Capítulo 2 #2
En persona, era un poco más alto de lo que Leo esperaba y tenía la misma expresión controlada de los vídeos, aunque de cerca resultaba más fácil percibir que no se trataba de ausencia de reacción. Las reacciones estaban ahí. Simplemente no tenían autorización para circular libremente.
Leo entró. Dante le tendió la mano.
—Leo.
—Dante.
Se estrecharon las manos.
Leo volvió a mirar rápidamente su ropa y no pudo evitarlo.
—¿Siempre vienes a trabajar vestido para declarar ante una comisión parlamentaria?
Paula cerró los ojos durante un segundo.
Dante bajó la mirada hacia la camiseta negra de Leo, después hacia las zapatillas y de nuevo hacia su rostro.
—¿Tú siempre vienes a trabajar vestido para recoger un paquete?
Leo sintió aparecer la sonrisa antes de decidir si debía hacerlo.
—Normalmente me pongo algo mejor cuando el paquete es caro.
—Entonces me tranquiliza saber que no hayas creado demasiadas expectativas para la reunión.
Paula señaló las sillas.
—Excelente. Ya os habéis saludado. ¿Podemos intentar llegar a la fase en la que nadie tenga que avisar a Recursos Humanos?
Leo se sentó.
—Él empezó.
Dante abrió el portátil.
—Has preguntado por mi ropa antes de decir cualquier otra cosa.
—He dicho tu nombre.
—Justo después de que yo dijera el tuyo. Eso no cuenta como aportación original.
Leo se volvió hacia Paula.
—¿Siempre levanta acta de las discusiones?
—Todavía lo estamos descubriendo.
Dante levantó la vista del ordenador. Había algo muy próximo a la diversión allí, y Leo lo percibió.
Eso hizo que todo resultara inmediatamente más peligroso para la productividad de la reunión.
◆◆◆
Marcos llegó poco después con todo el material del piloto. Dante solo conocía la lógica general que habían comentado en el prebriefing interno del día anterior; para Leo, aquella sería la primera vez que vería cómo pretendía Vértice transformar la idea en un programa.
Marcos conectó el portátil a la pantalla.
—Ayer solo repasé con Dante el motivo por el que os elegimos a los dos. Hoy es la reunión de verdad. Formato, secciones, posicionamiento, cámaras, público y todo lo que tendréis que discutir antes de la prueba técnica.
Leo apoyó los brazos sobre la mesa.
—Entonces existe la posibilidad de que salga de aquí sabiendo en qué me he metido.
—No prometo tanto —respondió Marcos—. Pero lo intentaremos.
Abrió la presentación.
El concepto comenzaba con los dilemas enviados por el público: relaciones, trabajo, familia, convivencia, dinero, hábitos y situaciones cotidianas.
Dante y Leo serían copresentadores, no debatientes atados a posturas permanentes.
En algunos temas podrían discrepar de verdad; en otros, analizar perspectivas diferentes; determinadas secciones podrían obligarlos a defender posiciones elegidas al azar.
El programa se emitiría simultáneamente por radio y vídeo, con participación del público en directo; después se publicaría íntegro como podcast y se convertiría en clips para las plataformas digitales.
Leo siguió la explicación con atención.
—La parte visual puede aportar cosas, pero el programa tiene que funcionar para quien solo lo escucha —dijo Dante.
Marcos asintió.
—Exactamente. La cámara no puede convertirse en un requisito para entender la mitad de la conversación.
Leo lanzó una mirada rápida a Dante. Era una buena preocupación.
Marcos pasó a las secciones previstas: dilemas del público, respuestas rápidas, discusiones más largas, llamadas seleccionadas por producción y algunos formatos que todavía se probarían durante el piloto.
—¿Cuánto de esto está cerrado? —preguntó Leo.
—La estructura, bastante. El contenido, menos. La idea no es daros cincuenta minutos de texto para que los leáis.
—Perfecto.
—Pareces aliviado —observó Dante.
—Me preocuparía que la siguiente diapositiva dijera «risa espontánea en el minuto veintitrés».
Marcos pasó a la siguiente.
—Casi.
Leo vio el título:
PERSONALIDADES EN ANTENA
Recibieron la carpeta digital con referencias visuales, descripción de las secciones, perfil preliminar del público y el documento de posicionamiento. Leo lo abrió.
Lo leyó una vez.
Luego otra.
—¿Qué es esto?
Marcos se detuvo a mitad de una explicación.
—¿Qué parte?
Leo giró el portátil para que todos vieran la pantalla.
—«Leo Vasconcelos: irreverente, imprevisible, espontáneo y sin filtro».
Paula miró a Marcos.
Él apoyó las manos sobre la mesa.
—Es una descripción inicial. No es texto público.
—Menos mal. Me preocuparía que pretendierais publicar una bio escrita por alguien que solo ha visto miniaturas de vídeos.
—La idea es marcar la diferencia entre vosotros dos.
Leo bajó la mirada. En la columna de Dante había palabras como preciso , analítico , estructurado y racional .
Volvió a la suya.
Imprevisible. Sin filtro.
—Yo no soy imprevisible.
Dante, sentado a su lado, levantó ligeramente una ceja.
Leo se dio cuenta.
—Puedes decirlo.
—No he dicho nada.
—Tu ceja no está de acuerdo.
—Solo me ha parecido interesante que te moleste específicamente «imprevisible».
