29 #2
Vuelvo a la habitación con una bolsa casi vacía y la cabeza demasiado llena.
Me siento en la cama y despliego el mapa arrugado que llevo desde la estación.
Las líneas rojas, las anotaciones sin firma, el círculo marcado sobre ese Pasaje maldito.
Intento ordenarlo. No el papel. A él. Pienso en Londres.
En el edificio. En la escuela. En el pueblo donde crecí.
En el piso infectado de miedo en el que ya no puedo dormir.
Cada lugar se dibuja en mi mente como un punto en un plano que nunca vi entero.
Añado ahora este pueblo, este hostal, esta estación de tren que parece estar suspendida fuera del tiempo.
Si uno todos esos puntos, no tengo un itinerario.
Tengo un patrón. Lo veo cuando dejo de pensar en calles concretas y empiezo a pensarlo como él lo pensaría: como distancias, tiempos, repeticiones.
Los lugares donde me ha tocado la vida —la infancia, los pasillos, las noches sin luz, los espacios sin ventanas— se alinean de una forma que nunca había mirado.
Como si fueran estaciones de una línea que no sale en ningún mapa oficial.
Una línea subterránea. Paralela. Oculta.
Entonces lo entiendo. Me corta la respiración: no es que yo haya huido en direcciones aleatorias.
Es que todas mis huidas han caído siempre dentro del corredor que alguien trazó para mí.
Pienso en la frase del folio que encontré anoche: “Hay lugares donde la ciudad termina por arriba y continúa por debajo.” Vuelvo a leer las pequeñas anotaciones del mapa: puntos sin nombre, flechas, palabras sueltas.
“ENTRADA ANTIGUA” “NO REGISTRADO” “BAJO NIVEL” Debajo del círculo del Pasaje hay un símbolo dibujado con rabia.
Dos líneas verticales muy juntas, unidas por una tercera línea que las cruza y se pierde hacia abajo.
Como una puerta enterrada. Lo he visto antes.
No sé dónde. Lo siento en el cuerpo. Tal vez en algún informe que no debí leer.
Tal vez en la carpeta de alguien. Tal vez en uno de esos papeles que Michael guardaba en el bus cuando creía que yo no miraba.
No lo sé. Pero el símbolo me hace daño. Cojo un bolígrafo y, no pienso sólo en escapar.
Pienso en entender. Empiezo a trazar mi propia línea sobre el mapa, distinta a la que él dejó.
Una línea que no va directamente hacia el Pasaje, sino que lo rodea, se le acerca, se le aleja, como quien intenta ver algo por el rabillo del ojo.
Mientras dibujo, me repito: No eres sólo lo que huye.
También puedes ser lo que observa. Cuando termino, es más una tela de araña que una ruta.
Y en el centro, justo en el punto donde todos los caminos —los suyos y los míos— se cruzan, escribo dos palabras que nunca he dicho en voz alta: “Ciudad Oculta” .
No sé si es un lugar, una estructura o lo que lleva funcionando demasiado tiempo como para necesitar nombre.
Lo que sí sé es esto: Todo apunta hacia allí.
Él también. Y si él va hacia allí… yo no puedo seguir siempre huyendo en dirección contraria.
El papel tiembla entre mis dedos. Cierro los ojos.
Pienso en Sophie, en Londres, en el bus 44.
En su mirada preocupada cuando empecé a desaparecer por dentro sin darle el permiso.
Pienso también en la otra mirada. La que ha marcado la cartografía de mi miedo durante meses.
Y entonces recuerdo algo que él me susurró detrás de una puerta: “Ya no puedes huir.” Quizá tenga razón.
Tal vez la única forma de salir de este mapa es atravesarlo.
Y eso significa acercarme al centro. A la Ciudad Oculta.
A los que la protegen. A los que ya han empezado la caza.
No aguanto más rato encerrada en la habitación.
El aire huele a sueño usado, roto o ilusiones agotadas.
Bajo a la calle con la excusa de volver a la estación.
Podría decirme que es irracional, que acercarme de nuevo al lugar donde encontré el mapa no tiene sentido…
pero sería mentira. Me tira más que la curiosidad.
Me tira la sensación de que allí se mueven cosas que aún no he visto.
El pueblo está algo más vivo ahora. Un hombre barre la acera con una escoba de ramas.
Una madre cruza la calle cogiendo de la mano a un niño que mira hacia arriba, no hacia delante.
Es extraño ver a alguien levantar la cabeza aquí.
Al pasar junto a una ventana baja, oigo dos voces hablar en susurros.
—…otra más. —No, esta no es como las otras.
