Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2) 29
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El pueblo donde nadie hace preguntas

La puerta apareció cuando ya no estaba buscando ninguna.

No recuerdo haber decidido entrar. Solo sé que, en algún punto entre una calle y otra, el cuerpo dejó de huir y empezó a buscar un borde donde sostenerse.

El pueblo no ofrecía refugio, pero sí ofrecía algo peor: lugares que parecían esperar.

La encontré abierta. Como tantas otras cosas en este sitio.

No había luz en el interior. Tampoco movimiento.

Solo ese silencio contenido que ya reconocía.

El mismo que precede a lo que ocurre. Me detuve en el umbral.

Podía seguir caminando. Perderme en otra calle.

Volver a sentir esa respiración pegada a la mía hasta que dejara de distinguirla de la mía propia.

O podía entrar. Crucé. Dentro, el aire era distinto.

Más denso. Más antiguo. Como si las paredes conservaran lo que el tiempo no borra.

No había nadie en la recepción. Solo una campanilla sobre el mostrador y un libro abierto por la mitad.

No lo toqué. Esperé. Al cabo de unos segundos —o minutos, no lo sé— alguien apareció desde el fondo.

No preguntó quién era. No pidió un nombre.

No pidió nada. Solo dijo —Hay una habitación arriba.

Asentí. No recuerdo haber subido las escaleras.

No sé cuántas horas llevo en este pueblo ni cuántas me quedan antes de que empiece a sentirlo también como una trampa.

Lo único que sé es que, al despertar, la luz ya estaba encendida.

No recuerdo haberla dejado así. La habitación es pequeña, con una cama estrecha, una mesilla y un armario que huele a encierro.

Podría ser cualquier hostal perdido en cualquier carretera de Europa, pero no lo es.

Aquí nada parece del todo genérico. Ni del todo casual.

El pueblo no era distinto a la noche anterior.

Era yo la que había cruzado. Una capa más.

Una forma nueva de verlo… sin que dejara de ser peligroso.

Escucho el murmullo del bar en la planta de abajo.

Voces bajas. Cubiertos chocando. Una radio con interferencias.

Nadie ha subido a preguntar quién soy. Nadie ha llamado a la puerta para pedirme la documentación.

Nadie me ha pedido el registro. Es cómodo…

y profundamente inquietante. Me incorporo despacio.

El cuerpo me duele en zonas que prefiero no nombrar.

A veces, cuando me muevo más de la cuenta, aún siento el eco de las bridas en la piel.

Respiro hondo. No estoy allí. Ya no. Me miro en el espejo curtido que cuelga sobre la mesilla.

La imagen que devuelve tiene ojeras afiladas, una marca amarillenta en el cuello y una manera nueva de sostener la mirada: como si yo misma no supiera cuánto voy a durar dentro de mis propios ojos.

Pienso en el mapa que encontré en la estación, en aquella marca absurda sobre el Pasaje de los Que No Regresan y en la sensación de que este lugar no es un accidente.

Alguien lo eligió. Alguien lo dibujó. Alguien decidió que yo tenía que pasar por aquí.

Me pongo la ropa con movimientos lentos.

El abrigo que llevo ahora no es el mío; lo compré con el dinero que encontré en el sobre de la estación antes de entrar aquí.

Demasiado grande, demasiado masculino, demasiado anónimo.

Tal vez eso sea una ventaja. Bajo las escaleras de madera.

El pasamanos está pulido por demasiadas manos.

No sé si eso significa gente… o tiempo. En el bar, el hombre de la noche anterior seca vasos sin mirarme directamente.

Hay tres clientes: un camionero con la chaqueta aún puesta, una mujer con un delantal que se ha sentado a descansar y un chico joven que mira la pantalla del móvil sin expresión.

—Buenos días —murmuro. Nadie dice nada al principio.

Después, el hombre detrás de la barra responde sin levantar demasiado la voz: —Aquí los días empiezan cuando uno baja, no cuando sale el sol.

Lo dice como si fuera un refrán. No sé si tengo que sonreír o disculparme por haber tardado.

—¿Café? —pregunta. Asiento. Me siento en una mesa cerca de la ventana.

Afuera, la calle parece vacía. No hay coches ni niños ni perros.

Sólo una hilera de farolas apagadas. Nada más.

Y la fachada gris de una tienda sin nombre.

Cuando el café llega, el aroma me trae recuerdos de Londres.

De la sala de profesores. De Sophie riéndose de mis tazas pequeñas.

La sensación me atraviesa como un cuchillo.

El hombre deja la taza, mira de reojo mi mano y añade: —Aquí no solemos preguntar de dónde viene la gente.

