marcha sin convertir el problema técnico en el tema del programa.

Leo guardó el móvil.

—Eso ha sido casi otro elogio.

Dante siguió caminando.

—Casi.

Leo lo siguió.

—Voy a conseguir uno completo antes de que terminen estas doce semanas.

—No te pongas metas poco realistas.

◆◆◆

De regreso a Vértice, compartieron el asiento trasero del coche de producción. Paula iba en otro vehículo con parte del equipo y el conductor mantenía la radio lo bastante baja como para que la conversación no tuviera que competir con la música.

Leo llevaba unos minutos mirando por la ventana cuando Dante preguntó:

—¿Siempre has improvisado de esa manera?

Leo volvió la cara.

—¿De qué manera?

—Sin intentar dominar la conversación.

La pregunta era demasiado específica para ser simple curiosidad.

—¿Eso es un elogio o un análisis de rendimiento?

—Una pregunta.

Leo pensó antes de responder.

—Depende de con quién esté hablando. Improvisar no significa hablar más. A veces significa saber dónde dejar espacio.

Dante asintió.

—Te diste cuenta enseguida de que había perdido el material.

—Sí.

—¿Cómo?

Leo se encogió de hombros.

—Dejaste de mover las hojas.

Dante se quedó mirándolo.

Leo sonrió.

—Cuando todo va bien, reorganizas papeles constantemente. Cuando algo sale mal de verdad, te quedas completamente quieto.

—Yo no hago eso.

—Sí lo haces.

—¿Estuviste observando mis manos durante la emisión?

Leo se dio cuenta demasiado tarde de cómo podía sonar aquello.

—Observo todo durante una emisión. Es trabajo.

Dante siguió mirándolo durante un segundo antes de volver la vista al frente.

—Claro.

Leo apoyó la cabeza en el asiento. El silencio se volvió lo bastante cómodo como para no sentir la necesidad de destruirlo.

Después de unos minutos, Dante volvió a hablar:

—Cuando dijiste en la reunión que no te gustaba que te llamaran imprevisible... ¿era por tu antiguo podcast?

Leo volvió la mirada hacia la ventana.

Podía responder con alguna broma.

Pensó en tres.

Ninguna salió.

—En parte.

Dante no presionó.

Eso hizo que fuera más fácil continuar.

—Cuando el podcast empezó a crecer, yo hacía casi todo: producción, guion, grabación, edición. Después entró más gente, llegó inversión, acuerdos comerciales. Estaba bien. Necesitaba ayuda.

Dante se limitaba a escuchar.

—Pero, en algún momento, «Leo es bueno improvisando» se convirtió en «Leo no necesita participar en esta decisión porque lo resuelve sobre la marcha».

Después se convirtió en «A Leo no le gustan esas cosas organizativas».

Cuando me di cuenta, cualquier desacuerdo mío podía responderse con la misma explicación: yo era el creativo, el espontáneo, el tipo que no quería saber nada de la parte aburrida.

Dante frunció ligeramente el ceño.

—Pero sí querías.

—Claro que sí. Era mi programa.

Leo pasó el pulgar por el borde del móvil.

—Pero el personaje funcionaba. Al público le gustaba.

Así que era conveniente para todos creer que yo realmente vivía de esa forma.

Si decidían una campaña sin mí, decían que odiaba las reuniones.

Si hacían algún cambio sin consultarme, decían que yo prefería la libertad.

«Caótico» empezó a convertirse en una justificación para que yo fuera la última persona en enterarme de las decisiones sobre mi propio trabajo.

Dante siguió en silencio.

Leo esperaba una pregunta, quizá una sugerencia o algún análisis sobre contratos, estructura y lo que debería haber hecho de otra manera.

No llegó.

Después de un rato, Dante dijo:

—Por eso reaccionaste así al documento de Vértice.

No era una pregunta.

—Sí.

Dante asintió.

Nada más.

Leo lo miró.

—¿Eso es todo?

Dante volvió la cara.

—¿Quieres que diga algo?

Leo estuvo a punto de responder que no.

Se detuvo.

—No lo sé.

Dante lo consideró.

—Parece que decidieron que la característica que te hacía bueno en tu trabajo también significaba que no necesitabas tener control sobre tu propio trabajo. No parece justo.

Leo guardó silencio.

Era sencillo.

No había consejos, ninguna solución entregada después de cinco minutos ni preguntas sobre por qué había permitido aquello durante tanto tiempo.

Dante simplemente lo había entendido.

—No lo era —respondió Leo.

El coche siguió avanzando.

Dante volvió a mirar por la ventana, dejando que la conversación terminara exactamente donde Leo la había dejado.

Leo se dio cuenta de que no necesitaba inventarse una broma para cambiar de tema.

Por primera vez desde que había empezado a trabajar con Dante, el silencio entre los dos no parecía algo que necesitara ser llenado.