En Antena, Nos Odiamos Capítulo 4
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Capítulo 4

El peor desastre de sus carreras es un éxito

Leo

C uando Leo se despertó a la mañana siguiente, tenía ciento cuarenta y siete notificaciones en el móvil. No era una cifra que inspirara tranquilidad.

Se quedó unos segundos mirando la pantalla antes de tocar ninguna. Mensajes de la productora, menciones, nuevos seguidores, solicitudes de entrevistas, comentarios y tres mensajes de Rafa, el último de los cuales decía únicamente: «JAJAJAJAJA».

Leo abrió primero la publicación de Vértice.

Error.

El vídeo del día anterior había dejado de ser un clip promocional para transformarse en algo que ya no pertenecía a la emisora.

Había versiones con subtítulos, zoom, música, montajes y una cantidad preocupante de gente analizando las expresiones faciales de dos hombres que, pocos días antes, ni siquiera se habían estrechado la mano.

Alguien había congelado la imagen de Dante en el instante exacto en que escuchaba «quieres redactar un acta» y había escrito encima:

CUANDO RR. HH. DICE QUE QUIERE HABLAR CONTIGO UN MOMENTITO.

Otra persona había utilizado la risa de Leo después de la respuesta sobre el seguro del micrófono:

YO CUANDO LA PERSONA A LA QUE INTENTABA MOLESTAR ME MOLESTA MEJOR A MÍ.

Leo se rio y siguió desplazando la pantalla.

EQUIPO DANTE , decía un comentario.

Justo debajo:

EQUIPO LEO DESDE EL PRIMER MINUTO.

Otro:

NO SÉ QUIÉN TIENE RAZÓN, PERO QUIERO CINCUENTA EPISODIOS MÁS DE ESTO.

Leo abrió los comentarios con más «me gusta». El tercero decía:

Discuten como una pareja que lleva diez años junta.

Dejó de sonreír y volvió a leerlo. Abrió las respuestas.

Cientos.

SÍ.

Energía de divorcio sin haberse casado nunca.

Que alguien les avise de que esto es tensión sexual con micrófonos.

La orientación de ninguno de los dos era un secreto.

Leo nunca había ocultado que se relacionaba con hombres, y Dante tampoco.

Nadie estaba descubriendo nada sobre ellos en aquel momento.

Lo absurdo era que internet hubiera decidido, después de un único programa, que los dos debían relacionarse entre sí.

Leo bloqueó el móvil y lo dejó sobre la cama.

—No.

Volvió a cogerlo. El comentario seguía allí, como era de esperar.

—Rotundamente no.

El móvil vibró. Era un mensaje de Paula: «Reunión a las 10. Marcos quiere hablar de los números».

Leo respondió únicamente que estaría allí.

◆◆◆

Cuando llegó a Vértice, descubrió que el fenómeno no había disminuido durante el trayecto.

Bia estaba en la redacción frente a dos pantallas llenas de métricas, Marcos hablaba por teléfono mientras caminaba de un lado a otro y Paula bebía café con la expresión de quien ya había respondido las mismas preguntas varias veces.

Dante estaba sentado a la mesa de la sala de reuniones.

Claro que sí.

Leo entró.

—Buenos días, Equipo Dante.

Dante levantó la vista.

—No empieces.

—Entonces lo has visto.

—Bia envió los números a las siete y doce de la mañana.

—¿Ya estabas despierto?

—Algunas personas se levantan antes de las ocho.

Leo acercó una silla.

—Algunas personas necesitan replantearse sus prioridades.

Dante cerró la tableta.

—También existe un «Equipo Leo».

—Lo sé. El nuestro parece más divertido.

—¿Basándote en qué?

—En la gente.

Dante abrió la boca para responder, pero Marcos entró antes.

—Bien, por fin está pasando algo bueno hoy.

—No lo estropees —dijo Leo—. Él encontrará la manera.

Marcos miró a Dante.

—Por favor, espera al menos cinco minutos antes de destruir mi entusiasmo.

—No he hecho nada.

—Todavía.

Paula cerró la puerta.

—¿Podemos?

Marcos conectó el portátil a la pantalla y aparecieron gráficos.

—El piloto tuvo buenos números en radio, por encima de lo esperado para esa franja y para un formato sin una promoción intensa. Pero la parte digital superó con creces lo que habíamos previsto. La retransmisión en directo creció durante el programa y los clips siguieron atrayendo gente después.

Bia, sentada al fondo, añadió:

—El vídeo principal ya ha superado varias veces el alcance medio de Vértice y no está frenando.

Leo señaló la pantalla.

—¿Cuál de ellos?

Bia ni siquiera tuvo que responder. El fotograma congelado mostraba a Dante segundos antes de la frase del acta.

Leo sonrió.

—Claro.

Dante lo ignoró.

Marcos cambió de diapositiva. Aparecieron capturas de comentarios, incluidos los dos «equipos».

—Esto es lo que importa.

Dante frunció el ceño.

—¿Los comentarios?