La frase parece amable… pero no lo es. Suena a norma.

A advertencia velada. —Yo tampoco —respondo—.

No suelo preguntar. Se nos queda entre medias un silencio extraño, como una mesa que nadie quiere ocupar.

Al cabo de un rato, él añade: —Si necesitas quedarte…

se puede arreglar. —¿Mucho tiempo? —pregunto, sin saber por qué.

Se encoge de hombros. —El tiempo que haga falta.

—La gente no suele quedarse mucho, ¿no? —La gente no suele decir cuánto se queda.

Vuelve a los vasos. La mujer del delantal me observa, pero cuando la miro, baja la vista rápido, como si alguien le hubiera enseñado que mirar demasiado es peligroso.

Nadie ha preguntado mi nombre. Nadie ha pedido una identificación.

Nadie ha preguntado cuántos días dormiré aquí.

Eso no es hospitalidad. Es otra cosa. Una prudencia aprendida.

Como si yo fuera la única que aún no lo sabe.

Salgo a la calle con el café aún caliente en el estómago.

El aire tiene un olor denso, a lluvia reciente mezclada con tierra pisoteada, como si todo el pueblo hubiera sido arrastrado unos metros y vuelto a colocar en su sitio.

Camino sin rumbo aparente. Por dentro, sé que sí lo tiene.

Las casas de la calle principal parecen demasiado alineadas.

No hay ropa tendida, no hay plantas en los balcones, no hay juguetes en las entradas.

Es como si alguien hubiera borrado todo lo que hace que un lugar parezca vivido.

Paso delante de una tienda con el rótulo medio borrado.

Sólo alcanzo a leer: “ ALIMEN… ” El resto se lo ha comido el tiempo o la pintura barata.

Dentro, una mujer mayor organiza estantes.

Cuando entro, suena una campanilla metálica.

Ella levanta la vista. En sus ojos hay una duda que no me pertenece: sorpresa, cálculo, pena.

No era que no quisieran preguntar. Era que sabían qué pasaba cuando alguien respondía.

—Buenos días —digo. —Eso depende de para quién —responde.

La frase me golpea con más fuerza de lo que debería.

—Sólo necesito agua y algo de comida —añado.

Ella asiente, se mueve despacio entre los pasillos estrechos.

Parece que todo aquí esté medido para que nadie pueda pasar sin rozar nada.

Cuando me entrega una botella y unas galletas, dice: —No tenemos muchos visitantes.

—Lo sé. —Tampoco muchos regresos. Esa palabra me tensa.

—¿Regresos? —La estación… —murmura—. Hay gente que sube.

Casi nadie baja. Me quedo fría. —¿Sabe lo que hay en el Pasaje?

—pregunto. Por un instante, sus manos tiemblan sobre el mostrador.

—Aquí no se habla de eso. —Pero existe. Sus ojos se clavan en los míos.

Tiene una mirada que ha visto demasiadas cosas que preferiría no recordar.

Al final, suspira. —Es como preguntar si existe el mar.

Aunque nunca lo hayas visto, sabes que puede tragarse cosas sin dejarlas volver.

—¿Y qué se traga ese pasaje? Ella desvía la vista hacia el suelo.

—Personas que nadie va a buscar. La frase me atraviesa el cuerpo entero.

Mi reflejo en el cristal de la tienda, detrás de ella, se vuelve una silueta que podría pertenecer a cualquiera de las mujeres que han pasado por este pueblo antes que yo.

—No soy la primera que llega así, ¿verdad?

Ella tarda en contestar. —Eres la primera que llega así…

después de él. El aire se densifica. —¿Después de quién?

La mujer se muerde el labio, como si la pregunta tuviera precio.

—De un hombre que no era de aquí. Preguntaba demasiado.

Caminaba como si conociera las calles desde antes de verlas.

—¿Tenía acento? —No como el tuyo —responde—.

Miraba mucho el mapa. Ese mapa —señala con la barbilla hacia la estación, hacia el lugar donde encontré la hoja con el Pasaje marcado y el sobre con dinero —.

No volvió a pasar por la tienda. Un cosquilleo me recorre la espalda.

No sé si habla de Michael. No quiero pensarlo.

Pero la imagen se instala igual. Antes de irme, la mujer añade, casi en un susurro: —Si ves a alguien parado en mitad de la calle que no parece tener prisa…

no lo mires mucho. Aquí, los que miran demasiado tiempo, empiezan a ver cosas que no saben cómo olvidar.

«Los que no saben cómo olvidar». Siento que me está describiendo a mí