12 #2
Sophie se quedó conmigo en el salón mientras yo buscaba algo caliente que ofrecerle.
No podía dejar de mirar de reojo hacia el pasillo, como si la ausencia de aquel pequeño frasco de perfume pudiera materializarse en una figura.
—Emma… —Sophie habló desde el sofá—. ¿Te pasa esto desde hace cuánto?
Abrí el agua, dejé que corriera. Necesitaba el ruido.
Me ayudaba a no escuchar mis propios pensamientos.
—Unas semanas —dije finalmente. Sophie no respondió al instante.
Se levantó. Caminó lento, cuidadosa, como quien no quiere hacer ruido en una casa que no es segura.
—¿Semanas…? —repitió, incrédula. Asentí, sin mirarla.
Ella se acercó despacio. Colocó una mano en mi hombro.
—Emma, Dios… ¿por qué no me lo dijiste? No supe qué contestar.
No era vergüenza. Ni miedo a su reacción.
Era más profundo. Más difícil. Cuando alguien te está mirando desde lejos, desde la sombra, desde ese lugar donde la vista no alcanza…
hablar se convierte en una forma de invocación.
De darle más poder. Respiré hondo, intentando que mi voz no temblara.
—Porque no sé si es real —murmuré. Sophie frunció el ceño.
—¿Cómo que no sabes? Le señalé el pasillo.
—Hay cosas que cambian de sitio. Ruidos pequeños.
Luces que dejo apagadas y luego… —no terminé la frase—.
Y hoy… lo del perfume. Sophie miró hacia donde yo había mirado.
—Vamos —dijo—. Enséñame. No quería. Cada paso hacia aquel pasillo era como avanzar en un sueño del que no puedes despertar.
Pero Sophie ya había empezado a caminar.
La seguí. Al llegar a la puerta del baño, Sophie se detuvo.
Miró la repisa. Miró el hueco. Miró mi cara.
—No está —dijo, como si necesitara confirmarlo en voz alta.
—No —susurré. Sophie abrió la puerta del armario del baño.
Revisó dentro, como si esperara encontrarlo en un estante, entre toallas o cosméticos.
—Emma… esto no es una tontería. Yo asentí.
Entonces Sophie hizo algo que no esperaba.
Acarició el borde del espejo. Lo movió un poco.
Y su mano se detuvo. —Emma… —susurró—. Mira esto.
Detrás del espejo había un pliego doblado.
Sentí un frío súbito bajar por mi espalda.
Sophie lo sacó con cuidado. Era un papel plegado varias veces.
Antiguo. Manoseado. —¿Qué es esto…? —preguntó Sophie, aunque su voz era un hilo.
Yo estiré la mano, dudando, y lo tomé. Abrí el papel.
Solo tres palabras. Tres. Escritas con letra firme, de hombre.
No eran una amenaza explícita. Era peor.
Eran íntimas. Conocedoras. Personales. “Hueles a lluvia.” El aire desapareció de mis pulmones.
Ese era mi olor. Mi perfume. La forma en que Michael me había descrito una vez, sin saberlo, sin intención, sin querer parecer poético.
Pero esto… esto no era de Michael. Mis dedos empezaron a temblar.
Sophie me arrebató la nota, la leyó y soltó un suspiro seco, medio ahogado.
—Emma… ¡Emma, hay alguien entrando en tu casa!
Yo retrocedí un paso, como si las paredes se hubieran movido hacia mí.
—Sophie… —mi voz era apenas un murmullo—.
¿Por qué pondría eso detrás del espejo? ¿Por qué…
aquí? Sophie tragó saliva. Miró a su alrededor.
A todas partes. A ninguna. —Porque quería que lo encontraras —susurró—.
No hoy. O no sé… quizá hoy exactamente. El pasillo parecía más estrecho.
El baño más oscuro. El piso más silencioso.
Ese tipo de silencio que no es ausencia de ruido…
sino presencia. Algo que respira donde tú respiras.
Sophie me tomó de los hombros. —Emma, tienes que irte de este piso.
Yo quería que mis piernas respondieran. Quería moverme.
Correr. Gritar. Pero estaba clavada al suelo.