—La reacción. La identificación. La gente ya ha elegido bando sin que nosotros se lo pidiéramos.

—Algunos lo han elegido porque estaban de acuerdo con la discusión de la hoja de cálculo —observó Dante.

—Algunos —respondió Marcos—. Muchos os han elegido a vosotros.

Leo se recostó. No le gustó el cambio en la frase.

—¿Qué significa «os han elegido a vosotros»?

Marcos avanzó la diapositiva.

Dos columnas:

EQUIPO DANTE

EQUIPO LEO

—Significa que ya existe una dinámica y ha aparecido por sí sola. No tenemos que fabricarla desde cero.

Leo miró las columnas.

—Quieres convertir esto en una campaña.

No era exactamente una pregunta.

Marcos asintió.

—Si el proyecto continúa, sí. Creo que la rivalidad debería ser una parte central de la identidad.

El malestar llegó demasiado deprisa. Leo apartó la mirada de la pantalla, pero algunas palabras aparecieron en su cabeza antes de que pudiera evitarlo.

Personaje. Cajas. Características lo bastante simples como para vender.

El caótico.

El que no tiene filtro.

El imprevisible.

La diferencia era que ahora había otra persona en la columna de al lado.

No hacía que la sensación fuera mejor.

—No —dijo Leo.

Marcos pareció genuinamente sorprendido.

—¿No qué?

—No quiero que mi trabajo se convierta en «Equipo Leo».

—Nadie ha dicho que vaya a convertirse solo en eso.

—Acabas de poner mi nombre en una columna.

—Porque la gente ya lo está haciendo.

—La gente también está diciendo que parecemos casados desde hace diez años. ¿Vas a ponernos alianzas en el material promocional?

Dante se movió en la silla.

—Preferiblemente no.

Leo se volvió hacia él.

—Gracias por la aportación.

—Era una petición objetiva.

Marcos cerró una de las ventanas de la presentación.

—Nadie está decidiendo nada hoy. Estoy diciendo que existe una respuesta clara y sería estúpido ignorarla.

—Hay una diferencia entre no ignorarla y convertirla en un personaje —respondió Leo.

La palabra salió con más fuerza de la que pretendía. Paula lo notó. Dante también.

Marcos tardó unos segundos en responder.

—Estamos hablando de la dinámica en antena.

—Yo también.

Dante descruzó los brazos.

—Estoy de acuerdo en que no deberíamos construir todo el programa alrededor de eso.

Leo volvió la cara hacia él.

Dante continuó:

—No tengo ningún interés en pasar los próximos meses siendo promocionado como el hombre irritado que pierde la paciencia con su compañero.

—No perdiste la paciencia —observó Marcos.

—Exactamente. Así que sería una representación incorrecta.

Leo soltó una risa sin humor.

—Claro que ese es tu problema.

Dante lo miró.

—¿Cuál debería ser?

—No te molesta que nos estén convirtiendo en dos versiones simplificadas. Te molesta que quizá elijan la versión equivocada de ti.

La sala quedó en silencio.

Dante apoyó una mano sobre la mesa.

—Y a ti te molesta que otras personas reaccionen a lo que tú mismo pusiste en antena.

—No es lo mismo.

—No he dicho que lo sea.

—Lo ha parecido bastante.

Marcos miró a Paula. Ella hizo un pequeño gesto indicándole que no interviniera.

Leo conocía aquel tipo de conversación: el momento en que una discrepancia profesional dejaba de ser solo sobre trabajo sin que nadie admitiera que el tema había cambiado.

—Quieres controlar incluso la reacción del público —dijo Leo—. No te basta con controlar el guion, el horario y lo que dices. Ahora también tienes que decidir qué puede pensar la gente de ti.

Dante guardó silencio durante un instante. Cuando respondió, su voz estaba demasiado calmada.

—Y tú haces lo contrario.

Leo entrecerró los ojos.

—¿Lo contrario cómo?

—Finges que no te importa ninguna reacción. Si todo es una broma, si nada importa demasiado, nunca tienes que admitir cuándo algo te molesta de verdad.

La respuesta dio en el blanco antes de que Leo pudiera convertirla en algo gracioso. Miró fijamente a Dante, que sostuvo su mirada. La irritación llegó de inmediato, mezclada con algo mucho peor: reconocimiento.

—Me conoces desde hace pocos días.

—Y tú llevas los últimos cinco minutos explicando lo que pienso.

Leo abrió la boca, pero no encontró una respuesta lo bastante buena. Eso lo irritó todavía más.

—Al menos yo no finjo que puedo organizar a las personas en apartados.

—No. Tú simplemente has decidido que soy controlador porque reviso un guion antes de salir al aire.

—Revisas el guion antes, durante y probablemente después.

—Porque es mi trabajo.

—Exactamente eso.

Dante frunció el ceño.

—¿Eso qué?

—Conviertes cualquier cosa en trabajo cuando quieres evitar admitir que es personal.

La expresión de Dante cambió tan poco que Leo casi podría habérselo perdido.

Casi.

Pero cambió.

Leo se dio cuenta demasiado tarde de que había acertado en algo.