—Porque es perezoso.
Dante inclinó la cabeza.
—¿La palabra?
—La interpretación. —Leo se volvió hacia él—. Hacer que un programa parezca espontáneo no significa llegar sin saber lo que estás haciendo.
—Yo no he dicho que lo signifique.
—Lo has pensado.
—¿Ahora también interpretas cejas y pensamientos?
—Diversificación profesional.
Paula intervino antes de que la conversación se desviara demasiado.
—Leo tiene razón en una cosa. Esto es un documento interno de referencia, no una sentencia sobre quién tenéis que ser. El piloto sirve precisamente para descubrir qué funciona.
Marcos asintió.
—Podemos cambiar la formulación.
—Perfecto.
Dante volvió a mirar el documento.
—La propuesta contempla una estructura de guion por bloques. ¿Cuánto espacio esperáis dejar para la improvisación?
Leo giró lentamente la cabeza hacia él.
La pregunta pareció confirmar algo.
—Lo sabía.
—¿Qué sabías?
—Te gustan las reglas.
—Me gusta saber qué programa estoy presentando.
—Esa es una respuesta muy elegante para «sí».
—Las reglas evitan que cincuenta minutos de emisión dependan exclusivamente de que alguien piense que acaba de tener una idea brillante.
Leo apoyó un codo en la mesa.
—No odio las reglas.
—Me tranquiliza.
—Odio las reglas idiotas. Es diferente. ¿Hora de entrada?
Regla útil. ¿Saber cuánto dura cada bloque?
Útil. ¿Tener a alguien controlando el retorno, las cámaras y las llamadas?
Extremadamente útil. ¿Decidir de antemano que una persona será «sin filtro» y la otra «racional» porque la presentación necesita cajitas bonitas? Regla idiota.
El silencio duró poco, pero fue suficiente para que Leo se diera cuenta de que Dante no esperaba aquella respuesta.
Dante volvió a mirar el documento.
—En eso estoy de acuerdo.
Esta vez fue Leo quien tardó en responder.
—Ah.
—No hagas que parezca un acontecimiento histórico.
—Has estado de acuerdo conmigo.
—En una cosa.
—Tengo que valorarlo mientras exista.
Marcos soltó una breve carcajada.
—Quizá toda la reunión podría ser el piloto.
Paula le lanzó una mirada.
—No los animes.
A partir de ahí, trabajaron de verdad. Hablaron de duración, entradas, posición de las cámaras, participación del público y cuánto material debía quedar cerrado antes del programa.
Leo comprendió rápidamente que Dante no hacía preguntas para exhibir conocimientos ni para controlar la reunión por deporte.
Quería entender la estructura porque necesitaba saber por dónde podía moverse dentro de ella.
Era diferente de lo que Leo había supuesto. No lo suficiente como para retirar todo lo que ya había pensado sobre él, pero diferente.
En un momento dado, Dante cuestionó una transición entre el bloque de apertura y los mensajes del público.
Leo sugirió invertir el orden. Paula ajustó el guion y funcionó mejor.
Cinco minutos después, Dante señaló un problema en la propuesta de Leo y ofreció una corrección que lo solucionaba sin destruir la idea original.
Ninguno de los dos hizo comentarios al respecto.
Cuando terminó la reunión, Marcos salió primero para atender una llamada. Paula recogió su portátil.
—Mañana, a las nueve, prueba técnica. Por la tarde hacemos el ensayo completo. El piloto sale en directo al día siguiente.
Leo cerró la mochila.
—¿Alguna recomendación para mañana?
Paula lo pensó.
—No os matéis dentro del estudio. Fuera de él tendría que consultar el contrato.
—Razonable.
Dante guardó la carpeta.
—Las nueve significa empezar a las nueve.
Leo lo miró.
—Gracias. Pensaba llegar a las nueve y cuarenta y alegar diferencia horaria.
—Solo lo estoy aclarando.
—¿Haces eso a menudo? ¿Aclarar cosas que nadie te ha preguntado?
Dante se puso de pie.
—Sobre todo cuando creo que será necesario.
Leo también se levantó.
—Va a ser divertido trabajar contigo.
—No ha sonado sincero.
—No lo era.
Dante cogió el portátil.
—Perfecto. Al menos tenemos una cosa resuelta antes del piloto.
Salieron de la sala en la misma dirección y caminaron unos metros en silencio hasta llegar a los ascensores. Leo pulsó el botón.
—¿Estás emocionado?
Dante tardó un instante en responder.
—¿Con el programa?
—No, con el ascensor. Claro que con el programa.
La puerta se abrió y Dante entró.
—Me interesa ver si funciona.
Leo entró a su lado.
—Esa probablemente sea la versión Dante Moreira del entusiasmo.
—¿Y tú?
Leo se apoyó contra la pared. Pensó en el estudio, las cámaras, el documento de personalidad, la hoja de cálculo financiera todavía abierta en la productora y el hombre a su lado, que aparentemente conseguía convertir hasta la elección de palabras en una actividad reglamentada.
—Me interesa ver si sobrevivimos.
Dante lo miró.
—Dramático.
—Descubrirás que forma parte del paquete.
Las puertas se abrieron en la planta baja. Se separaron en el vestíbulo con un breve gesto y Leo caminó hacia la salida.
La prueba sería al día siguiente. El piloto, al otro.
Una única emisión.
Solo era eso.
Por lo menos de momento.