—No puedo —susurré. —¿Por qué? La miré, y mis ojos se llenaron antes de poder evitarlo.
—Porque si me voy… él gana. Y si me quedo…
también. Sophie me abrazó con fuerza. Muy fuerte.
Y, después de tantas semanas a la deriva, dejé caer la cabeza sobre alguien.
Sophie y yo nos quedamos en el salón sin movernos durante un rato que se sintió eterno.
Yo sostenía la nota en la mano como si quemara.
“Hueles a lluvia.” No importaba cuántas veces la leyera.
La frase seguía siendo igual de íntima. Igual de invasiva.
Igual de imposible. Sophie paseaba por el salón, con los brazos cruzados, su mente trabajando a toda velocidad.
La veía fruncir el ceño, apretar la mandíbula, mirar hacia la puerta cada pocos segundos.
—Emma… no podemos quedarnos aquí —dijo al fin.
—Sophie, no quiero salir. No ahora. Ella se detuvo.
—¿Tienes miedo a salir?—Tengo miedo… a lo que pueda haber fuera —respondí.
Sophie se acercó a la ventana del salón para correr la cortina.
—Voy a mirar solo un segundo, ¿vale?—Sophie, no…
Demasiado tarde. La cortina se movió. Ella se asomó.
Y entonces la vi congelarse. La forma en que su respiración se detuvo.
Ese silencio denso, de segundos que no pasan.
—¿Qué ves? —pregunté, sintiendo cómo el pecho se me tensaba hasta doler.
Sophie no respondía. No se movía. Como si su cuerpo hubiera decidido no ser parte de la escena.
Yo di dos pasos hacia ella, con la garganta cerrada.
—Sophie… mírame. ¿Qué ves? Ella no apartó la vista de la calle.
—Emma —susurró, casi sin voz—. No sé si es alguien.
O… si solo está parado. Pero lleva demasiado tiempo ahí.
El estómago se me contrajo. —¿Dónde? Ella señaló con la barbilla, sin mover la mano.
—A la derecha. Al lado de la farola. No está bajo la luz…
está justo fuera del círculo. Me acerqué despacio, pegando el hombro al suyo.
Y lo vi. Un hombre. O una sombra. O una figura…
que no debía estar allí. Quieto. Inmóvil.
Demasiado inmóvil. Como alguien que no espera un autobús, ni a un amigo, ni fuma, sino que observa lo que ya conoce.
A alguien que ya ha decidido. Sophie bajó la cortina de golpe.
—Emma, llama a la policía —dijo, retrocediendo.
—¿Y qué les digo? —pregunté con un hilo de voz—.
¿Que alguien está parado en la calle? ¿Que falta un perfume en mi baño?
¿Que alguien puso un papel detrás del espejo?
Ella me sujetó los brazos. —¡Emma, por favor!
Yo cerré los ojos. Quería creer que Sophie solo estaba exagerando.
Quería creer que aquel hombre no era nada.
Que esa nota era una broma pesada. Que la ausencia del perfume era un olvido mío.
Pero entonces sonó. No un golpe. Ni un ruido fuerte.
Un clic. Un sonido muy pequeño. Metálico.
Desde la puerta de entrada. Sophie se puso rígida.
—¿Has oído eso? Asentí sin poder hablar.
Otro clic. Como si alguien tocara la cerradura.
Con delicadeza. Con paciencia. Mi pulso se disparó.
Sophie agarró mi muñeca. —Emma… vamos al dormitorio.
Ahora. Ciérralo. Ciérralo desde dentro. Yo asentí otra vez.
No corrimos. No gritamos. Las dos sabíamos que eso sería peor.
Solo caminamos rápido, en silencio, con la respiración contenida.
Al llegar al dormitorio, Sophie cerró la puerta.
Le puso el pestillo. Y apoyó la espalda contra él.
Yo me senté en la cama, incapaz de controlar el temblor en mis manos.
El clic volvió a sonar. Más suave esta vez.
Como una pregunta. Sophie me miró con los ojos muy abiertos.
—No estamos solas —susurró. Y la noche, como si hubiera estado esperando este momento, dejó de ser solo noche.
Pasó a ser… una amenaza. Una espera. Un silencio vivo.