Ninguno de los dos habló durante unos segundos, hasta que Paula intervino:

—Bien. Ya ha sido suficiente.

Leo apartó la mirada. Marcos cerró el portátil.

—No necesito una respuesta hoy. Los datos siguen llegando y ni siquiera sabemos qué decidirá la dirección sobre la continuidad. El punto es únicamente que aquí hay algo que ayer no existía.

—¿Una discusión? —preguntó Dante.

Marcos lo miró primero a él y después a Leo.

—Interés.

Aquello puso fin a la reunión de una manera que ninguna respuesta habría conseguido.

◆◆◆

Leo encontró a Rafa cerrando una de las ventanas del café al final de la tarde.

Ella vio entrar a su hermano y empezó a reírse antes incluso de que llegara al mostrador.

—Ni empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara está orgullosa.

—Tu cara se está divirtiendo a mi costa.

—También.

Leo se sentó en uno de los taburetes. Rafa cogió el móvil.

—Equipo Leo.

—Guarda eso.

—Soy Equipo Leo desde antes de que existiera.

—Eso es nepotismo.

—Prefiero llamarlo fidelidad de marca.

Leo dejó la mochila en el taburete de al lado.

—Marcos quiere convertir la rivalidad en una campaña.

Rafa bajó el móvil.

—No te ha gustado.

—Qué percepción tan increíble.

—Leo.

Él se pasó una mano por la cara.

—No quiero volver a convertirme en el tipo «caótico y sin filtro», solo que ahora con un adversario al otro lado de la mesa para que el envoltorio sea más bonito.

Rafa apoyó las manos en el mostrador.

—¿Eso es lo que han propuesto?

—No exactamente.

—Entonces, ¿qué han propuesto?

—Utilizar la rivalidad. Equipo Dante, Equipo Leo, esas cosas.

—¿Y Dante?

Leo soltó una breve risa.

—Tampoco quiere.

—Entonces perfecto.

—No, porque no quiere por el motivo más Dante posible. Le preocupa parecer irritado.

Rafa inclinó la cabeza.

—Conoces muchos «motivos Dante» para alguien con quien llevas trabajando pocos días.

Leo la miró.

—¿Todo el mundo ha decidido decirme eso hoy?

—Quizá estés hablando demasiado de él.

—Hablo de él porque trabajamos juntos.

—Desde hace pocos días.

Él la ignoró.

—Ha dicho que finjo que no me importa lo que piensa la gente porque así nunca tengo que admitir cuándo algo me afecta.

Rafa no respondió.

Aquel silencio fue peor que cualquier opinión.

—Tú también puedes dejar de hacer eso.

—¿El qué?

—La cara.

—Estoy quieta.

—Exactamente esa.

Rafa cogió un paño y empezó a limpiar una zona del mostrador que ya estaba limpia.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que convierte todo en trabajo cuando no quiere admitir que es personal.

Ella se detuvo.

—Vaya.

—¿Qué?

—De verdad no deberíais trabajar juntos.

Leo la señaló.

—Gracias. Por fin alguien sensato.

—No era un cumplido.

—Lo acepto igualmente.

Rafa dejó el paño.

—¿Estás enfadado con él?

Leo pensó en la reunión, en la frase y en la forma en que Dante lo había mirado después. Sobre todo en la incómoda irritación de haber sido comprendido por alguien que no tenía derecho a comprenderlo.

—Sí.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

—Entonces ya está.

—¿Ya está qué?

—Has venido aquí queriendo que te diga que es idiota.

Leo apoyó los codos sobre el mostrador.

—Sería un servicio familiar básico.

—Pero tú también crees que ha acertado.

Leo soltó el aire y miró al techo.

—¿Por qué todo el mundo en esta familia ha decidido ejercer de psicólogo sin título?

—Economía.

Él negó con la cabeza. Rafa sonrió.

—¿Y ahora?

—Ahora espero a que Vértice decida si el programa continúa.

—¿Y si continúa?

Leo no necesitó pensarlo demasiado.

—Trabajar con Dante Moreira va a ser un infierno.

Rafa intentó esconder la sonrisa.

—Claro.

Leo la señaló.

—No te inventes nada.

—No me he inventado nada.

—Conozco esa cara.

—Hoy conoces muchas caras.

Él cogió la mochila y se levantó.

—Me voy.

—¿Huyendo de una conversación seria?

Leo se detuvo y la miró. Rafa sonrió con demasiada inocencia.

—Buenas noches, Leo.

Él entrecerró los ojos.

—Vosotros dos seríais insoportables en la misma habitación.

—Quizá sea Equipo Dante.

—Traición familiar.

Rafa se rio mientras él caminaba hacia la puerta.

Leo salió del café todavía irritado con Dante, con Marcos, con la idea de transformar dos nombres en dos equipos y, sobre todo, con la desagradable posibilidad de que Dante hubiera percibido algo que no debería haber percibido.

Trabajar con aquel hombre sería insoportable.

Cualquier otra posibilidad era todavía más absurda.