—Todas dicen lo mismo al principio. No sé si hablan de mí.
Sería absurdo pensar que no. Cuando llego a la estación, el vacío de la mañana anterior parece haber cambiado de forma.
Ya no es un vacío abandonado. Es un vacío organizado.
Hay una maleta apoyada junto a la puerta.
Una maleta que no estaba ayer. Oscura, medianamente nueva, con una etiqueta de aeropuerto arrancada a medias.
Me detengo, la observo de lejos. No es mía.
Pero podría serlo. Dentro de la sala, el mismo hombre mayor de la vez anterior revisa unos papeles, fingiendo no haber notado mi presencia.
—Buenos días —digo. —Aquí no hay días —responde sin alzar la vista—.
Hay llegadas y salidas. —¿Ha llegado alguien?
—señalo con la barbilla hacia la maleta.
—Siempre llega alguien. Lo difícil es quién se queda —contesta.
Sus manos se detienen sobre los documentos.
—¿Es del hombre del mapa? —pregunto. —Ese ya se fue —murmura.
—¿Se fue… o lo hicieron irse? Por un instante, veo una chispa en su mirada.
No dura mucho. —Aquí nadie obliga a nadie a nada, señorita.
Sólo se abren puertas. —Y algunas no se cierran —añado.
Él suspira, cansado. —No hable del Pasaje como si fuera una excursión.
Hay gente a la que le encantaría creer que es eso.
—Yo no voy a entrar ahí —digo, aunque una parte de mí sabe que no es del todo verdad.
—Eso dicen todos —responde. La conversación no progresa.
Él no va a decirme nada que no haya decidido ya decir.
Me aparto de la puerta y camino hacia el final del andén.
El viento trae olores ásperos y de bosque cerrado.
A lo lejos, un ruido de motor crece, se acerca, ocupa el aire.
No es un tren. Es un autobús. Lo veo aparecer al final de la carretera que muere en la estación.
No lleva ningún número visible. Sólo un cartel apagado en el frontal.
Sin destino. Se detiene con un suspiro largo.
Las puertas se abren. El tiempo parece contraerse.
Me quedo junto a la pared, semiescondida.
No tengo motivos para esconderme, pero tampoco los tengo para presentarme como bienvenida oficial del pueblo.
Una figura desciende. Un hombre. No veo su rostro, sólo su postura: los hombros ligeramente encogidos, como alguien acostumbrado a hacerse pequeño para no ocupar demasiado espacio.
Lleva una mochila gastada colgando de un hombro, como si hubiera recorrido demasiados kilómetros sin parar.
No es él. No debería serlo. No puede serlo.
Aun así, mi corazón reacciona como si lo fuera.
El hombre se detiene un segundo al tocar el suelo.
Mira a su alrededor con una atención que reconozco demasiado bien: no es la mirada del turista ni del perdido…
es la de quien evalúa una posible amenaza.
Mi pecho se encoge. El conductor del autobús no baja.
No se asoma. Arranca de nuevo y se marcha, dejando al hombre solo, frente al edificio de la estación.
Durante unos segundos, nadie se mueve. Entonces, el recién llegado se pasa la mano por la nuca —un gesto rápido, nervioso— y avanza hacia el interior.
Cuando levanta la cabeza, el sol de mediodía le da en el perfil.
Y algo dentro de mí se rompe. No porque lo reconozca.
No sé si lo hago. La distancia, la luz, el ángulo…
todo conspira para no darme una respuesta clara.
Lo que reconozco no es un rostro. Es otra cosa.
La tensión en los hombros de quien está siempre a medio camino entre quedarse y huir.
Con esa tensión en los hombros de quien está siempre a medio camino entre quedarse y huir.
Una parte de mí quiere gritar su nombre.
No lo hago. No puedo permitirme que nadie sepa todavía qué significa él para mí.
Ni siquiera el propio él. Por eso, cuando el hombre atraviesa la puerta de la estación, yo retrocedo hacia la esquina y dejo que el muro me vuelva invisible.
Escucho su voz al hablar con el empleado.
No oigo las palabras, sólo el tono: bajo, controlado, fatigado.
Algo se ensancha dentro de mi pecho. No sé quién ha llegado exactamente.
No sé si es la persona que deseo o la persona que temo.
No sé si viene a buscarme… o a buscar lo mismo que yo.
Lo único que sé es esto: La caza ya no es unilateral.
Alguien más ha entrado en el tablero. Y en este punto sin retorno, no sé si me acerco a una salida…
o si, sin darme cuenta, estoy descendiendo hacia la Ciudad Oculta que ya me ha reclamado… sin pedirme permiso.