Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2) 28
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Las huellas que no veo

La carretera terminó en un tramo de asfalto agrietado que parecía más un recuerdo que un camino.

No sabía cuánto tiempo llevaba caminando.

El bosque se había cerrado detrás de mí sin que me diera cuenta, como si hubiera tomado forma de una puerta que se cierra silenciosamente cuando la cruzas.

Quizá llevaba horas. Quizá días. El tiempo dejó de existir desde el momento en que escapé de la instalación.

Mi cuerpo seguía la inercia de la supervivencia, haciendo movimientos que yo apenas decidía.

No elegí llegar a aquel pueblo. Fue el camino el que me empujó hacia allí.

Un puñado de casas dispersas, fachadas desconchadas, farolas que parecían huesos metálicos a punto de romperse.

No había gente en la calle. Ni coches. Ni un solo sonido reconocible.

La ausencia pesaba más que cualquier presencia.

Entré despacio. No sabía si buscaba ayuda o si simplemente mis piernas necesitaban detenerse antes de que mi mente se derrumbara.

Al acercarme a la primera casa, lo noté de inmediato: no había cortinas.

Todas las ventanas estaban desnudas. Todas.

Me obligué a seguir andando. Cada paso resonaba como si la calle fuera hueca.

Fui consciente de mi respiración, de su irregularidad, del temblor que aún no se marchaba de mis manos.

Tacto, visión, oído… todo estaba demasiado alerta, como si mi cuerpo temiera que, si bajaba la guardia, el mundo atardecería sobre mí.

El pueblo tenía un nombre, o eso creía recordar haber visto en un cartel que apenas logré leer.

Las letras estaban gastadas, casi borradas.

Como si nadie necesitara saber dónde estaba.

Di un rodeo hacia una pequeña plaza donde había una fuente.

Me acerqué al agua estancada. El reflejo que vi no era el mío.

Era una versión de mí misma desposeída de color, de suavidad, de luz.

La imagen de alguien que aún no había aterrizado en su propia piel.

Y tuve un pensamiento, uno que no pedí: No me siguen.

Me esperan. No sabía en qué parte de mí nació esa idea, pero me atravesó de arriba abajo.

Porque el silencio del pueblo no era un silencio inocente.

Era un silencio dispuesto, como un escenario montado horas antes de que el público llegue.

Como si el lugar hubiera sido dispuesto antes de que yo llegara.

Quise sentarme, pero mi cuerpo no respondió.

Este lugar no admitía pausas. Y aun así, avanzar sin rumbo empezaba a parecer igual de peligroso.

Necesitaba una referencia. Un ancla. Busqué alguna señal, una luz encendida, cualquier indicio de vida.

La encontré: una puerta entreabierta a mitad de la calle principal.

Como si no hubiera decidido aún de qué lado estaba.

Esa clase de puerta que te observa sin que te des cuenta.

Mi estómago se tensó. El recuerdo de mi propio portal en Londres me golpeó como un eco distante.

La misma inclinación. La misma invitación silenciosa.

La misma ambigüedad calculada. Y supe, sin razón aparente, que debía evitar esa casa.

Seguí avanzando hasta que vi un edificio más amplio, quizá una antigua estación de autobuses.

Cristales rotos, bancos vacíos, una marquesina oxidada que parecía sostenerse por terquedad.

Algo me atrajo hacia allí. No era seguridad lo que ofrecía.

Era otra cosa… olvidada. Las cosas olvidadas, pensé, aún no saben tu nombre.

Guardé el mapa en mi bolsillo sin pensar.

El papel crujió como si protestara. No debía llevármelo.

No sabía por qué, pero no debía. Aun así lo hice.

Hay impulsos que no obedecen a la lógica sino a una dirección más profunda, una que no controlamos del todo.

Salí de la estación. El aire afuera era distinto.

Más pesado. Como si alguien hubiera girado un interruptor invisible que cambiara la densidad del ambiente.

El viento apenas movía las hojas secas. El sol estaba escondido detrás de nubes cuyas formas no parecían naturales.

Unas líneas demasiado rectas, demasiado parecidas a una sombra dibujada.

Caminé sin saber hacia dónde iba. No confiaba en ninguna calle.

No confiaba en las fachadas. Tenía la sensación de que si tocaba alguna pared, encontraría escritura debajo de la pintura.

Llegué a un cruce. Cuatro caminos. Todos igual de vacíos.

Elegí el más estrecho, quizá porque la estrechez me obligaba a ver menos.

El sonido de mis pasos parecía adelantarse a mí.

Como si el eco supiera la dirección que yo aún no había decidido tomar.

Tuve la sensación de que si miraba atrás, vería una figura al final del camino.

Quieto. Esperando. Paciente. No miré. Una niña me lo enseñó una vez en un sueño: “ no mires hacia donde sabes que la oscuridad quiere darte forma .” Seguí caminando hasta que lo vi en el suelo.

Una piedra. Pero no cualquier piedra. Estaba pulida.

Marcada. Con un símbolo a medio trazar. El mismo que había visto en una de mis pesadillas, aquel con forma de media luna rota.

No la toqué. Pero mi mente sí lo hizo. Y entonces ocurrió: escuché una respiración detrás de mí.

Muy leve. Muy cercana. El tipo de respiración que hace alguien que se está conteniendo.

Que no quiere que la oigas. Que espera tu reacción.

Me quedé rígida. No giré la cabeza. El aire se movió apenas.

Una corriente mínima. Pero suficiente para indicarme que la figura estaba a un metro.

Quizá menos. Quizá podía tocarme si quería.

Me obligué a respirar. El silencio se quebró.

No fue un susurro. Tampoco un paso. Fue más terrible: La respiración se sincronizó con la mía.

Un latido de distancia. Un pulso detrás.

Me alejé despacio. La figura no avanzó. No retrocedió.

Solo ajustó su respiración al ritmo del mío.

Un acto de posesión. De dominio. Y supe que si seguía en aquella calle, ese ritmo iba a absorber el mío por completo.

Salí corriendo. Esta vez sí corrí. No pensé.

Corrí como quien se despega de un borde al que estuvo demasiado cerca de caer.

No escuché pasos detrás. Y eso fue peor.

Porque significa que no necesitaba perseguirme. Me estaba guiando. Otra vez.